Capítulo catorce
Sinclair descargó la jarra sobre la mesa con un golpe seco y fulminó con la mirada a sus cuatro hijos. Su ira iba dirigida sobre todo a Archie.
—Por tu culpa hemos perdido el dinero y las tierras que formaban parte del acuerdo matrimonial.
Archie sostuvo la mirada de su padre.
—Eso era insignificante comparado con lo que iba a ganar. Habría sido el próximo laird de los Mackay.
—Llevar a tu puta contigo y alojarla en tu dormitorio fue la estupidez más grande que he visto jamás —intervino Miles, el menor de los hermanos.
Archie se volvió hacia él con gesto airado.
—La muchacha Mackay aceptó esa condición.
—Al parecer, también estaba dispuesta a divertirse con Finn Mackay. Como segundo al mando del clan, él iba a seguir muy cerca de ella. Podrías haberte encontrado criando a un heredero que ni siquiera fuera un Sinclair.
—¡Basta! —bramó Sinclair, haciendo callar a sus hijos—.
Eso ya no tiene remedio. Lo que me importa ahora es recuperar lo que nos prometieron.
Esas tierras eran perfectas para reforzar la defensa de nuestro castillo.
Si algún día sufrimos un ataque, no espero que los Mackay acudan en nuestra ayuda.
El viejo es un inútil y, cuando Finn Mackay tome el control tras su muerte, tendremos suerte si no decide atacarnos.
Nunca le has caído bien —añadió, mirando a Archie.
Archie frunció el ceño, pero permaneció en silencio.
—Y también está el dinero —continuó Gilbert, tamborileando con los dedos sobre la mesa—. Necesitamos un plan.
—¿Un plan para qué? —preguntó David, el tercero de los hermanos.
—Para conseguir lo que nos corresponde. Los Mackay deberían habernos entregado lo acordado antes de que nos marcháramos.
—¿Vamos a entrar en guerra con ellos? —preguntó Archie.
Sinclair alargó el brazo y le dio un coscorrón.
—No me extraña que perdieras el compromiso. Tendrías que haber dejado a tu puta en casa y haber prestado atención a lady Alison. No me sorprende que acabara buscando la atención de Mackay.
Archie se frotó la cabeza.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
Gilbert guardó silencio unos instantes antes de responder.
—Secuestraremos a la muchacha. La retendremos hasta que acepten cumplir las condiciones del acuerdo matrimonial.
Durante un largo minuto ninguno de los cuatro habló, asimilando lo que acababan de oír. Al final fue Archie quien rompió el silencio.
—¿Y cómo lo haremos?
Sinclair dejó escapar un suspiro exasperado.
—¿De verdad tengo que pensar por todos vosotros? ¿A ninguno se le ocurre una forma de secuestrar a una muchacha?
Siempre había sabido que sus hijos habían heredado la inteligencia de su madre, es decir, ninguna.
Tendría que haber pensado en eso antes de casarse con Vernie tantos años atrás.
Cuando su padre concertó aquel matrimonio, a Gilbert solo le interesaban los generosos pechos y el amplio trasero de la joven.
Lástima que el cerebro no estuviera a la altura.
—Uno de vosotros irá a Tongue y se mezclará con la gente.
Haceos amigos de los vecinos, sed amables con las muchachas y averiguad todo lo posible sobre el castillo y la forma de entrar en él.
Ganad la confianza de alguna criada y descubrid cómo pasa los días la muchacha Mackay.
Averiguad si sale a pasear, si pasa tiempo sola... Pensad por una vez.
Los cuatro hermanos se miraron.
—¿Quién irá?
—Miles y David. Apenas estuvisteis allí y dudo que nadie del pueblo os recuerde.
Los dos asintieron.
—Y escuchad bien. No intentéis secuestrarla por vuestra cuenta. Volved con toda la información que consigáis y elaboraremos un plan.
Gilbert sabía perfectamente que sus hijos eran incapaces de organizar algo así por sí solos y no estaba dispuesto a echarlo todo a perder.
Si los Mackay, o peor aún Finn Mackay, llegaban a enterarse, jamás tendrían una segunda oportunidad de hacerse con aquellas tierras sin declarar una guerra que, con toda probabilidad, perderían.
—¿Cuándo debemos partir? —preguntó Miles.
—Hace una hora. —Los dos lo miraron sin reaccionar. Gilbert dejó escapar otro suspiro—. ¡Ya!
Los hermanos se levantaron y abandonaron la estancia. Entonces se volvió hacia los otros dos.
—No quiero que la muchacha sufra ningún daño mientras esté aquí. Buscad un lugar donde podamos retenerla con comodidad, pero del que no pueda escapar. —Les señaló con un dedo—. Y ni se os ocurra acostaros con ella.
Ambos asintieron.
—Ahora id a ocuparos de ello. Archie, mueve el culo y vuelve al campo de entrenamiento. Quiero a esos hombres preparados. No deseo una guerra con los Mackay ni con nadie, pero debemos estar listos por si llega.
Gilbert echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Ya era demasiado tarde para lamentarse, pero habría cambiado de buen grado aquellos hijos tan apuestos por uno solo con un poco de cerebro.
***
—¿Qué clase de problemas? —preguntó Foster Mackay.
Finn y James estaban sentados frente al laird en su despacho. Finn hizo un gesto a James para que respondiera.
—Algunos de nuestros hombres, los que patrullan con regularidad la frontera, se han encontrado con varios bandidos. Creen que, en realidad, eran miembros del clan Sinclair intentando provocar incidentes sin ser identificados.
Mackay reflexionó unos instantes.
—No creo que los Sinclair sean tan insensatos. Mantened la situación vigilada, pero no me parece motivo suficiente para preocuparnos.
Finn no compartía su confianza. Todavía recordaba la expresión de Archie Sinclair cuando los sorprendió con Alison en los establos.
A aquel hombre no le importaba presentarse en su propia boda acompañado de su amante, pero exigía que su prometida llegara virgen al matrimonio.
Finn seguía lamentando no haberle dado una paliza.
Control. Al final, todo se reducía siempre al control.
—¿Esperáis algún tipo de represalia por parte de los Sinclair? —preguntó.
—Sí —respondió Foster—. Asegúrate de que las murallas estén bien vigiladas y, sin alarmar al personal, ordena a todos que permanezcan atentos a cualquier cosa fuera de lo normal.