Capítulo cinco
Era la noche anterior a la boda. Finn había hecho entrenar tan duramente a sus hombres que todos se quejaban y acudían al curandero en busca de un ungüento para aliviar los músculos doloridos.
No había vuelto a ver a lady Alison desde la noche en que llegaron los Sinclair.
Archie Sinclair y sus tres hermanos se habían presentado dos veces en el campo de entrenamiento para «practicar».
Finn estaba convencido de que esperaban derrotar a sus hombres, y le había producido una enorme satisfacción comprobar que eran los suyos quienes acababan imponiéndose.
Comía con los guerreros y se marchaba en cuanto terminaba.
Solo se había visto obligado a asistir a una reunión con Mackay, el laird Gilbert Sinclair y sus cuatro hijos.
Hablaron de la nueva alianza entre ambos clanes y de lo que significaba para el resto de los lairds Mackay.
Nunca le había resultado tan necesario recurrir a su férreo autocontrol para no saltar por encima de la mesa y darle una paliza a Archie Sinclair.
Seguían llegando invitados de los distintos clanes Mackay, y Finn pasó algún tiempo con sus hermanos y sus esposas.
—¿Qué te pasa, hermano? —le preguntó Craig mientras compartían un whisky con Robin y su primo Logan, que había llegado desde otro de los clanes Mackay.
—Nada.
Robin se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las piernas.
—¿No están saliendo las cosas como esperabas?
—Todo va bien.
Apuró el whisky de un trago.
—Desde que llegamos hemos visto más a los Sinclair que a ti. Es casi como si te estuvieras escondiendo.
Finn se puso en pie.
—No me escondo. Solo estoy ocupado. Yo lo dejo por hoy.
Con aquellas palabras dejó a su familia mirándose unos a otros.
Demasiado inquieto para dormir, salió al exterior.
El aire frío de la noche era justo lo que necesitaba.
Sinceramente, no tenía ni idea de por qué aquel matrimonio le molestaba tanto.
Si Mackay y lady Alison estaban conformes con aquel extraño acuerdo, no era asunto suyo.
La boda se celebraría al día siguiente, lady Alison partiría hacia su nuevo hogar y todo volvería a la normalidad.
Después de vagar un rato por la fortaleza decidió bajar al pueblo y beber hasta quedarse dormido. Al amanecer asistiría a la boda y luego seguiría bebiendo el resto del día.
Ni siquiera le gustaba realmente aquella muchacha.
Era demasiado independiente, demasiado empeñada en hacer siempre su voluntad.
Lo único que le desagradaba era verla casarse con un hombre como Archie Sinclair.
¿Le importaría tanto si se tratara de cualquier otra mujer?
Probablemente no, si era sincero consigo mismo.
Había algo en lady Alison, en la pasión indómita que intuía bajo su apariencia, que lo inquietaba.
Aunque la consideraba demasiado independiente, un marido adecuado podría aprender a controlar aquello.
Era hora de bajar al pueblo y sacarse de la cabeza aquellas estúpidas ideas.
Como esperaba, el establo estaba oscuro y vacío.
Golpeó el pedernal y encendió una vela. Antes de llegar al compartimento de Morag oyó un sollozo apenas perceptible.
Avanzó unos pasos y, tres cuadras más allá, vio a lady Alison de pie, con la frente apoyada en el cuello de su caballo, llorando.
Todos los músculos de su cuerpo se tensaron y sintió una necesidad casi irresistible de golpear algo duro.
La cara de Archie Sinclair, por ejemplo.
Ella debió de oírlo, porque levantó la cabeza y se secó apresuradamente las lágrimas.
—¿Qué queréis, Mackay?
—He venido a buscar mi caballo.
Se sorbió la nariz y esbozó una leve sonrisa en su bonito rostro.
—¿Vais a dar un paseo en plena oscuridad?
—Voy a la taberna del pueblo.
—Quizá vaya con vos.
Él se apoyó contra la pared del establo, cruzándose de brazos.
—¿La noche antes de vuestra boda? Creía que todas las novias tenían un sinfín de cosas que hacer.
Ella resopló.
—Todo está preparado, salvo los votos.
Apartó la vista.
—¿La habéis visto?
Finn sabía perfectamente a quién se refería, así que no tenía sentido fingir lo contrario.
—Sí.
—¿Es más guapa que yo?
Se separó de la pared y se acercó a ella. Alzó la mano y le acarició la mejilla, aún húmeda y suave, con el dorso de los dedos.
—No.
Ella volvió la mirada hacia la oscuridad.
—Él la quiere más que a mí. La verdad es que no me quiere en absoluto.
—Es un imbécil.
Le deslizó la mano hasta la nuca y comenzó a acariciarle el cuello entre el pulgar y el índice.
—Todavía estáis a tiempo de cambiar de idea.
—No. Ya está decidido.
Lady Alison cerró los ojos y él cedió por fin al deseo que llevaba demasiado tiempo intentando reprimir.
Inclinó la cabeza y apoyó con infinita delicadeza los labios sobre los de ella, sin saber si lo mordería o si, por el contrario, le devolvería el beso.
Se lo devolvió y Finn la rodeó con los brazos y la estrechó contra sí.
El calor de ella disipó al instante el frío de la noche.
Lady Alison se apartó apenas unos centímetros y lo miró a los ojos.
—Quiero que me hagáis el amor. Por una vez quiero estar con alguien que no lo considere una obligación.
—No puedo. Vuestro marido esperará que llegueis virgen al matrimonio.
Ella volvió a acercarse hasta dejar apenas un suspiro entre sus labios.
—Él no espera nada de mí. Ni siquiera sé si se dará cuenta, porque estará deseando terminar para volver con su amante.
La llama de la vela que Finn había encendido titiló entre ambos. Los ojos color avellana de Alison se oscurecieron mientras se humedecía los labios carnosos.
—Por favor, no me obligues a suplicártelo, Finn.
Su cuerpo reaccionó de inmediato a su aroma, a la pasión reflejada en su rostro, al contacto de sus pechos contra el suyo.
Los pezones endurecidos lo provocaban, lo tentaban, y la forma áspera y ronca en que ella había pronunciado su nombre terminó por derrumbar las últimas defensas que le quedaban.
Sabiendo que se encaminaba hacia el desastre, la atrajo contra sí con brusquedad, casi con violencia.
La rodeó con ambos brazos, cubrió su culo con una de sus grandes manos y la apretó contra la erección que lo atormentaba desde casi el mismo instante en que había visto por primera vez a lady Alison.
Su lengua rozó los labios de ella y Alison se abrió a su beso con un leve gemido mientras él la saqueaba sin reservas.
La mano de Finn se deslizó entre ambos cuerpos hasta cubrirle un pecho y acariciar el pezón, que parecía suplicar el contacto de sus dedos.
Sabía que debía detenerse. Tal vez a ella no le importara llegar sin virginidad a su matrimonio, pero el poco tiempo que había tratado con Archie Sinclair le bastaba para saber que el orgullo de aquel hombre no sobreviviría a semejante descubrimiento.
Intentó apartarse, pero Alison le rodeó el cuello con los brazos y no lo dejó escapar.
—Por favor, Finn. Solo una vez necesito sentir que alguien me desea por mí misma y no por lo que puedo hacer por los dos hombres que pactaron este acuerdo.
Él gimió, incapaz de seguir resistiéndose.
Hacía mucho tiempo que deseaba aquello, aunque llevara otras tantas semanas repitiéndose que no era cierto.
Sus dedos ascendieron hasta el corpiño de ella, lo desabrocharon con rapidez y lo bajaron, dejando al descubierto sus pechos llenos y firmes, coronados por unos pezones de un intenso color rosado, endurecidos por el deseo.
Le rodeó la cintura con las manos y la alzó para sentarla sobre el saliente que tenía detrás.
Sus pálidos y exuberantes pechos quedaron a la altura de sus ojos.
Se colocó entre sus piernas abiertas y tomó uno de ellos entre los labios, succionándolo con avidez.
—Sí... —gimió ella, echando la cabeza hacia atrás.
Toda la pasión que él había adivinado desde el principio en aquella muchacha estalló por fin.
Alison deslizó las manos por su pecho, bajó lentamente hasta sus nalgas y, rodeándole el cuerpo, le agarró la polla a través del tartán.
Finn estuvo a punto de correrse en su mano.
Su boca pasó al otro pecho y los gemidos de ella no hicieron sino empujarlo a continuar.
Desde luego, aquel no era el mejor lugar para quitarle la virginidad a una muchacha, pero ninguno de los dos parecía capaz de detenerse. Eran como una hoguera de leña seca alcanzada por la llama de un yesquero.
—¿Qué demonios significa esto?
El grito rasgó el aire y los dejó petrificados. Finn bajó de un tirón a Alison del saliente y la empujó detrás de él para ocultarla de la vista del laird Gilbert Sinclair, el laird Foster Mackay, Archie Sinclair y Robin Mackay, el hermano de Finn.
—Oh, mierda.