Capítulo 48
Neva
N o dejo de correr hasta que alcanzo el punto de encuentro. Preston es el primero en verme aparecer entre las sombras.
—¡Neva!
Su voz provoca que todos se giren al mismo tiempo. Jesse, Day, Nao, Row y las cuatro niñas, que asoman la cabeza desde el interior del furgón.
Durante un segundo nadie dice nada. Creo que todos están buscando a Evan detrás de mí. Todos esperan verlo aparecer. Y yo también. Pero no lo hace.
—¿Dónde está Evan? —pregunta Row.
Bajo la mirada hacia Everly porque soy incapaz de mirar a nadie mientras respondo.
—Ha tenido que quedarse atrás.
Las palabras apenas abandonan mi boca cuando las cuatro niñas reaccionan al mismo tiempo.
—¡¿Qué?!
—¡¿Qué quieres decir?!
—¡No puede quedarse atrás!
—¡Tenemos que volver!
Las cuatro bajan del vehículo prácticamente de un salto.
—Tenemos que ir a buscarlo —dice la que es exactamente igual que yo a su edad, bueno, igual a mí y a Alyss... Dios, no puedo hacer esto ahora.
—No —digo automáticamente.
—Sí.
Una de ellas me mira como si acabara de decir la mayor estupidez del universo.
—Si se ha quedado atrás tenemos que volver —agrega Mini Row.
—No podéis —insisto.
—Claro que podemos —se une Mini Day.
—No sabéis lo que hay allí dentro —trata de explicar Nao.
—Lo sabemos mejor que tú. —Le planta cara su versión Mini.
La respuesta me golpea con una fuerza inesperada. Porque tienen razón. Ellas han vivido también ahí. Ellas saben con exactitud lo que ocurre detrás de esas paredes.
—Evan está muerto —susurro finalmente, sintiendo que las palabras me desgarran la garganta al pronunciarlas.
Y, en cuanto lo hago, el mundo se queda en silencio.
Todas las niñas se quedan paralizadas; es increíble que sean tan iguales a nosotras. Bueno, no todas lo hacen, una, la que ha salido de alguna forma de mí, simplemente me observa. Muy seria.
—No está muerto.
—He oído los disparos —le aseguro.
—Y yo te estoy diciendo que no está muerto. ¿Lo has visto morir?
—¿Cómo puedes estar tan segura? —le pregunto, abrazando a Everly todavía contra mí.
La niña da un paso hacia mí.
—Porque cuando quieres de verdad a una persona, lo notas.
La miro, sin comprender bien lo que dice.
—¿Qué?
—Lo notas aquí. —Se lleva una mano al pecho—. Igual que sabes cuando alguien importante está triste, aunque no te lo diga. Igual que sabes cuando algo va mal antes de que ocurra. O sabes cuando alguien te miente, aunque sonría.
Trago saliva.
—No funciona así.
—Sí funciona así.
La firmeza con la que lo dice me obliga a callar.
—Tú no crees que haya muerto —sentencia.
Abro la boca para responder, sin embargo, no sale ninguna palabra. Porque, de repente, me doy cuenta de algo.
En el trayecto hasta aquí no he sentido vacío. No he sentido ausencia. Ni ese agujero horrible que dejó mi hermana cuando murió. Solo he sentido miedo, pero no pérdida.
Cierro los ojos. Respiro profundamente. Y lo siento. Es una sensación absurda, imposible de explicar. Pero lo sé: sigue vivo.
Abro los ojos y tomo una decisión.
—Preston.
Él levanta la cabeza inmediatamente.
—Quédate con ella. —Le entrego a Everly. Mi hija protesta al instante.
—¡Mamá!
—Solo será un momento, cariño. —Le beso la frente—. Te lo prometo.
Después miro directamente a Preston.
—Protégela con tu vida, por favor.
Él ni siquiera duda.
—Lo haré.
Me giro y echo a correr hacia GenoLabs.
El camino de vuelta parece mucho más corto. Cada segundo que pasa imagino a Evan desangrándose en algún rincón porque llego demasiado tarde.
Cuando vuelvo a cruzar la puerta de servicio, que el sonido de los disparos haya desaparecido me asusta todavía más.
Bajo una escalera. Doblo una esquina. Y finalmente lo encuentro. Evan apenas sigue en pie. Está apoyado contra una pared mientras intenta recargar el arma con una sola mano. La otra está cubierta de sangre. Mucha sangre.
El brazo le cuelga inútil a un lado, y delante de él quedan cuatro hombres armados avanzando, preparándose para rematarlo.
—¿Qué demonios haces aquí? —gruñe al verme.
—Salvarte.
—Neva…
No llega a terminar porque me lanzo contra el primero. Todo sucede muy deprisa. Oigo gritos y movimiento. Y, entonces, aparecen. Row, Nao y Day irrumpen por el pasillo como una tormenta y los hombres apenas tienen tiempo para reaccionar.
Mis hermanas disparan contra ellos, pero no tardan en responder con más fuego. Durante unos minutos pienso que no vamos a lograrlo, pero entonces Nao se acerca y veo que tiene una granada en la palma de la mano.
—¿Qué haces con eso?
—Terminar esta mierda —sisea.
Sé que no es buena idea, pero, aun así, asiento con la cabeza.
—Te cubrimos —dice Row.
Nao se prepara, respira hondo y cuando va a asomarse para lanzar la granada, escuchamos una voz que viene del fondo del pasillo.
—¡Alto el fuego!
Todas nos miramos. Jamás podríamos olvidar esa voz. Es la de Madre.
Con las pistolas apuntando en su dirección, nos asomamos y la vemos ahí, de pie, con un vestido de gala puesto y el pelo perfectamente peinado en un moño sobre la nuca.
—Hola, Madre —la saluda Row, moviendo los dedos en el aire.
—Parad esta locura de una vez o todos moriréis.
Volvemos a mirarnos y sonreímos.
—No lo creo —respondo, esbozando una sonrisa.
Evan se pega más a mi costado y lanza una mirada dura en su dirección.
—Nos vamos de aquí, y nuestra hija se viene con nosotros —le suelta con satisfacción.
—Eres un jodido traidor. No debí confiar en ti.
—No dejo de repetir eso mismo y nadie me hace caso —masculla Row.
Le doy un codazo y ella se encoge de hombros.
—¡Esa niña no te pertenece! ¡Es mía! ¡Igual que vosotras! Yo os di la vida y puedo quitárosla cuando me apetezca.
—Me gustaría ver cómo lo intentas —replica Nao.
Baja la mirada a su mano, donde sigue teniendo la granada, y nos hace un gesto sutil con la barbilla.
—Hazlo ya —la incita Row.
Nao tira de la anilla de seguridad, alza la cabeza y esboza la sonrisa más amplia que le he visto nunca.
—Hasta nunca, Madre —susurra antes de lanzarla en su dirección.
Empezamos a correr.
Row me ayuda a tirar de Evan, que se tropieza cada poco con sus propios pies. Está débil por la pérdida de sangre y el esfuerzo que ha hecho intentando contener a todos esos vigilantes él solo.
En cuanto ponemos un pie en el exterior, escuchamos un estruendo y una nube de polvo se cierne sobre nosotros.
Me vuelvo inmediatamente hacia Evan.
—¿Estás bien?
—He estado mejor.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Entonces, no.
A pesar del momento, consigo escuchar a Nao resoplar.
—Definitivamente, sigue siendo él.
Meter a Evan dentro de la furgoneta resulta más difícil de lo esperado. Está perdiendo mucha sangre. Day intenta contener la hemorragia. Preston pisa el acelerador. Y Jesse mantiene la vista sobre todos nosotros.
—Nos siguen. —La frase de Jesse provoca que todos miremos hacia atrás.
Cuatro vehículos. Quizá cinco. Es difícil distinguirlos en la oscuridad. Pero están ahí. Cada vez más cerca. Y como si no fuera suficiente, aparece un helicóptero.
El sonido de las aspas llena el aire. Everly rompe a llorar inmediatamente. Yo la abrazo con fuerza mientras ella esconde la cara contra mi cuello. Evan, sentado a mi lado, rodea a las dos con el brazo sano. Y aunque apenas puede mantenerse consciente, sigue intentando protegernos.
—Vamos a conseguirlo —susurro.
No sé si intento convencerla a ella o a mí misma.
—No vamos a conseguirlo. —La voz de una de las niñas rompe el silencio—. Son demasiados.
—Gracias por el optimismo —murmura Nao.
—Solo digo la verdad.
Y lo peor es que todos pensamos exactamente lo mismo. Porque el helicóptero sigue acercándose, los coches siguen acelerando y ya no queda ninguna ventaja. Ningún truco. Ni una salida.
Entonces, ocurre algo extraño.
Un vehículo aparece en dirección contraria. Durante un segundo nadie entiende nada, porque ese camino solo conduce hacia GenoLabs.
—¿Quién demonios…?
Jesse ni siquiera termina la frase porque el coche nos sobrepasa y continúa varios metros más antes de dar un volantazo brutal que hace que la parte superior se abra. Una figura emerge por el techo. Y durante una décima de segundo todos nos quedamos mirando.
—¿Eso es un lanzacohetes? —pregunta Preston, frunciendo el ceño.
—Creo que sí —responde Row.
—¿Quién tiene un lanzacohetes en su coche?
—Ahora mismo, esa es una pregunta secundaria.
El primer disparo sale en dirección al cielo. La explosión ilumina la noche, haciendo que el helicóptero se incline y pierda altura. Al final, termina precipitándose contra el suelo, provocando una enorme bola de fuego.
Dentro de la furgoneta nadie dice nada. Literalmente nadie.
El segundo proyectil impacta contra el primer vehículo perseguidor. Luego el tercero, y después otro más. En cuestión de segundos, toda la persecución se convierte en un caos de humo, coches reventados y explosiones.
—¿Estoy soñando? —pregunta la niña que es igual que Alyss.
—No lo sé —responde otra, que es igual que la Nao niña con la que crecí.
—Si es un sueño, me gusta bastante —murmura Mini Row.
Una vez se ha deshecho de todos los que nos perseguían, el coche acelera hasta ponerse a nuestra altura y bajan las ventanillas. Entonces los reconozco. Sus rostros, las sonrisas y la absoluta falta de preocupación por las normas básicas de la supervivencia.
Son los amigos de Evan. Por supuesto.
¿Quién más aparecería en mitad de una persecución armado con un lanzacohetes como si fuera la cosa más normal del mundo?
Miro a Evan; él también los ha reconocido. Y por primera vez desde que comenzó esta pesadilla, una sonrisa auténtica aparece en su rostro.
Me acurruco contra él, con nuestra hija en mis brazos, y me permito decirle algo que ya no quiero callar:
—Te amo.