Nunca beses a un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 3) Capítulo doce
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Capítulo doce

Brendan Mackay apenas había dado tres o cuatro pasos cuando Alison se volvió hacia Finn.

—¿Cómo te atreves a amenazar a mis amigos?

—No he amenazado a tu amigo. No me gustó fue que te abrazara. Eres una mujer casada y no voy a permitir que otro hombre te ponga las manos encima.

—¿Ponerme las manos encima? No puedo creer lo que estoy oyendo. —Le dio un empujón en el pecho al arrogante patán—. Ese hombre es amigo mío desde que éramos niños. Hacía mucho que no lo veía.

Lo observó durante un momento.

—Estabas celoso.

Él se sonrojó y respiró hondo.

—No estoy celoso. Solo protejo lo que es mío.

—¿Proteger lo que es tuyo? ¿Entonces no soy más que una posesión para ti? ¿Como tu caballo?

Para entonces, el «amigo» de Alison ya había desaparecido dentro de la panadería. Finn la tomó del codo y la hizo avanzar.

—Me vendría bien una cerveza.

Solo por demostrar su independencia le habría encantado negarse, pero ella también tenía sed.

—Muy bien. Pero no voy a tomar una cerveza solo porque tú la hayas pedido.

El muy descarado sonrió con expresión burlona. Se sentaron en una mesa situada al fondo de la taberna. Mientras esperaban las bebidas, Alison dibujó un pequeño círculo sobre la madera con la yema del dedo.

—He visto que has recorrido la sala con la mirada antes de escoger precisamente esta mesa. ¿Por qué?

Finn se recostó en el respaldo y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Es más seguro sentarse al fondo. Prefiero ver lo que ocurre y quién entra o sale. Y esto es un consejo, no una orden: Nunca le des la espalda a la puerta. Comprueba también dónde están las salidas traseras y las ventanas para poder escapar con rapidez si alguna vez hace falta.

Alison decidió que, si querían tener un matrimonio tranquilo, ambos tendrían que hacer algunas concesiones. Tomó un sorbo de cerveza mientras lo observaba.

—Es un buen consejo. Reconozco que tiene sentido. —Guardó silencio un instante antes de preguntar—. ¿Por qué estás tan empeñado en controlar a todo el mundo?

Él entrecerró los ojos.

—¿Te refieres a tu «amigo»? —Negó con la cabeza—. No quiero controlar a todo el mundo. Lo único que no quiero es que otro hombre te tenga entre sus brazos.

Ella soltó una risa antes de suspirar.

—No me estaba abrazando; nos estábamos abrazando. Es lo que hacen los viejos amigos. Aunque, con tu actitud arrogante, probablemente no tengas ninguno que haga esas cosas.

Él sonrió.

—Tengo muchos amigos, pero no vamos por ahí abrazándonos como un grupo de muchachas. —Finn dio otro sorbo a la cerveza—. ¿Por qué estás tan decidida a ponerte en peligro?

Al parecer, ahora le tocaba a él hacer las preguntas. Aunque, por supuesto, seguía sin responder a las de ella.

—No me estoy poniendo en peligro...

—No empieces así la respuesta. —Hizo una pausa—.

Déjame reformular la pregunta. ¿Por qué eres tan descuidada con tu propia seguridad?

Salir sola a caballo más allá de las murallas del castillo es peligroso para una mujer, y también para un hombre, cuando te costaría tan poco pedirle a alguien que te acompañara.

Ella dirigió la mirada hacia el otro extremo de la taberna y meditó unos instantes antes de responder.

—¿Por qué hago las cosas por mi cuenta? Cuando William murió por la infección de una herida, poco después de que Bryan cayera en el campo de batalla, todo el castillo quedó sumido en el luto. —Sacudió la cabeza y bajó la vista hacia su regazo—. La muerte de sus hijos cambió a mi padre.

—¿En qué sentido?

—Dejó de importarle todo. Pasaba horas encerrado en sus aposentos, bebiendo.

Poco a poco la fortaleza empezó a desmoronarse.

Los arrendatarios acudían con disputas que necesitaban la intervención de su señor, pero mi padre dejó de celebrar audiencias y los conflictos no hicieron más que multiplicarse.

—¿Tus hermanos eran sus segundos al mando?

—Sí. —Apuró la cerveza y dejó la jarra sobre la mesa—. Pero, respondiendo a tu pregunta, ya no había nadie que pudiera considerarse realmente responsable. Albert y James mantenían ocupados a los guerreros, pero no tenían ni el tiempo ni la autoridad necesarios para asumir las funciones del laird.

—¿Fue entonces cuando decidiste que podías cuidar de ti misma?

Ella resopló.

—Aprendí por las malas que no podía confiar en nadie. Sobre todo, en los hombres.

—Tengo la impresión de que detrás de eso hay una historia.

Alison se encogió de hombros. No tenía sentido ocultarla. Lo que le había ocurrido no era nada extraordinario.

—Blair Mackay y yo nos enamoramos. —Sonrió con suavidad—.

O, al menos, eso creía yo. Era uno de nuestros guerreros.

Habíamos decidido casarnos en cuanto obtuviera el permiso de mi padre.

—Se ruborizó ligeramente—. Habíamos intimado, pero siempre nos deteníamos antes de llegar demasiado lejos.

Los dos nos quedábamos frustrados, aunque cumplimos nuestra promesa.

Entonces, antes de que Blair reuniera el valor necesario para hablar con mi padre, lo destinaron a una de las fronteras del clan.

—Volvió a sonreír, aunque esta vez con amargura—.

Allí conoció a otra mujer. Se casó con ella y tuvo un hijo antes de regresar.

—Te diría que lo siento, pero entonces no estarías casada conmigo.

Aquella respuesta la hizo reflexionar. Lo observó durante unos instantes.

¿Lo decía de verdad? ¿Era realmente feliz con su matrimonio?

Desde entonces no había vuelto a confiar en nadie, y menos aún en un hombre.

Había aprendido que la mejor forma de proteger su corazón era depender únicamente de sí misma.

Por mucho que empezara a sentir cosas por Finn, jamás confiaría en él lo suficiente como para entregarle su corazón y arriesgarse a que lo hiciera pedazos.

Finn le tomó la mano.

—Nunca te haría daño, muchacha.

Ella resopló.

—Puede que no sea tu intención, pero esa no es una promesa que puedas cumplir.

—Espero que algún día llegues a confiar en mí.

No pudo evitar que las lágrimas le anegaran los ojos. Aunque hacía mucho que había dejado atrás a Blair Mackay, todavía había días en que el recuerdo de aquella traición seguía doliéndole.

***

Finn hizo una seña al tabernero para que les rellenara las jarras.

—Puede que no te hayas dado cuenta, esposo, pero aún no has respondido a mi pregunta. ¿Por qué sientes siempre la necesidad de tenerlo todo bajo control? Sabes que eso es imposible.

Él negó con la cabeza.

—No. No necesito controlarlo todo; necesito controlarme a mí mismo.

Ella sonrió al tabernero mientras les servía otra ronda.

—Tengo la impresión de que detrás de eso también hay una historia.

Finn vaciló un instante antes de negar de nuevo con la cabeza.

—No. Simplemente nací así.

El dolor seguía siendo demasiado reciente, incluso después de diez años, para contar cómo la pérdida de control había desembocado en una tragedia.

Como no estaba preparado para hablar de la mayor debilidad de su vida, después de que Alison le hubiera confiado la suya, el resto del tiempo que pasaron en la taberna transcurrió en un silencio incómodo.

—Se acerca la hora de cenar. Será mejor que volvamos —dijo Finn, apurando el último trago de cerveza.

Alison asintió y se puso en pie. Fueorn en silencio hasta el establo, con la mano de Finn apoyada una vez más en la parte baja de su espalda. Él volvió a ayudarla a montar y emprendieron el regreso al castillo.

—Milady, ¿dónde habéis estado? —preguntó una de las criadas de la cocina cuando entraron en el gran salón.

—Mi esposa y yo hemos bajado al pueblo. ¿Ha ocurrido algo? —preguntó Finn.

Por la tensión que percibió en los hombros de Alison, comprendió que le molestaba que hubiera respondido en su lugar.

—Maude está enferma, igual que las otras dos criadas de la cocina. Necesitamos a alguien que prepare la cena.

—¿Me estás diciendo que nadie ha empezado todavía? —preguntó Finn.

La muchacha negó con la cabeza.

—No. Llevamos una hora buscando a lady Alison.

Los tres se apresuraron a dirigirse a la cocina.

—¿Qué se ha hecho hasta ahora? —preguntó Finn.

Eli, el muchacho encargado del pan, se secó el sudor de la frente con el antebrazo mientras dejaba cuatro hogazas sobre la mesa de trabajo, donde ya había otras seis. Saludó a Alison con una sonrisa.

—Tenemos el pan listo.

Alison se volvió hacia Finn.

—Sé que no es tu trabajo, pero necesito ayuda.

Él asintió.

—¿Qué quieres que haga?

Ella pareció sorprendida de que se lo preguntara. No le importaba ceder el control en la cocina; era evidente que aquel no era un terreno en el que se sintiera especialmente cómodo.

—Necesitamos carne, pero ya no hay tiempo para preparar un estofado.

Él negó con la cabeza.

—No. Reuniré a unos cuantos guerreros y nos iremos a pescar. El pescado estará listo mucho antes.

Ella lo miró con una leve sonrisa.

—¿Cómo lo sabes?

Él le devolvió la sonrisa.

—Años alimentándome sobre la marcha mientras viajaba como guerrero. ¿Cómo crees que comíamos?

—Supongo que nunca me lo había planteado. ¿Lo harás?

—Claro.

Se dio la vuelta y salió de la cocina.

***

Alison seguía sorprendida de que Finn se hubiera ofrecido a ayudar en la cocina.

Si pensaba tomar el control, también se llevaría una sorpresa.

Aunque, bien pensado, él le había preguntado qué necesitaba que hiciera.

Mantuvo ocupadas a Brenda y Sorcha, las dos criadas que quedaban sanas, cortando verduras.

Cuando Finn regresó con tres cestas de pescado, pidió a Eli que lo ayudara a limpiar y preparar la captura.

—Brenda, tú y Sorcha aseguraos de que haya mantequilla y queso frescos para servir con el pescado.

Miró hacia donde Finn estaba ocupado friendo el pescado, porque había dicho que sería más rápido que hornearlo. Sonrió al recordar que le había preguntado si le parecía bien cambiar la forma de cocinarlo. Quizá estaba ganando aquella silenciosa partida por el control que ambos parecían disputar.

Una vez listo el pescado, el reducido personal de cocina trabajó con rapidez para colocar toda la comida en las bandejas y llevarla al gran salón.

El pobre Finn fue blanco de numerosas bromas por servir la comida junto al resto. Alison no tenía ni idea de hasta qué punto era fuerte la confianza de aquel hombre, porque él se limitó a ignorar las pullas.

Cuando terminaron de servir, Alison se dejó caer en un banco de la cocina y empezó a abanicar su rostro con un paño para refrescarse. Finn entró y se sentó a su lado.

—Has hecho un gran trabajo, esposa.

Ella negó con la cabeza.

—Bueno, debo admitir que no esperaba que me ayudaras en la cocina.

Él se inclinó y le dio un rápido beso.

—Ten cuidado. Siempre haré lo inesperado, muchacha.