Capítulo 38
Evan
E l pasillo que lleva al ala norte de GenoLabs es tan pulcro que incluso tengo la sensación de estar dejando la suciedad de mis zapatos en el inmaculado suelo blanco.
Camino con las manos en los bolsillos de la bata que la doctora Walsh ha decidido darme como si fuera un recordatorio de que soy parte de esto, como si convertirme en el responsable de seguridad de Everly fuese una prueba.
Nadie me mira dos veces cuando atravieso el control biométrico.
Cuando entro en la sala acristalada, la veo en el centro de la habitación, tumbada sobre una cama demasiado grande para su cuerpo diminuto, con los brazos sujetos por bandas acolchadas, electrodos pegados a las sienes y una maraña de cables naciendo de su cabeza, de su pecho, de sus dedos pequeños, como si alguien hubiera intentado convertirla en una máquina y se le hubiera olvidado que es tan solo una niña.
Está dormida, sedada con alguna mierda que estos monstruos le han inyectado. Me obligo a no teñir de rojo este lugar, necesito mantener la calma.
Miro la pantalla que tengo delante, los monitores, las constantes, el protocolo abierto sobre la mesa, cualquier cosa que no sea el mechón de pelo pegado a su frente ni la forma en la que su boca se entreabre apenas, buscando un aire que no sabe que también le están robando.
La doctora Walsh aparece a mi lado sin hacer ruido, impecable como siempre, con el cabello recogido, los guantes ajustados a los dedos y esa expresión de curiosidad científica que me hace querer arrancarle todas las respuestas de la garganta.
Se coloca junto a mí, frente a la cama donde está Everly.
Sé que no ha venido solo a supervisar la prueba.
Ha venido a observarme. A medir mi respiración.
A vigilar los músculos de mi cara. A decidir si todavía queda algo humano en mí que pueda estropearle el experimento.
Y, sobre todo, sé que está poniendo a prueba mi lealtad.
—Vamos a estimular varias zonas de su cerebro —dice con una tranquilidad casi elegante—.
La sedación mantendrá el cuerpo inmóvil dentro de unos márgenes aceptables, pero el dolor atravesará igual las conexiones.
Nos interesa comprobar si la respuesta emocional se activa incluso sin consciencia plena.
Me quedo mirando a Everly como si fuera un objeto defectuoso sobre una mesa de laboratorio y noto, con una precisión espantosa, cómo mi alma se parte en silencio para que mi cara no lo haga.
La doctora Walsh ladea apenas la cabeza, esperando. Quiere que pregunte, que dude o que se me escape una mínima emoción. Así que dejo que mi boca haga lo que mi corazón jamás perdonará y respondo con una mueca de desprecio calculada.
—Si le fríen el cerebro, nos ahorramos años de problemas. Un engendro menos dando trabajo.
La doctora Walsh sonríe. No mucho. Lo suficiente para que se me revuelva el estómago.
—Me alegra comprobar que empiezas a comprender la magnitud del proyecto.
«Comprender». La palabra se me queda clavada en la mente mientras uno de los técnicos activa el panel principal y una línea azul recorre la pantalla como una serpiente eléctrica.
Everly no abre los ojos cuando empieza. Primero solo tiembla uno de sus dedos, un movimiento casi imperceptible, tan pequeño que cualquiera podría ignorarlo si no supiera que ese dedo pertenece a una niña que debería estar tocando pintura, migas de galleta o la cara de su madre.
Luego su cuerpo se arquea apenas contra las sujeciones y los monitores emiten una secuencia de pitidos que se me meten debajo de la piel.
Mantengo los hombros relajados, la mandíbula suelta y la mirada aburrida incluso cuando una lágrima se desliza desde el rabillo de uno de sus ojos cerrados y baja por su sien hasta perderse entre los cables.
No sé cuánto dura. Quizá dos minutos. A mí me parece una vida.
Cada segundo me exige una traición nueva.
Cada espasmo de Everly me arranca algo que no puedo recoger porque la doctora Walsh sigue a mi lado, observándome más que a la niña, y yo sé que, si fallo ahora, no solo me sacarán de esta sala, me apartarán de ella para siempre.
Reforzarán la seguridad, cambiarán los códigos, borrarán cualquier oportunidad de Neva de llegar hasta aquí.
Así que permanezco inmóvil mientras mi hija llora dormida y finjo que el sonido de mi propio pulso no es el de una puerta reventándose desde dentro.
Cuando la prueba termina, los técnicos desconectan varias líneas y uno de ellos se acerca con una tablet llena de resultados.
La doctora Walsh la toma, lee en silencio y sus ojos se iluminan con una clase de entusiasmo que no pertenece a ningún ser decente.
Pasa el dedo por la pantalla, amplía una gráfica, compara dos columnas de datos y, por primera vez desde que ha entrado, deja de mirarme a mí.
Algo ha captado su atención. Algo que considera valioso. Algo que, con suerte, la aleja de esta habitación.
—Interesante —murmura—. Mucho más interesante de lo previsto. Quiero repetir el cruce con las muestras del lote anterior. Ahora.
Los científicos la siguen casi en procesión. La puerta se cierra tras ellos con un siseo hermético y durante unos segundos no me muevo
Miro el reflejo del cristal, las esquinas del techo, la luz roja de las cámaras, el corredor vacío al otro lado.
Sé que puede haber micrófonos o, peor aún, alguien podría cruzar el pasillo que hay al otro lado de la cristalera.
Aun así, me acerco a la cama lentamente, apoyo una mano sobre el borde metálico y con la otra rozo los dedos de Everly.
Están calientes. Son demasiado pequeños.
Los cubro con los míos sin inclinarme, sin cambiar la postura, como si solo estuviera comprobando una vía.
—No estás sola —susurro sin mover apenas los labios—. Estoy aquí. Tu madre te quiere más que a su propia vida. Y voy a sacarte, Everly. Te juro que voy a sacarte de este infierno.
Ella no me oye. No puede oírme. Pero sus dedos se quedan atrapados dentro de mi mano, y durante un instante me permito imaginar que algo de mí le llega, aunque sea como una sombra tibia en mitad de la oscuridad. Entonces, me siento observado y me giro.
Las cuatro niñas están ahí: Chispi, Garabato, Pluma y Guinda.
No sé de dónde han salido ni cuánto tiempo llevan mirando, pero se encuentran en la entrada lateral, quietas, con esos ojos demasiado conocedores de la crueldad del mundo para sus pequeñas caras.
No preguntan. Solo me observan con una seriedad que me deja sin defensa, porque entiendo al instante que lo han visto todo: mi mano sobre la de Everly, mi susurro, mi mentira…
Una de ellas levanta un dedo hacia el sensor del techo y niega despacio, indicándome que no hay nadie escuchando, o quizá que ellas han hecho que nadie pueda hacerlo. Luego se acercan a la cama y se colocan alrededor de Everly con una delicadeza torpe, casi divertida.
—Vamos a cuidarla —dice Garabato en voz tan baja que apenas existe—. Le haremos juguetes. Y, cuando despierte, intentaremos que sea feliz aquí.
La frase me atraviesa con más violencia que cualquier disparo.
Miro sus caras, sus manos, sus ojos llenos de vida, los restos de infancia que GenoLabs no ha conseguido arrancarles del todo, y algo se me hunde en el pecho con un peso insoportable.
—Nadie debería criarse en un sitio como este —pronuncio también en un susurro. Y entonces hago algo que debería haber hecho hace mucho tiempo: disculparme—. Lo siento. Siento haber permitido que vosotras lo hicierais.
Chispi frunce el ceño. Joder, cómo se parece a Neva, si tan solo supiera que esta niña de la cama es como su familia…
—Tú no estabas cuando éramos así de pequeñas.
—No —admito, porque la culpa no siempre necesita lógica para morder—.
Pero estoy ahora. Y os prometo que vais a tener una vida normal.
No sé cómo ni cuándo, pero voy a conseguir que salgáis de aquí y que seáis niñas de verdad, con colegios horribles, meriendas pegajosas, discusiones tontas y camas sin correas.
Se miran entre ellas con una confusión en sus ojos que se transforma en esperanza, y luego la más cercana a Everly, Pluma, le acomoda con cuidado un mechón de pelo.
—Nosotras también vamos a ayudarte a sacarla.
Trago saliva. No debería aceptar ayuda de niñas. No debería necesitarla. Pero GenoLabs las ha convertido en llaves, en fantasmas, en pequeñas supervivientes capaces de atravesar sistemas que yo ni siquiera he visto.
Entonces, Guinda me mira con atención, como si hubiera juntado dos piezas que se ha encontrado por casualidad.
—Se parece mucho a ti.
Miro a Everly, su nariz, la línea suave de sus cejas, la curva de su boca dormida, y ya no tengo fuerzas para seguir llamándola «anomalía» ni siquiera dentro de esta sala envenenada.
Así que cierro los dedos alrededor de la barandilla metálica, levanto la mirada hacia las cuatro niñas y digo la única verdad que me queda por decir:
—Porque es mi hija.