Capítulo 50
Neva
L levo días viendo a Row evitar a Chispi.
No lo hace de forma consciente, estoy segura; Row no es capaz de tanta estrategia cuando algo la asusta, y que esta niña sea el vivo retrato de Alyss es algo que la tiene aterrorizada.
Cuando las niñas ocupan una habitación, ella ocupa la otra. Cuando Chispi levanta la voz para repartir turnos de guardia con esa autoridad de sargento diminuto, Row se inventa un cigarro en la terraza.
A las otras tres las aguanta, incluso les ríe las gracias, pero a Chispi no puede mirarla más de tres segundos, y sé exactamente por qué.
Y me está matando callármelo.
Lo sé desde que Evan me lo dijo la noche antes de entrar en GenoLabs. No estaba seguro, pero después me enseñó una carpeta en el ordenador con un archivo del laboratorio, el de Chispi, y todas las sospechas quedaron confirmadas.
Sé que tengo que decírselo a Row. Sin embargo, no existe un buen momento, y cuanto más lo retrase, peor será.
Cada vez que abro la boca para hacerlo, la miro y veo a una mujer que lleva demasiados años sin perdonarse, y no encuentro la forma de ponerle esto encima sin destrozarla.
Una cosa es que Chispi sea físicamente como Alyss porque ella y yo éramos gemelas, otra muy diferente es que tenga recuerdos de mi hermana en su interior.
Estoy en el umbral del salón, con una taza en cada mano, cuando veo algo.
Row está sentada en el suelo, de espaldas al sofá, limpiando una de sus pistolas. Chispi se sienta a su lado sin pedir permiso, y observa cómo Row desmonta el arma con la atención de un depredador pequeño.
No oigo lo que hablan. Veo a Chispi reírse. Y, entonces, la veo alargar la mano y rozarle a Row el antebrazo con la yema de los dedos. Un roce distraído, de arriba abajo, como quien calma a un animal. Como si lo hiciera desde siempre.
Se me para el corazón.
Porque yo también conozco ese gesto. Lo hacía Alyss. Se lo hacía a Row en la penumbra de aquel laboratorio, escondidas bajo una manta para huir de las agujas que mi hermana odiaba con toda su alma.
Era algo que hacía sin darse cuenta, igual que ahora lo hace esta niña que no sabe lo que lleva dentro. Es el gesto de mi hermana muerta saliendo de las manos de una cría de nueve años, y va dirigido a la única persona en el mundo que no puede soportarlo.
Veo a Row quedarse de piedra. Veo caérsele una pieza del arma al suelo. Veo cómo se le va el color de la cara.
—Para —le dice a Chispi con una voz que no es la suya—. No me toques así.
La niña aparta la mano, confusa y un poco herida, y Row se levanta tan rápido que casi pisa a la pobre niña que no tiene idea de qué está pasando.
Sale al pasillo. Yo dejo la taza en cualquier sitio y voy detrás de ella, porque el momento que llevo días temiendo acaba de llegar sin avisar, igual que la niña.
Me la encuentro de frente. Tiene los ojos demasiado abiertos.
—Dime que me lo estoy inventando. —Le tiembla la voz y no se molesta en disimularlo, y eso, en Row, es lo más parecido a una súplica que existe—. Dime que estoy cansada, que estoy paranoica, que llevo demasiados días sin dormir. ¡Dime lo que sea, pero dímelo ya!
Y aquí está. Puedo mentirle un día más. Puedo darle una tregua que no le va a servir de nada. Pero no lo hago. Se lo debo. Se lo debo a ella y a Alyss.
—No te lo estás inventando —confirmo en voz baja.
—Neva…
—Iba a decírtelo. Te lo juro. Llevo días buscando el momento y no existe. —Trago, y noto cómo se me cierra la garganta, porque decirlo en voz alta también me rompe a mí—. Chispi no es solo la evolución de una de nosotras, Row. La hicieron con material mío… Y de Alyss. Las dos estamos en ella.
El pasillo se queda sin aire.
—Eso no…
—Puede restituir recuerdos. Puede devolver lo que yo borro.
Y eso solo lo hacía una persona en el mundo.
Y no solo eso, de alguna forma, mientras la creaban, también metieron parte de sus recuerdos.
—No hace falta que diga su nombre; lo llevamos las dos escrito en el mismo sitio—.
Está ahí dentro, Row. Un pedazo de ella está ahí dentro, en esa niña.
Row se apoya en la pared como si las piernas dejaran de sostenerla, y yo entiendo perfectamente el gesto, porque a mí me pasó lo mismo la noche que me lo contaron.
Durante un segundo no somos dos mujeres en un pasillo, somos dos crías de dieciséis años a las que les arrancaron a la misma persona de formas distintas.
—La he apartado —susurra, y le cambia la voz, se le hace pequeña—. Se me ha acercado y le he dicho que no me tocara. La he apartado, Neva.
—Es normal.
—La maté una vez. —Me mira y ya no le importa que la vea rota—. La maté una vez y lo primero que hago cuando vuelve es apartarla.
Y ahí es donde tengo que dejar de ser la hermana de Alyss para ser la hermana de Row, porque las dos lo son, aunque de sangres distintas.
Le sujeto la cara con las dos manos, obligándola a mirarme, aunque hacerlo me cuesta porque tengo a mi gemela metida en cada rincón de mi propia cara y sé lo que Row está viendo cuando me mira.
—Escúchame bien. Ninguna de nosotras te ha culpado nunca por lo que pasó.
Ni yo. Ni ella si pudiera hablar. —Aprieto—.
Pero hay algo que no tuviste entonces y tienes ahora, Row.
Tienes una segunda oportunidad. Y esta vez no vas a matarla.
Esta vez vas a mantenerla viva, aunque tengas que morirte tú en el intento.
Row cierra los ojos y deja caer la frente contra la mía. Yo la sostengo, a ella y al peso de las dos, mientras noto cómo su respiración se deshace y se vuelve a armar.
—Voy a cuidarla —dice contra mi piel con la voz hecha trizas—. Te lo juro por lo que quieras. No le va a pasar nada. A ninguna de las dos.
La creo. Row nunca ha jurado nada que no cumpliera.
Cuando por fin se aparta, se seca la cara con el dorso de la mano, recupera un poco de sí misma y vuelve al salón. Yo me quedo en el umbral, mirando.
Chispi sigue sentada en el suelo, recogiendo la pieza que se le cayó a Row, con el ceño fruncido y esa mueca de orgullo herido que también le he visto a alguien antes, en otra vida, en otra cara igual a la mía.
Row se sienta a su lado. Le dice algo que no alcanzo a oír. La niña la mira un largo rato con esos ojos demasiado viejos y al final asiente, como si lo entendiera mejor de lo que debería.
Entonces, Row le pasa el arma a medio montar y empieza a enseñarle dónde va cada pieza.
Me llevo una mano a la boca y dejo que las lágrimas caigan en silencio porque acabo de ver a la mujer que perdió a mi hermana devolvérmela, pieza a pieza, en las manos de una niña. Y ahora es momento de hablar con Everly y devolverle al padre que yo misma le robé.