Nunca (Arpías 4) Capítulo 45
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Capítulo 45

Chispi

E stoy sentada sobre una de las camas con las piernas cruzadas, una mochila apoyada contra la rodilla y una peonza entre los dedos. No paro de pasarla de una mano a otra.

Ninguna ha conseguido dormir. Yo tampoco habría podido, aunque me lo hubieran ordenado.

Se supone que esta noche vamos a escapar de GenoLabs.

Solo alguien muy tonto o alguien que todavía crea en los adultos podría quedarse dormido antes de algo así.

Nosotras no somos tontas. Y hace mucho que dejamos de creer en ellos.

Llevamos más de una hora vestidas, medio peinadas, con las mochilas listas y los zapatos puestos, esperando una señal que tal vez nunca llegue.

Guinda va de un lado a otro con los brazos cruzados. Siempre pisa en el mismo lugar, una y otra vez, como si el suelo tuviera marcas invisibles que solo ella puede ver. Empieza a ponerme nerviosa.

Pluma sigue sentada junto a la puerta con la oreja pegada a la madera. Tiene una cara tan seria que casi sonrío.

Garabato dibuja en una libreta vieja con las esquinas dobladas. Algunas hojas tienen manchas y prefiero no pensar de qué son. De vez en cuando levanta la cabeza y mira la puerta, como si pudiera abrirse solo porque ella no deja de mirarla.

Yo sigo dándole vueltas a la peonza entre los dedos. Ni siquiera sé por qué la cogí. No es mía. Un día la hicieron girar delante de mí como si esperaran impresionarme y, la verdad, no le vi la gracia.

—No van a venir —dice Guinda por sexta vez, siempre ha sido la más pesimista. Y le gusta provocarnos con ello.

Pluma se aparta un poco de la puerta y la mira con los labios apretados, tratando de no soltar algo que empiece una pelea. Garabato, en cambio, ni siquiera levanta la cabeza, solo sigue dibujando líneas en la libreta y contesta con esa calma insoportable que la caracteriza.

—Puede que sí vengan, pero también puede que vengan por una y dejen a las otras tres aquí, que sería lo más inteligente.

—Gracias por la parte que nos toca —murmuro, apretando la peonza hasta que las aristas se me clavan en la palma.

—No he dicho que quiera que pase —responde Garabato, y esta vez sí me mira con sus ojos azules enormes en una cara demasiado pequeña para haber visto tantas cosas—. He dicho que sería lo más inteligente.

Guinda se detiene frente a la puerta y sonríe sin enseñar los dientes.

—Los adultos casi nunca hacen lo más inteligente. Por eso mueren tanto.

Pluma suelta un ruido raro, algo entre una risa y un gemido, y yo tengo que morderme el interior de la mejilla para no hacer lo mismo porque tiene gracia, una gracia horrible y torcida, pero gracia, al fin y al cabo.

Entonces, suenan tres golpes suaves al otro lado de la puerta, durante un segundo ninguna se mueve.

Tres golpes. La señal. La que nos dijeron. La que llevamos esperando tanto rato que ya casi había empezado a parecer una mentira más.

Pluma se levanta tan deprisa que casi tropieza con sus propios pies, Guinda deja de sonreír y Garabato cierra la libreta con un golpe seco. Yo me pongo en pie con la mochila colgada de un hombro y entonces empezamos con nuestra parte del plan.

La puerta se abre y aparecen ellas.

La primera tiene el pelo negro y cara de mala leche.

La segunda lleva el pelo morado y dudo que sepa lo que es sonreír.

La tercera es castaña, con unos ojos más cálidos, y cuando nos mira no lo hace como los médicos ni como los guardias ni como la doctora Walsh, sino como si estuviera intentando encontrar niñas debajo de todas las etiquetas feas que nos han pegado encima.

—Pensaba que erais más altas —dice Guinda, porque claro, alguien tiene que empezar una conversación con una estupidez.

La mujer del pelo morado parpadea, la del pelo negro la mira como si estuviera calculando cuántos problemas puede dar un ser humano tan pequeño y la castaña se echa a reír por lo bajo.

—Y yo pensaba que seríais menos raras —contesta la castaña, cerrando la puerta con cuidado detrás de ellas.

—Pues las dos nos hemos llevado una decepción —responde Guinda, y por primera vez desde empezó esta noche me dan ganas de reír de verdad.

—Soy Day —se presenta la castaña, dando un paso hacia nosotras con las manos visibles, como si creyera que con niñas como nosotras no conviene moverse demasiado rápido—. Ella es Row y ella es Nao. Venimos a sacaros de aquí.

—Eso ya lo sabemos —responde Garabato, guardándose la libreta en la mochila—. La cuestión es si vais a sacar a las cuatro o si vais a poneros creativas a mitad de camino.

Row, la del pelo negro, aprieta la mandíbula y durante un instante pienso que va a contestar algo brusco, algo adulto, algo que empieza con «no hay tiempo para esto» y termina con alguien llorando en silencio, pero Nao, la del pelo morado, la corta antes de que pueda hablar.

—A las cuatro —dice, y no levanta la voz, pero la frase cae en medio de la habitación como una llave sobre una mesa metálica—. Nadie se queda atrás.

Pluma baja la mirada a sus zapatos, Guinda gira la cabeza hacia mí para ver si me creo eso y Garabato se queda muy quieta.

Salimos por el pasillo de servicio que las cuatro encontramos hace dos semanas, cuando Pluma fingió un ataque de pánico durante una revisión, Guinda hizo que un guardia se obsesionara con la idea de que había dejado una puerta abierta, Garabato dibujó una flecha en la foto de un técnico para obligarlo a seguir el camino equivocado y yo borré los últimos siete minutos de la memoria de una enfermera que nos había visto donde no debía.

Ninguna dijo entonces que estábamos preparando una huida, porque decirlo en voz alta habría sido como ponerle un lazo rojo a la idea y entregársela a Madre, pero todas lo sabíamos.

Lo supimos en cuanto vimos el panel de mantenimiento, la escalera estrecha y el tramo sin cámaras entre el depósito de suministros y los ascensores viejos.

—¿Este sitio siempre huele así? —murmura Day mientras bajamos por una escalera metálica que vibra bajo nuestros pies.

—Así, ¿cómo? —pregunta Pluma, aunque sabe perfectamente a qué se refiere.

—A tristeza.

Guinda asiente muy seria.

—Los martes huele peor.

—¿Por qué?

—Hay pescado.

Day hace una mueca tan sincera que Row suelta una especie de bufido y hasta Nao parece a punto de sonreír, aunque lo disimula mirando hacia el final del tramo de escaleras con una concentración exagerada.

Me gusta eso de ellas, que no hablan como si fuéramos paquetes peligrosos sino como… ¿personas?

Al llegar al tercer rellano, Garabato levanta una mano y nos obliga a detenernos. Se agacha junto a la esquina, saca de su mochila una fotografía doblada de uno de los guardias del nivel inferior y dibuja sobre el papel una línea recta que atraviesa el pasillo de derecha a izquierda.

Al otro lado oímos unos pasos, después una voz masculina diciendo que no recuerda por qué ha venido hasta allí y luego el sonido de un cuerpo chocando contra una pared, no con fuerza suficiente para matarlo, solo para dejar claro que su cerebro y sus pies acaban de tener opiniones distintas sobre la dirección correcta.

—¿Lo has estampado? —susurra Day entre horrorizada y fascinada.

—Solo un poco —contesta Garabato, guardando el lápiz detrás de la oreja—. Si lo estampo mucho hace ruido.

Nao mira a Row.

—Me recuerdan a alguien.

Row ni siquiera se molesta en fingir que no entiende la indirecta.

—No empieces.

Seguimos avanzando, más deprisa ahora. Pluma se adelanta cuando llegamos a una zona de puertas dobles y toca con dos dedos el brazo de un técnico que aparece empujando un carrito lleno de material quirúrgico.

El hombre abre la boca para gritar, pero la expresión se le cambia de golpe, parece que acabara de recibir una noticia maravillosa y, en lugar de dar la alarma, se queda mirando el carrito con los ojos brillantes.

—Hoy es un día precioso para reorganizar gasas —dice emocionadísimo.

—Lo es —le responde Pluma con dulzura, apartándose para dejarnos pasar—. Hazlo por colores.

El técnico asiente con una solemnidad absurda, y mientras lo dejamos atrás, colocando paquetes de vendas blancas como si estuviera creando una obra de arte, Guinda se inclina hacia Day y le susurra, no tan bajo como para que no la oigamos todas:

—Pluma hace eso cuando quiere. Una vez consiguió que un médico llorara de felicidad mirando una grapadora.

—Era una grapadora muy bonita —protesta Pluma.

—Era gris.

—Tenía potencial.

Nao resopla, y esta vez sí se le escapa una sonrisa, apenas un segundo, pero suficiente para que Guinda la señale como si acabara de ganar una apuesta.

—La seria se ha reído.

—No me he reído.

—Tu boca ha intentado huir hacia arriba.

—Mi boca está pensando en dejarte aquí.

—Row ha prometido que nadie se queda.

—Row promete demasiadas cosas.

—Y, aun así, aquí estás —replico antes de poder evitarlo.

Nao me mira, y durante un instante creo que se va a enfadar, pero sus ojos se quedan clavados en mi cara de una forma extraña, como si nos conociéramos, pero sé que no.

La alarma empieza a sonar cuando estamos a dos pasillos del acceso secundario.

No es un sonido de película ni una sirena espectacular ni nada que haga temblar las paredes.

Es peor, porque es un pitido constante, agudo e insistente.

Row acelera el paso y Nao saca un enorme cuchillo que llevaba escondido bajo la chaqueta mientras Day nos empuja con suavidad para mantenernos juntas, como si su cuerpo pudiera convertirse en una puerta entre nosotras y todo lo que viene detrás.

Aparecen tres guardias al fondo del pasillo. Guinda suspira con tranquilidad, me aparta un poco con el hombro y les sonríe como si fueran invitados a una fiesta horrible.

—Qué cansados estáis —les dice Pluma con una voz baja y dulce que se desliza por el pasillo antes de que Row pueda ordenarle que se calle—.

Qué pesadas son las armas, qué largo el turno, qué fácil sería sentarse un momento y cerrar los ojos, solo un momento, solo para descansar, porque nadie va a culparos si descansáis.

Los hombres frenan. Uno intenta levantar el arma, pero el gesto se queda a medias, como si una parte de él siguiera recordando que tiene órdenes y otra parte hubiera decidido que el suelo parece el lugar más cómodo del mundo.

El primero se sienta contra la pared. El segundo deja caer el arma con un golpe seco.

El tercero parpadea, confundido, y entonces yo corro hasta él, le toco la muñeca y le arranco el recuerdo de haber visto nuestras caras, el pasillo, la alarma y la niña que acaba de convertir su cabeza en una habitación vacía.

—¿Quién eres? —pregunta, mirando a Row con auténtica confusión.

—Tu peor día laboral —responde ella, y lo golpea con la culata de una pistola antes de que pueda seguir preguntando.

Day me agarra del hombro para apartarme de la caída del guardia, no con brusquedad, sino con esa rapidez de quien sabe proteger, y durante un segundo me quedo tan sorprendida por el contacto que casi olvido seguir andando.

Normalmente dejan que suframos porque, según Madre, eso nos hace más fuertes, pero es bonito cuando alguien te cuida.

Llegamos al ascensor viejo, sin embargo, el panel está bloqueado.

—Genial —murmura Nao—. Porque una huida sin puerta bloqueada no cuenta como huida.

Garabato ya está sacando una foto arrugada del técnico de mantenimiento, una que hizo hace días con la cámara que nos consiguió Evan, y dibuja una mano abriendo el panel con tanta rapidez que el lápiz casi rasga el papel.

Un piso más arriba, o quizá dos, alguien grita. El bloqueo desaparece con un pitido.

—Me gusta esta niña —dice Nao.

—Soy Garabato.

—Pues me gustas, Garabato.

—No te emociones. No busco madre.

El silencio que sigue a la frase dura poco porque Row nos mete a todas en el ascensor y pulsa el botón de servicio, pero durante ese segundo noto cómo cambia el aire, cómo Day traga saliva, cómo Nao mira hacia otro lado y cómo Row aprieta los dedos alrededor del arma con más fuerza de la necesaria.

Me pregunto si ellas también tuvieron una habitación con camas alineadas, si también esperaron a alguien que no llegó durante demasiado tiempo, si también aprendieron a no creer en las manos que se tienden porque muchas veces esas manos solo quieren comprobar si sigues obedeciendo.

El ascensor baja con una lentitud que hace que quiera gritar, y Guinda aprovecha para mirar a Row de arriba abajo.

—¿Tienes coche?

—No.

—¿Tienes caramelos?

Row la mira como si esa fuera la pregunta más peligrosa de toda la noche.

—No.

—Mal rescate.

Day se ríe otra vez, y yo me doy cuenta de que me gusta su risa.

Cuando las puertas se abren, ya no estamos en la parte limpia de GenoLabs, sino en un pasillo subterráneo donde las paredes no tienen pintura, el suelo está húmedo y el aire huele a moho.

Corremos hasta la salida de mantenimiento y esta vez nadie hace chistes porque detrás de nosotras se oyen voces, pasos y órdenes, demasiadas órdenes, todas mezcladas en una masa de ruido que crece rápido.

Row dispara al panel de una puerta lateral para cerrarla desde fuera, Nao empuja un carro metálico contra el acceso y Day nos coloca detrás de ella.

Me giro una sola vez y veo una cámara apuntándonos desde la esquina.

Pluma se da cuenta y se acerca. Me da la mano y asiente, sabe que la necesito para llegar hasta ese hombre.

Así que cierro los ojos, busco el recuerdo del guardia de seguridad que debe estar viendo nuestra imagen en alguna sala y tiro de él desde lejos, no mucho, porque hacerlo a distancia es como intentar arrancar un hilo con los dientes, pero lo suficiente para que olvide mirar esa pantalla durante los próximos minutos.

Cuando por fin alcanzamos la puerta exterior, Row la abre con una tarjeta que no debería tener y el aire de fuera entra de golpe, frío y húmedo.

Me quedo parada en el umbral un instante, solo uno, porque jamás había visto la noche así, jamás había sido libre para mirarla.

—Chispi —susurra Pluma, y su voz me trae de vuelta.

Bajo los escalones con las demás, cruzamos un tramo de grava y llegamos hasta la zona donde se supone que nos esperan Evan y la otra hermana que falta.

—¿Dónde cojones está Neva? —gruñe Nao.

Miramos a nuestro alrededor y por un momento tengo miedo de algo que me ha rondado desde que Evan nos dijo que nos íbamos: ¿y si lo han matado por salvarnos?