Capítulo 39
Neva
E l mensaje de Evan llega cuando llevo casi veinte minutos mirando el techo del piso franco sin verlo de verdad, con el cuerpo agotado, la cabeza funcionando a ratos y el corazón convertido en un puzle que no deja de repetirme que mi hija está en GenoLabs, que Everly está en una cama que no es la suya, rodeada de gente que no la quiere y en manos de una mujer que una vez me enseñó a sobrevivir solo para poder usarme mejor.
«Ven a mi apartamento. Sigue usando el patinete. Si le quitas el manillar, dentro hay una llave de acceso por el parking . El propio patinete lleva un sensor. El sistema lo reconocerá y te dejará entrar por la entrada secundaria. Te verá menos gente. Te espero arriba».
Leo el mensaje dos veces, no porque no lo entienda, sino porque necesito decidir si la parte de mí que quiere matarlo tiene más fuerza que la parte de mí que sabe que ahora mismo es la única puerta abierta hacia mi hija.
Al final, agarro la chaqueta, salgo sin despertar a nadie y bajo a la calle con el patinete de Evan.
El acceso al parking se abre tal y como él ha dicho, con un pitido suave cuando acerco el patinete al lector, y la llave escondida dentro del manillar encaja en la cerradura secundaria con una facilidad que me irrita, porque todo en Evan funciona así: capas, trampas, rutas alternativas y salidas que nadie ve hasta que ya estás dentro de ellas.
Dejo el patinete en un rincón donde no estorbe, atravieso el aparcamiento con la barbilla baja y subo por una escalera estrecha hasta el vestíbulo interior.
El ascensor tarda demasiado en llegar, o eso me parece. Cuando por fin se abren las puertas, entro, pulso el botón de su planta y me quedo mirando mi reflejo en el metal gastado.
No sé qué voy a hacer cuando lo vea. No sé si voy a escucharlo, gritarle o romperle la cara contra la pared antes de preguntarle por Everly.
Lo único que sé es que, cuando la puerta del apartamento se abre y Evan aparece al otro lado, con el pelo revuelto, la camiseta negra pegada al cuerpo y esa mirada que era mi mundo, todo lo que he preparado para decir se me queda atascado en la garganta.
—Pasa —dice en voz baja.
Entro sin rozarlo, aunque mi cuerpo registra su cercanía con una traición inmediata, y él cierra la puerta detrás de mí con cuidado antes de señalar el pasillo.
—Vamos al salón. Tengo algo que enseñarte.
—Más te vale que no sea otra mentira —respondo.
No contesta, y quizá eso me enfada más que si lo hiciera, porque Evan siempre ha sabido elegir sus silencios.
Lo sigo hasta el salón y lo primero que veo son los planos extendidos sobre la mesita baja frente al sofá, hojas enormes llenas de líneas, sectores, anotaciones a mano, rutas marcadas en rojo, códigos escritos con su letra pequeña y precisa, zonas tachadas, accesos señalados, cámaras, laboratorios, salidas de emergencia, nombres de plantas y símbolos que todavía no entiendo.
Pero antes de poder acercarme, una melodía empieza a sonar desde algún punto de la casa.
Over the Rainbow .
Me quedo quieta.
No sé si es peor que suene esa canción o que ambos sepamos exactamente lo que significa.
No es solo una canción. Es una ventana a una época en la que todavía creíamos que había algún sitio en el que éramos felices, un lugar pequeño y nuestro, aunque fuera inventado, aunque fuera una mentira piadosa puesta en un Walkman viejo para poder respirar durante cinco minutos.
La versión de Israel Kamakawiwoʻole llena el salón con esa dulzura que lo caracteriza y, por primera vez desde que he cruzado su puerta, ninguno de los dos dice nada.
Evan baja la mirada hacia el teléfono, que suena sobre la mesa, y lo coge con una tensión nueva en la mandíbula.
—Habla —ordena.
Me aparto un paso mientras él escucha, y aprovecho para mirar alrededor, como si su casa pudiera explicarme algo que él no va a contarme.
El apartamento es exactamente como debería ser y, aun así, me desarma. Hay estanterías llenas de pequeñas consolas retro, miniarcades, mandos antiguos colocados con una obsesión casi tierna, figuras de películas que reconozco a medias y cables enrollados con una pulcritud enfermiza.
En una silla del comedor hay una camiseta gris con un dibujo pixelado, algo entre monstruo y héroe de videojuego, y sobre una mesa auxiliar descansa el Walkman que Evan llevaba siempre cuando necesitaba concentrarse, ese trasto viejo que parecía una broma hasta que entendí que para él era una forma de ponerle paredes al mundo.
Todo aquí habla de él sin defenderlo, y eso me cabrea porque no quiero ver su humanidad repartida en estantes, no quiero recordar que antes de odiarlo también hubo noches en las que habría reconocido su respiración entre mil.
—No, cambia el punto de extracción al muelle cuatro —ordena él al teléfono sin levantar demasiado la voz.
La conversación dura poco más. Evan escucha, corrige algo sobre un servidor espejo, amenaza con romperle los dedos a su hombre si vuelve a usar una frecuencia comprometida y cuelga con una calma que no consigue esconder el cansancio.
—¿Qué quieres? —pregunto, cruzándome de brazos antes de que la debilidad se me note en las manos.
—Que escuches lo que tengo.
—Habla.
Él asiente y se acerca a la mesa sin invadir mi espacio, aunque todo en él parece invadirme de todas formas.
—Vamos a tener ayuda desde dentro. Con Everly.
Mi estómago se contrae.
—¿Qué clase de ayuda?
—Las niñas.
Tardo un segundo en comprender a quiénes se refiere y, cuando lo hago, mi primera reacción es negar con la cabeza.
—No.
—Neva…
—He dicho que no. Mi hija está allí, Evan. Mi hija. No pienso cargar ahora con un grupo de niñas de laboratorio porque tú hayas decidido que tu conciencia necesita compañía. No me fío de ellas. Las ha criado Madre.
Algo cruza por su cara, pero no se defiende. Se limita a apoyar las manos en el borde de la mesa y a mirarme como si estuviera eligiendo cada palabra para no romper nada más.
—Ellas ya están dentro. Ya están implicadas. Y van a ayudarnos porque quieren ayudar a Everly y porque conocen GenoLabs de una forma que ni tú ni yo podremos conocer nunca. Es por eso que, a cambio, las sacaremos también.
No estoy del todo de acuerdo con usar a esas asesinas, no me fio, sin embargo, una parte de mí siente curiosidad por ver a la siguiente generación y otra, la parte maternal, quiere comprobar si sigue quedando algún rastro infantil en ellas después de tantos años con Madre.
A nosotras puedo asegurar que no nos quedaba y eso que nos empezaron a usar de esta forma mucho más tarde.
—Si el precio para sacar a mi hija es sacar también a esas niñas, de acuerdo —digo al fin—. Las sacamos. Luego ya veremos qué hacemos con ellas.
—Cuando las conozcas lo entenderás todo.
—No necesito entender nada. Necesito a Everly fuera.
—Lo sé, yo también.
Su voz cae sobre mí con una suavidad que me obliga a apartar la mirada. Me acerco a la mesa y él me señala el plano principal.
He vivido muchos años dentro de ese lugar y, sin embargo, hay zonas que jamás he visto; al fin y al cabo, a un preso no lo dejan vagar libremente por todos los rincones de la cárcel, solo por aquellos a los que se le permite.
Me explica los accesos, las plantas, el ala donde está Everly, la sala acristalada, el cambio de guardia y las cámaras ciegas durante doce segundos si una de las niñas consigue provocar el bucle desde dentro.
Me inclino para ver mejor una ruta marcada en rojo y su brazo roza el mío. Apenas un contacto. Nada. Menos que nada. Pero mi piel lo reconoce con una rapidez humillante.
Evan deja de hablar durante un instante.
—Sigue —murmuro.
Él obedece, aunque su voz se vuelve un poco más baja, más áspera, y cuando ambos nos inclinamos sobre el mismo plano, nuestras piernas se rozan junto al sofá.
No me aparto. Él tampoco. El aire entre los dos se espesa hasta convertirse en una tercera presencia, una cosa viva, peligrosa, alimentada por todo lo que no podemos permitirnos sentir.
Señalo una salida secundaria y mis dedos chocan con los suyos sobre el papel. Esta vez ninguno finge que no ha pasado. Levanto la mirada y Evan está demasiado cerca, con los ojos clavados en mi boca durante un segundo.
—Neva —masculla, y mi nombre en su voz suena a advertencia y a súplica al mismo tiempo.
—No digas nada.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
Pero no me muevo. Él tampoco. Su mano sigue junto a la mía, su rodilla pegada a mi pierna, su respiración mezclándose con la mía sobre los planos de GenoLabs, como si el mundo hubiera decidido burlarse de nosotros poniendo la guerra debajo y el deseo encima.
Podría besarlo ahora y odiarme después por ello. Podría morderle la boca hasta que sangrara todo lo que nos hemos callado. Evan levanta una mano muy despacio, como si me diera tiempo a detenerlo, y sus dedos rozan mi mejilla con una delicadeza que me rompe más que cualquier mentira.
Cierro los ojos un segundo. Y, cuando los abro, recuerdo a Everly.
Me aparto antes de que la sensatez desaparezca del todo.
—Enséñame cómo vamos a entrar —digo con la voz más firme de lo que me siento.
Evan traga saliva, vuelve a mirar los planos y asiente.
—Por aquí —responde, señalando el corazón del complejo—. Y esta vez salimos todos.