Capítulo 44
Evan
N eva no duerme.
Lleva una hora inclinada sobre los planos que Jesse imprimió, siguiendo pasillos con la yema del dedo como si pudiera memorizar la forma exacta del lugar donde tienen a nuestra hija.
La luz de la lámpara deja ver las sombras bajo los ojos. No la interrumpo. Llevo tres días callándome esto y todavía no sé cómo se dice en voz alta sin romper algo.
—Suéltalo —murmura sin levantar la vista—. Llevas mirándome desde ayer como si tuvieras una mordaza. Y no soporto que tengan miedo a decirme las cosas.
Me siento frente a ella. Aparto los planos con dos dedos, despacio, para que sepa que necesito que me mire.
—¿Te acuerdas de lo que me contaste de Alyss? —pregunto.
El nombre le cambia la cara. Es como si le hubiera tocado un moratón viejo.
—Te conté muchas cosas de Alyss, cosas que no deberías poder recordar.
Creo que acaba de darse cuenta de que no solo recuerdo lo que ella me quitó de nuestra relación, sino absolutamente todo lo que ella alguna vez me hizo olvidar.
—Me dijiste que era la única que podía devolver lo que tú quitabas. —Trago—. Que lo que tú borras no vuelve nunca. Que ella era el contrapeso. Tu gemela y tu antídoto.
—Evan… —Su voz es una advertencia y una súplica a la vez—. No sé adónde vas con esto, pero no me gusta el camino.
—A mí tampoco. —Me paso la mano por la cara—. Neva, tú me borraste quienes éramos. Y, aun así, ahora lo recuerdo todo. ¿Nunca te has preguntado cómo?
Se queda muy quieta.
—Me dije que fue Madre —susurra—. O que lo hiciste tú. Necesitaba que fuera cualquier cosa menos lo que estás a punto de decir.
—No fue Madre. Ni yo. —Cojo aire, porque esta es la parte que me lleva doliendo tres días—. Fue una de las niñas. Chispi. Se ofreció a devolverme «lo que me habían robado». Y lo hizo. Puso las manos en mi cabeza y me devolvió cada segundo tuyo.
Veo el instante exacto en que lo entiende. Cómo la sangre se le va de la cara.
—Eso no es posible —dice, y le tiembla la voz—. Restituir un borrado mío solo podía hacerlo…
—Alyss. —Termino la frase por ella porque no puede—. Solo podía hacerlo Alyss.
—Alyss está muerta.
—Lo sé. —Me inclino hacia ella—. Pero su habilidad no. Neva, en GenoLabs siempre me dijeron que Cuatro era «la evolución de Neva». Que era idéntica a ti de pequeña. Y es verdad, lo es. Pero Cuatro borra y restituye. Hace lo tuyo y lo de tu hermana. Las dos cosas en la misma niña.
Niega con la cabeza, despacio, como si el gesto pudiera deshacer las palabras.
—No…
—Erais cinco, Neva. Day, Nao, Row, Alyss y tú.
—Bajo la voz—. Pero solo hicieron cuatro clones.
Yo me pasé meses preguntándome por qué eran cuatro y no cinco, por qué faltaba una.
Y la respuesta es que no falta. Mejoraron el original, hicieron que en vez de dos personas con una habilidad hubiera una con ambas.
Así que os juntaron. A ti y a ella. En una sola niña.
—Chispi es Alyss —susurra Neva, y no es una pregunta, es un derrumbe.
—Chispi es las dos. —Le busco la mano y ella me deja, aunque tiene los dedos helados—. Sois ambas metidas a la fuerza en una cría de nueve años que organiza turnos de guardia y me amenaza con morderme una oreja. La tienen ellos, Neva. Encerrada. Y ni siquiera sabe lo que es.
Neva se lleva la otra mano a la boca. No llora todavía; está en esa frontera donde el cuerpo aún no decide si romperse o endurecerse.
—La llamaste Chispi —dice de repente, con la voz rota—. Sin acordarte de mí. Sin saber quién era yo.
Y ahí me alcanza a mí también, porque es verdad, y hasta este momento no me había atrevido a mirarlo de frente.
—La llamé Chispi porque la palabra «chispa» era perfecta y no sabía por qué —admito—. Lo sentía cada vez que la miraba. Ahora sé el motivo. Le puse tu apodo a la niña que te lleva dentro sin que ninguno de los dos supiéramos lo que estábamos haciendo.
Neva cierra los ojos. Una lágrima cae sobre los planos, justo encima del pasillo que lleva al ala de las niñas, y la veo decidir. La veo pasar del derrumbe a otra cosa, algo más frío y afilado, esa cosa que hace de ella un monstruo con cara de ángel.
—Mañana entramos a por todas —dice, y abre los ojos; ya no hay duelo en ellos, solo odio—. A por las cuatro niñas y a por mi hija.
No le digo que es un plan suicida. Esta noche solo le aprieto la mano y le sostengo la mirada.
—A las cinco —repito.