Capítulo 46
Thomas
H asta hoy no había sido consciente de lo que pesa un teléfono en el bolsillo interior de una americana. Son solo unos pocos gramos, pero los siento como una tonelada.
Me paseo entre la multitud de gente adinerada con la que estoy acostumbrado a relacionarme. Todos ríen, beben y sonríen, conscientes de lo privilegiados que son por haber sido invitados a una fiesta a la que ha acudido el mismísimo presidente de la nación.
Yo lo observo en silencio, dando pequeños sorbos a mi copa. En cualquier otro momento ni siquiera me acercaría a McCain, sin embargo, tengo una misión, una que no va a ser nada sencilla, pero es vital para que el plan salga según lo acordado.
Me ajusto la corbata, tomo una respiración profunda para reunir valor y camino hacia él con toda la seguridad y aplomo que soy capaz de fingir. Antes de que pueda llegar a su lado, un par de hombres de su seguridad privada me cortan el paso.
Echo un vistazo en dirección a McCain por encima del hombro de uno de ellos.
—Tranquilos, el señor Hutcher es un amigo —les dice.
Los tipos se apartan y al fin logro acercarme más. Nos estrechamos las manos.
—Buenas noches, presidente —lo saludo.
—Señor Hutcher, me alegra que haya podido venir. Creí que, tras su reciente pérdida, no estaría de humor para acudir a ninguna fiesta.
Contengo el insulto que me pica en la punta de la lengua y solo sonrío con educación.
—La vida sigue. Debo honrar a mi hermana disfrutando de todos estos placeres que ella jamás pudo tener.
—Es una gran forma de superar el duelo. Por cierto, espero que me disculpe por no haber podido acudir al funeral.
—Recibí sus flores. Fue un bonito detalle. Y aprovecho para darle mi más sentido pésame por el fallecimiento de su hermano. Yo mejor que nadie sé lo que significa una pérdida de tal magnitud.
McCain asiente con la cabeza.
Pasamos un rato hablando de tonterías sin importancia hasta que Walsh se une a nosotros. Ella sí estuvo en el funeral de Melissa. Me dio el pésame y se lamentó por no haber podido hacer más por ella.
Todo mentiras. Su intención nunca fue salvarla.
Mi hermana tenía razón en lo que dijo en su carta de despedida. El único motivo por el que Walsh seguía prolongando su vida era para tenerme a su servicio, con la chequera lista para financiar sus experimentos ilegales.
—Thomas, ya que te encuentro aquí, me gustaría pedirte que pases por el laboratorio en algún momento —me dice tuteándome, aunque le he dicho en varias ocasiones que no lo haga.
—Por supuesto. Mi plan era hacerlo pronto. Quiero estar al tanto de los avances del proyecto.
Walsh estrecha la mirada sobre mí.
—¿Sigue interesado en la creación de la cura? Creí que ahora que Melissa…
—Sí, mi hermana ya no está, pero he invertido mucho dinero en tu proyecto, Agatha —la corto, porque escuchar el nombre de mi hermana en su boca es como un jodido puñetazo en el estómago.
—Por supuesto, pero no sé exactamente qué tipo de interés puedes tener en encontrar una cura para una enfermedad que a ti, personalmente, no te afecta.
—Lo he estado pensando y creo que, si consigue encontrar la cura, podría lograr comercializarla. Eso nos traería enormes beneficios a ambos.
—Creí que no aprobabas mis métodos —comenta, estrechando la mirada sobre mí.
Me encojo de hombros.
—Mis principios no han podido salvar a Melissa. Si puedo evitar que alguien más muera por esa maldita enfermedad, se lo debo.
Walsh parece pensarlo unos segundos. Sé que no termina de fiarse del todo, pero, aun así, asiente conforme.
—¿Comercializarla? —intercede McCain. El muy hijo de puta es incapaz de permanecer callado si alguien menciona a su lado la posibilidad de ganar dinero—.
Según tengo entendido, se trata de una enfermedad rara con muy pocos casos diagnosticados.
Ninguna farmacéutica pagaría por algo así.
Además, sería imposible justificar los métodos utilizados para la obtención de la cura.
—¿A qué se refiere? Yo no veo ningún problema. —Lanzo el sedal y espero a que pique.
Durante unos segundos no dice nada. Echa un vistazo alrededor, y tras comprobar que nadie está lo bastante cerca como para escucharnos, muerde el puto anzuelo.
—Esa investigación se ha llevado a cabo sin autorización del comité ético.
La doctora Walsh decide participar en la conversación.
—No podemos justificar la creación de material genético artificial, ni tampoco su réplica años después.
—¿Se refiere a las chicas que clonaron?
—Entre otras muchas cosas.
McCain le da un nuevo sorbo a su bebida y niega con la cabeza.
—Sería imposible. Mucha gente importante, además de usted, ha financiado el proyecto.
Y si hurgaran en ello, quizá podrían relacionarlos con los asesinatos y darse cuenta de que fueron encargos.
Eso nos llevaría directos a la cárcel. Yo mismo he hecho uso de las habilidades de esas chicas y de las niñas para sacar a mis rivales de la carrera por la presidencia.
La financiación de mi campaña electoral salió de esas órdenes de asesinato.
Y ahí está. Tiro de la caña, recojo sedal y me llevo el puto pez más gordo del lago.
—Entiendo sus reticencias, pero sigo pensando que podemos sacar mucho dinero de esa cura. Tal vez no por la vía legal. Conozco al dueño de una farmacéutica y…
—No creo que este sea el lugar indicado para tratar estos asuntos, Thomas —me corta Walsh.
¡Mierda! No puede parar ahora. Estoy convencido de que puedo sacarle algo más.
—Por supuesto. Podemos agendar una reunión para tratar estos temas, pero hay algo que sí me gustaría comentarle. Me urge contratar uno de esos servicios que presta.
—¿Quiere matar a alguien? —pregunta McCain con diversión.
—Sí. Hace mucho que estoy luchando por hacerme con el mercado tecnológico en el país y mi mayor competidor no me lo está poniendo fácil.
He pensado que, tal vez, podría sufrir un accidente.
Ya sé que ahora ya no dispone de las cuatro chicas que huyeron hace un par de años, pero aún tiene a las niñas, ¿verdad?
Walsh asiente, aunque no termina de fiarse de mí, se lo noto en la cara. Por suerte, McCain no es tan listo como su mujer.
—Las niñas son aún más efectivas —comenta sonriendo—. Hicieron un trabajo increíble con el chico ese que escapó… ¿Terry? El muy hijo de perra casi echa a perder años de trabajo. Yo mismo ordené su ejecución y fue todo un acierto.
—Henry, no es el momento —repite Walsh incómoda.
—Cierto. La doctora Walsh tiene toda la razón, presidente. ¿Le parece bien si mañana me paso por GenoLabs y lo hablamos con más calma?
Ella asiente y, tras despedirme, me retiro. Dejo el resto de mi copa sobre una de las mesas y me dirijo al baño.
Nada más entrar, saco el teléfono del bolsillo y detengo la grabación de voz.
«Os tengo, hijos de puta».
Adjunto la grabación al correo electrónico que le envío a Jesse con solo un mensaje: «Asegúrate de que mi nombre no se mencione. Si esto me salpica, permitiré que Row te bese hasta dejarte sin aliento».
Nada más darle a enviar, borro el archivo de mi teléfono por completo y regreso a la fiesta como si no hubiese pasado nada.
Espero que las chicas estén teniendo suerte en GenoLabs. Ni siquiera puedo imaginar que algo salga mal y Row… Joder, necesito verla lo antes posible.