Capítulo uno #2
—Contratamos a veinte nuevos aprendices para reforzar nuestras fuerzas.
Yo mismo los seleccioné y supervisé su entrenamiento.
—El laird asintió , animándolo a continuar—.
El consejo quería que Robin respetara el compromiso matrimonial con lady Lorena Gunn.
Robin se negó, y sigo creyendo que tomó la decisión equivocada.
Foster frunció el ceño.
—¿No intervino entonces vuestro hermano Craig para ocupar el lugar de Robin?
—Sí. Pero no fue la decisión más honorable. Tuvimos suerte de evitar una guerra con los Gunn.
—Así que vuestro hermano Craig ocupó el lugar de Robin y ahora vos queréis ocupar el de Craig. ¿Es esa una costumbre de vuestra familia? Cuando uno de vosotros no quiere cumplir un compromiso, ¿otro hermano ocupa su lugar?
Irritado por el tono de aquellas preguntas y por la insinuación de que él y sus hermanos carecían de honor, Finn se inclinó hacia delante y respondió con voz tensa:
—Craig no había contraído ningún compromiso con vos respecto a este puesto.
—Eso es cierto. Pero vuestro hermano Robin no respetó un compromiso matrimonial.
—Como os he dicho, le aconsejé que no lo hiciera.
El laird guardó silencio unos instantes sin dejar de observarlo.
—Así que no creéis que el laird Mackay tomara la decisión acertada, aunque tengo entendido que tanto él como su esposa estaban muy enamorados. ¿No creéis en el amor?
—No —respondió sin vacilar—. Mis hermanos se comportan como unos idiotas cuando están con sus esposas. Pierden el control. Y eso es peligroso.
El laird pareció sorprendido por la respuesta, aunque decidió no insistir.
—En estos momentos existe un compromiso matrimonial entre mi hija, lady Alison, y el hijo del laird Sinclair.
Quiero que ese matrimonio se celebre por dos razones.
La primera, porque unirá a los Mackay y a los Sinclair.
Junto con la alianza que vuestro clan mantiene con los Sutherland gracias al matrimonio de Robin, convertirá a los clanes del norte en los más poderosos de las Highlands.
»La segunda razón es que, como ya no tengo un heredero y no deseo volver a casarme para tener otro, el hijo de Sinclair asumirá el señorío con lady Alison a su lado cuando yo muera. Con un poco de suerte, tendrán muchos hijos que continúen la estirpe.
Casi mudo por la sorpresa, Finn respiró hondo antes de hablar.
—Perdonad mi atrevimiento, milord, pero, teniendo tantos hijos los distintos jefes Mackay, ¿por qué no elegir a uno de ellos para que os suceda cuando llegue ese día, que espero esté aún muy lejano?
El laird hizo un gesto despreocupado con la mano, como si la cuestión careciera de importancia, lo que llevó a Finn a preguntarse si el hombre no estaría empezando a perder facultades.
—No quiero provocar disputas entre los distintos clanes Mackay, y ese punto formaba parte del acuerdo con los Sinclair.
A Finn le costó asimilar el plan que el laird había concebido para su sucesión.
A su juicio, aquello podía generar muchos más conflictos entre los distintos jefes Mackay que los que pretendía evitar entregando un cargo tan importante a otro clan.
Mientras seguía dándole vueltas al asunto, Foster preguntó:
—Decidme una cosa: cuando llegue el momento, ¿tendríais algún problema en jurar lealtad a Sinclair?
—Ninguno —respondió Finn sin vacilar.
No dudaba de que sería Sinclair quien tendría problemas con el embrollo que el laird había creado, pero él seguía deseando ocupar el puesto de segundo al mando. El laird se levantó y Finn hizo lo mismo. Foster le tendió la mano y él la estrechó. Notó que ya no conservaba la fuerza de otros tiempos.
—Bienvenido al castillo de Varrich, Finn. Come algo, instálate y mañana nos veremos aquí a primera hora.
***
Lady Alison Mackay contemplaba la puesta de sol desde la ventana del dormitorio.
Uno de los hermanos Mackay había llegado hacía un rato y, puesto que no se había marchado, supuso que seguiría allí por la mañana.
No podía asegurar cuál de los tres era, pero tenía motivos para pensar que se trataba de Finn Mackay, el menor de los hermanos. Y el más guapo.
Había oído discutir acaloradamente a su padre con los miembros del consejo acerca de la conveniencia de tomar otra esposa.
De aquellas discusiones había surgido el compromiso matrimonial.
Más tarde, cuando el consejo insistió en la necesidad de contar con un segundo al mando fuerte, su padre comentó que pensaba traer a uno de los Mackay de Dun Ugadale para ocupar ese puesto.
Alison había dado por hecho que se lo ofrecería a Craig Mackay, pero estaba convencida de que no era él quien había llegado.
No es que le importara demasiado lo que ocurriera en el castillo de Varrich, el lugar donde había vivido toda su vida. Dentro de unas semanas se casaría con Archie Sinclair.
Su pareja perfecta.
Él no la quería.
Y ella tampoco lo quería a él.
La única vez que se habían visto, cuando sus padres acordaron el compromiso, Archie le había dejado muy claro que no pensaba renunciar a su lemman después de la boda. Aquella mujer seguiría compartiendo su lecho, mientras Alison ocuparía la alcoba contigua en la fortaleza de los Sinclair.
Cuando llegara el momento de darle un hijo —porque así, exactamente así, lo había expresado él— acudiría a su cama hasta conseguirlo.
Y, cuando tras la muerte de su padre se trasladaran al castillo de Varrich para asumir el señorío de los Mackay, la ramera se instalaría allí con ellos. Una vez Alison le hubiera dado unos cuantos herederos, él podría hacer cuanto le viniera en gana.