Capítulo 49 #3
Preston podía creerme o no creerme, pero Day no tiene ese problema: ella va a meterse debajo de mi piel y comprobar, sílaba a sílaba, si lo que digo es verdad. Aunque no debería sentir miedo, solo alivio, porque por primera vez en mi vida ya no tengo nada que esconder.
Quiero ir a buscarla. Pero primero dejo que mi mente se calme después de lo de Preston.
Everly se despierta llorando, Neva la coge en brazos y yo las sigo hasta una de las habitaciones mientras las niñas deciden que quieren dormir juntas en otra, las cuatro en el mismo cuarto y con turnos de vigilancia porque, aunque han salido de GenoLabs, ninguna está dispuesta a confundir un refugio con una garantía.
Chispi organiza los turnos como si llevara años dirigiendo operaciones militares; Guinda se queja de que siempre le toca lo aburrido; Pluma pide la cama más cerca de la ventana y Garabato pregunta si puede dibujar en la pared, dejando claro que el hecho de pedir permiso antes cuenta como educación doméstica.
Cuando por fin me tumbo junto a Neva y Everly, el cuerpo me pesa como si alguien me hubiera llenado los huesos de plomo.
No sé cuánto duermo. Quizá una hora. Tal vez tres.
Pero cuando abro los ojos, la luz gris del amanecer entra por la ventana y lo primero que veo es a Neva dormida de lado, con Everly acurrucada contra su pecho y una mano extendida hacia mí incluso en sueños, como si alguna parte de ella hubiera decidido asegurarse de que sigo ahí.
No me muevo durante varios minutos. Solo las miro. Y entiendo, con una claridad que me deja sin aire, que este es el mejor momento de mi vida.
Me levanto con cuidado de no despertarlas y salgo al pasillo.
La casa tarda en quedarse quieta incluso a estas horas; primero se apagaron las voces, luego los pasos, y ahora solo queda el zumbido del frigorífico y la luz azulada del salón, donde alguien ha dejado la televisión encendida sin sonido.
Aún queda una cuenta pendiente, y sé que, si no la saldo ahora, con la casa dormida y sin público, me convenceré de que puede esperar un día más, y luego otro, hasta que ya no tenga valor.
Day está en la cocina, de espaldas, llenando un vaso de agua, la he oído levantarse.
No ha encendido la luz grande; le basta con la del extractor.
Jesse aparece un segundo después que yo, descalzo, sin hacer ruido, y se apoya en la encimera a un metro de ella.
No dice nada. Solo se coloca en su lugar natural.
Es un gesto tan pequeño que cualquiera lo pasaría por alto, pero yo llevo demasiados años haciendo lo mismo para no reconocerlo: se ha puesto en medio.
—Tranquilo —le digo—. Vengo en son de paz.
—La última vez que alguien dijo eso en esta familia, me regalaron una silla eléctrica —responde Jesse sin una pizca de humor.
Day deja el vaso. Me mira, se acerca y pone una mano en mi brazo, noto cómo usa su habilidad conmigo. Sé que me está leyendo. Bien. Dejo que lo haga.
—GenoLabs —musito—. El pasillo. Cuando rodaste por las escaleras… Fui yo.
Jesse se tensa entero. Da un paso y Day lo detiene con dos dedos en el antebrazo sin apartar los ojos de mí.
—Ya lo sé —dice ella—. Lo estoy sintiendo ahora mismo. —Ladea la cabeza—. Y también que te sientes culpable porque, cuando me hiciste daño, sabías perfectamente lo que hacías.
No tengo defensa para eso. Tampoco la busco.
—Podría pedirle disculpas, pero eso no borrará lo que hice —le digo a Jesse—. Solo quiero que sepáis que cargo con ello. Solo quería asustarte, no iba a matarte, nunca podría haberle hecho eso a Neva.
Jesse me sostiene la mirada un largo rato. Es un hombre difícil de leer, siempre lo ha sido, pero por una vez no se molesta en esconderlo.
—Mi hermano murió por esta gente —masculla—. Yo perdí ocho años fingiendo que era uno de ellos. Así que entiendo mejor que nadie lo que es hacer daño desde dentro y odiarte por ello. —Traga—. Por eso, y solo por eso, te voy a dar algo que Preston no puede darte todavía.
Supongo que hablaron después de que me fuera a la cama.
—¿El qué? —inquiero curioso.
—Sitio. Un sitio para demostrarlo. No confianza. Sitio. —Me señala con la barbilla—. No lo desperdicies.
Day recoge su vaso y, antes de salir, se detiene a mi lado.
—Que sepas —dice en voz baja— que si algún día dejas de sentir esa culpa que estoy notando, lo voy a saber. Y ese día se acabó.
Y se va con Jesse, dejándome solo en la cocina con la extraña sensación de que acabo de recibir la peor condena y el mejor regalo de mi vida en la misma frase.
Cuando por fin vuelvo al salón, Jesse está de pie frente a la televisión, con el mando en una mano y el rostro iluminado por las imágenes del informativo. Ha subido el sonido.
En la pantalla, varios agentes federales escoltan al presidente fuera de un edificio privado, todavía vestido con el esmoquin de la gala, despeinado, furioso y rodeado de cámaras que gritan su nombre mientras los titulares hablan de experimentos ilegales, financiación clandestina, menores retenidas y una investigación que acaba de sacudir los mismísimos cimientos de la Casa Blanca.
—Lo han arrestado —informa Jesse sin apartar la vista de la pantalla.
Me acerco despacio, con el brazo latiendo y el corazón encogiéndose por una razón que todavía no entiendo.
Entonces, la presentadora continúa hablando.
«El presidente ha prestado declaración ante las autoridades en relación con la investigación abierta sobre los hechos ocurridos en GenoLabs.
Aunque fue trasladado para ser interrogado durante varias horas, fuentes cercanas a la investigación confirman que ya ha abandonado las dependencias policiales y, por el momento, no pesa sobre él ninguna medida cautelar.
No obstante, su situación procesal continúa bajo investigación y las autoridades no descartan nuevas diligencias en los próximos días. ».
Jesse y yo nos miramos serios y ambos negamos con la cabeza. Ni siquiera, con todas las pruebas, vamos a lograr que lo encierren. El muy hijo de puta aprovechará que lo han liberado para huir.
Volvemos a dirigir la vista al televisor cuando escuchamos hablar de GenoLabs y el incidente de esta noche.
«GenoLabs, el prestigioso centro de investigación biomédica dirigido por la doctora Agatha Walsh, pareja del presidente y recientemente señalada por su presunta implicación en las acusaciones que les venimos contando, ha sido escenario esta madrugada de un violento ataque armado.
Las autoridades lo califican como una operación altamente planificada y ejecutada por individuos con entrenamiento táctico.
Según las primeras investigaciones, los asaltantes emplearon armamento militar de gran potencia, entre ellos un lanzacohetes con el que destruyeron varios vehículos y derribaron un helicóptero durante su huida.
Por el momento, la información oficial sigue siendo limitada.
Lo que sí ha confirmado la policía es que una potente explosión devastó parte de las instalaciones, provocando la muerte de varios trabajadores.
Entre las víctimas se encuentra la doctora Agatha Walsh, cuyo cuerpo fue recuperado calcinado entre los escombros.
El FBI ha asumido la investigación y, por ahora, no se ha informado de ninguna detención.
Las autoridades no descartan ninguna hipótesis y mantienen acordonada la zona mientras continúan las labores de inspección y recogida de pruebas.
Seguiremos ampliando esta información a medida que se conozcan nuevos detalles».
—Al menos esa perra ha tenido su merecido —siseo con los puños apretados.
Jesse estrecha la mirada sobre la pantalla del televisor, que refleja una imagen del rostro de McCain, y escucho cómo sus dientes rechinan de tanto que los aprieta.
—Él correrá su misma suerte. Lo hemos intentando por las buenas, pero si no queda más remedio, habrá que hacerlo a la antigua usanza.