Capítulo 55
Neva
L a explosión llega sin avisar y todas nos pegamos a la pared.
Durante un segundo no existe nada más que el ruido, un golpe brutal sacude la habitación entera y me lanza contra el suelo con tanta fuerza que el aire se me escapa de los pulmones.
El techo cruje sobre nuestras cabezas, una lluvia de polvo cae sobre nosotras y algo metálico se desprende de una de las paredes con un chillido que se me clava en los oídos.
Day grita. Row maldice. Nao se levanta antes incluso de que el temblor haya terminado y, aunque mi cuerpo tarda un instante más en obedecerme, mi cabeza ya está en otro sitio, a una hora de aquí, en una casa tranquila donde mi hija debería estar durmiendo la siesta sin saber que el monstruo que nos creó acaba de salir a buscarla.
—¡Ha activado una carga de demolición! —grita Nao, lanzándose contra la puerta con una patada tan fuerte que el marco se estremece.
Me incorporo como puedo, tosiendo por el polvo, y veo que la puerta, que antes parecía imposible de abrir, se ha doblado por la onda expansiva.
La estructura de la habitación se ha deformado lo suficiente como para darnos una oportunidad, pero también lo bastante como para que el techo emita un crujido largo y desagradable que nos recuerda que no tenemos tiempo.
Row se une a Nao, Day se limpia la sangre de un corte en la frente con el dorso de la mano y yo me lanzo contra la puerta con ellas, porque no puedo quedarme encerrada ni un segundo más mientras Madre va a por Everly.
—¡Otra vez! —ordena Nao.
Golpeamos al mismo tiempo. Una vez. Otra. Y otra más.
El metal cede apenas unos centímetros, pero es suficiente para que Day meta los dedos por la abertura y tire con toda la fuerza que tiene mientras Row golpea la parte baja y Nao vuelve a patear el marco.
Cuando la puerta se abre al fin, el pasillo nos recibe con una nube de polvo tan espesa que apenas puedo ver más allá de mis propias manos, aunque eso no nos detiene.
Se escucha una segunda explosión y corremos. Corremos sin pensar en lo que puede caernos encima, sin mirar atrás, sin preocuparnos por las heridas, porque el edificio se está desmoronando a nuestro alrededor y cada segundo que seguimos dentro es un segundo que Madre gana fuera.
—¡Neva! —escucho la voz de Evan en algún punto del pasillo.
El alivio me golpea tan fuerte que casi me derrumba, pero no me detengo.
—¡Salid! —grito, tosiendo mientras avanzamos hacia las voces—. ¡Salid de aquí, se cae!
Aparecen entre el polvo como sombras desesperadas.
Evan llega el primero, con la cara desencajada, seguido de Preston, Jesse y Thomas. Durante un segundo sus ojos se posan en mí, en Day, en Row, en Nao, y sé que quiere venir hacia nosotras, tocarnos, comprobar que seguimos vivas, pero no hay tiempo para eso. No hay tiempo para nada.
Seguimos corriendo hasta que salimos a la calle y entonces paramos y nos tomamos un segundo para recomponernos; la tos no me deja hablar y, cuando lo hago, la desesperación que siento no me permite pensar.
—¡Madre está viva! —le grito cuando por fin consigo llegar hasta él—. Estaba aquí, nos ha encerrado, ha salido y va a por Everly.
La expresión de Evan cambia de una forma que no olvidaré jamás. Es como si todo el miedo del mundo se concentrara en sus ojos.
—¿Qué?
—Tiene fotos de ella, Evan. Cientos de fotos. La ha estado siguiendo. Va a por nuestra hija.
Preston saca el teléfono antes de que termine de hablar y Jesse hace lo mismo mientras Thomas intenta llamar también desde el suyo.
Todos hablan a la vez. Todos preguntan. Todos intentan moverse en alguna dirección, pero yo solo puedo mirar la pantalla de Evan mientras llama una y otra vez a la mujer que se quedó con las niñas.
No responde.
Vuelve a llamar.
Nada.
—Suele tenerlo en silencio —dice Row, aunque su voz no consigue sonar tranquila.
—No me jodas —escupe Nao.
—Prueba otra vez —le pido a Evan, agarrándole el brazo con tanta fuerza que sé que le estoy haciendo daño—. Llámala de nuevo.
Él obedece. Pero nadie responde.
—Hay que volver —espeta Evan, y nos dirigimos hacia la misma entrada en la que nos hemos despedido antes de que el infierno se desatara.
Todos nos quedamos parados cuando vemos que el coche no está.
Durante un segundo nadie dice nada. Luego, el universo se derrumba.
—Se lo ha llevado —murmura Jesse.
—No —digo, aunque lo estoy viendo y sé que es verdad, aunque mi cuerpo entero lo ha entendido antes que mi cabeza—. No, no, no.
—Neva, mírame.
Evan me agarra la cara entre las manos, obligándome a centrarme en él mientras yo intento mirar hacia la carretera, como si pudiera ver a Madre alejándose con nuestra hija, aunque todavía no haya llegado hasta ella.
—Me va a quitar a Everly —susurro.
—No.
—Va a llegar antes que nosotros.
—Escúchame —insiste, pegando su frente a la mía durante un segundo mínimo, desesperado—. Si tenía esas fotos es porque se movía. Si se movía, necesitaba un coche. Y si tenía un coche y se ha llevado el nuestro, el suyo tiene que haberlo dejado aquí.
Preston reacciona antes que nadie.
—¿Sabes si tenían algún tipo de lugar donde guardaran coches? —pregunta y entonces Evan parece encontrar la respuesta.
—Los vehículos de misión. En el garaje secundario. Seguidme
Corremos hasta allí. No sé cómo lo hacemos.
No entiendo cómo mis piernas siguen respondiendo ni cómo consigo respirar con el pecho cerrado por el pánico, pero llegamos al ala de servicio y Evan abre una puerta lateral que conduce a una zona medio hundida donde todavía quedan varios vehículos cubiertos de polvo.
Un monovolumen gris descansa al fondo, demasiado común, demasiado perfecto para moverse por una urbanización sin llamar la atención.
—Esa —señala Evan.
Subimos todos como podemos. Preston hace un puente y arranca, conduce a una velocidad que me daría miedo si la razón de mi vida no estuviera en peligro.
Jesse va delante con él, llamando una y otra vez, mientras Thomas intenta contactar con la vecina desde otro número y Day, Row, Nao y yo nos apretamos atrás con Evan, que no suelta mi mano ni cuando el coche sale disparado del complejo.
El trayecto es una pesadilla. No hay una sola conversación ordenada.
Solo voces. Preston diciendo que llamemos a la policía.
Jesse respondiendo que no sabemos qué contactos conserva Madre.
Nao jurando que si le toca un pelo a Everly va a arrancarle la piel a tiras.
Day pidiéndole a Thomas que siga llamando.
Row repitiendo que las niñas están allí, que Olivia, Emma, Cora y Claire no van a dejar que se acerque a Everly.
Y yo no puedo hablar.
Porque, si hablo, me romperé y no tengo tiempo para eso.
Cada minuto que pasa imagino a Madre entrando en una casa que hemos considerado segura durante años, subiendo unas escaleras, abriendo una puerta y acercándose a mi hija mientras ella duerme.
El teléfono de nuestra vecina deja de dar señal.
Está apagado o fuera de cobertura. Quizá sin batería. Me da igual el motivo. Lo único que escucho es el silencio al otro lado de la línea.
Cuando llegamos a la casa, la puerta está entornada. La película sigue proyectándose en la pared del salón, con el sonido demasiado alto y los colores moviéndose sobre un sofá vacío.
—¡Everly! —grito, subiendo las escaleras antes de que nadie pueda detenerme.
La encuentro en su habitación, pero no está sola. Madre se halla de pie junto a la cama, con un brazo rodeando el cuerpo pequeño de mi hija y un cuchillo apoyado contra ella en un ángulo que me deja sin respiración.
Everly tiene los ojos muy abiertos, las mejillas manchadas de lágrimas y el cuerpo rígido, atrapado contra esa mujer como si fuera una muñeca que alguien ha decidido romper.
Frente a ellas, Olivia, Emma, Cora y Claire forman un semicírculo silencioso, con los pies separados y las manos preparadas, y entonces veo el corte en el brazo de Olivia, la sangre resbalando hasta sus dedos, y entiendo que ya han intentado quitársela.
No me paro a pensar en el cadáver de la mujer que creyó que éramos normales y que ahora yace con la garganta abierta y la sangre volviendo roja la alfombra rosa de unicornios. Veo una jeringuilla en el suelo con algo transparente dentro que no tengo claro lo que es.
—No vas a salir de aquí con nuestra niña —dice Emma con una calma siniestra.
Madre sonríe.
—Vuestra niña.
Los demás aparecen detrás de mí. Evan se coloca a mi lado y noto cómo todo su cuerpo se tensa al ver a Everly.
Jesse se queda junto a Day. Preston calcula la distancia hasta Madre.
Thomas se queda cerca de Row. Nao da un paso adelante, pero Madre presiona el cuchillo lo justo para que todos nos quedemos inmóviles.
—Un paso más y se acabó.
—No la vas a matar —digo, aunque la voz me tiembla tanto que apenas la reconozco.
Madre inclina la cabeza.
—¿Estás segura?
—Sí. Porque para ti no es una niña. Es tu experimento más sagrado. Es tu maldita obra terminada. Puedes amenazarnos con ella, puedes usarla, puedes hacerle daño para controlarnos, pero no vas a matarla porque entonces perderías lo único que te queda.
Durante un instante, sus ojos brillan con algo parecido al orgullo, como si acabara de responder correctamente una pregunta de uno de sus exámenes.
—Tienes razón, Neva. A ella quizá no la mate.
El «quizá» me destroza.
—Pero si alguien intenta detenerme, lo mataré.
Evan se mueve apenas un centímetro.
—Suéltala.
—Siempre tan emocional —suspira Madre—. Con el potencial que tenías.
Everly deja de llorar.
Al principio no me doy cuenta porque estoy demasiado pendiente del cuchillo, de la mano de Madre, de la distancia que nos separa de ellas, pero de pronto noto que el silencio cambia.
Mi hija respira hondo. Una vez. Luego otra.
Sus manitas se cierran alrededor del brazo que la sujeta y, aunque debería estar temblando, a pesar de que debería seguir llorando, lo único que hace es mirar a Madre con una seriedad extraña, demasiado grande para sus cuatro años.
De pronto, Olivia sonríe. Después Emma. Cora y Claire se unen.
—Despídete de la vida que has conocido —anuncia Olivia.
Madre frunce el ceño.
—¿Qué habéis hecho?
Nadie responde. Porque no lo hemos hecho nosotras. Lo ha hecho Everly.
El cuchillo cae al suelo con un sonido metálico.
Madre abre la boca, pero no sale ninguna palabra.
Sus ojos se agrandan. Una línea de saliva resbala por la comisura de sus labios y el brazo con el que sujetaba a Everly pierde fuerza de golpe.
Mi hija cae hacia delante y yo me lanzo sin pensar, atrapándola contra mi pecho antes de que toque el suelo con algo más que las rodillas.
—Mamá… —solloza.
La abrazo tan fuerte que casi me duele.
Evan se arrodilla a nuestro lado y nos rodea con los brazos, temblando de una forma que nunca le había visto, mientras Madre se desploma a pocos pasos de nosotros como si alguien hubiera cortado todos los hilos que sostenían su cuerpo.
Durante unos segundos nadie se mueve. Nadie entiende nada.
Madre está viva. Respira. Sus ojos siguen abiertos, sin embargo, su cuerpo no responde. No parpadea bien. No habla. No se mueve. Solo permanece ahí, derrumbada en el suelo, con la mirada perdida en un punto.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Preston.
Todos miramos a las niñas. Cora traga saliva antes de hablar:
—Lo sabíamos desde hace un tiempo.
—¿El qué? —pregunta Row, perdida.
Claire mira a Everly con una mezcla de respeto y ternura.
—Que la peque podía hacer cosas.
—Cosas diferentes —añade Emma—. No como nosotras. Ni como vosotras.
Olivia se aprieta el corte del brazo con la mano contraria.
—No borra recuerdos, ni obliga a nadie a decir la verdad, ni controla emociones y tampoco mata con un beso. Su habilidad es otra cosa.
Miro a Everly extrañada. Ella sigue abrazada a mi cuello.
—Cariño…
Mi hija levanta la cabeza despacio y mira a Madre con los ojos llenos de lágrimas.
—Es mala —dice con esa vocecita suya que todavía pronuncia algunas palabras como si estuviera inventando el mundo al decirlas—. Los malos van a la cárcel.
Nao se queda muy quieta.
—¿Qué cárcel, Chispi? —le pregunto escapándoseme el nombre al que tanto cariño le tengo.
Olivia no aparta los ojos de Madre.
—La que ella entiende.
—Everly no sabe lo que es una cárcel de verdad —susurra Claire—. Para ella, estar en la cárcel es estar encerrada y no poder salir.
Emma asiente lentamente.
—Creemos que eso ha hecho. La ha encerrado dentro de sí misma.
Miro a Madre. A la mujer que nos creó. La que nos convirtió en armas. La que creyó que podía arrebatarnos todo y seguir llamándolo «ciencia».
Está ahí, viva, consciente, atrapada en un cuerpo que ya no le obedece y encerrada en la única prisión de la que jamás podrá escapar.
Y por primera vez en toda mi vida no siento nada al mirarla.
Solo siento el peso caliente de Everly contra mi pecho, los brazos de Evan alrededor de nosotras, las respiraciones agitadas de mis hermanas llenando la habitación y la certeza salvaje e imposible de que se ha terminado.
De verdad. Esta vez sí.
—Mamá —murmura Everly, escondiendo la cara en mi cuello—, ¿ya podemos irnos?
Cierro los ojos y la abrazo un poco más.
—Sí, mi vida.
Evan apoya la frente contra mi sien y abrimos los brazos para recibir a Chispi.
Y cuando abro los ojos, veo a Day abrazando a Jesse con Pluma en medio, a Row aferrada Guinda y a Thomas, a Nao con Preston pegado a su espalda y a Garabato apoyada en su pecho.
Las cuatro niñas que un día fueron números y ahora son nuestras hijas, nuestras supervivientes imposibles.
Durante años, Madre creyó que podía decidir quiénes éramos. Creyó que podía crear armas, pulirlas, romperlas y volver a empezar tantas veces como hiciera falta.
Pero mientras salimos de esa habitación con Everly en brazos y dejamos atrás su cuerpo inmóvil, entiendo que nunca comprendió lo más importante.
Que puede que nos creara… Pero jamás nos tuvo.