Nunca (Arpías 4) Capítulo 51
84%

Capítulo 51

Jesse

N o he podido dormir en toda la noche, pensando en la noticia que escuchamos en la televisión. Por eso, en cuanto amanece, me encargo de reunir a todos en la cocina.

—Tenemos que ir a por el presidente McCain —sentencio.

Todos se centran en mí. Es Preston quien rompe el silencio:

—¿Qué propones?

Me paso la mano por el pelo.

—No tengo ni puta idea. Lo único que sé es que lo quiero muerto.

Nadie cuestiona mi decisión. Saben que hice una promesa a Terry, y por mucho que Madre ya no esté, no descansaré hasta acabar con todo aquel que haya participado en su muerte.

—Hablamos de matar al actual presidente —expone Preston—. No será tan fácil como matar al jefe de policía.

—Ahora está vulnerable por toda la mierda que ha salido a la luz —apostillo—. No quiero esperar.

—Lo conozco lo suficiente para saber que, si se ve acorralado, huirá —interviene Evan.

—No puede huir. Es el puto presidente —razona Preston—. Pero puede encerrarse en la Casa Blanca. Ese lugar es como un búnker. No podemos entrar pegando tiros, no llegaríamos ni a dos metros de la valla.

A veces creo que Preston es el único cabal aquí.

—Yo puedo acercarme hasta él, darle un beso y solucionar el problema —sugiere Row.

—¡Por encima de mi cadáver! —protesta Tom.

En otras circunstancias me hubiera burlado de la posesividad de Hutcher, pero ahora no estoy para chistes.

—No será necesario besarlo —dice Evan—. Si actuamos rápido, es posible que podamos acceder a él antes de que se encierre en su búnker.

Esta vez, todos miramos al padre de Everly.

—Dinos cómo —ordena Preston.

—McCain acostumbra a usar un despacho en un edifico del centro.

Pocas personas conocen su existencia —relata—.

Es donde lleva a cabo sus asuntos más turbios.

Me apuesto lo que quieras a que, en cuanto salió de la comisaría, fue directo allí para destruir cualquier documentación que pueda incriminarlo aún más.

—¿Tienes acceso a ese lugar? —se interesa Thomas.

—Tengo un contacto que puede ayudarnos.

—Llámalo —le pido impaciente.

—Seguro que lleva a su propio equipo de seguridad privada.

—Pensaba que eras el optimista del grupo —me quejo, mirando a Preston. Como buen policía, es consciente de que nuestro plan está lleno de lagunas.

—Nosotras os podemos ayudar —se oye una voz infantil.

Me tenso cuando las niñas entran en el comedor.

—No, gracias —suelto sin mirarla siquiera.

—Jesse… —oigo a Day. Conozco perfectamente ese tono de reproche.

—He dicho que no.

Mi chica me lanza una mirada severa y sé que esto nos va a traer problemas. Que ella las haya perdonado no significa que yo tenga que hacerlo.

—¿Qué has pensado, Pluma? —le pregunta. Que trate con voz melodiosa justo a la que hizo que Terry se tirase de la azotea hace que apriete con fuerza la mandíbula.

—Puedo influir en las emociones de los guardias para tener vía libre y llegar hasta McCain. Después Chispi les borrará la memoria para que olviden que hemos estado allí.

—No sé si Neva estará de acuerdo…—Observo a la mencionada, pero ella tiene la mirada fija en su réplica y la de Alyss.

—Podría resultar… —cavila Evan—. Después yo me encargaré de limpiar las cámaras de vigilancia.

—¡¿Qué parte no habéis entendido de que no quiero su ayuda?! —exclamo.

—La parte en la que sigues actuando como un idiota —responde Day sin alzar la voz—. Ven conmigo un segundo.

—No necesito que…

—No te lo estoy preguntando, Jesse. Ven. Ya.

Cómo me cabrea cuando se pone tan mandona.

Voy detrás de ella. Normalmente, discutir con Day son unos buenos preliminares, pero esta vez la cosa no tiene pinta de que vaya a acabar en sexo.

Cierra la puerta y nos quedamos solos en la cocina.

—Sé lo que sientes.

—No es cierto. Nunca has sido capaz de leerme.

Ignora mi arrebato y sigue hablando.

—Terry también era importante para mí.

—Fue ella quién lo obligó a matarse, Day.

—Ya lo sé. —Se acerca y posa su mano en mi pecho—. Pero necesito que me escuches antes de que vuelvas a negarte.

—Day, joder…

—Soy consciente de que Pluma es capaz de meterse dentro de la cabeza de una persona y arrancarle las ganas de vivir sin tocarla siquiera. Su habilidad está hiperdesarrollada. Aun así, no lo decidió por voluntad propia, solo cumplía órdenes.

Aprieto la mandíbula. ¡Eso ya lo sé, joder!

—Tiene mi habilidad, Jesse —continúa—. La crearon a partir de mis genes. Así que, cuando la miras y ves lo que le hizo a tu hermano, también me estás mirando a mí. Y necesito que entiendas eso antes de decidir que nunca la vas a perdonar.

—No es lo mismo.

—Es exactamente igual. —Me sujeta la cara con las dos manos, obligándome a mirarla—.

Las utilizaron igual que nos utilizaron a nosotras.

Las entrenaron para hacer daño antes de que supiera que existía otra opción.

¿Cuántas veces hicimos lo mismo para GenoLabs y no lo cuestionamos?

Seguro que pensaban que Terry era un hombre malo y no dudaron en obedecer. Como nosotros hemos hecho tantas veces.

—Por esa razón, McCain debe morir —mascullo envenenado—. Se benefició de vuestras habilidades para trepar hasta ese puesto. Y lo quiero fuera de él. Tampoco quiero que deguste solomillos en una cárcel de lujo. Si mi hermano ya no puede, él tampoco.

Day me muestra una sonrisa y me fastidia saber que claudicaré.

—¿No has pensado que Pluma solo quiere ir contigo porque también necesita esto tanto como tú? —dice en tono suave—. Ese hombre la obligó a hacer cosas horribles. Quiere redención.

«Maldita sea… No es bueno que suela tener siempre razón».

Cierro los ojos y tomo una respiración profunda. Cuando los vuelvo a abrir, siento como mi pecho se ha aflojado un poco.

—Cada vez que la miro, solo veo a Terry aplastado contra el capó de ese coche.

—Lo sé. —Me besa despacio—. Pero también puedes mirarla y ver a una niña que ha cargado con muchas muertes sola, sin que nadie le dijera que no eran culpa suya. Terry no querría que siguieras castigándola por ello cuando sabemos de sobra quiénes son los verdaderos culpables.

La agarro por las caderas y la acerco más a mí. Agacho la cabeza y disfruto de volver a capturar sus sedosos labios.

—Odio que tengas razón.

—Ya deberías estar acostumbrado. —Sonríe contra mi boca—. Dale una oportunidad, Jesse. Intenta limar asperezas.

—Eres cruel… Sabes que te amo demasiado para negarte algo.

—Si yo he sido capaz de mirar más allá con ella, seguro que tú también lo harás, solo que te está tomando más tiempo.

Resoplo sin estar convencido.

Al volver a entrar en el comedor con Day pisándome los talones, todos están esperando.

—Vendréis las dos —digo, señalando a Pluma y Chispi— conmigo y con Evan. Nadie más se va a acercar a ese edificio.

Preston resopla.

—Esto es una pésima idea.

—Deberías estar acostumbrado a ellas. —Le acaricia Nao la espalda—. Lo importante es que al final funcionan.

—Milagrosamente…

—Por lo menos esta vez no hay lanzacohetes de por medio.

El poli se frota la cara con las manos y se le escapa una risa.

Eso es algo que ninguno superamos. Creía que nosotros estábamos locos, pero lo de los amigos de Evan supera el nivel.

Después de unas llamadas, el contacto de Evan le confirma que McCain ha llegado al despacho hace escasos veinte minutos con una escolta reducida de cuatro guardias; dos en el vestíbulo y otros dos en la planta treinta y dos. Es tan arrogante que se cree intocable.

—Andando —suelto sin perder el tiempo.

No sabemos cuánto permanecerá McCain allí y no quiero entretenerme.

Al llegar al edificio, decidimos que Evan y Chispi se queden en la furgoneta en el callejón trasero de momento.

—Estate pendiente a cualquier movimiento raro. Nada de intentar hacerse la heroína —le dice Evan a Pluma.

Ella asiente con seriedad, como si estuviese acostumbrada a sus órdenes.

Pluma y yo entramos por la puerta de atrás, gracias a la tarjeta que nos facilita el contacto de Evan, y nos escondemos tras una columna. Los guardias del vestíbulo ni siquiera giran la cabeza y poco tiempo después dejan sus puestos frente a los ascensores.

—¿Qué les has hecho?

—Sienten que no soy una amenaza y que no pueden mantener los ojos abiertos.

—¿Ni siquiera tienes que tocarlos?

Niega.

«Joder… Estas niñas son un peligro público».

—Vamos —digo.

El trayecto en ascensor es incómodo. Observo de vez en cuando de reojo a mi acompañante. Son niñas, por el amor de Dios. ¿Cómo se nos ocurre involucrarlas en algo así? ¿En qué nos diferencia eso de lo que les ordenaba GenoLabs?

—No tienes por qué hacerlo —digo sin pensar.

—Lo sé —responde ella con la mirada al frente.

—No volveréis a ser armas.

—También lo sé.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué lo haces entonces?

Pluma tarda varios segundos en responder.

—Cuando murió… —susurra. Y mi pecho se contrae al saber que habla de Terry—. Nunca pensé que sentiría esto.

—¿El qué?

—Remordimientos.

—¿Los tienes? —Asiente—. ¿Por qué? No conociste a Terry.

Por primera vez desde que hemos entrado al ascensor, gira la cabeza y la alza para mirarme.

—Porque a Day y a ti os duele su muerte, y no me gusta.

No nos da tiempo a añadir nada más cuando las puertas del ascensor se abren.

—Escóndete detrás de mí —le ordeno. Y saco algo del bolsillo de la americana.

—¿Qué es eso?

—Algo que a Day siempre le ha hecho mucha gracia.

Me llevo la cerbatana a los labios, me asomo por el ascensor y, al ver a los guardias venir con sus armas desenfundadas hacia nosotros, soplo.

Primero cae uno y luego el otro. Al momento. Jamás he estado tan agradecido de haberme llevado conmigo unas cuantas dosis de Neurostat.

Se quedan inmóviles antes de dormirse finalmente.

Empujo la puerta y McCain está de pie junto a una trituradora de papel, con la corbata floja y las manos llenas de documentos.

—Vaya, Presidente…, ¿eliminando pruebas?

Se gira y, por un instante, la sorpresa le cruza la cara. En un segundo analiza la situación. Ve que sus hombres no llegan y que traigo un arma peligrosa conmigo. Aun así, no puede evitar el cinismo de sonreír como un político que ha pasado media vida creyéndose intocable.