Capítulo diecisiete
David Sinclair se apartó de la voluptuosa camarera de la taberna e intentó recuperar el aliento.
Hacía mucho tiempo que una mujer no lo dejaba tan agotado.
Él y sus hermanos llevaban varios días alojados en la taberna de Tongue, observando a lady Alison y a Finn para averiguar a qué hora salían cada mañana a cabalgar.
Lo único que necesitaban era un plan que consiguiera que lady Mackay desobedeciera las órdenes de su marido y saliera sola.
La última vez que los cuatro hermanos se habían reunido, compartiendo a la muchacha que ahora yacía en la cama, habían estado a punto de poner fin a la misión y regresar a casa.
David estaba deseando terminar con el secuestro y volver a Sinclair Grinigoe.
Miró a la muchacha, sonrojada y con el cabello revuelto.
Ahora que ya había disfrutado de ella, lo único que quería era vestirse y reunirse con sus hermanos abajo.
Pero, como todas las muchachas, ella prefería quedarse abrazada a él y charlar.
Mientras ella parloteaba sobre asuntos que no le interesaban lo más mínimo, dejó vagar la mente.
Durante los días que llevaban en la taberna, habían compartido comidas y bebidas con algunos aldeanos.
Ninguno de los parroquianos había estado en el castillo durante el desastre de la boda, así que nadie los había reconocido.
Aun así, todos tenían algo que decir sobre la desdicha de la novia, aunque la mayoría salía en su defensa.
Era evidente que lady Alison era muy querida en el pueblo.
Como ocurría en casi todas las aldeas pequeñas, sus habitantes hablaban más de la cuenta. Cuando la muchacha por fin hizo una pausa para respirar, David le dio una palmada en el bonito trasero desnudo y se levantó de la cama.
—Gracias, muchacha. Si alguna vez vuelvo por aquí, iré a buscarte.
De repente, ella pareció sentirse pudorosa. Se incorporó y se cubrió el cuerpo con la sábana mientras él terminaba de vestirse.
—¿Te vas?
—Sí. Mis hermanos y yo tenemos que seguir nuestro camino.
—Oh.
Parecía decepcionada, pero David ya había pasado por aquello muchas veces.
Nunca había entendido por qué todas las mujeres con las que se acostaba parecían convencidas de que quería pasar el resto de su vida con ellas.
Como si fuera a casarse con una mujer que dejaba que cualquier hombre de paso por Tongue se metiera en su cama.
Sacudió la cabeza y, antes de que la situación pudiera complicarse, se inclinó para besarla en la frente y salió de la habitación.
La olvidó por completo en cuanto llegó al pie de la escalera. Se dirigió hacia la mesa donde Miles, Archie y Enoch terminaban sus platos de estofado.
—Llénate el estómago —dijo Archie mientras David tomaba asiento—. Estamos a punto de marcharnos.
David hizo un gesto a una de las criadas para que le llevara una jarra de cerveza y un plato de estofado.
—¿Así que ya tenemos un plan?
—Sí. Hay una aldea muy pequeña a unos treinta minutos al norte de aquí.
Mañana, al amanecer, tú y Enoch iréis allí y prenderéis algunos incendios.
Procurad no matar a nadie ni forzar a ninguna muchacha, como soléis hacer, porque no creo que padre consiga convencer a los Mackay de que renuncien a las represalias si algunos miembros de su clan aparecen muertos o sus mujeres son agredidas.
David asintió mientras se llevaba un trozo de pan a la boca.
—Yo digo que vayamos esta misma noche, antes de que anochezca. Cuanto antes acabemos, mejor.
—Es buena idea —admitió Archie—. Miles y yo esperaremos en el bosque, cerca del lugar donde la mujer de Mackay suele cabalgar cada mañana. Con Finn fuera del castillo y sabiendo lo testaruda que es lady Alison, no hay duda de que saldrá sola.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—En cuanto la capturemos, regresaremos directamente al castillo de Sinclair Grinigoe.
Mi consejo es que, una vez que los incendios estén bien extendidos, enviéis a alguien de la aldea a avisar al laird.
Sin duda este delegará en Finn, ya que ha abandonado todas sus responsabilidades.
Solo aseguraos de hacerlo muy temprano, porque lady Alison sale a montar a primera hora.
David frunció el ceño.
—¿No resultará sospechoso que el mismo que ha provocado los incendios sea quien envíe a buscar al laird?
Archie suspiró.
—Con todo el caos, nadie sabrá quién los ha provocado. Además, en esa aldea nadie nos conoce. Para ellos solo seréis unos viajeros que pasaban por allí y se han detenido para ayudar.
***
Alison contempló el cielo gris desde la venta na de su dormitorio. El día había amanecido nublado, pero bastaría con ponerse la capa más gruesa para no renunciar a su paseo matutino.
Todavía la sorprendía que Finn apareciera todas las mañanas para impedir que saliera sola.
Lo que al principio parecía una obligación para él se había convertido en un momento que ambos disfrutaban.
Aquellos paseos les permitían hablar de cosas para las que nunca encontraban tiempo cuando se retiraban al dormitorio.
Una vez se metían en la cama, acababan abrazados y las conversaciones quedaban olvidadas.
Cuando llegó al establo, no vio a Finn por ninguna parte. El viejo Kilmead salió cojeando a recibirla.
—Me temo que hoy no habrá paseo, milady. Se ha declarado un incendio al norte y vuestro marido ha salido con varios hombres para ayudar a apagarlo. Me pidió os le dijera que lo sentía y que mañana lo compensaría.
Alison reprimió el impulso de comportarse como una niña caprichosa, aunque le apeteciera dar una patada en el suelo.
—¿No hay nadie más que pueda acompañarme?
—Me temo que no. Como he dicho, Finn se ha llevado a varios hombres y los demás están ocupados en el campo de entrenamiento.
Se mordió el labio. Aquel paseo era, sin duda, el mejor momento del día. Aunque disfrutaba de la compañía de Finn, no había motivo para que no pudiera salir sola. Llevaban semanas recorriendo el mismo camino y conocía perfectamente la zona.
—Por favor, ensilla mi caballo. Daré un paseo corto yo sola.
El anciano se frotó la barbilla.
—No sé qué, milady. Vuestro marido insistió mucho en que no salierais nunca sin compañía.
La irritación volvió a apoderarse de ella. Ya era hora de dejar claro a Finn y a todos los habitantes de la fortaleza que, como señora de la casa, también tenía derecho a decidir qué podía hacer.
—Siento ponerte en esta situación, viejo Kilmead, pero insisto en que prepares a Bonnie-Bay. Si no quieres hacerlo, la ensillaré yo misma. Te prometo que no iré más lejos de donde solemos llegar Finn y yo.
El anciano la miró durante un largo instante.
Finalmente, se encogió de hombros y entró en el establo.
Alison respiró hondo. Había ganado aquella batalla.
Quizá ella y Finn tendrían que hablar más a menudo de todas aquellas prohibiciones.
La otra noche habían hablado de su necesidad de mantener siempre el control y, después de que él le contara la historia de la única vez que lo perdió y de que ella le asegurara que debía dejar atrás aquel recuerdo, tal vez ya no sintiera la necesidad de controlarlo todo.
Con una agradable sensación de libertad, emprendió el camino colina abajo hacia aquella zona que conocía tan bien.
***
Finn contempló las cabañas en llamas con el ceño fruncido.
—Esto no tiene ningún sentido.
Aparte de unos cuantos incendios y una cabaña destruida, apenas había daños.
—Eso mismo he pensado yo —dijo James—. No ha muerto nadie, tampoco hay heridos, ninguna muchacha ha sido violada, nadie ha desaparecido y, según los aldeanos, no han robado nada.
Albert negó lentamente con la cabeza.
—Es casi como si todo esto fuera una distracción para obligarnos a abandonar el castillo. ¿Crees que nos estarán atacando mientras estamos aquí?
Finn permaneció pensativo unos instantes y, de pronto, echó a correr hacia Morag.
—¿Adónde vas con tanta prisa? —le gritó Albert mientras Finn montaba de un salto y espoleaba al caballo rumbo al castillo.
Se había vuelto demasiado confiado. Como durante todo aquel tiempo no habían tenido noticias de los Sinclair, había acabado creyendo que aceptaban lo sucedido.
Incluso se había relajado durante los paseos matutinos, más preocupado por encontrar un rincón apartado donde hacer el amor con su esposa que por velar por su seguridad.
Odiaba reconocer aquel descuido, pero tenía la terrible sensación de que estaba a punto de pagar las consecuencias.