Capítulo ocho #2
—No tenías ningún derecho a decirme lo que podía o no podía hacer.
—Como tu marido, es mi obligación protegerte. Incluso de ti misma.
Ella volvió a señalarlo con el dedo.
—¡No eras mi marido cuando empezaste a darme órdenes como si fuera una niña!
Finn se pasó una mano por el cabello y respiró profundamente, intentando contener la respuesta que estaba a punto de darle.
—Alison. No te he traído aquí para discutir.
Mientras pronunciaba aquellas palabras comprendió que todo estaba saliendo justo al contrario de como había imaginado.
Había querido disponer de unos minutos a solas con ella porque, desde la breve conversación que el terrateniente les había permitido mantener la noche anterior, prácticamente no habían tenido ocasión de hablar.
Además, sabía que, una vez comenzara la ruidosa ceremonia nupcial organizada por los guerreros, terminarían inevitablemente solos en su dormitorio, y entonces cualquier conversación quedaría relegada a un segundo plano.
Asumía por completo la responsabilidad de lo ocurrido.
Él tenía experiencia; Alison era una joven inocente.
Jamás debería haber permitido que aquel beso en el establo llegara tan lejos.
Por mucho que la muchacha consiguiera desesperarlo, el deseo que despertaba en él era tan intenso que llegaba a asustarlo.
Lo que más le inquietaba, sin embargo, era otra cosa: había vuelto a perder el control.
Dos veces. La primera, cuando se abalanzó sobre Archie Sinclair al oírlo insultar a Alison.
La segunda, cuando permitió que el deseo lo dominara en el establo.
Y, aun así, seguía sin ser capaz de imaginarse presenciando aquella mañana la boda de Alison con aquel bastardo.
Su Alison. Le sorprendió descubrir hasta qué punto había empezado a pensar en ella como si ya le perteneciera, cuando ni siquiera habían compartido todavía el lecho matrimonial.
Si el matrimonio era consecuencia de su falta de control, aquella discusión también lo era.
Quizá sonara demasiado autoritario, pero desde el mismo día de su llegada había tenido la impresión de que nadie era capaz de poner límites a Alison.
Y ahora él tenía demasiadas responsabilidades como para vivir pendiente de si su esposa volvía a meterse en alguna situación peligrosa.
«Dale un hijo del que ocuparse.»
La idea cruzó su mente casi por instinto.
Mientras reflexionaba, Alison se había apartado hasta la ventana. Permanecía de espaldas a él, con los brazos cruzados y todo el cuerpo tenso.
Aquello no era lo que quería. Había imaginado que aquellos minutos servirían para reconciliarse, para regresar al gran salón con las asperezas limadas y retirarse más tarde a su dormitorio pensando únicamente en disfrutar de una auténtica noche de bodas.
Se acercó despacio hasta ella y le rodeó la cintura con un brazo, atrayéndola suavemente contra su pecho.
Con la otra mano apartó la larga melena rubia de su espalda hasta dejar al descubierto la piel desnuda de su cuello.
Ella se estremeció cuando sintió el roce de sus labios.
Finn depositó un beso en aquel punto y luego otro, más lento, antes de murmurar:
—Qué suave.
Un leve gemido escapó de la garganta de Alison.
Se dejó caer hacia atrás contra él mientras la mano de Finn ascendía lentamente hasta su pecho.
El pulgar comenzó a acariciar el pezón a través de la tela del vestido y sintió cómo este se endurecía bajo la presión de sus dedos.
Alison respondió instintivamente, pegándose aún más a su cuerpo.
Finn cerró los ojos durante un instante y se recordó que debía detenerse.
Tenían que terminar aquella conversación, regresar al gran salón, concluir la celebración y retirarse después a su dormitorio como un matrimonio recién casado.
Con suavidad, la hizo girarse hasta quedar frente a él y la rodeó con ambos brazos.
—No quiero discutir contigo porque creo de verdad que podemos tener un buen matrimonio.
Se inclinó para besarle el cabello.
—Tendremos muchos hijos. Niños fuertes y niñas hermosas.
Alison apoyó las manos sobre su pecho.
—Yo tampoco quiero discutir. Pero tampoco quiero que me digan continuamente lo que tengo que hacer. Puedo cuidar de mí misma.
Finn sonrió con una mezcla de paciencia y ternura.
—¿Sí? ¿Y cómo piensas hacerlo?
Ella levantó el mentón.
—No te rías de mí. Soy muy buena con el arco. Y siempre llevo un sgian dubh.
Él soltó un suspiro resignado.
—Ay, muchacha... Eso me preocupa todavía más. Si alguien consigue acercarse lo suficiente como para obligarte a sacar ese cuchillo, también podrá arrebatártelo y usarlo contra ti.
Vio que la expresión de Alison cambiaba de inmediato.
Conocía ya aquella mirada: estaba a punto de volver a discutir.
Antes de darle la oportunidad de responder, le sujetó el rostro entre las manos y la besó con firmeza, de forma posesiva.
Había descubierto que aquella era la manera más eficaz de impedir que siguiera protestando: mantener ocupados sus labios.
Unos golpes en la puerta de la biblioteca los separaron de golpe.