Epílogo 1 #2
Tan sencillo y tan aterrador como suena, porque mi don era provocar que la gente hiciera lo que yo quisiera a través de esas fotos, y a los nueve años no tenía ni la madurez ni las ganas de no usarlo.
La primera semana en su casa le hice una foto a Preston y le dibujé que no pudiera negarme nada ni chivarse.
Estuve seis días desayunando helado. Conseguí una ganzúa profesional «para practicar motricidad fina».
Me acosté a las tres de la mañana un martes.
Adopté un perro. Preston decía «claro, preciosa» a todo con una sonrisa un poco vidriosa, convencido de que era el mejor padre del mundo por lo bien que estábamos conectando.
Al séptimo día, Nao encontró la foto en mi cuaderno.
Todavía recuerdo la cara de Preston cuando lo entendió. La cara de un hombre íntegro, un expolicía de asuntos internos que se había pasado la vida detectando mentiras, descubriendo que llevaba una semana siendo manipulado por una niña con una Polaroid.
Nao se rio durante un mes. Le bastaba con mirar un cuenco de helado para empezar otra vez.
De ahí salió la única norma de verdad de esa casa, la que Preston plastificó y pegó en la nevera como si fuéramos una comisaría: «No se dibuja sobre fotos de la familia».
La cumplí. Casi siempre.
Una vez le hice una foto a Nao y le dibujé que fuera incapaz de ser sarcástica durante una tarde entera. Fue lo más cerca que he estado de matarla.
Se pasó cuatro horas soltando cumplidos sinceros con cara de estar pasando un cólico biliar.
Le dijo a Preston que cocinaba «con mucho amor».
A Row que su corte de pelo «le favorecía muchísimo».
A mí me dijo, apretando los dientes, que estaba «muy orgullosa de la personita en la que me estaba convirtiendo».
Rompí la foto por pura misericordia. Y por miedo a las represalias.
Cuando se le pasó, en vez de castigarme, se sentó a mi lado, me quitó el rotulador de la mano y me dijo:
—A nosotros nunca más. A los imbéciles del mundo, cuando de verdad se lo merezcan, es otro tema. Pero a la familia no. La familia se aguanta como es. ¿De acuerdo?
Y eso, en el idioma de Nao, es prácticamente una nana.
Hubo una época, en mi adolescencia, en la que yo solo quería ser como ella.
La veía tatuar en el estudio, meter debajo de la piel de la gente cosas que luego les cambiaban la vida, y yo quería lo mismo. Así que un día cogí un boli y le dibujé algo en el brazo a Preston mientras dormía en el sofá.
No pasó nada.
Lo intenté en el mío. Y tampoco. Lo intenté en el de Nao, que fingió no darse cuenta para dejarme probar. Pero nada de nada. Me puse a llorar de pura rabia, convencida de que mi habilidad no servía, de que era la peor copia de las cuatro.
Nao se sentó a mi lado, me limpió la cara con el pulgar y me lo explicó de la única forma en que ella explica las cosas: sin adornos.
—Yo puedo cambiar lo que toco —dijo—. Pero tú puedes cambiar lo que ves. Y eso es muchísimo mejor. Eres una evolución de lo que yo soy. Tu poder no está en la mano, sino en tu ojo.
Tardé años en entender la enormidad de esa frase. En lo que soy capaz de capturar de una persona antes siquiera de dibujar nada.
Y con el tiempo descubrí que no todo lo que puedo hacer desde una foto es horrible. Que si capto bien a alguien, también puedo dibujarle que se le pase un dolor de cabeza, una depresión o que un brazo roto deje de dolerle sin ni siquiera saber que existo.
La primera persona a la que se lo hice, saltándome de nuevo las normas, fue Preston, porque llevaba sin dormir del tirón desde que lo conocí.
Le hice una foto una noche cualquiera, le dibujé un sueño largo y tranquilo, y a la mañana siguiente bajó a desayunar con una cara que no le había visto nunca.
No le dije que había sido yo. Aunque creo que lo supo.
Porque, cuando me mira, a veces se le pone esa cara.
Nunca les he llamado papá y mamá. No me sale. Les llamo por sus nombres y ellos han dejado de esperar otra cosa hace mucho. Saben que las palabras grandilocuentes se me atragantan; yo prefiero dibujarlas.
Y la primera vez que Preston abrió su cartera delante de mí y vi que dentro, detrás del carnet, llevaba un dibujo mío doblado en cuatro de hace años, tuve que salir de la habitación con una excusa cualquiera para que no me vieran llorar.
Creo que también se dieron cuenta. Y no me importó, porque demostrar sentimientos nunca ha sido mi fuerte.
Ahora ya somos adultas y estamos a punto de empezar otra etapa.
Claire va a estudiar Psicología, porque después de pasarse la infancia sintiendo lo que sienten los demás ha decidido que, ya puestos, mejor cobrar por ello. Muy sensata.
Emma se toma un año sabático. Así, tal cual, con dieciocho años recién cumplidos y esa cara de «a mí nadie me dice lo que tengo que hacer» que lleva puesta desde que tenía un año.
Es la más rebelde de las cuatro, la que crio Row y la que, para su desesperación, le salió todavía más cabezota que ella.
Dice que necesita encontrarse. Nao dice que lo que necesita es un buen susto. Yo creo que las dos tienen razón.
Olivia, o Chispi, quiere viajar. «Ver mundo», dice, ese mundo que ninguna de nosotras pisó hasta los nueve años porque nos criaron entre cuatro paredes.
Yo he decidido estudiar un módulo de Iluminación, Captación y Tratamiento de la Imagen.
Suena a folleto barato, lo sé, pero es exactamente lo que quiero aprender: a mirar de verdad.
A dominar la luz, el encuadre, el revelado, todo lo que hace que una foto capture a una persona entera y no solo su cara.
Dibujar me gusta. Pero fotografiar es lo mío, porque es ahí donde vive mi habilidad y donde vivo yo.
Por mi cumpleaños —el que me inventé, porque una no nace en un laboratorio con una fecha bonita—, Nao y Preston me regalaron una cámara profesional de las que pesan, valen un riñón y hacen un ruido al disparar que me pone la piel de gallina.
Sigo llevando la Polaroid de Evan cerca por si necesito dibujar algo rápido, pero la otra, la buena, es distinta. Con esa no marco a nadie. Con esa solo observo.
Me crie entre un expoli que se pasó la vida fotografiando a gente para meterla en la cárcel y una asesina que fotografiaba a gente para enterrarla.
Los dos saben de cámaras más que cualquier profesor que vaya a tener.
Preston insiste en que aprenda por los cauces normales, Nao ya me ha enseñado a fotografiar a alguien que no quiere que lo fotografíen.
Voy a aprender de los tres. Del módulo, del poli y de la asesina.
Levanto la cámara otra vez y, sin pensarlo, enfoco la encimera.
Ahí están Evan y Preston, discutiendo sobre quién hace mejor el café, como llevan años haciendo. Clic .
A veces me quedo mirándolos por el visor y todavía me cuesta creerlo. Porque hay una cosa de la historia de esta familia que ya casi nadie cuenta en voz alta, y es que el hombre que ahora le está robando el azúcar a mi padre es el mismo que un día lo empujó a las vías del metro y lo dio por muerto.
No es un rumor. Evan lo hizo. Y Preston lo perdonó.
No de golpe. Tardó años. Pero un día decidió que el hombre que empujó a aquel policía ya no existía, que Evan había cruzado de vuelta tantas líneas como cruzó a la ida, y que seguir odiándolo era cargar un peso que a él no le servía para nada.
Supongo que el hecho de que Evan encontrara el expediente que pidió Danny, el mentor de mi padre, y por el que fue asesinado, y le ayudara a cerrar esa herida un poco, también contribuyó.
Ahora son inseparables. Se pelean por la cafetera, se cubren las espaldas con sus mujeres, y nos aman a todas con locura. Una vez le pregunté a Preston cómo se perdona una cosa así, y me contestó con una de sus frases de poli viejo: «que el rencor es un preso que te encierra en su propia celda».
Yo no sé si sería capaz. En eso soy más como Nao; yo, al que me empuja a una vía, le dibujo algo muy feo en una foto y a ver qué tal duerme. Pero cada vez que los veo reírse juntos pienso que, si mi padre pudo perdonar a Evan, a lo mejor no hay nada en este mundo que no tenga arreglo.
Bajo la cámara y me guardo la foto. Esta me la quedo.
Claire llega hasta mí con Junior en brazos y me lo planta encima sin preguntar.
—Vigílalo dos minutos, por favor.
El crío me evalúa, decidiendo si soy de fiar. Levanto la cámara y le hago una foto de verdad: solo su cara de bandido, la luz sobre su pelo y ese instante en el que todavía está decidiendo si seguir riendo o llorar.
Podría dibujarle que sea bueno y tranquilo. Pero no lo hago. Algunas cosas solo quiero quedármelas como son.
Madre nos fabricó para mangonear a la gente. Y aquí estoy, nueve años después, aprendiendo a quererla exactamente como es.
Eso es ser una familia y es lo mejor que me ha pasado nunca.