Capítulo 54
Madre
L a mayoría de las personas necesitan convencerse de que existe algún tipo de equilibrio natural en el universo, una especie de mecanismo invisible que premia a los buenos, castiga a los malos y termina colocando cada pieza en el lugar que le corresponde.
Es una idea absurda, por supuesto, pero también extraordinariamente útil para quienes no soportan la incertidumbre.
Les permite dormir por las noches pensando que el mundo tiene sentido, que el sufrimiento responde a una razón y que las tragedias son accidentes en lugar de consecuencias inevitables del progreso.
Yo nunca he tenido esa necesidad.
Quizá por eso llegué más lejos que todos ellos.
O quizá porque, a diferencia de la inmensa mayoría de las personas que he conocido, nunca he permitido que las emociones interfieran en mi trabajo.
Mientras observo el detonador que sostengo entre los dedos, recuerdo la cantidad de veces que me acusaron de crueldad, de falta de empatía o de monstruosidad cuando apenas era una niña; todavía me resulta fascinante comprobar hasta qué punto la gente confunde los medios con los resultados.
Ninguno de los grandes avances de la Historia se consiguió sin sacrificios.
Ningún descubrimiento importante nació de la comodidad.
Sin embargo, cuando los sacrificios dejan de ser una abstracción y adquieren rostro, nombre y voz, las personas empiezan a escandalizarse y a fingir que siempre estuvieron en contra.
Las A.R.P.I.A.S. son exactamente iguales.
Durante años disfrutaron de habilidades que jamás habrían existido sin mi trabajo, sobrevivieron gracias a decisiones que yo tomé mucho antes de que fueran capaces siquiera de caminar y, aun así, han dedicado buena parte de sus vidas a convencerse de que son víctimas en lugar de aceptar la verdad evidente: que fueron el primer paso hacia algo mucho más grande.
Por eso no siento absolutamente nada cuando presiono el detonador.
Ni culpa. Ni tristeza. Ni siquiera satisfacción.
Lo único que experimento es la misma curiosidad profesional que sentiría cualquier científico al observar el resultado de una prueba cuidadosamente preparada.
La explosión sacude una de las alas del complejo y una nube de polvo se eleva sobre el edificio.
Sabía exactamente dónde estaban las cuatro cuando cerré aquella puerta. Sé qué carga coloqué y qué parte de la estructura debía colapsar primero y cuáles lo harían después.
He realizado cálculos mucho más complejos en el pasado y las probabilidades de supervivencia que les he dejado son tan reducidas que apenas merecen ser tenidas en cuenta.
Aun así, no me quedo a comprobar el resultado. Porque ellas ya no son importantes. Hace tiempo que dejaron de serlo.
La primera generación fue interesante, por supuesto.
Durante años pensé que ellas serían la culminación de todo mi trabajo, la prueba definitiva de que podía alterar los límites de la biología humana, pero la realidad terminó demostrando que seguían arrastrando demasiadas imperfecciones.
Eran emocionalmente inestables, impredecibles y absurdamente dependientes unas de otras.
Habían heredado capacidades extraordinarias y, aun así, insistían en desperdiciarlas persiguiendo algo tan insignificante como una vida normal.
Todavía recuerdo la decepción que sentí la primera vez que comprendí que ninguna de ellas estaba interesada en convertirse en aquello para lo que había sido diseñada.
El segundo estruendo resuena a mi espalda justo cuando alcanzo el aparcamiento, y me permito girar ligeramente la cabeza para contemplar cómo parte de la estructura desaparece bajo una lluvia de hormigón y acero.
Durante un instante pienso que la imagen resulta apropiada.
Después de todo, GenoLabs también ha cumplido ya su función. Los edificios, los laboratorios y los científicos son herramientas. Todo lo es cuando se observa desde la perspectiva adecuada.
Los únicos que parecen incapaces de comprenderlo son los seres humanos.
Quizá por eso me resulta tan sencillo anticipar lo que ocurre a continuación.
Cuando Evan, Preston, Thomas y Jesse aparecen corriendo hacia el edificio, movidos por la misma desesperación irracional que ha guiado cada una de sus decisiones durante los últimos años, ni siquiera me sorprendo.
Habría sido mucho más extraño que se comportaran de forma inteligente.
Ninguno de ellos está pensando en las probabilidades de supervivencia ni evaluando riesgos.
Tampoco se plantean si podría haber más explosivos.
Corren porque creen que alguien a quien quieren está en peligro y porque las emociones siguen siendo el método más eficaz que existe para apagar temporalmente la capacidad de razonamiento de una persona.
Mientras desaparecen entre la nube de polvo, me acerco al coche en el que han debido venir con absoluta tranquilidad y descubro que las llaves siguen puestas en el contacto.
La ironía me resulta casi divertida.
Llevo décadas estudiando la inteligencia humana y, aun así, continúan encontrando formas nuevas de decepcionarme.
Abandono el recinto sin que ninguno de ellos repare siquiera en mi presencia y tomo la carretera que conduce hacia la ciudad en la que ahora viven mientras repaso mentalmente los datos que he reunido durante los últimos meses.
Porque ellos me creían muerta. Enterrada bajo los escombros de mi propio laboratorio, identificada por un cuerpo que jamás fue el mío, llorada por nadie y olvidada por todos. Y esa certeza ha sido la mejor libertad que he tenido nunca: nadie persigue a un fantasma.
He podido observar. Aprender. Analizar. Seguir cada paso de Everly desde la distancia con la paciencia necesaria para comprender con exactitud qué es lo que tengo delante.
Y cuanto más la estudio, más evidente resulta la conclusión.
Everly no es simplemente la hija de Neva, es la prueba de que yo tenía razón. Porque las demás fueron creadas. Pero ella nació. Y esa diferencia lo cambia absolutamente todo.
Conducir por calles residenciales siempre me ha resultado curioso.
Durante años observé ciudades enteras desde la distancia, estudiando patrones de comportamiento, analizando estadísticas y recopilando información sobre miles de personas, pero nunca conseguí entender del todo por qué la mayoría se esfuerza tanto en construir vidas prácticamente idénticas entre sí.
Casas parecidas. Coches parecidos. Rutinas parecidas.
Incluso los sueños terminan pareciéndose. Formar una familia. Tener hijos. Envejecer rodeados de personas que les importan. Como si la repetición constante de un mismo modelo pudiera convertirlo, de manera automática, en algo valioso.
Mientras conduzco pienso en Neva, en Dayane, en Naomi y en Rowan. Mi primer error fue hacerlas humanas dándoles un nombre.
Las observo desde hace años y todavía me resulta fascinante comprobar hasta qué punto las personas necesitan inventarse relatos para sobrevivir.
Hablan de amor, de familia y de libertad como si fueran conceptos transformadores cuando, en realidad, siguen siendo exactamente quienes eran cuando salieron de GenoLabs.
La diferencia es que ahora utilizan esas palabras para justificar sus decisiones.
La primera vivienda confirma rápidamente lo que ya sospechaba. La niña no está ahí.
Recorro las habitaciones con calma, observando las fotografías familiares repartidas por las paredes y los dibujos infantiles pegados a la nevera. Hay algo casi cómico en contemplar la vida que Neva construyó después de dedicar tanto tiempo a odiarme.
Una parte de mí llega incluso a preguntarse si comprende la ironía. Porque la hija que tanto protege, la niña alrededor de la cual gira ahora todo su universo, no existiría sin mí.
Ninguna de ellas existiría. Ni habría conocido a Evan. Ni a los clones que creé a partir de sus materiales biológicos. Ni siquiera los hombres que ahora llaman «sus parejas» habrían entrado jamás en sus vidas.
Todo aquello que consideran importante nace de una decisión que tomé hace décadas. Y, aun así, me llaman monstruo.
La segunda casa tampoco me ofrece lo que busco, aunque sí me proporciona algo más valioso: confirmación. Hay indicios recientes. Movimiento. Señales de que han estado reuniéndose. De que continúan funcionando como una unidad a pesar de los años transcurridos.
No me sorprende. Siempre fueron más fuertes juntas. Fue una de las pocas cosas que jamás conseguí eliminar por completo.
La tercera vivienda es diferente. Lo percibo antes incluso de acercarme a la puerta. Hay más coches aparcados. Más bicicletas. Más señales de actividad. Y cuando observo a través de una de las ventanas, encuentro exactamente lo que esperaba encontrar.
A Uno, Dos, Tres y Cuatro. La segunda generación al completo está ahí.
Durante unos segundos me quedo contemplándolas en silencio.
Han crecido. Han cambiado. Y, sin embargo, siguen conservando esa expresión que tenían cuando eran niñas y observaban el mundo intentando comprender por qué se sentían diferentes al resto.
Me pregunto si alguna vez llegaron a entenderlo. Probablemente no.
Las personas tienen una necesidad enfermiza de suavizar la verdad cuando hablan con los niños.
Las llaman especiales. Diferentes. Únicas.
Palabras inútiles para describir algo tan evidente.
Son superiores; siempre lo fueron. Y, aun así, han terminado sentadas en un salón viendo una película como cualquier preadolescente corriente.
La observación me provoca una mezcla extraña de decepción y fascinación. Porque incluso los experimentos más extraordinarios parecen empeñados en comportarse como seres humanos normales cuando se les concede la oportunidad.
La anciana que las vigila sostiene un monitor para bebés entre las manos. Y eso sí consigue captar toda mi atención. Everly.
La niña está arriba según veo en el vigilabebés. Todo se reduce a eso. No a las adolescentes. No a las hermanas. Solo a ella.
Subo las escaleras sin hacer ruido mientras abajo continúan viendo la película.
La casa cruje aquí y allá, como hacen todas las casas habitadas, pero conozco perfectamente la diferencia entre los sonidos normales y los peligrosos.
Cuando localizo la habitación correcta, lo primero que hago es acercarme al monitor y darle la vuelta. Y por un instante me permito contemplar a la niña dormida.
Resulta curioso.
Después de todo este tiempo, después de tantos años de trabajo, experimentos, errores y fracasos, la respuesta adopta la forma de una niña de cuatro años abrazada a un peluche.
La respuesta siempre parece más sencilla cuando por fin la encuentras.
Escucho entonces la voz de la anciana desde abajo. Está hablando con las adolescentes. Les dice que no hace falta que detengan la película porque ya la ha visto varias veces y que precisamente ahora empieza una de las mejores escenas.
Los pasos comienzan a subir la escalera. Lentos. Relajados. Confiados. Y cuando la mujer aparece en el umbral, descubro que ni siquiera llega a comprender lo que está viendo antes de que todo termine.
No siento nada mientras la observo desplomarse después de rajarle la garganta con el cuchillo que sostengo en la mano.
Las emociones siempre me parecieron una forma extraordinariamente ineficaz de procesar información. Lo único que me importa es el resultado. Y el resultado es que la niña sigue dormida. La habitación sigue en silencio. Y yo sigo teniendo tiempo.
Me vuelvo hacia la cama. Everly no se ha movido. Permanece ajena a todo cuanto ocurre a su alrededor, respirando con tranquilidad mientras la luz de la tarde se filtra a través de las cortinas.
Abro la cajita que llevo conmigo y extraigo el vial transparente. Después la jeringuilla. El líquido asciende lentamente mientras elimino las burbujas de aire con movimientos automáticos, tan familiares que apenas necesito mirarlos.
Cuando termino, sostengo la aguja entre los dedos y vuelvo a observar a la niña.
Por fin. Después de tantos años, de tantos errores, de tantas interferencias… La obra está terminada.
Y esta vez no pienso permitir que nadie me la arrebate.