Capítulo ocho
Alison se contempló fijamente en el espejo.
Estaba completamente indecisa. Era el día de su boda.
Con el novio equivocado. No. Con el novio adecuado.
Aunque, si era sincera consigo misma, la mejor opción habría sido no tener novio.
Ni siquiera estaba segura de que Finn le gustara.
Era demasiado mandón, demasiado seguro de sí mismo, demasiado dispuesto a señalarle todo lo que, según él, hacía mal.
Y, además, no confiaba en él. Aunque, pensándolo bien, no confiaba en ningún hombre.
Todos acababan decepcionándote. Mientras consiguiera mantener su corazón a salvo, todo iría bien.
Llamaron suavemente a la puerta y su prima Mairi, del clan Mackay de la frontera con Sutherland, entró en la estancia. Iba a ser su dama de honor, pero había llegado la mañana anterior y, con todos los trastornos de las últimas horas, apenas habían tenido ocasión de hablar.
—Estás preciosa, Alison. —Mairi se llevó las manos a la boca mientras la contemplaba—. Tu novio va a quedarse sin palabras.
Alison sonrió con ironía.
—¿Qué novio? ¿El que se marchó o el que se quedó?
Mairi soltó una risita mientras se acercaba.
—Admiro tu sentido del humor, prima. No sé si yo estaría tan tranquila después de lo de ayer.
—Si pudieras ver cómo me siento por dentro, no pensarías lo mismo.
Mairi le tomó las manos.
—No conozco toda la historia. Anoche pensé que lo mejor era dejarte sola, pero aún tenemos un poco de tiempo antes de que te reclamen abajo. ¿Quieres contármelo?
Alison retiró las manos y empezó a pasear por la habitación.
—No hay gran cosa que contar. Finn Mackay y yo no nos hemos llevado bien desde que llegó. Pero tampoco se puede negar que existe una atracción entre nosotros. Anoche estaba en el establo, compadeciéndome de mí misma, cuando apareció. Intentó consolarme... y una cosa llevó a la otra.
—¿Y Sinclair? Has dicho que te compadecías de ti misma. ¿No sentías nada por él?
Alison soltó un bufido.
—Lo odiaba. Parte del acuerdo de compromiso consistía en que yo aceptara que seguiría compartiendo el lecho con su lemman.
—¡No!
—Sí. Y eso no fue lo peor. Cuando llegaron al castillo, ella vino con él y Archie ordenó a una criada que la llevara a la habitación que le habían preparado.
Mairi se quedó inmóvil, con la boca entreabierta.
—¿Y tu padre permitió algo así?
—Se aseguró de que aceptara las condiciones del compromiso, pero no creo que supiera que aquella bruja iba a presentarse en la boda.
Su prima apoyó las manos en las caderas.
—Debería haberlos echado del castillo.
—Papá no ha vuelto a ser el mismo desde que murieron mis hermanos. Creo que simplemente quería quitarme de en medio.
Mairi le acarició con ternura el cabello.
—Podrías haberte venido a vivir con nosotros en vez de quedar atada a un hombre así.
Alison suspiró.
—Hasta que apareció con ella, pensaba que podría soportarlo. Pero entonces todo se volvió real. Compartiría a mi marido con otra mujer, que dormiría con él mientras yo me quedaba sola en otra habitación.
—¡No!
—Sí. —Sonrió con tristeza—. Esa fue exactamente la reacción de Finn. Estaba tan furioso que llegué a pensar que me cargaría sobre la grupa de su caballo y se marcharía conmigo.
—Al final consiguió salvarte de todos modos.
Un nuevo y discreto golpe en la puerta interrumpió la conversación. Una criada entró tras recibir permiso.
—Milady, vuestro padre os ruega que bajéis.
Mairi enlazó su brazo con el de Alison.
—Vamos. Pongamos en marcha esta boda.
Finn le dedicó una sonrisa cálida y le tendió la mano.
—Estás preciosa.
Alison aceptó la mano con cierta vacilación y se humedeció los labios. Él sostuvo su mirada un instante, cerró ligeramente los ojos como si quisiera decir algo más, pero acabó volviéndose hacia el sacerdote.
Cuando llegó el momento, ambos unieron las manos y el sacerdote las envolvió con una tira del tartán de los Mackay.
Finn pronunció los votos sin apartar los ojos de los de ella, mientras Alison fue incapaz de sostener durante mucho tiempo aquella mirada tan intensa.
Finalmente, el sacerdote los bendijo, rezó por su fertilidad y los declaró marido y mujer.
El pequeño cortejo regresó al castillo en un ambiente mucho más sobrio que el habitual en una boda. Desde que la noche anterior le había comunicado que se casaría con Finn, su padre apenas le había dirigido la palabra. Mientras caminaban hacia la fortaleza, Finn se inclinó hacia ella.
—No será tan terrible, Alison. Creo que podremos llevarnos bien.
Ella le lanzó una mirada de soslayo.
—Siempre que obedezca tus órdenes.
Él suspiró.
—No pretendo darte órdenes. Solo me preocupa tu seguridad. Son tiempos peligrosos.
Alison asintió sin responder. Él podía disfrazar sus imposiciones con palabras como «preocupación» o «protección», pero para ella seguían siendo lo mismo: órdenes, normas y exigencias.
Ya sentados en el estrado, con Mairi a su lado y Robin junto a Finn, comenzaron a llegar las fuentes desde la cocina.
Apenas habían servido los primeros platos cuando su padre, Robin, Craig y Finn quedaron absortos en una conversación sobre asuntos del clan.
Alison no pudo evitar preguntarse si, en algún momento de aquel día, su padre tendría intención de hablar con ella.
Hasta entonces no había hecho otra cosa que ordenarle que se casara con Finn.
Sintió un escalofrío al recordar la humillación de la noche anterior: haber sido descubierta medio desnuda entre los brazos de Finn, precisamente la víspera de su boda con otro hombre…
un hombre que había tenido el descaro de presentarse acompañado de su amante.
Ahora Finn era su marido y el futuro heredero del señorío cuando su padre muriera, un puesto destinado originalmente a Archie Sinclair.
Sin embargo, nadie le explicaría qué consecuencias tendría aquello para las relaciones entre ambos clanes.
Era mujer. Las mujeres no participaban en esas conversaciones.
No tenían poder, ni autoridad, ni derecho a conocer los asuntos importantes.
Ni siquiera cuando eran ellas quienes terminaban casándose por el bien de los hombres.
Cuando terminaron de comer, retiraron las mesas para dejar espacio a los bailes.
—¿Te encuentras mejor, Alison? —preguntó Mairi, posando una mano sobre la suya.
—Sí. Siempre es peor la espera que el momento en sí. La anticipación es lo que más angustia provoca.
En ese momento, Finn se apartó de la conversación con su padre y se inclinó hacia ella.
—Necesitamos unos minutos a solas antes de que ese grupo de salvajes empiece a exigir la ceremonia nupcial.
Señaló discretamente hacia un rincón del salón, donde varios guerreros ya brindaban ruidosamente por los recién casados. Alison abrió mucho los ojos.
—No. No quiero pasar por eso.
—Alison, soy el segundo al mando y el responsable del entrenamiento de esos hombres. ¿De verdad crees que voy a librarme?
—Pues diles que no.
Finn dejó escapar una risa.
—Después de toda la cerveza, el vino y el whisky que han bebido, me temo que ya no entienden muy bien el significado de esa palabra.
Se puso en pie y le tendió la mano.
—Ven.
Ella entrelazó los dedos con los suyos y permitió que la ayudara a levantarse.
—¿Adónde crees que te la llevas? —gritó uno de los guerreros.
Inmediatamente comenzaron a golpear las jarras contra las mesas entre carcajadas. Finn levantó ambas manos con gesto conciliador.
—Solo vamos a dar un paseo.
Después tiró suavemente de Alison.
—Date prisa.
Ella negó con la cabeza mientras caminaban.
—Hace demasiado frío para pasear. Podemos ir a mi dormitorio.
Finn la miró con expresión divertida.
—Ah, no. Demasiada tentación, cariño. Quiero hablar contigo, pero sospecho que, si entramos en un dormitorio, hablaremos muy poco.
Alison sintió que las mejillas le ardían, lo que provocó otra sonrisa en su marido, casado con ella apenas unas horas antes.
—Utilizaremos la biblioteca que hay junto al estudio de tu padre.
El trayecto transcurrió casi en silencio.
Ambos caminaban absortos en sus propios pensamientos.
Al llegar, Finn apoyó una mano en la parte baja de su espalda para franquearle el paso y el simple contacto hizo que un agradable calor se extendiera por todo su cuerpo.
Cerró la puerta tras ellos y comentó con una media sonrisa:
—Al menos aquí no hay cama.
Ella volvió a ruborizarse. Aún recordaba la calidez de aquella mano sobre su espalda y empezaba a comprender cosas sobre el deseo que jamás había sentido con Archie Sinclair. Claro que Archie ni siquiera la había besado una sola vez, aunque tampoco ella lo hubiera deseado.
Finn señaló una de las butacas.
—¿Nos sentamos?
—Por supuesto.
Alison ocupó una de las dos cómodas sillas, pero él permaneció de pie observándola durante unos segundos, hasta que terminó sintiéndose incómoda.
—¿Por qué sigues ahí plantado mirándome?
—Porque, si soy sincero, no tengo muy claro por dónde empezar.
Ella levantó el mentón.
—Quizá podrías empezar pidiéndome disculpas.
Finn arqueó una ceja.
—¿Disculparme? ¿Por qué? Si hablas del beso que acabó llevando a...
—No. —Frunció el ceño—. Hablo de todas las veces que has llegado diciéndome lo que podía o no podía hacer.
Finn apoyó las manos en las caderas.
—Lo único que he intentado impedir es que acabaras muerta. O que mataras por accidente a alguno de mis hombres durante los entrenamientos.
Ella le señaló con un dedo acusador.
—Solo regresaba al castillo después de recoger flores en mi jardín. Si tus hombres se distraen por eso, quizá el problema sea que no los controlas tan bien como crees.
Él gruñó.
—Siempre tengo el control.
—Precisamente ese es el problema. Necesitas controlarlo todo. —Volvió a señalarlo con el dedo—. Eres un hombre arrogante, Mackay. Estás convencido de que siempre sabes qué es lo mejor para todo el mundo. Pues no siempre tienes razón.
—Entonces explícame qué fue exactamente lo que te pedí que no fuera necesario para protegerte.
Alison se levantó de golpe.