Nunca (Arpías 4) Capítulo 52
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Capítulo 52

Neva

Un tiempo después…

A poyo la cabeza contra el hombro de Evan mientras observo a Everly correr por el jardín detrás de Olivia y Cora con el casco rosa de orejitas y brillibrilli calado hasta las cejas; aunque aquí no haya ni patinete ni nada de lo que protegerse; se lo pone para todo desde que lo encontró en una caja del garaje.

Fue una de las pocas cosas que me llevé cuando supe que estaba embarazada.

Las tres han decidido que una niña de cuatro años es perfectamente capaz de participar en una batalla campal con pistolas de agua siempre que la víctima principal sea Preston.

Él intenta mantener algo de dignidad mientras esquiva los ataques y amenaza con arrestarlas a todas por desacato a la autoridad, aunque hace ya algunos años que dejó la placa y las tres lo saben de sobra.

Hace poco nos enteramos de que encontraron el cuerpo de Sullivan, el antiguo jefe de Preston, en un callejón, supongo que se mezcló con quien no debía.

—Estás sonriendo otra vez —murmura Evan.

—No estoy sonriendo.

—Llevas sonriendo los últimos veinte minutos.

—Es una reunión familiar. Se supone que tengo que estar feliz.

—Tú nunca haces lo que se supone que tienes que hacer.

—Entonces, supongo que soy realmente soy feliz.

Levanto la cabeza para fulminarlo con la mirada, pero el muy traidor aprovecha para besarme antes de que pueda responderle; por desgracia para mí, después de todos estos años sigue sabiendo exactamente cómo desarmarme.

—Qué asco dais —dice Nao desde la otra punta del jardín.

—Nadie te obliga a mirar —responde Evan sin inmutarse.

—Sí me obligáis. Estoy intentando comer y tengo delante una demostración pública de hormonas.

—¿No será que te estás ahogando con las tuyas al ver a He-Man jugando con las niñas?

Row se echa a reír mientras Thomas niega con la cabeza; quién nos iba a decir que ellos serían los primeros en casarse. Day aprovecha la distracción para robarle una salchicha del plato a Jesse, que tarda justo tres segundos en darse cuenta.

Evan revisa el móvil y sonríe de medio lado. No necesito preguntar de quién es el mensaje, esa sonrisa la reserva para muy poca gente.

—¿Qué andan haciendo ahora esos tres? —digo, robándole una patata del plato.

—Chase ha abierto un gimnasio. —Se ríe por lo bajo—. Un gimnasio, en serio. Dice que es lo más parecido a pegarse con gente sin acabar en la cárcel. Tyler le lleva las cuentas, que es su forma de asegurarse de que no lo detengan, y Brandon monta seguridad para medio Chicago.

—Deberían venir un día —digo—. A Everly le gustan sus tíos de Chicago.

—A Everly le sobran malas influencias. Uno de ellos le enseñó a Emma a hacer un cóctel molotov.

—Pues eso, más manos para vigilar.

Vuelvo a fijarme en todos y la escena es tan normal que todavía me cuesta acostumbrarme a ella.

Durante mucho tiempo pensé que la normalidad era una de esas cosas que les ocurrían a otras personas.

A chicas que crecían con familias normales, que iban a colegios normales y que no pasaban su infancia encerradas en laboratorios donde te enseñaban a matar antes incluso de enseñarte a limpiarte el culo.

Sin embargo, aquí estamos.

En una ciudad tranquila donde nadie conoce nuestros nombres reales ni lo que hicimos para sobrevivir.

Con casas separadas por apenas unas calles.

Disfrutando de cenas improvisadas los fines de semana.

Y con discusiones absurdas sobre quién trae el postre o quién ha olvidado comprar carbón para la barbacoa.

Con hijos… Ojo.

Everly se acerca corriendo y me tiende las dos manos, exigente.

—La de madera. Sácala, mami. Tírala otra vez.

Meto la mano en el bolsillo y saco la peonza de siempre, la de las estrellas descoloridas, la misma que gira en mi vida desde antes de que yo tuviera recuerdos.

La lanzo sobre la mesa y Everly se ríe con toda la cara, esa risa suya que no cabe en el cuerpo, mientras el zumbido de la madera da vueltas y vueltas. Para ella, esto es magia.

Un juguete que baila. Un recuerdo bonito que algún día contará sin que le tiemble nada por dentro.

Le enseñaré a lanzarla cuando sea un poco mayor, cuando sus manos aguanten el giro. Le enseñaré esto, y solo esto: que hay cosas que dan vueltas, se paran y no pasa nada. Que no toda peonza que gira delante de una niña esconde algo detrás.

Ella no sabrá nunca lo que significa esa última frase. Y esa es, precisamente, mi gran victoria.

Sale corriendo de vuelta con Olivia y yo me quedo con la peonza girando sola sobre la mesa abstrayéndome del mundo como siempre me pasa. Cuando levanto la vista, la busco entre los demás.

Está empapada de pies a cabeza, lleva una corona torcida hecha con margaritas y se está riendo tan fuerte que apenas puede mantenerse en pie mientras Olivia corre detrás de ella fingiendo ser un monstruo marino.

Olivia se detiene un momento a recuperar el aliento y, sin darse cuenta, lleva la mano al brazo de Row, que está tumbada a su lado, y le roza el antebrazo de arriba abajo con la yema de los dedos.

Un gesto pequeño, distraído, que hace desde siempre sin saber de dónde le viene, supongo que algún día se lo contaremos.

Veo a Row cerrar los ojos un segundo, solo uno, y después ponerle la mano en el pelo mojado sin decir nada, pero con una sonrisa que me dice que le ha venido a la memoria algún recuerdo de Alyss.

Ahora ya no duele, al menos no como antes, y me alegro de que haya podido superar esa culpa que no era suya desde el principio.

Hay días en que Olivia dice cosas que no debería saber.

Nombres de pasillos que nunca ha pisado.

El miedo exacto a una aguja que a ella nunca le ha dado miedo.

Una manera de ladear la cabeza cuando discute que me devuelve, de golpe, a una cama estrecha y a una risa que llevo media vida echando de menos.

No sé cuánto de mi hermana hay en ella. No sé si es ella asomándose o solo el eco de lo que fue atrapado en el cuerpo de otra niña.

Dejé de necesitar la respuesta hace tiempo. Me basta con esto: con verla correr por un jardín al sol, empapada y feliz, sin más laboratorio que el recuerdo, sin más número que su nombre. Con saber que, de alguna forma imposible, Alyss también llegó hasta aquí.

—Estás llorando —murmura Evan, rozándome la mejilla con el pulgar.

—Es el sol.

—Claro. El sol.

No me lo discute. Solo me acerca más a él y me deja mirarlas.

Olivia.

Todavía me cuesta llamarla así algunas veces.

Para mí siempre será Chispi. Igual que Cora seguirá siendo Garabato, Claire seguirá siendo Pluma y Emma seguirá siendo Guinda.

Fueron los nombres que Evan les dio cuando todavía vivían encerradas en GenoLabs, cuando eran poco más que armas con apariencia de niñas y él era la única persona que las trataba como si importaran.

Cuando decidimos adoptarlas, una por familia, insistimos en que eligieran ellas mismas sus nombres.

No queríamos regalarles una identidad. Queríamos que construyeran la suya.

Y lo hicieron. Aunque los apodos se quedaron.

Porque algunas cosas forman parte de quienes somos, incluso cuando dejamos atrás todo lo demás.

—Mamá.

Me giro. Olivia aparece junto a mi tumbona con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Esa cara es de que pasa algo.

—Bueno…

Vacila un instante.

—Quizá sí, pero te juro que no quería pisar las plantas de la señora Wilson.

Antes de que pueda preguntarle nada más, la puerta corredera del salón se abre de golpe y Cora aparece prácticamente derrapando sobre la tarima.

—¡Tenéis que venir! —grita Cora.

—¿Por qué, cuando dices eso, siempre parece que alguien ha muerto? —pregunta Nao sobresaltada.

—Porque eres una exagerada —responde.

—Lo dice la chica que guardó explosivos debajo de su cama durante seis meses —se burla Row.

—Era material de emergencia —se justifica Cora.

—Era dinamita —insiste mi hermana.

—Detalles.

Row resopla.

—¿Podéis comportaros como personas normales durante cinco minutos? —pregunto a todas y nadie.

—No.

—No.

—No.

—Definitivamente no.

Las respuestas llegan tan rápido que incluso Thomas termina riéndose.

—¿Queréis dejar de hacer el tonto y venir de una vez? —repite Cora, poniendo los ojos en blanco.

Hay algo en su tono que consigue que todos terminemos levantándonos.

Entramos en el salón y la televisión está encendida. Una presentadora sonríe delante de una imagen aérea que reconozco antes incluso de que mi cerebro quiera admitirlo.

El mundo parece ralentizarse. Porque sé perfectamente lo que estoy viendo. Conozco cada edificio, cada carretera, cada ventana… Es GenoLabs.

Siento cómo Evan se tensa a mi lado.

—Las autoridades han confirmado esta mañana que el inicio de la demolición del antiguo complejo de investigación abandonado, GenoLabs, comenzará el próximo miércoles.

En los terrenos se construirá un nuevo campus tecnológico y universitario que albergará laboratorios, residencias estudiantiles y centros de investigación pública…

Dejo de escuchar. Day no aparta la vista de la pantalla. Row parece haberse quedado sin respiración. Incluso Nao está completamente inmóvil.

Durante unos segundos nadie dice nada. Hasta que Preston rompe el silencio.

—Ya era hora.

—Sí —murmura Nao.

—Pensé que tardarían más —dice Jesse.

—Yo siempre pensé que alguna vez volvería —apunta Day—. Supongo que no será posible.

Entonces, Emma se aclara la garganta.

—Eh…

Nos giramos hacia ella. Parece incómoda.

—Creo que tengo algo que quizá os interese.

Sube corriendo las escaleras. Regresa menos de un minuto después con un viejo llavero metálico en la mano. Y cuando veo lo que trae, mi estómago da un vuelco. Porque reconozco esas llaves inmediatamente.

—No puede ser…

Emma se encoge de hombros.

—Me las llevé cuando escapamos.

—¿Te llevaste las llaves de GenoLabs? —pregunto alucinada.

—De recuerdo. Además, son las de la puerta de atrás.

—Emma…

—¿Qué? Me parecieron importantes.

Nadie sabe muy bien qué responder a eso. Entonces, nuestras miradas se cruzan. Las de las cuatro hermanas. Y comprendo exactamente lo mismo que ellas. Necesitamos volver. Una última vez.

—Quiero ir —dice Day.

—Yo también —indica Row.

Nao suspira.

—Sabía que ibais a decir eso.

—Porque tú también lo estabas pensando —le contesta Row.

—Sí, bueno, eso es irrelevante.

Todas me miran, esperando saber mi opinión, yo sonrío y respondo:

—¡Excursión!