Nunca (Arpías 4) Capítulo 51 #2
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Capítulo 51 #2

—Caramba, Jesse… Me preguntaba cuánto tardarías en aparecer ahora que tu jefa ha muerto.

—Para haber sido tu pareja, no te veo muy afectado.

—Lo cierto es que su pérdida ha sido una verdadera pena. Iba a conseguir grandes cosas. Tal vez, si no hubieses cambiado de bando, aún seguiría viva.

—Yo nunca he estado en su bando —gruño.

—Tú eres alguien destinado a la grandeza, Jesse. Tienes lo que hay que tener para estar en ambos bandos. Lo has demostrado con creces.

Se me tensa cada músculo del cuerpo ante su halago. Noto la mano de Pluma aferrándose a mi manga, como si no le gustara lo que está percibiendo.

—Tiene miedo —informa la niña—. Se siente acorralado y quiere convencerte de que…

—¿De qué?

—Veo que traes a uno de los monstruitos —se adelanta el presidente—. ¡Oh, y justo es el que llevó a tu hermano a la locura, hasta el punto de obligarlo a tirarse de un sexto piso!

Aprieto los dientes.

—Sé que tú diste la orden.

—No fue nada personal. Solo hice lo que tenía que hacer.

—Eres un hijo de perra…

—Pensaba que tú más que nadie me lo agradecerías. ¿Crees que la chica te hubiera preferido a ti por encima de un rebelde? Entonces, no sabes nada de mujeres.

—Cállate —mascullo—. Vas a morir. Por Terry y por todos. Por jugar con la vida de la gente a tu antojo. Hazlo ya.

Pluma da un paso adelante y el presidente abre mucho los ojos.

—¡Tienes razón! —exclama—. ¡Soy egoísta! ¡Y demasiado ambicioso! Pero también puedo ser muy generoso. Piénsalo bien —dice nervioso, sin perder de vista a la niña, que permanece quieta a mi lado, con esos ojos verdes tan parecidos a los de Day y que han presenciado demasiado para alguien tan joven.

—Quiere convencerte —insiste la niña—. Pero está asustado. Yo le asusto.

—¡¿Cómo no voy a tenerte miedo?! ¡Eres una abominación!

El mal mismo personificado en el cuerpo de una niña.

Nadie va a quererte nunca por lo que eres, ¡porque eres diferente y asustas!

¿Te das cuenta de todo lo que has hecho?

Si yo fuera tú, ya me habría matado. Porque no deberías existir.

Eres demasiado peligrosa. Alteras el orden de la naturaleza. Eres una asesina y…

—¡YA ES SUFICIENTE! —lo corto indignado.

Ver que Pluma tiene los ojos encharcados en lágrimas me afecta de un modo que nunca creí posible. Puto político… Acaba de activar en mí una protección primaria hacia esa niña sin pretenderlo.

—No le hagas caso —le digo a Pluma, agachándome a su lado—. A mí no me das miedo.

La niña me observa, tratando de leer la verdad de mis emociones. Intento que note que soy sincero. No me asusta ni pienso que sea un monstruo, solo estaba enfadado por lo que le sucedió a Terry.

Pero ya no. Day llevaba razón. No puedo culpar a esta pequeña por las decisiones de otras mentes maquiavélicas. Ella no sabía lo que hacía realmente. Es inocente.

Le toco la cara y Pluma asiente como si pudiese captarme. Luego mira a McCain, recuperando su determinación, y este parpadea, entendiendo que está perdido.

—¿Qué vas a hacerme…?

La niña lo estudia unos segundos.

—No se arrepiente de nada de lo que ha hecho en su vida —informa con desaprobación—. Solo tiene ansiedad por salvarse.

—Basta —dice McCain con pánico en la voz—. No sabes nada de mí.

—No me hace falta, veo lo podrido que estás por dentro.

McCain retrocede hasta chocar con el escritorio. La respiración se le acelera.

—Esto es por Terry Jones —informa Pluma en voz baja.

—No lo hagas.

McCain llega hasta detrás del escritorio y Pluma lo alcanza.

Nada más tocarlo, McCain se sienta de inmediato, como si sintiera que su cuerpo no puede sostenerlo más.

Mira el cajón con el horror grabado en el rostro.

Lo abre despacio, como en trance, y saca un arma.

—N-no, por favor…

—Vas a sentir todo lo que has hecho sobre tu conciencia —le avisa Pluma—. Decidirás que no mereces la pena como ser humano y que el mundo estará mejor sin ti.

—Al fin hoy se hará justicia —espeto severo—. Esto es por Terry y por tantos otros a los que ordenaste matar.

Cojo a Pluma de la mano. Ella me mira con esos ojitos inocentes.

—Se merece pasar los últimos segundos de su vida solo —le digo.

Salimos del despacho y llamo a Evan para que entre. Chispi y él llegan en el ascensor justo en el momento en que se oye un disparo en el despacho. Evan se asoma y sonríe, el muy psicópata. Es la pareja perfecta de Neva.

Pluma se arrodilla junto a los dos guardias y les toca la cara a ambos.

Hace que sientan que se han quedado dormidos del cansancio.

Chispi les borra la memoria. Y entre Evan y yo ponemos a los guardias sentados, como si hubiera sido decisión de ellos hacerlo.

Me guardo los dardos de Neurostat en el bolsillo antes de dirigirme al ascensor.

Bajamos a la planta de abajo y comprobamos que los otros guardias de seguridad siguen fuera de combate.

—Un momento —dice Chispi.

Se acerca a ambos y les borra los recuerdos tan rápido y con tan poco esfuerzo que me sorprende.

Salimos del edificio y volvemos a la furgoneta.

Evan saca el portátil para borrar los datos digitales que podamos haber dejado y sustituye cualquier vídeo en el que aparecemos por uno en el que los guardias se sientan y se duermen. Bendita IA.

Cuando arranca, me percato de que Pluma me observa, ambos estamos en el asiento trasero y me doy cuenta de que ya no veo nada más que a una niña que necesita una familia.

—¿Está bien así? —pregunta con una voz que, de repente, vuelve a sonar como la de una niña de nueve años.

Algo se me estruja en el pecho y le agarro la mano.

—Escúchame. —La miro a los ojos—. Te prometo que tendrás una buena infancia.

Pluma me mira sin comprender.

—¿Ya no es tarde para eso?

Niego.

—Puede que sea tarde para recuperar la que te robaron. —Esbozo una sonrisa triste—. Pero me encargaré… Rectifico. Day y yo nos encargaremos de que tengas una buena vida.

—Nos encargaremos de todas —se suma Evan, sonriendo.

Sus ojos se humedecen, esta vez de alegría, y asiente muy despacio.

—Gracias.

Cuando salimos a la avenida, siento que ya no tengo junto mí a la responsable de la muerte de mi hermano, sino a alguien a quien pienso proteger el resto de mi vida.

Sé que ella está percibiendo mi emoción porque me da un apretón, como si me otorgase su consentimiento, y ambos sonreímos.