Capítulo dieciséis
—¿Cuánto tiempo más van a tardar tus inútiles hermanos en conseguir información sobre el castillo de los Mackay? —Gilbert golpeó la mesa con la palma de la mano y fulminó con la mirada a Archie y Enoch, sus hijos menores.
Archie se encogió de hombros.
—No lo sé.
Gilbert suspiró.
—No esperaba que lo supieras. Solo estaba pensando en voz alta.
Llamaron a la puerta del salón privado. Uno de los guerreros que vigilaban la entrada principal asomó la cabeza.
—Milord, Miles y David han regresado.
Gilbert se frotó las manos.
—Bien. Ya podemos empezar a planear esto.
Los dos hermanos entraron en la estancia con una sonrisa.
—Hemos encontrado la forma de secuestrar a la muchacha.
Gilbert asintió para que continuaran.
—Finn Mackay ha ordenado que no salga sola a caballo del castillo, algo que hacía siempre antes de casarse con ese bastardo —explicó Miles.
—Sigue —dijo Gilbert con impaciencia. Quería acabar con aquello cuanto antes y hacerse con las tierras y el dinero que le correspondían.
El pequeño río que cruzaba la finca proporcionaría el agua que tanto necesitaban sus propios terrenos, y el dinero le permitiría reparar el castillo y ayudar a algunos de sus arrendatarios.
—Todas las mañanas sale a cabalgar, pero el laird la acompaña siempre.
Según una de las criadas de la cocina, a lady Mackay no le gusta llevar escolta, aunque soporta que su marido la acompañe.
—Miles sonrió—. Y todo el mundo sabe que, antes de regresar al castillo, se tumban juntos sobre la hierba.
Gilbert levantó una mano para detenerlo mientras meditaba sobre aquella información.
—Tenemos que conseguir que salga sola del castillo.
—El paseo matutino no sirve, porque durante todos los días que los observamos él estuvo con ella. Tendría que haber algún motivo para que desobedeciera sus órdenes.
El terrateniente permaneció pensativo unos instantes.
—Su padre nos dijo, cuando fuimos a la boda frustrada, que la muchacha era muy independiente y testaruda. —Miró a Archie con evidente irritación—. Mackay comentó que tendrías que aprender a manejarla. Así que debemos encontrar un motivo para que salga por su cuenta.
—La criada con la que hablamos en la taberna dijo que lady Mackay siempre es la primera en ayudar cuando alguien la necesita —añadió Miles.
David se inclinó hacia delante.
—Le tiene mucho cariño a un muchacho que trabaja en la cocina, Eli. Si creyera que está herido o en peligro, estoy seguro de que iría a ayudarlo sin esperar a que nadie la acompañara.
Gilbert lo miró con desdén.
—¿Y cómo piensas secuestrar al muchacho y a la chica? Ya puestos, podrías secuestrar también al laird.
Archie intervino.
—Si conseguimos que Finn Mackay tenga que abandonar el castillo justo a la hora en que suelen salir a cabalgar, estoy seguro de que lady Mackay irá igualmente.
—Sí. Por una vez has tenido una buena idea. Los cuatro cabalgaréis hasta el castillo de Varrich y provocaréis algún incidente que obligue a Finn a marcharse antes de la hora del paseo.
Hizo una pausa antes de continuar.
—En cuanto la capturéis, traedla aquí lo antes posible. Finn Mackay podría derribaros a los cuatro él solo. La quiera o no, la considerará de su propiedad.
—¿Dónde la tendremos cuando llegue? No podemos darle ocasión de escapar. Tan independiente como es, estoy seguro de que no se quedará encerrada lamentándose de su suerte —dijo David.
—Ya lo hemos decidido. Estará en una habitación cerrada con llave y uno de vosotros montará guardia permanentemente ante la puerta. Es una muchacha muy lista.
Miles sonrió.
—Y también muy guapa, además de fuerte e inteligente.
Archie se desperezó en la silla.
—Sí. Quizá debería haberme acostado con ella la noche antes de la boda, en vez de dejar que Mackay fuera el primero.
Gilbert fulminó a su hijo con la mirada.
—Si no hubieras sido tan estúpido de llevar a tu puta a la boda, nada de esto habría pasado. Lady Mackay necesitaba que la cortejaras, no verte paseándote con tu amante delante de todos.
Archie no respondió. Se limitó a hundirse un poco más en la silla con gesto malhumorado.
Gilbert se puso en pie.
—Iremos a por la muchacha cuanto antes. Estad preparados para partir al amanecer.
***
Alison había decidido dedicar el día a hacer un inventario completo de las provisiones de la fortaleza para el invierno que se acercaba.
Pensó en coger un poco de pan y, si Maude tenía alguno preparado, un huevo cocido antes de ponerse manos a la obra.
Le resultaba curioso comprobar que, antes de casarse con Finn, apenas se interesaba por el funcionamiento de la fortaleza y dejaba toda la organización en manos de Gilly, que llevaba años ocupándose tanto de la cocina junto a Maude como de supervisar a las criadas.
Ahora, en cambio, sentía que aquel era su hogar y no un simple lugar donde vivir hasta que apareciera un hombre dispuesto a casarse con ella y llevársela.
Tenía un marido y, si seguían compartiendo el lecho con aquella frecuencia, algún día tendrían un hijo.
Ojalá fuera pronto. Entonces volvería a tener una familia como la que había disfrutado de niña, cuando ella y sus hermanos corrían por toda la fortaleza, vivían pequeñas «aventuras» y regresaban a casa sucios y felices.
Justo cuando llegaba al último escalón, Finn pasó junto a ella a grandes zancadas. No parecía enfadado, pero sí preocupado.
—Buenos días, esposo. ¿Ocurre algo?
Él asintió sin dejar de caminar.
—Hay problemas con una de las yeguas.
Alison aceleró el paso para seguir su largo caminar.
—¿Qué clase de problemas?
—Está de parto y las cosas se han complicado. El viejo Kilmead me ha mandado llamar porque sabe que ya me he enfrentado a una situación parecida en Dun Ugadale.
Ahora casi tenía que correr para no quedarse atrás.
—Yo también he ayudado en un parto complicado. Me gustaría ir contigo. Quizá pueda ser útil.
Finn se detuvo tan de repente que Alison chocó contra él.
—¿Tienes experiencia en esto?
—Sí. Hace unos años vivimos una situación parecida. Pregúntaselo al viejo Kilmead; él también estaba allí.
—Ven conmigo. Toda ayuda será poca.
Entraron en el establo, oscuro y cargado del sonido de la respiración agitada y los gemidos de la pobre yegua. El viejo Kilmead permanecía arrodillado junto al animal, hablándole en voz baja para tranquilizarlo. Cuando se acercaron, Alison comprobó que la yegua estaba empapada en sudor.
—¿Cuánto tiempo lleva de parto? —preguntó Finn.
Kilmead se dejó caer sobre los talones y se secó la frente.
—Casi tres horas. Creo que hay que recolocar al potro, pero mi mano es demasiado grande y temo hacerle daño.
Los dos hombres miraron a Alison.
—Ya hiciste esto una vez, muchacha.
—Sí. Mi mano es más pequeña, así que tendré más facilidad para girar al potro sin dañar a la madre.
Se arrodilló junto al animal.
—Apartaos un momento y dejadme comprobarlo.
Ocupó el lugar del viejo Kilmead, acarició a la yegua y le habló con suavidad.
—Necesito más luz. Con este cielo parece que haya anochecido.
Finn tomó dos antorchas de la pared y las encendió. Entregó una a Kilmead, que la sostuvo sobre la cabeza del animal, mientras él mismo acercaba la otra para iluminar el trabajo de Alison. Esta, cuando la yegua se tranquilizó lo suficiente, introdujo la mano con cuidado.
—Sí... Hay que girarlo. Si lleva tres horas de parto, tenemos que sacar al potro cuanto antes.
El sudor comenzó a correrle por la frente. Temía perder tanto a la madre como a la cría. La yegua seguía gimiendo y apenas tenía fuerzas para colaborar en el parto.
—Tiene que salir primero con las patas delanteras y luego con el hocico. No habrá que girarlo mucho. Lo que más me preocupa ahora mismo es la madre.
Finn acercó aún más la antorcha. Alison introdujo de nuevo la mano y fue girando al potro con extrema delicadeza.
Una de las patas se había quedado atrapada, así que tuvo que empujarla ligeramente hacia atrás antes de intentarlo otra vez.
Exhaló un largo suspiro cuando el potro por fin se deslizó hacia el exterior.
Lo limpió con rapidez y, pocos segundos después, comenzó a respirar.
Al poco rato también expulsó la placenta.
Alison levantó la vista hacia Finn.
—La hemos salvado.
Él sonrió.
—No, muchacha. La has salvado tú.
Se puso en pie y le tendió la mano para ayudarla a levantarse, pero Alison negó con la cabeza.
—No. Antes tengo que lavarme.
—No importa. Déjame ayudarte.
Ella le sonrió y él tomó sin vacilar aquella mano cubierta de sangre y suciedad.
Cuando comprobaron que tanto la yegua como el potro estaban fuera de peligro, dejaron al viejo Kilmead al cuidado de ambos y se dirigieron a la cocina, donde cogieron jabón antes de ir hasta el pequeño estanque situado detrás de la fortaleza.
—Has estado magnífica, Alison. Estoy muy orgulloso de ti. No creo que yo hubiera podido hacerlo con unas manos tan grandes. Tienes mucho talento.
Ella sonrió.
—Bueno, tú me ayudaste en la cocina y yo te he ayudado en el establo. Parece que hacemos un buen equipo.
Esperó que él respondiera que no. Después de todo, en un equipo nadie manda sobre los demás. Finn guardó silencio unos instantes antes de responder.
—Sí, esposa. Somos un equipo.
***
Finn y Alison yacían uno junto al otro en la cama, cogidos de la mano mientras recuperaban el aliento después de otra apasionada sesión de amor.
Alison volvió la cabeza para mirarlo. Para bien o para mal, empezaba a sentir algo muy profundo por él.
Hasta entonces, Finn no le había dado ningún motivo para pensar que algún día pudiera cansarse de ella y buscar otra mujer.
Aun así, todavía no estaba preparada para confiar plenamente.
—Marido, ¿piensas tener una amante algún día?
Finn aspiró aire tan deprisa que comenzó a toser. Cuando logró recuperarse, la miró sorprendido.
—¿Por qué me preguntas eso?
Ella se encogió de hombros.
—Archie Sinclair tenía una amante. Cuando mi prima Mairi vino para la boda me contó que los maridos de dos de sus amigas se habían cansado de ellas al cabo de un año y habían acabado acostándose con criadas. Decía que era algo habitual entre los lairds.
Él soltó una carcajada.
—En primer lugar, no. Jamás tendría una amante.
Con el entusiasmo que pones tú en el dormitorio, no me quedarían fuerzas para otra mujer.
—Alison abrió la boca para responder, pero él levantó una mano—.
No he acabado. Me tomo muy en serio mis juramentos, tanto la lealtad a mi laird como la lealtad y el respeto hacia mi esposa.
Además, algún día iremos a Dun Ugadale para que conozcas a mi familia y puedas ver cómo son los matrimonios de mis hermanos.
Sonrió.
—Si Craig o Robin aparecieran con otra mujer en la cama, me temo que sus esposas acabarían cometiendo un asesinato.
Alison abrió mucho los ojos.
—¿Tus hermanos permitirían que sus mujeres los controlaran tanto?
—No —respondió él con firmeza—. Mis hermanos tienen el control. Lo que ocurre es que quieren tanto a sus esposas que no desean estar con ninguna otra mujer.
Aquellas palabras la tranquilizaron, aunque todavía necesitaba hacer una pregunta más.
—¿Y si algún día cambias de opinión?
Finn la observó.
—¿Igual que hizo el hombre con el que pensabas casarte?
Durante mucho tiempo, aquel recuerdo le había causado un dolor insoportable, pero ahora no sintió absolutamente nada. Volvió la mirada hacia Finn y comprendió de pronto que él jamás le haría algo así. Era un hombre honorable.
Sonrió.
—¿Qué te hace sonreír de esa manera, muchacha?
Ella negó con la cabeza.
—Nada. —Entrecerró los ojos y lo señaló con un dedo—. No se te ocurra pensar que algún día llegaré a quererte.
El grandullón soltó una carcajada.
—No te preocupes, esposa. No busco eso. Me basta con que hagas caso de lo que te digo, no te pongas en peligro y nunca me niegues tu lecho.
Tras unos instantes de silencio, Alison volvió a hablar.
—¿Por qué sientes siempre la necesidad de tenerlo todo bajo control? Estoy convencida de que hay una historia detrás de eso.
Finn cerró los ojos como si un recuerdo doloroso acabara de asaltarlo.
—No tiene importancia.
Ella se volvió hacia él, apoyando la cabeza sobre una mano.
—Yo te hablé del hombre que me rompió el corazón. ¿Por qué no me cuentas cuál es tu gran secreto?
***
Finn permaneció un largo rato mirando a su esposa. Aparte de sus hermanos, que estaban presentes aquel día, nunca había hablado con nadie de lo ocurrido aquella fatídica noche.
Suspiró. Si quería que su matrimonio fuera tan bueno como esperaba, Alison tenía razón. Debía compartir también aquella parte de sí mismo.
—Hace años, cuando era un joven arrogante... —continuó, sonriendo cuando ella resopló al oír aquella descripción—. Estaba en una taberna con mis hermanos y con un amigo muy cercano. Mitchell y yo crecimos juntos. Era casi como otro hermano.
Se interrumpió, preguntándose si sería capaz de seguir adelante. Pero también comprendía que compartir por fin aquella carga con la mujer con la que esperaba pasar el resto de su vida quizá le permitiera descansar. Alison le acarició la mejilla, como si comprendiera el esfuerzo que le suponía.
—Continúa.
—Nos vimos envueltos en una pelea con unos guerreros de otro clan que estaban de paso. Me avergüenza decir que fui yo quien lanzó el primer puñetazo y enseguida todos desenvainamos los puñales.
Suspiró de nuevo.
—Con la arrogancia propia de la juventud, no presté toda la atención que debía. Uno de aquellos hombres se abalanzó sobre mí. Perdí el equilibrio y caí sobre Mitchell... y le clavé el puñal sin queer.
Tuvo que tragar saliva varias veces antes de poder continuar.
—Mi mejor amigo murió allí mismo. Se desangró entre mis brazos.
Alison apoyó una mano sobre su hombro.
—Lo siento muchísimo, Finn. Debió de ser espantoso.
Él soltó un bufido.
—No tanto como para Mitchell.
Tras unos momentos de silencio añadió:
—Todo ocurrió porque perdí el control.
—Has dicho que eras muy joven.
Finn negó despacio.
—Eso no sirve de excusa. Era un guerrero entrenado. Debería haber tenido más dominio de mí mismo. Debería haber sabido que Mitchell estaba demasiado cerca.
—Y llevas todos estos años culpándote por ello.
—¡Sí! —Apretó la mandíbula mientras los recuerdos volvían a inundarlo—. Si hubiera sabido controlarme y no hubiera empezado aquella pelea, Mitchell seguiría vivo.
Alison le acarició la mejilla.
—Quizá. Pero los dos erais guerreros y ninguno sabía cuándo iba a llegar su hora. Mitchell decidió participar en la pelea igual que tú. También él podría haber estado más atento a dónde estabas.
Finn tomó su mano y la besó.
—Gracias por escucharme sin condenarme.
—Finn, todos cometemos errores. Algunos tienen consecuencias terribles. Pero no podemos cambiar el pasado y tampoco podemos permitir que nos persiga durante el resto de la vida.
Él sonrió y le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Entonces ¿me estás diciendo que ya no sientes que no puedes confiar en un hombre?
Ella sonrió con picardía.
—¿Eso es lo que he dicho?