Nunca (Arpías 4) Capítulo 49
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Capítulo 49

Evan

E l piso de las afueras no aparece en ningún contrato, no figura en ningún registro a mi nombre y, si todo ha salido como estaba previsto, tampoco existe en ninguna de las bases de datos que McCain pueda consultar antes de que amanezca, aunque en este momento soy demasiado consciente de que hacer planes contra él siempre ha sido como intentar encerrar humo entre los dedos.

La furgoneta se detiene en el garaje subterráneo con un chirrido que me pone los pelos de punta, o quizá es el dolor del brazo, o tal vez es que llevo demasiadas horas sosteniéndome a base de adrenalina, miedo y la incertidumbre de que, si cierro los ojos un solo segundo, tal vez despierte de nuevo en GenoLabs y descubra que nada de esto ha ocurrido.

Neva baja primero con Everly dormida contra el pecho, envuelta en una manta que Row ha encontrado en la furgoneta.

La niña tiene la mejilla apoyada sobre el hombro de su madre, una mano cerrada sobre la tela de su camiseta y los párpados hinchados de tanto llorar, y yo siento una punzada tan fuerte en el pecho que hasta la herida del brazo deja de importarme.

Está viva. Las dos están vivas. Y eso me basta por el momento, aunque sé que esto no ha acabado, y no lo hará mientras McCain siga vivo.

—Bienvenidas al palacio real de la ilegalidad moderada —dice Chase, apareciendo junto al ascensor con una bolsa de material médico en una mano y una sonrisa idiota en la cara, como si no acabara de derribar un helicóptero desde el techo solar de un coche hace menos de media hora—.

No tenemos mayordomo, pero sí café, alcohol y una cantidad preocupante de vendas.

—Y un lanzacohetes —añade Tyler desde detrás de él.

—Eso no forma parte de la bienvenida oficial —gruñe Brandon, que cierra la puerta del garaje para que nadie más pueda entrar.

Nao los observa a los tres con una mezcla de cansancio, desconfianza y ganas bastante evidentes de partirle la nariz a alguien por deporte, mientras Day parece demasiado agotada para decidir si eso le parece gracioso o terrible.

Row se limita a estudiar cada rincón del garaje como si ya estuviera calculando rutas de escape, puntos ciegos y cuántas personas podría abatir antes de que alguien consiguiera sorprenderla por la espalda.

—Son mis amigos —digo, y me doy cuenta de lo ridícula que suena la palabra después de la noche que acabamos de tener, porque nadie que aparezca con un lanzacohetes en mitad de una persecución debería ser presentado con algo tan simple como «amigos»—. Chase, Tyler y Brandon.

—Hermanos —me corrige Chase, acercándose lo justo para abrazarme y deteniéndose a medio camino cuando ve mi brazo—. Bueno, hermanos con mejor gusto para elegir entradas dramáticas.

—Evan es nuestro hermano —pronuncia Brandon, mucho más serio, mirando a Neva primero y después a Everly con una solemnidad que le borra cualquier resto de broma de la cara—. Si él llama, vamos. Aunque llame desde el infierno y nos pida que llevemos hielo.

Neva asiente y sé que quiere dar las gracias, pero también sé que tiene a nuestra hija dormida en brazos, el cuerpo temblando por el esfuerzo y el corazón todavía atascado en aquel pasillo donde creyó que me había dejado muerto. Así que no la obligo a hablar.

Subimos todos al piso en silencio.

Cuando entramos en el salón, las niñas se quedan quietas, como si no supieran qué hacer con un lugar que tiene sofás, lámparas cálidas, una cocina con lo básico y ventanas que no están pensadas para vigilar, sino para mirar hacia fuera.

—Podéis sentaros donde queráis —dice Jesse, que ya tiene el portátil abierto sobre la mesa y varios discos duros junto a Preston, aunque sus ojos no dejan de ir de las niñas a Day, como si una parte de él siguiera peleando contra lo que sabe y lo que siente.

Chispi se acerca al sofá con cautela, Garabato se queda mirando una pared vacía como si estuviera decidiendo si sería delito dibujar sobre ella, Pluma baja la cabeza para no destacar y Guinda observa a Chase con un interés que me preocupa muchísimo por la salud mental de mi amigo.

—¿Tú eres el del lanzacohetes? —pregunta impresionada.

Chase se lleva una mano al pecho, emocionado hasta el ridículo.

—Por fin alguien aprecia mi arte.

—Ha sido ruidoso.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Me alegro de que te haya gustado, pequeña pirómana.

La risa de Day rompe un poco la tensión, y quizá por eso me atrevo a hacer las presentaciones como deberían haberse hecho en otra vida, en una en la que no hubiera sangre en mi manga ni niñas escapadas de un laboratorio sentadas en el salón de una banda de delincuentes con buen gusto para elegir pisos francos.

—Ella es Chispi —digo, señalándola con la barbilla porque levantar el brazo derecho es una idea bastante mala—.

Le puse ese nombre porque, incluso cuando no recordaba a Neva ella era una chispa de alegría para las demás, una cosa pequeña y rápida que aparecía en los peores momentos y conseguía que todo pareciera un poco menos horrible.

Chispi me mira con los ojos entrecerrados, como si no supiera si sentirse orgullosa o amenazarme por ponerme sentimental delante de desconocidos.

—Podías haber elegido algo más intimidante.

—Eres demasiado adorable como para intimidar.

Ella farfulla algo y sonrío.

—Garabato —continúo antes de que empiece una discusión absurda— se llama así porque siempre está dibujando, incluso cuando no tiene papel, incluso cuando no debería, y lo único que encuentra es una servilleta, una pared o la paciencia de alguien.

Garabato no levanta la vista de la libreta que ya ha sacado de su mochila, pero el lápiz se queda quieto un segundo, y eso en ella es lo más parecido a aceptar un abrazo.

—Pluma —digo después, bajando un poco la voz porque ella se encoge de forma instintiva cuando todos la miran— es Pluma porque se mueve intentando no ocupar espacio, como si creyera que molestar es lo peor que puede hacer en el mundo, y porque estoy convencido de que, si un día se cae al suelo, haría menos ruido que una pluma tocando una almohada.

Pluma se sonroja hasta las orejas.

—Eso es muy cursi, Evan —se queja muy bajito.

—Lo sé.

—Me gusta un poco.

—Lo sé también.

—Y Guinda —termino, mirando a la niña, que ya sonríe como si supiera que viene su momento— es Guinda porque siempre pone la guinda al pastel, sobre todo cuando el pastel está ardiendo, alguien grita en una esquina y nadie sabe si reírse o llamar a emergencias.

Tiene una forma de rematarlo todo con una frase tan irónica y tan rara para su edad que a veces dan ganas de castigarla y otras veces de pedirle que repita.

—Prefiero que me pidan repetir —aclara ella.

—Lo suponía.

Algo cambia en la habitación después de las presentaciones. No de golpe, pero cambia.

Row, Nao y Day las miran con una atención distinta, como si hasta ese momento hubieran visto armas pequeñas con pulso y de pronto estuvieran viendo versiones deformadas de sí mismas, niñas que podrían haber sido ellas si alguien hubiera tenido todavía menos piedad, menos cuidado y menos humanidad.

Neva deja a Everly dormida sobre el sofá con delicadeza, y las cuatro niñas, sin hablar entre ellas, se sientan en el suelo a su alrededor, con la espalda apoyada contra la base del sofá y los cuerpos orientados hacia la puerta, las ventanas y el pasillo, como una guardia diminuta que ni siquiera sabe que está haciendo guardia porque proteger es lo único que les han enseñado a hacer cuando algo les importa.

Al verlo, Jesse deja de teclear, Preston aparta la mirada, Nao aprieta los labios y Neva se queda muy quieta, con una mano sobre la manta de Everly, mirando a las niñas como si acabaran de abrirle una herida nueva dentro del pecho.

—No son asesinas —susurra Day casi para sí misma, aunque todos la oímos—. Son niñas a las que nadie supo tratar como tales.

Nadie responde, porque cualquier respuesta sería insuficiente.

Jesse carraspea y vuelve al ordenador, quizá porque necesita hacer algo útil antes de que la emoción se nos coma vivos.

—Tengo la información del presidente, la que Thomas ha conseguido grabar. Si lo soltamos bien, junto con todo lo que tiene Evan, no van a poder esconderlo con una nota de prensa y una sonrisa delante de las cámaras.

—Entonces, lo haremos —dice Preston, colocándose detrás de él con una mano en el respaldo de su silla—. Esta noche.

—Esta noche —confirmo, aunque Neva se acerca a mí en ese momento y estudia mi brazo con una expresión que me recuerda que sigo sangrando sobre un suelo que no es mío.

—Tú no haces nada más hasta que te limpie eso —me informa, y no pregunta ni espera mi opinión.

—He recibido órdenes peores.

—Y has obedecido demasiado pocas.

Me lleva hasta el baño antes de que pueda protestar, cierra la puerta tras nosotros y abre el grifo de la ducha para que el vapor empiece a llenar el espacio pequeño.

Cuando me ayuda a quitarme la camiseta, lo hace despacio, evitando tirar de la tela pegada a la herida, y aunque intento no quejarme, se me escapa un gemido que hace que levante la mirada.

—Perdón —susurra.

—No me duele tanto.

—No me mientas ahora, Evan, porque estoy demasiado cansada para fingir que no sé cuándo lo haces.

Me quedo mirándola mientras el agua cae sobre los azulejos. Se moja las manos y limpia la sangre seca alrededor de mi brazo con una delicadeza que no merezco.

Hay tantas cosas entre nosotros que deberían romper este momento, tantas heridas antiguas, tantas culpas, tantas noches perdidas y, aun así, lo único que soy capaz de pensar es que sigue aquí, con nuestra hija dormida en la habitación de al lado y el mundo entero esperando a derrumbarse.

—En la furgoneta dijiste algo —murmuro, porque si no lo verbalizo ahora, tal vez no vuelva a tener valor.

Neva deja de mover la mano.

—Evan…

—Por favor. Necesito oírlo sabiendo que no estoy medio muerto ni alucinando por la pérdida de sangre.

Durante unos segundos, solo se escucha el agua.

Después, ella apoya la frente contra mi pecho, con muchísimo cuidado de no rozar el brazo herido, y respira como si cada palabra tuviera que arrancarla de un lugar demasiado profundo.