Capítulo 42
Evan
C amino por los pasillos de GenoLabs tratando de no levantar sospechas mientras anoto mentalmente cualquier cosa que me pueda hacer falta para el plan de extracción que tengo en mente.
Cuando atravieso la última puerta y entro en el área de observación, me quedo paralizado.
La habitación que durante días ha albergado a Everly se encuentra completamente vacía, con los equipos apagados, las superficies recogidas y la cama retirada, como si alguien hubiera borrado cualquier rastro de que una niña hubiera estado aquí apenas unas horas antes.
Me detengo unos segundos, observando el interior a través del cristal mientras mi cerebro trabaja a toda velocidad repasando posibilidades, descartando escenarios y buscando explicaciones que no impliquen aquello que más temo.
Durante un instante demasiado largo pienso en Neva. En la posibilidad de que ella o sus hermanas hayan intentado algo. O en si alguien ha seguido mis movimientos.
Quizá la doctora Walsh ha empezado a unir piezas que nunca debieron estar en el mismo rompecabezas.
La sensación me dura apenas unos segundos porque sé que quedarme inmóvil llamaría más la atención que cualquier otra cosa, así que saco el comunicador interno y contacto directamente con la única persona que puede explicarme qué está ocurriendo.
—Aquí Evan. Acabo de llegar al área de observación y la sala está vacía.
La respuesta tarda muy poco en llegar.
—Dirígete al punto de control Delta —ordena la doctora Walsh con esa voz serena que siempre me recuerda a un bisturí perfectamente afilado—. Te pondré al día allí.
No añade nada más.
Cuando llego, la encuentro revisando varios informes digitales junto a una pared de cristal inteligente que proyecta docenas de gráficos en movimiento. Su atención permanece fija en ellos durante unos segundos antes de dirigirse finalmente hacia mí.
—Hemos detectado que alguien está intentando llegar hasta determinadas áreas sensibles de la instalación.
Por fuera mantengo la expresión neutra. Por dentro, cada alarma imaginable acaba de dispararse al mismo tiempo.
—¿Una infiltración? —pregunto.
—Todavía no.
La doctora Walsh cruza los brazos.
—Pero sí sabemos que alguien está buscando algo que no debería encontrar.
La forma en que me observa hace que, durante un instante, crea que todo ha terminado, que ha descubierto a Neva, que ha descubierto mis movimientos y que esta conversación es solo el prólogo de una ejecución cuidadosamente preparada.
Sin embargo, la tensión desaparece tan rápido como ha llegado cuando ella me entrega una nueva tarjeta de acceso.
—Tus permisos han sido actualizados.
Bajo la mirada hacia la tarjeta. Después vuelvo a mirarla a ella. Si sospechara de mí, jamás ampliaría mis privilegios dentro de GenoLabs.
—La niña ha sido trasladada —continúa—. Ella y las demás.
—¿A dónde?
Una ligera sonrisa aparece en sus labios.
—A un lugar más adecuado.
Hay algo en esa respuesta que no me gusta en absoluto.
La sigo mientras atravesamos una serie de corredores que jamás había recorrido, y cuanto más avanzamos, más evidente resulta que la doctora Walsh no está exagerando cuando habla de protección.
Las puertas blindadas se vuelven más gruesas, los controles biométricos sustituyen a los lectores convencionales y los puestos de vigilancia aparecen con una frecuencia cada vez mayor, ocupados por personal armado que no se parece en nada a los guardias que suelen patrullar las zonas superiores.
La primera esclusa de seguridad tarda casi medio minuto en completarse.
La segunda exige reconocimiento facial, huella dactilar y código temporal.
La tercera incorpora incluso un escáner térmico.
Y cuando finalmente llegamos a un ascensor oculto tras un panel de hormigón reforzado, empiezo a comprender que todo lo que conocía sobre la estructura de GenoLabs era apenas la superficie.
El ascensor desciende durante tanto tiempo que resulta imposible no darse cuenta de que estamos abandonando los niveles habituales de la instalación.
Cuando las puertas se abren, tengo la sensación de haber entrado en un lugar completamente distinto, una especie de fortaleza enterrada bajo otra fortaleza, construida para proteger algo que la doctora Walsh considera infinitamente más importante que cualquier laboratorio de los niveles superiores.
Las paredes son más gruesas. Las cámaras cubren cada ángulo imaginable. Los sensores aparecen integrados incluso en el suelo y en el techo.
Los corredores están diseñados para obligar a cualquiera a pasar por múltiples puntos de control antes de alcanzar una zona crítica. Y la presencia constante de guardias armados convierte cada tramo del recorrido en un recordatorio de lo difícil que sería sacar a alguien de ahí.
Mientras avanzo junto a la doctora Walsh, memorizando rutas, puertas y sistemas de seguridad, una conclusión empieza a formarse en mi cabeza con una claridad que no me gusta nada: cualquier plan que hubiera elaborado hasta ahora para sacar a Everly ya no sirve.
La observo de reojo. Es curioso, no parece en absoluto afectada por la muerte del hermano de su pareja. Esta mañana salió en las noticias que el superintendente McCain ha fallecido debido a un ataque al corazón mientras dormía.
Ni siquiera he tenido que preguntar para saber que esa muerte tiene la firma de Row. Las chicas están atando los cabos sueltos. Me alegro. Ese hijo de puta no merecía seguir respirando.
Finalmente, llegamos a una amplia sala de observación protegida por un cristal reforzado de varios centímetros de grosor. Al otro lado se encuentran Everly y las demás niñas. Algunas están sentadas en el suelo dibujando. Otras juegan juntas con bloques de construcción con mi hija.
Desde fuera podrían parecer un grupo normal de niñas pasando la mañana en una guardería cualquiera. Pero ninguna guardería necesita tres niveles de seguridad, decenas de cámaras y una prisión subterránea para mantener a sus ocupantes dentro.
—Hoy vamos a realizar una serie de pruebas grupales —explica la doctora Walsh mientras observa la sala—. Quiero que evalúes si las reacciones emocionales que estamos registrando entran dentro de los parámetros esperados.
Contemplo a Everly mientras abraza un unicornio de peluche entre sus brazos pequeños, completamente ajena al hecho de que cada una de las personas que la observan está decidiendo su futuro.
Y mientras escucho a la doctora Walsh explicar el experimento, comprendo algo que me obliga a contener una maldición.
Hasta esta mañana creía que sacar a Everly de GenoLabs sería difícil.
Ahora sé que «difícil» era la versión optimista de imposible.