Nunca (Arpías 4) Capítulo 47
75%

Capítulo 47

Neva

N o sé en qué momento exacto empiezo a arrepentirme del plan.

Quizá cuando Evan me ayuda a subir al asiento trasero del monovolumen y me coloca las esposas de plástico alrededor de las muñecas con una delicadeza que contradice por completo la imagen que intenta vender al mundo, o cuando me ajusta la mordaza y evita mirarme durante varios segundos porque ambos sabemos que, si mantenemos la mirada demasiado tiempo, vamos a empezar a cuestionar cada una de las decisiones que nos han traído hasta aquí.

O tal vez sucede mucho antes, en el instante en el que acepto volver a poner mi vida y la de nuestra hija en manos de un hombre al que he amado, odiado y culpado tantas veces que ya ni siquiera sé dónde termina una cosa y empieza la otra.

Desde el asiento trasero puedo ver las manos de Evan sujetando el volante con más fuerza de la necesaria, lo que delata que está tan asustado como yo, aunque jamás vaya a reconocerlo.

Durante gran parte del trayecto ninguno de los dos hablamos. No podemos hacerlo. Yo llevo la mordaza puesta y él parece demasiado concentrado en no pensar en todo lo que podría salir mal.

Cuando las luces del puesto de control aparecen frente a nosotros, Evan reduce la velocidad y se aparta unos metros del acceso principal. Finalmente sale de la furgoneta, rodea el vehículo y abre mi puerta. El aire frío de la noche me golpea el rostro.

Evan se agacha frente a mí y me retira la mordaza con cuidado. Sus dedos rozan mi mejilla apenas un instante, sin embargo, es suficiente para que el corazón me dé un vuelco.

—Escúchame —dice en voz baja mientras apoya un brazo sobre el marco de la puerta y mantiene la mirada clavada en la mía—. Sé que te estoy pidiendo algo que probablemente no merezca después de todo lo que ha pasado entre nosotros, pero necesito que confíes en mí una vez más.

Trago saliva.

—Evan…

—No. Déjame terminar.

Su voz es firme, pero lo conozco demasiado y puedo sentir su miedo.

—Dentro de ese edificio está Everly y voy a sacarla de ahí, Neva. No me importa lo que tenga que hacer ni a quién tenga que engañar para conseguirlo. Te prometo que esta noche vas a volver a abrazar a tu hija y que las dos vais a salir juntas de GenoLabs.

Lo observo detenidamente.

Las luces del control de acceso iluminan parte de su rostro mientras la otra permanece sumida en las sombras, y por un momento vuelve a parecerse al hombre que conocí años atrás, antes de que Walsh, las mentiras y la desesperación lo contaminaran todo.

Vuelve a colocarme la mordaza antes de que pueda contestar y cierra la puerta. Un minuto después, llegamos al control principal.

El guardia sale de la caseta en cuanto nos detenemos frente a la barrera. Lleva el arma colgada al pecho y una expresión aburrida que desaparece en el instante en que Evan baja la ventanilla.

—Traigo un regalo para la doctora Walsh.

El hombre frunce el ceño.

—¿Qué?

—Compruébalo tú mismo.

El guardia rodea el vehículo hasta llegar a mi ventanilla. Ve mis manos atadas, la mordaza y mi cara.

Y, entonces, desenfunda el arma.

—No tengo ninguna orden para dejarte entrar.

La tensión casi puedo sentirla sobre la piel. Evan, sin embargo, parece más molesto que preocupado. Suspira. Se pasa una mano por el pelo. Y después saca el móvil.

—Entonces llamaré directamente a la doctora Walsh para que sea ella quien decida.

El guardia duda. No baja el arma. Pero tampoco intenta impedirlo. Evan marca un número y activa el manos libres. La llamada conecta después de varios tonos.

—Más vale que esto sea importante —dice Walsh sin siquiera saludar—. Estoy en una cena benéfica rodeada de políticos, empresarios y periodistas, así que no puedo mantener conversaciones privadas demasiado tiempo.

—He encontrado a Neva.

Al otro lado de la línea se hace un silencio absoluto. Incluso el guardia parece contener la respiración.

—¿Dónde está?

—Conmigo.

—¿Está sola?

Evan se toma unos segundos antes de responder, pensando con cuidado cada palabra.

—No exactamente. Digamos que ha llegado a ciertas conclusiones sobre sus hermanas.

La pausa que sigue es casi palpable.

—Explícate.

—Quiere ver a Everly. Dice que sus hermanas la han abandonado y que únicamente regresó porque quiere comprobar que su hija sigue viva. A cambio, está dispuesta a colaborar.

Yo tengo que hacer un esfuerzo enorme para no reaccionar.

—¿Colaborar cómo?

—Dice que, cuando vea a la niña, os dirá dónde están escondidas las demás.

La respiración de Walsh cambia ligeramente. Es un detalle mínimo, pero lo noto porque llevo demasiado tiempo trabajando con ella y la conozco.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

—Porque cree que sus hermanas no quieren a Everly y porque está convencida de que la utilizaron para escapar mientras ellas siguen ocultas. Lo único que pide es que se le permita permanecer con la niña.

Otro silencio. Más largo esta vez. Puedo imaginar perfectamente la sonrisa que debe de estar ocultando al otro lado del teléfono.

—Eso lo cambia todo.

Evan guarda silencio.

—Dame un momento.

Pasan varios segundos. Finalmente, la voz de Walsh regresa. Y suena satisfecha. Muy satisfecha. Se me revuelve el estómago.

—Llévala con Everly. Voy a ordenar que te den acceso total al complejo. Quiero que se tranquilice, que vea a la niña y que crea que estamos cumpliendo nuestra parte del trato. Después averigua dónde están escondidas sus hermanas y envía equipos inmediatamente.

—Entendido.

—Salgo ahora mismo hacia allí. No hagas nada que pueda asustarla o no hablará.

—Lo tendré en cuenta.

Cuando la llamada termina, la barrera comienza a elevarse. Y, por primera vez desde que divisamos el edificio, siento que acabamos de cruzar un punto de no retorno.

Entrar en GenoLabs es como retroceder años en el tiempo. Todo sigue igual. Los mismos pasillos impecables. Las mismas paredes blancas. Las mismas cámaras observándolo todo. El mismo olor a productos químicos que siempre me ha recordado a una prisión disfrazada de laboratorio.

Los guardias nos dejan pasar sin hacernos preguntas. Madre ha movido los hilos. Todos saben quién soy. Todos creen que he vuelto por voluntad propia. Y eso me produce una sensación tan desagradable que tengo que concentrarme en respirar para no perder el control.

Finalmente llegamos al nivel donde está Everly. Evan me libera las manos. La puerta se abre. Y el mundo entero desaparece.

La habitación parece diseñada para un anuncio de juguetes infantiles.

Hay dibujos en las paredes, peluches colocados en estanterías, cuentos cuidadosamente ordenados y una cama pequeña cubierta por una colcha de colores suaves.

Sin embargo, detrás de uno de los cristales puedo distinguir monitores médicos, sensores y equipos de laboratorio que convierten ese lugar en algo profundamente perturbador, como si alguien hubiera intentado construir una infancia dentro de una jaula.

Everly duerme. Y durante un segundo dejo de respirar.

Está viva, y parece que bien.

Las piernas me fallan. No recuerdo haber empezado a moverme. Solo sé que, al momento siguiente, estoy junto a ella.

—Everly…

Mi voz se rompe. La niña abre los ojos lentamente. Parpadea varias veces. Me mira. Y, entonces, su carita se ilumina.

—¿Mamá?

Esa única palabra hace más por mí que cualquier medicina del mundo.

La abrazo. La aprieto contra mi pecho. Besando su pelo. Sus mejillas. Su frente. Sus manos. Necesitando comprobar una y otra vez que es real.

—Estoy aquí, cariño. Ya estoy aquí.

Las lágrimas me caen por el rostro sin que pueda evitarlo. Everly también llora. Y en ese momento el mundo deja de existir. Hasta que escucho la voz de Evan.

—Tenemos que irnos.

Levanto la cabeza. La expresión de su rostro me deja claro que el tiempo se ha agotado. Y cambio mi modo madre por el modo asesina para el que me adiestraron.

Avanzamos por pasillos secundarios, atravesamos zonas de mantenimiento y utilizamos rutas que jamás habría encontrado sola.

Evan va siempre delante, comprobando esquinas, accesos y cámaras, mientras yo llevo a Everly en brazos porque me niego a soltarla ni un solo segundo después de haberla recuperado. Con su tarjeta accedemos a cualquier sitio.

Las alarmas empiezan a sonar cuando estamos cerca de la salida. El sonido atraviesa todo el complejo. Ya saben que algo ocurre. Y eso significa que cada segundo cuenta.

Cuando finalmente divisamos la puerta por la que debemos escapar, siete hombres armados aparecen frente a nosotros, bloqueando completamente el paso.

Todo sucede muy deprisa. Evan se mueve de inmediato. Nos coloca detrás de él. Desenfunda su arma. Y adopta una posición que conozco demasiado bien. La de alguien que ya ha tomado una decisión.

Él no aparta la vista de los hombres.

—Neva, coge a Everly y sal por esa puerta, ya casi sois libres.

Mi voz se quiebra.

—Si cruzamos esa puerta y te dejamos aquí, van a matarte.

Esta vez sí gira ligeramente la cabeza hacia mí. Lo suficiente para que nuestros ojos se encuentren.

—Si consigues salir de aquí con Everly, entonces, habrá merecido la pena.

Siento que algo dentro de mí se quiebra.

—No digas eso.

—Corre cuando te lo diga.

—Evan…

—¡Corre!

Uno de los hombres levanta el arma. Evan apunta. Y durante ese instante interminable entiendo exactamente lo que está haciendo. Se está sacrificando. Y lo peor es que ambos lo sabemos.

—Llévatela lejos de aquí —ordena con una calma que me destroza—. Prométeme que no mirarás atrás.

Las lágrimas me nublan la vista. Everly se aferra a mi cuello. Y cuando Evan da un paso al frente para colocarse completamente entre nosotras y los hombres armados, comprendo que ya no me queda ninguna decisión que tomar.

Lo único que puedo hacer es sobrevivir. Abrazo a mi hija con todas mis fuerzas. Cruzo la puerta. Y echo a correr. Detrás de mí resuenan los primeros disparos.

Evan acaba de morir.

Y yo ni siquiera he tenido la oportunidad de decirle que todavía lo amo.