Nunca beses a un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 3) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

—¡Es hora de acostarse!

El grito se transmitió de voz en voz al otro lado de la puerta y, a juzgar por el estruendo, terminó llegando hasta el gran salón.

—¡Sí! —respondió Finn a voces.

Luego miró a Alison y le guiñó un ojo.

—Todo irá bien, esposa. Me aseguraré de que nadie más que yo vea tu cuerpo desnudo.

Lejos de tranquilizarla, aquellas palabras hicieron que perdiera aún más el color. Antes de que él pudiera añadir nada, un grupo de mujeres irrumpió en la biblioteca, la rodeó entre risas y exclamaciones y se la llevó escaleras arriba hasta el dormitorio.

—Es hora de otra copa, Mackay.

Su primo Logan le dio una palmada en la espalda y, entre empujones amistosos, lo condujeron de nuevo al gran salón.

Lo recibieron con un estruendo de jarras golpeando las mesas, pisotones y vítores.

Finn levantó la vista hacia el estrado, donde Robin y Craig observaban la escena con los brazos cruzados y una sonrisa imposible de disimular.

No pudo evitar recordar, con cierta envidia, cómo ambos habían conseguido librarse de aquella absurda ceremonia gracias a la intervención de sus esposas.

Ellos eran jefes de clan. Él, en cambio, no tenía autoridad suficiente para expulsar de su dormitorio a un grupo de guerreros completamente borrachos que consideraban aquella tradición el momento culminante de toda boda.

Intentaban emborracharlo a toda costa, probablemente con la esperanza de que al día siguiente no fuera capaz de consumar el matrimonio y poder burlarse de él durante meses.

Empezaba a plantearse seriamente escapar escaleras arriba cuando una de las muchachas descendió anunciando a voz en grito:

—¡La novia está lista para recibir a su marido!

No le dieron tiempo ni a protestar. Lo empujaron y prácticamente lo arrastraron escaleras arriba mientras las mujeres, tan entusiasmadas como los hombres, esperaban delante del dormitorio. Al abrir la puerta, Finn vio a Alison sentada en el centro de la cama, completamente inmóvil.

Estaba tan pálida como la leche recién ordeñada.

Se había envuelto en la colcha hasta la barbilla, como si aquella fuera la única protección posible contra la invasión que estaba a punto de sufrir.

Los hombres empezaron a desvestir a Finn entre carcajadas, lanzando cada prenda por la habitación mientras Alison contemplaba la escena con los ojos cada vez más abiertos.

Cuando por fin quedó desnudo, retrocedió hasta que la parte posterior de sus piernas chocó contra el borde de la cama. Se sentó un instante y levantó una mano para intentar imponer silencio.

Nadie le hizo caso. Tuvo que lanzar un silbido tan potente que consiguió imponerse por encima del escándalo.

—La ceremonia ha terminado, muchachos. Mi esposa y yo agradeceríamos un poco de intimidad.

—¡Todavía no! —protestó uno de los guerreros—. ¡Tenemos que meterte en la cama!

—¡Sí! ¿Cómo vamos a saber si la novia está preparada para ti?

Finn señaló con firmeza la puerta.

—Fuera. Todos.

Después miró al grupo de mujeres.

—Y preguntadles a vuestras damas quién ha preparado a lady Alison. Ellas ya han comprobado todo lo que necesitaban comprobar.

Las mujeres soltaron algunas risitas, mucho menos alteradas que los hombres. Una de las mayores dio un paso adelante y empezó a empujar a los más rezagados.

—Vamos, muchachos. Tiene razón. No necesitáis ver a su esposa. Fuera. Todos.

Entre protestas y refunfuños, la habitación fue vaciándose por fin.

En cuanto la puerta se cerró, Finn cruzó la estancia a toda prisa y echó el cerrojo.

Al darse la vuelta, descubrió que Alison seguía exactamente donde la había dejado.

Solo había un cambio, ahora la colcha le cubría también la cabeza. Finn sonrió para sí.

—¿Te apetece un whisky o prefieres una cerveza, ahora que por fin estamos solos?

La colcha descendió apenas unos centímetros, lo suficiente para que aparecieran sus ojos y pudiera asentir. Le llevaría tiempo conseguir que su nueva esposa se relajara. Desde luego, aquella caótica ceremonia no había contribuido precisamente a tranquilizarla.

—Eh... ¿tienes algo que puedas ponerte? Creo que aquí hace bastante frío.

Apenas oyó el murmullo, pero comprendió enseguida lo que quería decir. Para él la desnudez carecía de importancia; para ella era otra historia.

—Claro.

Se acercó al montón de ropa desperdigada por el suelo y encontró una leine. Se la pasó por la cabeza antes de volver a hablar.

—¿Por qué no vienes a sentarte conmigo junto al fuego?

Ella negó con la cabeza desde debajo de las mantas.

—Me han quitado toda la ropa.

—Esta es tu habitación. Solo dime dónde guardas el camisón y te lo traeré.

Alison señaló un armario situado junto al arcón sobre el que descansaban una jofaina y una jarra de agua.

—Ahí.

Finn abrió el armario y rebuscó entre la ropa hasta encontrar el camisón más ligero.

Alison seguía tan afectada por todo lo ocurrido que ni siquiera pareció darse cuenta de lo transparente que resultaba aquella prenda.

Él, desde luego, no iba a ser quien se lo señalara, así que se la entregó y ella se la puso rápidamente.

—Gracias. Ahora me siento mucho mejor.

Finn volvió a tenderle la mano.

—Ven. Tomemos algo junto al fuego. Te ayudará a relajarte.

Esta vez Alison sonrió de verdad. Aceptó su mano y se levantó de la cama.

Fue entonces cuando Finn se quedó sin respiración.

Había pasado tanto tiempo discutiendo con ella que nunca se había permitido contemplarla con calma.

Era sencillamente deslumbrante. Incluso bajo el fino camisón, su cuerpo se adivinaba con absoluta claridad: los pechos llenos, coronados por pezones rosados; la cintura estrecha; las amplias caderas; las largas piernas, cuya unión ocultaba apenas una sedosa mata de vello rubio.

Su mirada ascendió lentamente hasta detenerse en la cascada de rizos dorados que caían sobre sus hombros y se derramaban sobre la espalda y parte del pecho.

Tuvo que sacudirse mentalmente. Iba a conducirla junto al fuego, para que entrara en calor.

Él, por otro lado, sentía tanto calor que en aquel momento se habría arrojado con gusto al lago más cercano o habría vaciado de un trago una botella de whisky antes de acercarse otra vez a la cama.

Finn sirvió dos vasos y ocupó la silla junto al hogar.

Alison se sentó a su lado y ambos permanecieron unos instantes en silencio, contemplando las llamas mientras bebían a pequeños sorbos.

Ella olía a flores, a sol y a todo aquello que, para él, representaba la feminidad.

Finn descubrió que apenas podía apartar la vista de ella.

Alison sostenía el vaso con ambas manos, aferrándose a él como si fuera un salvavidas.

—Alison... ¿Estás nerviosa?

Ella respiró hondo. El movimiento de su pecho hizo que la mirada de Finn descendiera instintivamente hasta detenerse en sus pechos, apenas ocultos por el fino camisón. Cerró los ojos un instante.

«Contrólate.»

—Un poco —admitió ella al fin—. Hace muchos años que no tengo madre y nunca hubo nadie que me explicara estas cosas. Intenté escuchar las conversaciones de las criadas, pero solo oía susurros... y muchas risas. Nunca entendía realmente de qué hablaban.

Finn pasó lentamente una mano por su cabello. ¿Debía explicárselo? ¿Enseñárselo? La segunda opción le parecía infinitamente mejor. Si iba despacio, sin asustarla...

Entonces recordó quién era Alison.

No era una muchacha tímida y asustadiza.

Era la mujer que se enfrentaba a él cada vez que intentaba impedirle hacer alguna locura.

La que cabalgaba sola por las Highlands como si fuera inmortal.

La que presumía de su puntería con el arco y de llevar siempre un sgian dubh escondido.

La que mujer había respondido a su beso en el establo con una pasión que todavía era capaz de recordar.

La timidez desaparecería. Y, cuando eso ocurriera, estaba convencido de que toda la intensidad que intuía bajo aquella apariencia orgullosa volvería a despertar.

Con renovada seguridad, tomó con suavidad el vaso de whisky de las manos de Alison y lo dejó sobre la mesa.

Después apoyó ambas manos sobre sus hombros y la giró lentamente hacia él.

—Esposa... eres, sin duda, la mujer más hermosa que he visto jamás.

El rubor cubrió inmediatamente las mejillas de Alison. Antes de que pudiera restar importancia al cumplido o rebatirle, él cubrió sus labios carnosos con los suyos, comenzando lento y pensativo. No tardó mucho en pedir más.

Él estaba dispuesto.