Nunca (Arpías 4) Capítulo 53
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Capítulo 53

Neva

C uando atravesamos la verja oxidada de GenoLabs, me doy cuenta de que el tiempo tiene una forma extraña de comportarse porque una parte de mí siente que abandonamos este lugar hace una eternidad y otra está convencida de que fue ayer cuando crucé estas mismas instalaciones con Everly en brazos y el corazón golpeándome tan fuerte contra las costillas que pensé que iba a romperlas.

Los chicos se quedan fuera por decisión propia.

Jesse ha sido el primero en decir que no tiene ninguna necesidad de volver a pisar ese lugar, y aunque Preston, Thomas y Evan insisten en acompañarnos, terminan aceptando que esto es algo que necesitamos hacer nosotras solas.

No porque ellos no formen parte de nuestra historia, sino porque existen heridas que únicamente pueden cerrarse desde dentro y porque, a pesar de que todos perdieron algo en GenoLabs, nosotras dejamos aquí partes de nosotras mismas que jamás volveremos a recuperar.

Al menos las chicas no han querido venir, creo que han sido más inteligentes que nosotras; se han quedado en casa, viendo pelis antiguas con la vecina que siempre que puede se pasa a usar el proyector a cambio de cuidarlas a ellas y a Everly. Es como de la familia.

—Si tardáis demasiado, entraré a buscaros —me dice Evan antes de que crucemos la puerta.

Le sostengo la mirada durante unos segundos y sonrío.

—Eso mismo dijiste la última vez.

—Y funcionó.

—Casi te matan.

—Bicho malo nunca muere —replica, y me besa.

No discuto porque los dos sabemos que podría pasarme el resto de la tarde enumerando las veces que estuvo a punto de morir por nosotras y él seguiría respondiéndome exactamente lo mismo.

Al final me inclino hacia delante, le doy un beso rápido y me reúno con mis hermanas. La llave gira con dificultad dentro de la cerradura casi oxidada. Emma, que para nosotras siempre será Guinda, tenía razón. Esas llaves siguen funcionando.

La puerta se abre con un chirrido largo que resuena por el vestíbulo vacío y durante un instante ninguna cruza el umbral. Creo que todas estamos pensando lo mismo.

Que llevamos unos años construyendo una vida completamente distinta a la que nos enseñaron que merecíamos y que volver aquí es como abrir una caja que hemos mantenido cerrada demasiado tiempo.

Es Day quien da el primer paso. Luego Row. Después Nao. Yo entro la última.

El interior está exactamente igual de muerto que esperaba.

Durante años imaginé que, cuando GenoLabs cayera, sentiría algún tipo de satisfacción, una alegría oscura o una sensación de justicia, pero mientras camino entre mesas volcadas, cristales rotos y archivadores abiertos que llevan tiempo acumulando polvo, lo único que noto es cansancio.

Todo aquello por lo que tanta gente murió, por lo que nos persiguieron, por lo que destruyeron vidas enteras… Y ahora no son más que habitaciones vacías.

El silencio resulta tan extraño que me descubro escuchando mis propios pasos. Recuerdo el ruido constante de las máquinas, las alarmas, los ascensores, las puertas automáticas, las voces de los científicos caminando por los pasillos mientras hablaban de nosotras como si no estuviéramos ahí.

Ahora solo quedan sombras.

—¿Os dais cuenta de que esto parecía enorme cuando éramos crías? —pregunta Day mientras observa uno de los corredores principales.

—Porque éramos pequeñas —responde Nao.

—No, hablo en serio. Yo recordaba este sitio muchísimo más grande.

Tiene razón. Yo también.

Quizá porque, cuando eres una niña encerrada en una instalación como esta, todo parece inmenso e imposible de abarcar, igual que los monstruos parecen más grandes cuando todavía no sabes que pueden sangrar.

Seguimos avanzando sin rumbo concreto recordando a algunas personas que conocimos aquí, como Kendall, que siempre nos daba pasteles cuando hacíamos nuestros análisis mensuales. Me pregunto qué habrá sido de ella.

Avanzamos ahora en silencio. No hemos venido buscando nada. Solo despedirnos. Hay habitaciones que reconozco enseguida. Otras que apenas recuerdo.

En una de ellas encuentro todavía la marca que hice una vez en la pared, cuando tenía doce años y estaba convencida de que algún día saldría de ahí para ser astronauta.

Paso los dedos sobre el arañazo.

Es ridículo que haya sobrevivido más tiempo que muchas de las personas que conocí.

—Aquí fue donde Terry intentó enseñarme a jugar al ajedrez —dice Day desde otra habitación.

Su voz es suave. Tranquila. Pero todas sabemos que está pensando en él. Yo también lo hago. Pienso en Terry, en mi hermana, en los hermanos que perdimos y en todas las personas que deberían estar aquí y no están.

Y comprendo por qué necesitábamos volver. No para despedirnos del edificio, sino de ellos, de los que se quedaron atrás.

Continuamos caminando durante casi una hora, recorriendo zonas que hace años evitábamos y otras que apenas conocíamos.

Poco a poco dejamos atrás los laboratorios principales y terminamos en una de las alas más alejadas del complejo, donde el deterioro resulta mucho más evidente porque varias ventanas han desaparecido por completo y algunas plantas han conseguido abrirse paso a través de las grietas del suelo.

Es entonces cuando veo la primera señal. Una botella de agua. No una botella vieja. Una reciente. La recojo. Todavía tiene líquido dentro.

—Chicas…

Las demás se acercan. Nao es la primera en fruncir el ceño.

—Eso no lleva aquí años.

—Ni dos meses —añade Row.

Seguimos avanzando. Ahora ya no estamos paseando. Ahora estamos buscando. Y cuanto más buscamos, más cosas encontramos: una manta, una linterna, una mochila, latas de comida, medicamentos…

No parece el refugio improvisado de alguien que haya pasado una noche aquí. Parece que alguien ha estado viviendo en GenoLabs mucho tiempo.

—¿Creéis que es algún vagabundo? —pregunta Day.

—No lo sé.

Hay algo en todo eso que me resulta demasiado organizado. Demasiado familiar.

El mal presentimiento comienza a instalarse en mi estómago mucho antes de que encontremos la habitación.

La puerta está cerrada. Nao la abre. Y el aire abandona mis pulmones.

Las paredes se hallan cubiertas de fotografías.

Cientos. No son fotografías de nosotras.

No son fotografías del laboratorio. Son fotografías de Everly.

Everly entrando en el colegio.

Everly jugando en el parque.

Everly montada en bicicleta.

Everly dormida en el asiento trasero del coche.

Everly abrazada a Evan.

Everly conmigo.

Doy un paso adelante, incapaz de apartar la vista de las imágenes. Hay fotografías tomadas desde tan cerca que quien las hizo podría haberla tocado. Y entonces lo entiendo. No es un vagabundo ni alguien escondiéndose. Es alguien estudiándola. Alguien obsesionado con ella.

—Neva…

La voz de Row apenas llega a mis oídos. Porque ya sé quién ha hecho esto. Lo sé incluso antes de escuchar el sonido metálico que resuena detrás de nosotras. La puerta se cierra de golpe. Corremos, pero es demasiado tarde. El mecanismo se bloquea con un chasquido seco.

Nao golpea la puerta. Day intenta forzarla mientras Row grita frustrada. Yo apenas puedo respirar. Porque una sombra acaba de aparecer al otro lado del cristal reforzado. Y porque reconocería esa silueta, aunque viviera cien vidas distintas.

Madre sonríe.

La misma sonrisa tranquila de siempre.

Los mismos ojos que durante años observaron cómo nos convertían en armas y jamás sintieron el menor remordimiento.

—¿Pero esta no deberçia estar muerta? —murmura Row.

—No esperaba que me lo pusierais tan fácil viniendo aquí, chicas.

Nadie responde. Porque todas estamos demasiado ocupadas intentando comprender cómo es posible que siga aquí. Se supone que estaba muerta.

—¿Qué quieres? —pregunta Nao.

Madre ni siquiera la mira. Sus ojos permanecen clavados en mí.

—Vosotras siempre pensasteis que GenoLabs era importante. Los laboratorios. Los científicos. La financiación. McCain… Todo eso no eran más que herramientas.

Siento que el miedo empieza a abrirse paso dentro de mí.

Ella sonríe un poco más. Tiene una cara de loca que nos asusta a las cuatro.

—Lo extraordinario nunca fue el proyecto. Lo extraordinario fue el resultado.

Mi corazón se detiene.

—No te acerques a ella —mascullo.

—¿A Everly?

Pronuncia el nombre con una ternura enfermiza.

—Vosotras la veis como una niña. Yo veo algo completamente distinto.

—Es mi hija.

—Y precisamente por eso existe.

Su mano se posa sobre el cristal.

—He pasado media vida persiguiendo una posibilidad estadística imposible. Una generación creada en laboratorio. Después otra más avanzada. Y, entonces, apareció ella. Nacida de forma natural. Sin intervención. Sin manipulación. Sin errores.

La sangre desaparece de mi rostro.

—No.

—Esta vez no voy a empezar de nuevo desde cero, Neva.

Da un paso atrás.

—Esta vez me llevaré la obra terminada.

Y antes de desaparecer por el pasillo, añade unas últimas palabras que me persiguen mucho después de que deje de verla.

—Espero que te hayas despedido de tu hija, Neva.