Epílogo 2
Emma
N ada más abrir los ojos salto de la cama como si el colchón estuviese en llamas. No me puedo creer que me haya quedado dormida justo hoy.
—¡Mierda! ¡Joder!
Sigo soltando improperios mientras me pongo los primeros vaqueros que encuentro, después me enfundo una camiseta y trato de calzarme las botas militares que he heredado de Row.
Bueno, es posible que se las pidiera hace un par de años y jamás se las haya devuelto, pero eso cuenta como herencia en vida, ¿no?
—¿Qué haces?
Echo un vistazo en dirección a la cama y frunzo el ceño.
—El despertador no ha sonado. ¡Es muy tarde, joder! Levántate y vístete. Mis padres deben estar a punto de llegar.
Me agacho para abrocharme las botas mientras escucho de fondo un bostezo.
—Yo he apagado el despertador.
—¡¿Cómo dices?! —exclamo, alzando de golpe la cabeza.
La preciosa mujer que ocupa tres cuartas partes de mi cama cada noche se encoge de hombros y esboza esa sonrisa con la que sabe manipularme mejor que nadie.
Intento cabrearme, de verdad que sí, pero se me complica demasiado cuando la sábana cae hasta su cintura y deja esas tetas que tanto me gustan a la vista.
—Te preocupas demasiado, Emma. Aún es temprano.
—¡No para Row! Apuesto a que aparecerá en cualquier momento.
—Sabes que la cena de Acción de Gracias es lo que el propio nombre indica, ¿verdad? Una cena. Y aún no es ni mediodía.
Resoplo con fuerza, y tras terminar con los cordones, recojo su ropa y se la lanzo al regazo.
—Mi madre es la encargada de cocinar. Lo más probable es que ya estén de camino y no quiero que lleguen aquí y nos encuentren así.
—Así, ¿cómo? —pregunta, arqueando una ceja en mi dirección.
Exhalo con fuerza y niego con la cabeza. Tengo la extraña sensación de que cualquier cosa que diga va a ser utilizada en mi contra.
—Ya sabes a qué me refiero.
—No. En realidad, no tengo ni idea.
La observo mientras se levanta, con el pelo castaño revuelto, marcas rojizas en los hombros por mis dientes y esos ojos color caramelo que me roban el aliento brillando de furia contenida.
—Olivia… —susurro. Me ignora y empieza a vestirse en silencio—. ¿En serio vas a cabrearte justo hoy? Te necesito de mi lado durante lo que puede convertirse en un desastre de cena.
Sigue actuando como si no estuviese presente en el apartamento. Se pone el vestido rosa que yo misma le quité anoche y, tras acomodarse un poco el pelo, se gira hacia a mí con las manos en las caderas.
Contengo un bufido. Esa postura nunca augura nada bueno.
—¿Qué es lo que tanto te preocupa?
—Vamos, Chispi…
Doy un paso hacia ella para intentar zanjar la discusión antes de que llegue a su punto álgido, pero me detiene alzando una mano.
—Ni se te ocurra intentar manipularme con sexo.
Esbozo una sonrisa ladeada.
—Ambas sabemos que te encanta ser manipulada con sexo.
—Emma, contesta a la maldita pregunta. ¿Qué es lo que tanto te preocupa?
Bufo con fuerza. Supongo que al final no voy a poder evitar la discusión que se avecina.
—Hay miles de razones por las que preocuparme.
—¿Por ejemplo? —Se cruza de brazos e inevitablemente mi mirada va a parar a su escote. Olivia chasquea los dedos frente a mi cara—. Mis ojos están más arriba. Responde.
Alzo la vista a su rostro y me encojo de hombros.
—Cora es una bocazas. Si se le escapa… —muevo la mano entre el espacio que nos separa— esto.
Tras unos segundos de silencio en los que su mirada se convierte en un auténtico iceberg capaz de hundir al próximo Titanic, soy muy consciente de que he vuelto a cagarla. No sé cómo ni por qué motivo, pero algo he hecho mal.
—¿Esto? —Me encojo de hombros—. Emma, en el último año no creo haber dormido en mi apartamento más de tres o cuatro noches. Nos despertamos juntas cada mañana, cada jodido instante que pasamos separadas recibo mensajes tuyos diciéndome que me echas de menos.
—También te envío mensajes guarros —añado para romper un poco la tensión.
No funciona. En realidad, creo que solo logro cabrearla aún más.
—No sé, llámame loca, pero creo que ha llegado el momento de ponerle un nombre a… «esto» —remarca la última palabra y hace el mismo gesto que yo para señalar el espacio vacío entre ambas.
Durante unos segundos no respondo. Solo me quedo mirándola sin casi pestañear. La forma en la que frunce el ceño, sus ojos clavados en los míos, esa postura guerrera… Chispi es preciosa siempre, pero cada vez que se cabrea me hace mojar las bragas.
—¿Sabes que estás jodidamente guapa cuando te enfadas?
—Guinda, borra esa maldita sonrisa de tu rostro. No te atrevas a burlarte de mí.
Aprieto los labios y trato con todas mis fuerzas de no dejar que se me escape la sonrisa. La diferencia entre nosotras es que yo uso el apodo que Evan nos puso de niñas para suavizarla cuando se cabrea, ella, sin embargo, solo utiliza el mío cuando está muy cabreada.
Respiro hondo y tomo asiento en el sofá. Ella permanece de pie, asesinándome con la mirada.
—Vale, ¿quieres que le pongamos un nombre o una etiqueta? Adelante, usa el que más te guste.
—No hagas eso.
—¿El qué? Te estoy dando lo que quieres.
—¡No, joder! Sabes perfectamente que no me refiero a eso. Lo que de verdad quiero es dejar de esconderme.
—No nos escondemos. Convivimos a diario en el complejo con Claire y Cora y ellas saben lo nuestro.
—Sí, pero nadie más. ¿No estás cansada de fingir que nos queremos como hermanas delante de nuestra familia? No podemos seguir ocultándolo siempre, Emma.
Asiento. Cada vez que vienen a visitarnos es más difícil fingir que no estoy enamorada hasta la medula de ella. Además, no ayuda demasiado el hecho de que la tía Day pueda leer nuestras emociones.
Contamos con la ayuda de Claire. Ella intenta bloquear la habilidad de su madre en lo que se refiere a nosotras, pero tarde o temprano se le escapará algo.
—¿Qué pretendes? ¿Quieres que te arranque la ropa en mitad de la cena y lo hagamos sobre la mesa? —bromeo.
En cuanto las palabras abandonan mi boca, sé que la he vuelto a cagar.
—Por una vez, al menos una sola, tómate algo en serio, joder.
Vuelvo a mirarla y suspiro. Nos hemos criado juntas, primero en el laboratorio y después cuando nos sacaron de allí.
Cora, Claire, Olivia y yo somos inseparables.
Incluso cuando nos obligaban a enfrentarnos, siempre nos vimos como hermanas, sin embargo, mis sentimientos por Chispi eran distintos.
No fui del todo consciente hasta que llegamos a la adolescencia.
Un día di conmigo observándola desde el otro lado de la mesa, fantaseando con lamer esos labios tan carnosos, imaginando cómo sería tenerla desnuda en mi cama… Al principio fue muy frustrante, porque se supone que no debería sentir esas cosas por ella, pero no podía controlarlas.
Intenté ignorarlo, salir con otras chicas e incluso tomar distancia de ella, sin embargo, cuando nos mudamos al complejo se convirtió en una misión imposible.
Me la cruzaba en la planta común, en la azotea, cada vez que comíamos y cenábamos juntas…
Era una maldita pesadilla tenerla tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
Los días evitándola se convirtieron en semanas, después en meses y, entonces, una noche, después de pasar toda la cena intentando actuar como si ella no existiera, Chispi irrumpió en mi apartamento y de su boca salieron unas palabras que jamás podré olvidar:
«Se acabó, Guinda. Deja de comportarte como si no estuvieses deseando abalanzarte sobre mí. Hazlo de una jodida vez y acabemos con esto».
Después de esa primera noche juntas volvimos a ser inseparables, pero de una forma distinta.
No hay segundo del día en que no la extrañe y cada vez que ha ido a dormir a su apartamento ha sido porque estaba enfadada conmigo. Sin embargo, al amanecer la estaba esperando frente a su puerta como la idiota enamorada que soy.
Me aterra la idea de perderla, pero contarle a todos lo nuestro también.
—¿Y si no lo entienden? —suelto con una exhalación.
Es la primera vez que pronuncio en voz alta uno de mis mayores temores.
Olivia se acerca a mí, toma mi rostro entre sus manos y me mira directamente a los ojos.
—Cielo, no va a cambiar nada. Thomas y Row seguirán queriéndote igual que lo han hecho hasta ahora. Ellos saben que te gustan las mujeres.
—Ya, pero no me refiero a eso. ¿Qué crees que pasará cuándo Evan se entere de que estoy pervirtiendo a su niñita? —Chispi pone los ojos en blanco y retrocede un par de pasos—. Hablo en serio. Me gusta la familia que tenemos. La mayoría están locos, pero siempre resolvemos nuestros problemas.
—¿Crees que mi padre se va a oponer a lo nuestro?
—No tengo muy buena fama.
—Ya. Bueno, eso te lo has ganado tú solita. Saliendo de fiesta todas las noches, faltando a clases, alcohol, drogas, sexo en la casa de tus padres… ¿Quieres que siga?
—Era una adolescente y estaba confusa, ya lo sabes.
—Claro. Porque en vez de ser valiente y decirme a la cara que te gustaba, decidiste actuar como una imbécil. Eso no es una excusa.
—Y ya me he disculpado muchas veces por eso.
—Lo sé, y yo te he perdonado y he olvidado todo eso, pero tú no.
—No quiero cagarla otra vez. Row y Thomas son los mejores padres que podría haber tenido nunca. Aguantaron todas mis locuras de adolescente rebelde. Los traté mal, fui una desagradecida con ellos. ¡Les hice pasar un infierno, joder!
—Y ahí siguen. —Vuelve a acercarse—. Sé que tienes miedo de que te abandonen, pero no lo harán. ¿Crees que las demás no hemos sentido eso en algún momento?
—Vosotras no os comportasteis como auténticas idiotas.
—En eso tiene razón. En el reparto de la idiotez, la porción grande te la llevaste tú —bromea.
La sujeto por la cintura y hundo la nariz en su cuello. Cuando estoy así con ella, todo lo demás carece de importancia. Y solo por eso sé que al menos una vez voy a hacer lo correcto. Olivia no se merece sentirse como un sucio secreto por mis miedos e inseguridades.
—¿Alguna vez te he dicho que te quiero, Chispi? —susurro contra su piel.
—No —responde con un suspiro.
Alzo la cabeza y la miro, sonriendo de medio lado.