Capítulo trece
Finn tuvo que admitir que ayudar en la cocina en medio de tanto caos le había resultado gratificante.
Era evidente que, por mucho que nunca fuera a reconocerlo, Alison se había visto desbordada.
Sin embargo, como era propio de ella, había pensado resolverlo todo sola.
De hecho, se había mostrado sorprendida cuando él se ofreció a echarle una mano.
Quizá un poco de flexibilidad por su parte diera resultado.
Estaban casados y pasarían el resto de sus vidas juntos, así que no tenía discutir por cualquier cosa…
aunque reconciliarse después de una buena pelea tampoco estaba nada mal.
—Finn, puede que tengamos problemas —le dijo James al verlo entrar en el salón para la cena.
Se sentaron juntos a la mesa y una de las criadas de la cocina, que parecía agotada, les sirvió una cerveza a cada uno. Finn dio un sorbo antes de volverse hacia James.
—¿Qué clase de problemas?
—Nos han llegado noticias de incidentes en la frontera con los Sinclair.
Finn asintió.
—Me lo esperaba, pero no pensé que reaccionarían tan deprisa.
—¿Por lo del compromiso? —preguntó James.
Finn terminó la cerveza y empezó a servirse del plato que otra criada acababa de dejar delante de él.
—Por favor, traed otro plato para lady Alison. Se reunirá conmigo dentro de unos minutos.
Después volvió la atención hacia James.
—Sí. El orgullo de los Sinclair ha recibido un duro golpe. Además, el joven Sinclair daba por hecho que iba a casarse con una mujer que, llegado el momento, le proporcionaría el liderazgo del clan cuando muriera Mackay. Era inevitable que hubiera represalias.
Alison cruzó el gran salón y tomó asiento junto a Finn. Parecía cansada y les dedicó una leve sonrisa antes de concentrarse en la comida. Como no quería continuar aquella conversación con ella presente, Finn dijo:
—Nos vemos dentro de media hora en el despacho del laird. Antes quiero hablar un momento con él.
Alison levantó la vista.
—¿Ocurre algo?
Finn no creía que las mujeres debieran cargar con preocupaciones que los hombres podían resolver. Su esposa ya tenía bastante con ocuparse de la fortaleza mientras las criadas siguieran enfermas.
—No. —Le dio unas palmaditas en la mano—. No te preocupes. No es nada que deba inquietarte.
Apartó el plato vacío y se puso en pie.
—Nos vemos luego en nuestro dormitorio. —Le guiñó un ojo antes de alejarse de la mesa y subir las escaleras hacia el despacho del laird, donde solía refugiarse después de cenar.
***
Alison vio a Finn irse tras de esquivar sus preguntas.
Desde la muerte de sus hermanos, su padre apenas se ocupaba de los asuntos del clan, así que era muy posible que Finn estuviera resolviendo algún problema que, en otras circunstancias, habría correspondido al laird.
La satisfacción que había sentido al verlo ayudar en la cocina se desvaneció cuando volvió a excluirla de cualquier asunto importante.
Parecía dispuesto a implicarse en todos los problemas de ella, pero no quería su ayuda, ni siquiera su opinión, cuando los problemas eran suyos.
Mairi entró en el gran salón y se dirigió directamente hacia ella.
—¿Dónde te has metido, prima? No te veía desde la boda.
Alison sintió un pinchazo de culpa. Había estado tan ocupada disfrutando de los descubrimientos del matrimonio y resolviendo el problema de las criadas enfermas que casi se había olvidado de que Mairi seguía allí.
—He estado enferma —dijo su prima mientras se sentaba a su lado—. Me han dicho que varias criadas también han caído con fiebre.
—¿Por qué no me avisaste?
Mairi sonrió.
—¿Interrumpir a una recién casada? Seguro que tendrías otras cosas en la cabeza.
La sonrisa burlona de su prima le hizo subir el color a las mejillas.
—Por mucho que disfrute de... las obligaciones matrimoniales, he estado demasiado ocupada sustituyendo a las criadas enfermas en la cocina.
—Sí, ya me imagino. Una de las muchachas tuvo la amabilidad de llamar al curandero. Él me contó que las demás también estaban enfermas. Me alegro de que no vinieras a verme, porque podrías haber pillado lo mismo.
—¿Beatrix te dio esa horrible mezcla para la fiebre que sabe a orines? —preguntó Alison con una sonrisa.
Mairi asintió.
—Es espantosa, pero hace que duermas durante horas, y Beatrix dice que dormir es el mejor remedio contra la fiebre.
—¿Te apetece que mañana salgamos a dar un paseo?
Su prima sonrió.
—¿A qué hora? Sabes perfectamente que no soy capaz de levantarme al amanecer.
Alison negó con la cabeza.
—Podemos esperar hasta media mañana. Seguramente tendré que ocuparme antes de la cocina, así que tampoco podré salir antes.
Una de las criadas dejó sobre la mesa una bandeja con queso y pan y regresó enseguida a la cocina. Todo el servicio se había retirado ya, salvo Eli, que vivía en la fortaleza con el resto del personal.
—Eli, has tenido un día muy largo. Creo que ya es hora de que te vayas a dormir.
El muchacho asintió.
—Sí, milady. Solo quería asegurarme de que el pan estuviera preparado para mañana.
Alison le apoyó una mano en el hombro.
—Eres un muchacho muy trabajador, Eli.
Las mejillas del chico enrojecieron.
—Gracias, milady.
Alison subió despacio hasta el dormitorio que compartía con Finn.
Le costaba incluso poner un pie delante del otro.
Se quitó la ropa sin prisas y la dejó caer al suelo.
Aunque estaba sudada después del trabajo en la cocina, decidió asearse con la jarra de agua templada en lugar de pedir que le prepararan un baño.
Se puso el camisón y se dejó caer sobre la cama.
Debió de quedarse dormida, porque lo siguiente que supo fue que Finn se metía a su lado…
. desnudo. También ella lo estaba, así que él seguramente le había quitado el camisón sin despertarla.
Intentó recordar por qué seguía enfadada con aquel grandullón, pero el pensamiento se desvaneció antes de tomar forma.
Él ya estaba encima de ella, acariciándola por todas partes.
Le sostuvo el rostro entre sus grandes manos ásperas y reclamó su boca con el posesivo ardor de un amante.
Sus lenguas se entrelazaron mientras ella recorría con las manos la musculosa espalda de Finn, sintiendo el movimiento de los músculos bajo la piel.
Finn cubrió uno de sus pechos con la boca y empezó a succionarlo con avidez.
Cuando pasó al otro, sus hábiles dedos juguetearon con el pezón que acababa de abandonar.
Ella no pensaba quedarse allí tumbada como un simple trozo de masa.
Deslizó la mano por el pecho de Finn, tirando ligeramente de los rizos oscuros.
Al final encontró lo que buscaba y cerró los dedos alrededor de la polla.
Finn gimió y le sujetó las nalgas con ambas manos, amasando la carne firme para atraerla todavía más hacia él.
—Eres tan hermosa, Alison. No me canso de ti.
Murmuró unas palabras más en gaélico. Su mano descendió hasta el húmedo y sensible centro de su cuerpo. Alison gimió.
—Sí, esposo. Así... así está bien.
Él sonrió y le mordisqueó los labios.
—Ay, esposa, si solo está bien, tendré que esforzarme más.
Eso hizo. Sus dedos arrancaron nuevos gemidos a Alison, que le suplicó que no dejara de acariciarla.
Finn la complació. Ella echó la cabeza hacia atrás mientras su cuerpo se tensaba y empujaba contra el lugar donde él trabajaba con tanta habilidad, estimulando el pequeño punto que ambos sabían que acabaría haciéndola estallar.
En cuestión de minutos lanzó un gemido ahogado y se arqueó contra él, buscando su boca con desesperación.
Finn le apartó un mechón de pelo de la frente y contempló su rostro.
—Eres todavía más hermosa cuando te deshaces entre mis brazos.
Se acomodó entre sus piernas y, con una sola embestida, la penetró.
—Alison, mo chridhe, me vuelves loco de deseo.
Ella alzó las caderas para acompasar sus movimientos a los de él, buscando el roce que tanto placer le proporcionaba.
—Rodéame con las piernas —dijo Finn con voz ronca, jadeando.
En cuanto lo hizo, sintió la presión exacta que había estado buscando.
—Sí, Finn. Así... es perfecto.
Después de unos cuantos movimientos lentos y deliberados, él aceleró el ritmo hasta penetrarla con fuerza.
—Sí... sí, esposo. Ya... ya llega.
Menos de un minuto después, otra oleada de placer la recorrió de arriba abajo al mismo tiempo que Finn gritaba, se tensaba y derramaba su semilla en su interior.