Capítulo seis
Una vez Finn supuso que Alison se había serenado un poco, la atrajo hacia sí y le rodeó los hombros con un brazo.
—Ha sido culpa mía, milord.
—A mí no me lo parece —replicó Sinclair—. La muchacha parecía participar con bastante entusiasmo en esa actividad.
Su padre la fulminó con la mirada.
—Retírate, hija. Quédate en tu habitación hasta que mande llamarte.
Ella miró a Finn, que le hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza.
En cuanto Alison se fue, todos siguieron a Mackay al interior de la fortaleza, atravesaron el gran salón y se dirigieron a su aposento.
Finn se apoyó contra la pared, junto a la puerta, con los brazos cruzados.
Sabía que lo que había hecho era un error.
Por desgracia, a su polla le había importado una mierda, sobre todo cuando Alison prácticamente le había suplicado que le hiciera el amor.
Ella estaba desesperada y había acudido a él.
Como hombre honorable, debería haberla rechazado y haber abandonado el establo con su honor —y el de ella— intacto.
Decidió no pensar en el hecho de que la deseaba prácticamente desde el mismo momento en que había llegado.
Aquella mujer era un grano en el culo, siempre metiéndose en líos, o intentando hacerlo.
Al menos la había librado de un matrimonio horrible y de una vida de miseria.
Estaba convencido de que los Sinclair romperían el compromiso.
Y, si no lo hacían, estaba dispuesto a coger a Alison y llevársela con él a Dun Ugadale.
Aunque los hubieran interrumpido, para él aquella mujer ya era suya, por mucho grano en el culo que fuera.
—Finn, tú y yo hablaremos en privado cuando esto haya terminado. De momento, quiero que te quedes aquí.
Finn asintió. Archie fue el primero en atacar.
—Tu hija es una puta, Mackay.
Finn rugió y saltó por encima de dos sillas para lanzarse sobre Archie. Ambos cayeron al suelo entre un estrépito de muebles y cuerpos. Alcanzó a propinarle dos buenos puñetazos antes de que Robin consiguiera apartarlo.
—¡Basta, hermano! Ya tienes suficientes problemas —gritó mientras lo empujaba de nuevo contra la pared donde había estado apoyado.
—Peleándoos no vais a resolver nada —intervino Foster Mackay.
Después volvió la mirada hacia Finn.
—Como tu señor, te ordeno que permanezcas exactamente donde estás hasta que esto termine.
Finn volvió a asentir.
—¿Desde cuándo dura esto? —preguntó Sinclair.
Finn se pasó una mano por el pelo.
—Lady Alison es virgen.
Ni siquiera sabía por qué había dicho aquello.
No tenía la menor intención de permitir que Archie se casara con ella.
Tal vez solo pretendiera proteger la reputación de Alison y evitar que quedara mancillada.
No quedaba mucho más que decir delante de todos, así que Foster despidió a los presentes, excepto a Sinclair y a Archie.
Antes de que Finn abandonara la estancia, el laird se volvió hacia él.
—Espera a que mande llamarte, Finn.
La llamada del terrateniente llegó antes de lo que Finn esperaba.
Esta vez Mackay estaba solo en la habitación.
Mientras recorría el camino desde su dormitorio hasta el salón privado, Finn había oído voces dando órdenes en el gran salón y los preparativos para una partida inminente.
Con un poco de suerte, serían los Sinclair.
El terrateniente no parecía precisamente satisfecho, pero le indicó que tomara asiento en la silla situada frente al escritorio.
Entrelazó las manos y lo miró fijamente.
—¿Qué tienes que decir en tu defensa, Finn?
Como ya esperaba aquella pregunta, respiró hondo antes de responder.
—Lo primero que quiero decir es que lo siento...
—¿Por lo que hiciste o porque te descubrieran?
Estuvo a punto de sonreír, pero decidió que no era el momento adecuado.
—Por ambas cosas.
No le correspondía decirle al terrateniente que su hija había estado llorando. Alison era una mujer muy orgullosa y probablemente lo apuñalaría con su daga si descubría que había compartido aquello con su padre. Se aclaró la garganta antes de continuar.
—Admiro mucho a lady Alison y creo que he empezado a sentir algo por ella. Sé que debería haber mantenido las manos lejos de una mujer prometida a otro hombre... —Se encogió de hombros—. Pero, a veces, estas cosas pasan.
Sabía que aquella era una excusa bastante pobre, pero no encontraba ninguna mejor. Habían ido demasiado lejos y los habían sorprendido. Con suerte, al menos aquello habría salvado a Alison de un futuro desdichado.
—Sinclair ha roto el compromiso —dijo Foster—. Debo añadir que no hice el menor esfuerzo por convencerlo de que no lo hiciera. Quizá pienses que no presto atención a cuanto ocurre a mi alrededor, pero sabía que mi hija era infeliz y que no veía ninguna salida.
Finn estuvo tentado de responder que, en realidad, él les había hecho un favor a todos, pero prefirió guardarse aquella opinión.
—¿Entiendes que ahora debes casarte con Alison?
Finn se quedó inmóvil un instante. La vida junto a Alison probablemente no sería sencilla, pero también sabía que aquella situación era consecuencia directa de sus propios actos.
—Sí, milord. Será un honor para mí.
Habría jurado que el terrateniente resopló.
—Puesto que todo está preparado para la boda de mañana, preséntate por la mañana ante el sacerdote.
Tenía sentido. Simplemente, todo había ocurrido tan deprisa que apenas había tenido tiempo de asimilarlo.
—Sí, milord.
—Ve a decirle a uno de los sirvientes que traiga a mi hija. Después vuelve.
Finn obedeció y regresó al salón privado.
***
Alison habría pagado cualquier precio con tal de que el suelo del establo se hubiera abierto para tragársela. Aquel pensamiento no dejaba de darle vueltas en la cabeza mientras caminaba de un lado a otro de su dormitorio, con las faldas del vestido susurrando a cada giro.
Menudo desastre.
Y, sin embargo, en el fondo sabía que apenas lamentaba lo ocurrido.
¿Despediría su padre a Finn? ¿Romperían los Sinclair el compromiso?
O quizá, teniendo en cuenta el escaso interés que Archie Sinclair había mostrado siempre por ella, simplemente se encogería de hombros y seguiría adelante con la boda.
Con una boda que ahora sabía que no podía celebrar. La pequeña muestra de pasión que había experimentado con Finn le había enseñado que no podía resignarse a un matrimonio sin deseo. Tal vez no quisiera enamorarse, pero sí necesitaba algo más de lo que Archie Sinclair estaba dispuesto a ofrecerle.
Habían pasado casi dos horas desde el desastre. Se moría por saber qué estaba ocurriendo, pero, al mismo tiempo, no deseaba enfrentarse a ninguno de los hombres que los habían sorprendido.
¿Qué hacían todos ellos en el establo, de todos modos? Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos. Al abrir, encontró a Brenda esperándola con los ojos muy abiertos. Al parecer, su desgracia ya se había propagado por toda la fortaleza.
—Vuestro padre desea veros en sus aposentos.
Los músculos del vientre se le tensaron.
Asintió en silencio y emprendió el camino, que se le antojó una marcha hacia el cadalso.
Se sintió aliviada al comprobar que en la habitación solo estaban su padre y Finn.
Foster permanecía sentado tras el escritorio, con los brazos apoyados sobre la madera.
Finn se puso en pie cuando ella entró y volvió a sentarse frente al escritorio.
Al menos no iban a reprenderla delante de todos los hombres que habían presenciado la escena en el establo.
Su padre respiró hondo.
—Mañana habrá una boda, tal y como estaba previsto, hija.
Alison se levantó de golpe.
—No, papá. No puedo casarme con Archie Sinclair. Si me obligas, saltaré por la ventana.
Él negó despacio con la cabeza.
—Puedes dejar de hacer amenazas dramáticas, Alison. Te casarás con Finn Mackay.
Ella volvió la mirada hacia Finn. Él permanecía inmóvil, mirando al frente, sin atreverse a mirarla.
—No creo que quiera casarse conmigo, papá.
Su padre hizo un gesto desdeñoso con la mano.
—Eso no importa. Se aprovechó de ti. Los Sinclair han roto el acuerdo matrimonial y, en este mismo momento, la familia está haciendo las maletas para marcharse.
—Por mucho que no quisiera casarme con Archie Sinclair, no entiendo por qué han roto el compromiso... ¡Él se presentó a la boda con su amante!
—Tú misma aceptaste ese acuerdo, hija.
—Sí... y fui una estúpida.
Finn se volvió hacia Foster.
—¿Puedo hablar a solas con vuestra hija, milord?
El terrateniente apoyó las manos sobre el escritorio y se puso en pie.
—Sí. Pero la puerta permanecerá abierta.
***
Alison se sonrojó y reprimió el impulso de señalar que el daño a su reputación ya estaba hecho.
Había sido presenciado por un grupo de hombres y, sin duda, a aquellas alturas la historia ya correría por toda la fortaleza.
Muy pronto la conocería todo el clan Mackay.
En cuanto su padre salió de la habitación, Finn se volvió hacia ella y tomó entre las suyas sus frías manos.
—Siento todo este desastre, Alison.
—Teniendo en cuenta que me libra de casarme con ese hombre horrible, no puedo decir que lo sienta. Sin embargo, tampoco quiero casarme contigo. Ni con nadie. Ahora que el compromiso se ha roto, ¿por qué no podemos olvidarlo todo y dejarme vivir en paz?
Él dejó escapar un largo suspiro y dio un paso atrás.
—No es posible. Tu padre jamás lo permitiría. Además, está la cuestión de mi honor.
—¿Tu honor? ¿Por qué todo acaba reduciéndose siempre a lo que afecta al hombre?
Mi padre dice que acepté el compromiso, pero me vi sometida a una enorme presión para hacerlo.
Ahora que se ha roto, prefiero permanecer soltera y vivir mi vida como me dé la gana.
Ningún hombre querrá casarse conmigo ya. Soy libre.
—No. Yo sí te quiero. Y no se trata solo de una cuestión de honor. Mientras hagas lo que debes hacer, nos llevaremos muy bien.
—¿Lo que debo hacer? ¿Quieres decir lo que tú me digas que debo hacer?
—Sí. Como tu marido, habrá ciertas cosas que no podré permitirte.
—¿Como salir de los muros del castillo o montar a caballo sin tu permiso?
Él asintió.
—Y tendrás que mantenerte alejada de las justas.
Alison gruñó entre dientes. Precisamente aquello era lo que la hacía detestarlo: que le diera órdenes.
Y eso nunca cambiaría. Al menos no corría el peligro de enamorarse de aquel patán arrogante para que luego le rompiera el corazón.
En lugar de coger algún objeto pesado y estrellárselo contra la cabeza, se puso en pie y respiró hondo.
—Me retiro, Mackay. Nos veremos mañana por la mañana, justo a tiempo para que me impongan mi cadena perpetua.
Él también se levantó y extendió una mano cuando ella pasó a su lado, pero Alison se recogió la falda contra el cuerpo para evitar cualquier contacto y salió de la habitación.
—Ay... La vida sería mucho mejor sin hombres —murmuró entre dientes.