Nunca beses a un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 3) Capítulo diez
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Capítulo diez

Alison encontraba abrumadora su cercanía. Era una sensación completamente nueva para ella. Siempre había tenido la sartén por el mango al tratar con la gente, especialmente con los hombres. No confiaba en ellos y nunca volvería a hacerlo. Su corazón no podría soportar otro golpe como el anterior.

Antes de que lograra serenarse tras contemplar a Finn Mackay en todo su esplendor desnudo, se sentó envuelta en la bata y dio un sorbo al whisky.

Era precisamente la prenda que su prima Mairi le había confeccionado y regalado al llegar.

Avergonzada incluso de tocarla, la había escondido al fondo del armario.

Le parecía bastante sospechoso que Finn hubiera ido a sacar precisamente aquella.

Y entonces él le quitó el vaso de la mano y la besó.

Con el corazón golpeándole los oídos, sintió cómo cubría su boca con la suya.

El beso era cálido, suave, explorador. Le rodeó los hombros con un brazo y la atrajo hacia su cuerpo.

Las ligeras prendas que ambos llevaban parecían no existir.

Alison percibía el calor y la firmeza de su pecho.

La leine estaba abierta a la altura del cuello, dejando entrever un torso fuerte cubierto por un suave vello oscuro, muy parecido al de su cabello.

El beso de Finn se volvió más intenso, más posesivo.

Rozó sus labios con la lengua y, cuando ella los entreabrió, se deslizó en su boca, explorando rincones cuya sensibilidad desconocía.

Sintió una inesperada sensación de pérdida cuando él se apartó, pero enseguida sus labios descendieron hasta su cuello.

Sus dientes atraparon suavemente el lóbulo de su oreja, mordisqueándolo antes de aliviar la caricia con el calor húmedo de su lengua.

No quería permanecer inmóvil mientras él lo hacía todo.

Deslizó las manos por el pecho de Finn y comenzó a jugar con las puntas de su cabello corto.

Los besos de su marido se hicieron más exigentes, más dominantes.

Él llevaba la iniciativa y se lo hacía saber con cada gesto.

Movía su cuerpo a su antojo, conquistaba una y otra vez su boca y la dejaba tan aturdida que tuvo que aferrarse a sus hombros para no perder el equilibrio.

Se apartó apenas un instante y, antes de que ella pudiera recuperar el aliento, sus grandes manos se deslizaron bajo el camisón y, en cuestión de segundos, se lo quitó por la cabeza.

Lejos de sentir frío —el fuego cumplía bien su cometido—, Alison sintió cada vez más calor.

—Ay, cariño, estaríamos mucho más cómodos en la cama.

Incapaz de responder con palabras, ella se limitó a asentir.

Finn la alzó en brazos, dejando caer el camisón al suelo, y la depositó con delicadeza sobre el lecho.

Toda la vergüenza que había sentido antes parecía haberse disipado.

Mientras él se quitaba la leine y se acomodaba a su lado, ella no podía apartar la mirada de su desnudez.

Él parecía tan fascinado por sus pechos como ella por la anatomía masculina de Finn. Era larga, gruesa y sobresalía de su cuerpo. Sabía para qué servía, pero pensó que debería haber pedido verla antes de que la obligaran a casarse. Aquello no podía caber.

Finn le acarició los pechos, pellizcó con suavidad sus pezones y, cuando creyó que ya no soportaría más, cubrió uno de ellos con la boca.

El placer era tan intenso como el que había sentido en los establos.

Estaba segura de que el gemido que acababa de escapar de sus labios era suyo.

Los pechos se le volvieron pesados y sintió cómo el calor y la humedad crecían entre sus piernas.

Él soltó el pezón con un leve sonido húmedo y de sus labios brotó un involuntario:

—No.

Antes de que pudiera terminar la palabra, Finn la rodeó con el brazo y la estrechó contra él. El roce de sus pezones endurecidos contra aquel pecho musculoso cubierto de un fino vello hizo que el corazón le latiera con fuerza y que el aire apenas le llegara a los pulmones.

Después de varios besos más que le nublaron por completo el pensamiento, la hizo recostarse boca arriba. Apartándole de la frente un mechón de cabello ya húmedo, murmuró:

—Llevo imaginándote así casi desde que llegué al castillo de Varrich.

—Lo dudo, esposo. Lo único que hacías era darme órdenes.

—Sí, pero eso no significa que no te deseara. Y tú mereces a un hombre que te quiera en su cama por encima de cualquier otra mujer.

Al comprender que hablaba de Archie Sinclair, notó que el rechazo que todavía sentía hacia aquel compromiso frustrado terminaba de disiparse, sustituido por un revoloteo en el vientre y por un calor creciente allí donde ahora deseaba sentir las manos de Finn.

—Te casaste conmigo por accidente.

—No, esposa. Estaba destinado a ser así. —Gruñó con una sonrisa—. Ya hemos hablado demasiado.

Y selló aquellas palabras con otro beso que pareció llegarle hasta el alma.

Su mano descendió hasta la parte más íntima de Finn y la exploró por primera vez, fascinada por aquella sensación tan extraña.

Era suave y firme al mismo tiempo, con la punta ligeramente húmeda.

Él dejó escapar un silbido entre dientes.

—¿Estás segura de que quieres hacer eso? Por mucho que me guste, podrías hacer que esto terminara antes de que tú pudieras disfrutar.

—Es una sensación tan extraña.

La risa de Finn sonó entrecortada. Mientras seguía ocupando su boca con besos, murmurándole palabras en gaélico al oído, recorriéndole la piel con los labios y besándole el rostro, Alison deslizó las manos por los fuertes músculos de su espalda.

Desde la muerte de sus hermanos no se había vuelto a sentir protegida.

Aprender a manejar el arco y el sgian dubh no le había servido tanto como imaginaba.

El mundo que había conocido como única hija y hermana prácticamente había desaparecido.

Sentía que había perdido a todos los hombres de su familia, sobre todo cuando su padre decidió casarla con un hombre que no la quería.

Dudaba mucho que sus hermanos hubieran permitido algo así.

Pero el padre con el que había crecido estaba tan perdido para ella como ellos.

Ahora tenía a su lado a un hombre fuerte que había jurado protegerla.

Aunque aquella protección tenía un precio.

—Deja de pensar, muchacha. Puedo oír cómo trabaja esa cabeza tuya —murmuró Finn mientras deslizaba los dedos por su cuerpo hasta alcanzar los húmedos y cálidos pliegues entre sus muslos—. Esto impedirá que tu mente siga divagando.

Nunca se habían pronunciado palabras más acertadas. En cuanto el grueso dedo de Finn comenzó a acariciarla entre los pliegues de su intimidad hinchada por el deseo, toda su atención se concentró en la necesidad de que siguiera haciéndolo.

—Relájate, m’eudail. Sé que necesitas algo, pero, si te tensas, tardaremos más. No voy a dejarte insatisfecha.

No comprendía aquellas palabras en gaélico, pero sí entendía la promesa que encerraban.

Iba a darle placer. Y, aunque había jurado no volver a confiar en ningún hombre, por un instante deseó creerle.

Su atención volvió de inmediato a las caricias de Finn.

Él deslizó un dedo en la entrada de su cuerpo y ella casi se arqueó sobre el colchón. Poco después añadió un segundo.

—Estás muy tensa.

—¿Eso es malo?

—No. Pero necesitaré un poco de tiempo para prepararte para mí.

—No dejes de hacer lo que estás haciendo.

Finn sonrió.

—Ni lo sueñes, esposa.

Y volvió a cubrirle los labios con los suyos, acariciándolos más que besándolos.

No era de extrañar que Alison respondiera con tanta intensidad a sus caricias.

Por lo que había visto en sus enfrentamientos desde su llegada, Finn ya sabía que bajo aquella fachada desafiante se ocultaba una mujer apasionada.

Qué desperdicio habría sido entregarla a un hombre que no la deseaba.

Mientras sus dedos seguían obrando su magia, Alison empezó a retorcerse bajo él, gimiendo y suplicando.

Comprendió que estaba cerca del clímax, así que le abrió suavemente las piernas y se colocó entre ellas, apoyando su miembro en la entrada de su cuerpo dispuesto y receptivo.

Comenzó a penetrarla muy despacio sin dejar de acariciarla allí donde más lo necesitaba.

—Estoy... estoy a punto de llegar, Finn... —jadeó ella.

—Lo sé, mo chridhe. Relájate.

Apenas había terminado de hablar cuando Alison tensó las piernas y dejó escapar un gemido ahogado.

En ese mismo instante él avanzó hasta encontrarse con la barrera de su virginidad.

Cerró los ojos y permaneció inmóvil un momento, casi con dolor, esperando a que remitieran las intensas contracciones que estremecían el cuerpo de Alison.

No quería provocarle más dolor del necesario y estropear el placer que ella estaba sintiendo.

Cuando notó que ella se relajaba, terminó de penetrarla.

—Ay...

—Lo siento, muchacha. Ya ha pasado. A partir de ahora solo habrá placer.

Una lágrima solitaria resbaló por la mejilla de Alison.

Finn la recogió con los labios, tomó su rostro entre las manos y la besó con infinita ternura.

Ella cerró los ojos y movió las caderas buscándolo.

Aquella fue toda la invitación que necesitó.

Comenzó a moverse con lentitud, entrando y saliendo de su cuerpo, aumentando poco a poco el ritmo conforme ambos respiraban cada vez con más dificultad.

Cuando sintió que Alison volvía a abandonarse al placer, deslizó la mano entre sus cuerpos y empezó a acariciarla con el pulgar allí donde sabía que más lo necesitaba.

Su corazón golpeaba con fuerza mientras seguía moviéndose una y otra vez.

Los gemidos de Alison y la forma en que respondía a cada embestida terminaron por llevarlo al límite.

Con un ronco gemido, se derramó en su interior justo cuando ella volvía a estremecerse en un segundo clímax.

Apoyó la frente contra la de ella mientras ambos trataban de recuperar el aliento.

Pasado un largo instante, salió lentamente de su cuerpo y la atrajo hacia sí.

Hacía mucho tiempo —tal vez nunca— que una mujer le había proporcionado una experiencia semejante. Y pensar que todo aquello se lo debía a su testaruda mujercita.

—Ha estado muy bien, marido.

Finn la miró con fingida sorpresa.

—¿Solo «muy bien», Alison? Tendré que esforzarme más la próxima vez.

Ella le dio un suave puñetazo en el pecho.

—No. Fue mucho más que eso. Solo quería borrar esa sonrisa de satisfacción de tu cara.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Alison.

—Dormir.

Ella se volvió hacia él y apoyó una mano sobre su pecho.

—Sí, yo también estoy cansada. Pero me refería a otra cosa. ¿Cómo vamos a seguir adelante con este matrimonio? Apenas hemos tenido ocasión de hablar desde que pasamos de un matrimonio concertado a una boda.

Finn se giró para quedar frente a ella.

—¿Así es como te sientes, muchacha? ¿Obligada?

—¿Acaso no lo estaba?

Se encogió de hombros.

—No más que yo. Pero, teniendo en cuenta que ahora mismo podrías estar sola, en una cama fría, en la noche de bodas que habías previsto, quizá esa obligación haya resultado beneficiosa.

Ella levantó la mano y apartó un mechón de cabello húmedo de la frente de Finn.

—¿Y tú? ¿Te sientes obligado?

Él se volvió a quedar boca arriba y cruzó las manos bajo la cabeza.

—No me gustaba el acuerdo que tu padre había aceptado con Archie Sinclair. —Giró el rostro hacia ella—. Merecías algo mucho mejor.

Sonriendo, Alison le dio un leve puñetazo en el costado.

—¿Como tú?

—Como yo.

Ella también se tumbó boca arriba y apoyó las manos sobre el pecho.

—No quiero que me digan constantemente lo que tengo que hacer.

—No quiero que te pongas en peligro.

—Puedo cuidar de mí misma.

—No. No puedes.

—Tengo mis armas.

—Tus armas no servirán de mucho contra un hombre decidido a hacerte daño.

Alison dejó escapar un largo suspiro.

—Creo que deberíamos dormir ya, esposo. Estoy cansada y no quiero estropear lo que acabamos de compartir discutiendo.

Él se inclinó y depositó un breve beso sobre sus labios, todavía hinchados por las caricias de hacía unos instantes.

Le apetecía volver a hacerla suya, pero sabía que debía de estar dolorida.

Como nunca antes había compartido el lecho con una mujer virgen, comprendió que era su responsabilidad procurar que descansara con comodidad.

Apartó las mantas, se levantó y fue hasta el baúl donde estaban el cuenco y la jarra de agua.

Cogió un paño, lo humedeció y regresó junto a la cama.

Alison lo observó con curiosidad.

—¿Qué estás haciendo?

—Cuidar de mi esposa.

Sentándose de nuevo a su lado, la limpió con delicadeza. Ella le sonrió.

—Muy bien hecho, esposo.

Finn dejó el paño junto al resto de la ropa que debía enviarse al lavadero y volvió a acostarse.

—Ahora sí, es hora de dormir.

Alison bostezó y se volvió de lado.

—Sí.

Él la atrajo hacia sí, rodeándole la cintura con un brazo y acomodándola contra su pecho. Pocos minutos después, ambos dormían profundamente.