Capítulo siete
Nada más salir del despacho de Mackay, sus dos hermanos y su primo interceptaron a Finn cuando se dirigía hacia el gran salón, ahora abarrotado de gente mientras los Sinclair hacían el equipaje para marcharse.
Por fin.
Robin le pasó un brazo por los hombros.
—Ven un momento a la habitación que me han asignado. Tenemos que hablar.
—No. A estas horas Helena ya estará dormida.
Robin lo arrastró con él.
—Como laird, me han dado una habitación con sala de estar.
Craig levantó el vaso de whisky.
—Creo que te vendrá bien un trago.
Su primo Logan sonrió con expresión burlona.
—A todos nos vendrá bien uno.
Una vez instalados en los sillones de la sala de estar de Robin, con una copa en la mano, Craig rompió el silencio.
—Supongo que ahora ya sabemos por qué llevabas tantos días de tan mal humor.
Finn vació el whisky de un trago y se pasó una mano por el pelo.
—Lo único bueno de todo este desastre es que lady Alison no tendrá que casarse con Archie Sinclair.
—¿Lo único bueno? —preguntó Logan mientras volvía a llenarle el vaso—. Vas a conseguir una esposa preciosa y, por lo que hemos visto, te importa bastante.
—Y una esposa a la que parece costarle mucho mantener las manos quietas —añadió Robin.
Finn se levantó y apoyó las manos en la cintura.
—Parte del acuerdo matrimonial entre Archie Sinclair y lady Alison consistía en que él conservaría a su lemman y seguiría compartiendo el lecho con ella después de casarse. Lady Alison no iba a ser más que una yegua de cría para ese bastardo.
—¡Estás de broma! —exclamó Craig.
—No. Quizá no os fijasteis, pero la mujer que venía con ellos era precisamente la lemman.
—¿Trajo a su amante a su propia boda?
—Sí.
Robin dejó escapar un silbido.
—Creo que tendremos que vigilar muy de cerca al laird. Si ha sido capaz de tomar una decisión tan desacertada respecto a su propia hija, ya no me inspira demasiada confianza para las demás.
Craig hizo girar lentamente el whisky en el vaso.
—Creo que perder a un hijo detrás de otro lo afectó mucho más de lo que ninguno de nosotros imaginaba.
Robin volvió la mirada hacia Finn.
—Entonces, si es tan evidente que deseas a lady Alison, ¿por qué tengo la impresión de que no estás precisamente contento con el resultado de... tu falta de discreción?
Finn aceptó otro vaso de whisky de manos de Logan.
—La muchacha tiene un criterio deplorable cuando se trata de su propia seguridad. Durante los dos últimos años, Mackay le ha permitido hacer prácticamente lo que ha querido. Ya sabéis todos lo que pienso sobre mantener el control.
Craig puso los ojos en blanco.
—Sí, lo sabemos. ¿De verdad nunca vas a perdonarte aquello, hermano? Eras un joven imprudente.
—No. Nunca lo olvidaré. Y tampoco pienso darle a lady Alison la libertad a la que está acostumbrada. Precisamente por eso hemos tenido varios enfrentamientos, y me temo que mañana nos espera una batalla más que una boda.
—No te preocupes tanto, primo —dijo Logan con una sonrisa—. Mantenla ocupada en la cama, dale unos cuantos hijos a los que cuidar y ya no tendrá tiempo para meterse en líos.
La imagen de Alison ocupando por completo una cama amplia, con aquellas maravillosas curvas invitándolo a recorrerlas con las manos, bastaba para mantenerlo despierto toda la noche. Se terminó el whisky de un trago.
—Me voy a dormir. Mañana las cosas ya serán bastante complicadas, teniendo en cuenta que a estas alturas prácticamente todo el mundo se habrá enterado de lo que ha ocurrido esta noche. No sería buena idea presentarme a la boda con una resaca de whisky.
Sus hermanos y Logan se despidieron de él con un gesto de la mano.
Salió de la fortaleza y se encaminó hacia los dormitorios de los guerreros.
Los Sinclair seguían haciendo el equipaje y apenas prestó atención a los pocos abucheos que le dedicaron algunos de sus hombres.
Si aquella noche volvía a meterse en problemas, sería únicamente para darle a Archie Sinclair la paliza que se merecía.
Ya había perdido el control una vez, cuando todos se reunieron en el salón de Mackay después de lo sucedido en el establo.
Archie Sinclair había tenido el descaro de llamar puta a Alison. Eso bastó para que Finn se abalanzara sobre él antes incluso de darse cuenta de lo que hacía. Ni siquiera el férreo dominio que siempre había ejercido sobre sí mismo sobrevivió a aquel instante.
Tendido en la cama, con las manos cruzadas detrás de la cabeza, repasó una y otra vez todo lo ocurrido aquel día.
Se había despertado dispuesto a contemplar cómo lady Alison Mackay sacrificaba su orgullo para casarse con un hombre que ni la respetaba a ella ni respetaba los votos que estaba a punto de pronunciar.
Ahora era él quien estaría a su lado mientras el sacerdote unía sus manos y pronunciaba las palabras que los ligarían para el resto de sus vidas.
Al repasar mentalmente toda la cadena de acontecimientos, comprendió que, si no hubiera decidido salir en busca de una borrachera para olvidar sus pensamientos, jamás habría ido al establo, nunca habría encontrado a Alison llorando y tampoco habría perdido el control de su lujuria.
Dos veces en una sola noche, dos veces había perdido el control. Ese era el efecto que tenían las mujeres en un hombre. Se volvió de lado y golpeó la almohada con frustración, intentando convencerse de que ya era hora de dormir.
No funcionó. Nunca funcionaba. Y menos aquella noche, cuando al día siguiente iba a casarse.
Casarse.
Lo más probable era que la mayor parte de los invitados y de sus propios familiares ya conocieran el escándalo que supondría aquel cambio de novio de un día para otro.
Por él, habría montado a la muchacha a lomos de Morag, habría cabalgado hasta el pueblo y habría buscado a un herrero dispuesto a casarlos sobre su yunque.
Rápido. Sencillo. Sin juicios de nadie. Y después, a la cama.
Gimió.
Pensar en acostarse con su esposa no hacía sino alejar todavía más el sueño.
La misma boda. La misma novia. Un novio diferente.