Capítulo 37
Row
Q ue el teléfono suene en mitad de la madrugada nunca es buena señal.
Me despierto sobresaltada y echo un vistazo a la pantalla; no reconozco el número. En realidad, nadie debería estar llamándome, ya que este contacto solo lo tienen mis hermanas.
«Evan también», recuerdo. Ese hijo de puta es capaz de conseguir cualquier cosa. Si logró hacerse con el número de Neva, lo más probable es que también tenga el de todos nosotros.
Acepto la llamada y me llevo el teléfono a la oreja.
—Espero que tengas una buena razón para llamarme a estas horas, desgraciado.
Durante unos segundos solo escucho una respiración acelerada al otro lado de la línea.
—Row… —A pesar de que su voz suena débil y entrecortada, la reconozco al instante.
Me siento de golpe sobre el colchón y abro mucho los ojos.
—Tom, ¿eres tú?
—Row… —repite, y se le quiebra la voz.
—¡¿Estás bien?! ¡¿Qué te ocurre?!
—Es Melissa… Ella… —Se queda callado y yo me temo lo peor—. ¿Puedes venir? Te nece… Te…
—Voy para allá —respondo, saliendo de la cama de un salto.
Ni siquiera me molesto en cambiarme de ropa. Aún con el teléfono en la oreja, me pongo una chaqueta sobre el pantalón de algodón y la camiseta de tirantes que uso para dormir, me calzo las botas y salgo del dormitorio a toda prisa.
En mi camino hacia la salida encuentro a Preston y Nao en la cocina. Ella está sentada sobre la encimera con él acomodado entre sus piernas abiertas y se están besando. En cuanto Nao me ve, lo empuja un poco.
Si no estuviese tan preocupada por Tom, me detendría a burlarme de ellos por haberlos pillado en una posición tan comprometida en mitad de la madrugada.
—¿A dónde vas? ¡¿Qué pasa?!
Aparto el teléfono donde se sigue escuchando la respiración acelerada de Thomas al otro lado, y juraría que también he oído un sollozo.
—Thomas tiene problemas. Debo irme.
—¿Necesitas ayuda?
Niego con la cabeza y tapo el micrófono.
—Creo que su hermana ha… —Dejo la frase en el aire. No necesito terminarla. Nao lo entiende a la perfección.
Se baja de la encimera, rebusca en uno de los cajones y me lanza un juego de llaves.
—Llévate mi moto, y si necesitas algo, llama. —Asiento y salgo corriendo del piso franco.
Cuando llego al garaje, me subo a la motocicleta y respiro hondo.
—Tom, voy a tener que colgar, pero te prometo que estaré ahí enseguida. —No responde—. Tom, ¿me estás escuchando?
—Sí. Yo… —escucho unas voces desconocidas de fondo—. Ya están aquí.
—¿Quién está ahí? —La llamada se corta y maldigo en voz baja.
Guardo el teléfono, me pongo el casco y, tras arrancar el motor, salgo del garaje quemando rueda.
Me salto varios semáforos en rojo, derrapo en las curvas y estoy a punto de atropellar a un ciclista en mi empeño de llegar cuanto antes.
Cuando detengo la motocicleta delante de su edificio, alcanzo a ver cómo una ambulancia sale del aparcamiento. Lleva las luces apagadas y no parece tener prisa.
«No hay prisa cuando la persona que transportas ya está muerta», resuena en mi mente.
Corro al interior del edificio. Me adentro en el vestíbulo, pero soy interceptada por un vigilante de seguridad que no había visto antes.
—¿Tiene autorización para subir, señorita?
—Voy a ver al señor Hutcher.
—Lo siento, pero él tiene que autorizar su ingreso al apartamento.
Resoplo. No tengo tiempo para estas tonterías.
Con un movimiento rápido, le quito la tarjeta que lleva colgada del bolsillo de la camisa y corro hacia el ascensor. Escucho sus gritos ordenándome que me detenga, pero los ignoro.
En cuanto entro al aparato, el vigilante sujeta la puerta para que no se cierre.
—Suéltala o te obligaré a hacerlo, y no va a ser agradable.
—Señorita, no puedo dejarla pasar. El señor Hutcher…
—¡Él me ha llamado! Puede preguntárselo más tarde.
—No es posible.
—Escúchame bien. Entiendo que estés haciendo tu trabajo, pero Thomas está pasando por un mal momento y me necesita.
—Lo sabe —susurra, confirmando mis sospechas.
—¡Claro que lo sé, joder! Ahora voy a subir por las buenas o por las malas. Tú decides si quieres seguir caminando con normalidad el resto de tu vida.
Lo que sea que ve en mi mirada, le hace soltar la puerta y dar un paso atrás.
—Necesito la tarjeta —murmura.
La deslizo por el lector y, tras presionar el botón de la última planta, se la lanzo al pecho. Las puertas se cierran y el ascensor empieza a subir.
El trayecto es tan corto que no me da tiempo a prepararme para lo que me espera al salir del aparato. Encuentro a Tom sentado en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro cubierto por sus propias manos.
Me acerco despacio y coloco una mano sobre su hombro.
—¿Tom?
Alza la cabeza y su mirada desolada me corta el aliento.
—Está muerta, Row —susurra, negando con la cabeza—. Llamé a una ambulancia, pero dijeron que ya era tarde.
Cierro los ojos con fuerza. Melissa se merecía vivir. Nada de esto es justo.
Me acerco más a él y dejo que hunda el rostro en mi vientre. Sus hombros se mueven con violencia con cada sollozo que sale de su garganta.
Me fijo en un papel arrugado que hay sobre la mesa baja. Lo alcanzo como puedo y, nada más leer la primera frase, el corazón me da un vuelco.
«Querido Tom,
Lo siento. Sé que esas palabras ya no sirven de mucho, pero necesitaba escribirlas una última vez.
No quiero que pienses ni por un segundo que tomo esta decisión porque haya dejado de querer vivir. Lo hago porque hace demasiado tiempo que tú dejaste de vivir por mí.
No recuerdo una sola etapa de mi enfermedad en la que no hayas estado a mi lado. Renunciaste a tu juventud, a tus amigos, a tus sueños… y cuando creía que ya no te quedaba nada más que sacrificar, también renunciaste al amor de tu vida. Y eso no puedo soportarlo.
He visto cómo te consumías delante de mis ojos mientras fingías que todo iba bien. Vendiste tu alma a esa mujer que tanto desprecias porque ella sostenía la única esperanza de mantenerme con vida.
Ella nunca quiso salvarme. Solo buscaba mantenerte controlado para que siguieras financiando sus experimentos ilegales. Y yo me convertí en las cadenas con las que te mantuvo atado.
No puedo seguir siendo eso.
No quiero que mi nombre sea el motivo por el que pierdas a la única persona que ha conseguido devolverte la sonrisa. Durante años he rezado para que encontraras a alguien que te quisiera la mitad de lo que tú quieres a los demás. Y entonces apareció Row.
La primera vez que pronunciaste su nombre, tus ojos brillaban de una forma que jamás había visto. Por primera vez desde que enfermé, dejaste de mirarme con culpa.
Te vi feliz y entendí que ella era tu hogar.
No permitas que nadie vuelva a arrebatártelo. Ni Walsh, ni el miedo ni la culpa, ni siquiera yo.
Me niego a seguir ocupando un lugar que le pertenece a tu futuro. Quiero que seas libre.
No cargues con esto como si fuera otro fracaso más. No lo es. Has ganado todas las batallas que podían ganarse. Si hoy pierdes algo, no eres tú quien lo pierde. Es esta enfermedad la que, por fin, deja de decidir sobre nuestras vidas.
Y ahora me gustaría dedicarle unas palabras a la mujer que espero que esté leyendo esto contigo.
Row,
No nos conocimos tanto como me habría gustado, pero fue suficiente para darme cuenta de que mi hermano vuelve a respirar cuando está contigo.
No permitas que vuelva a encerrarse en sí mismo.
Es demasiado bueno para este mundo y demasiado terco para reconocer cuándo necesita que alguien cuide de él.
Hazlo reír cuando se ponga insoportable. Oblígalo a descansar cuando pretenda cargar él solo con el peso del mundo. Recuérdale cada día que le sobran motivos para ser feliz.
No dejes que me convierta en un fantasma entre vosotros. Quiero que algún día pronuncies mi nombre y él sonría en lugar de romperse por dentro.
Sed felices.
Los dos os lo merecéis mucho más que nadie.
Thomas…
Gracias por haber sido mi hermano.
Si pudiera elegir una vida más, volvería a escogerte a ti.
Con todo el amor que cabe en un corazón,
Melissa».
Cuando termino de leer, soy consciente de que yo también estoy llorando.
Al final, la enfermedad no ha ganado. Ella decidió acabar con su vida antes de que esa puta se la llevara por delante.
Ni siquiera sé el tiempo que pasamos así. Yo acariciando su pelo en silencio mientras él llora desconsolado aferrándose con fuerza a mi cintura.
Cuando al fin se tranquiliza un poco, lo agarro de la mano y tiro de él para que se ponga de pie. No hace preguntas y tampoco se resiste. Me sigue escaleras arriba sin soltar mi mano en ningún momento.
Apuro el paso al cruzar por delante del dormitorio de su hermana. Cuando va a girar la cabeza para echar un vistazo al interior, le doy un pequeño tirón.
—Ojos en mí, Tom —susurro.
Inspira hondo por la nariz y me sigue sin apartar la mirada de la mía.
Nos adentramos en su habitación y después en el baño. Suelto su mano por primera vez para abrir la mampara de la ducha y ajustar la presión y temperatura del agua antes de girarme de nuevo hacia él y empezar a desvestirlo.
No dice nada, no reacciona. Solo se deja hacer, como si estuviese en algún lugar muy lejos de aquí, perdido en su propio dolor y sufrimiento.
Cuando ambos estamos completamente desnudos, me meto en la ducha y tiro de él para que me acompañe. Tom emite un pequeño jadeo ahogado en el instante en el que el agua caliente cae sobre su piel.
—Dejó una carta —susurra tras un buen rato en silencio.
Recorro sus hombros y su pecho con la esponja y asiento.
—La he visto.
Alza la cabeza y me mira con los ojos enrojecidos de tanto llorar.
—¿Por qué lo hizo?
—Porque conocía su final y, por una vez, quería ser dueña de su propio destino. No puedes culparla por ello, Tom.
Cierra los ojos y niega con la cabeza.
—No sé ni lo que siento. En un instante la odio por haberme dejado y al siguiente… —Bufa con fuerza—. ¿Qué voy a hacer sin ella? Ya no me queda nadie.
Enmarco su rostro con ambas manos y lo obligo a mirarme a los ojos.
—Me tienes a mí. Siempre me tendrás a mí.
—¿No vas a volver a huir? —Niego con la cabeza.
Se acabó huir y esconderse, se acabó estar separados. Esta vez decido quedarme y enfrentarme a lo que sea que me depare el destino.
—No pienso apartarme de ti ni un centímetro.
—¿Hablas de esta noche o de toda la vida?
Esbozo media sonrisa y recorro con la mano su mandíbula cubierta de barba.
—Empecemos por esta noche.
Tom suspira y me aprieta con fuerza contra su pecho.
—Cuando todo esto termine, voy a casarme contigo, Desconocida.
Alzo la cabeza como un resorte y lo miro a los ojos. Ni siquiera sé qué responder a eso. ¿Casarme? Nunca, ni en toda una vida me había planteado siquiera la posibilidad de hacer semejante locura.
—Es la proposición de matrimonio más extraña que he escuchado nuca —digo, intentando bromear.
—No es una proposición. Solo he creído necesario ponerte sobre aviso para que después no te tome por sorpresa.
—Qué considerado.
Vuelve a apretarme contra su cuerpo, dando la conversación por zanjada, y cierro los ojos.
Su corazón late fuerte y constante contra mi mejilla, sus brazos me rodean, dándome una seguridad que nunca antes había sentido. Tom se ha convertido en un hogar para mí, en uno al que quiero volver cada día durante el resto de mi vida.
Mierda, voy a casarme con él.