Capítulo 36
Thomas
«N o sé en qué momento decidí que era buena idea volver a confiar en Carter, Evan o como demonios se llame», pienso cuando lo veo salir del ascensor de mi casa como si de verdad hubiese sido invitado.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —pregunto, levantándome del sofá.
Evan entra en la sala de estar, echa un vistazo en dirección al vaso de licor a medio beber que hay sobre la mesa baja y esboza una sonrisa.
—Me invitas a una copa, ¿verdad?
No respondo. Solo observo cómo se mueve por la estancia, como si estuviese en su propia casa. Se acerca al mueble bar, se sirve un par de dedos de whisky y se los bebe de un trago antes de servirse otros dos.
—¿Cómo has entrado en mi casa? Pago una fortuna en seguridad privada para…
—Pues es una mierda —me corta.
Se acomoda en el sofá, y tras beber un nuevo sorbo, deja el vaso sobre la mesa.
—¿Qué quieres? Si Walsh se entera de que estamos en contacto, vamos a tener problemas.
—No te preocupes por eso, Thomas. Ella ya sabe que hemos estado en contacto.
—¿Qué? ¿Cómo?
—La enfermera de tu hermana se ha ido de la lengua. Vas a tener que contratar a otra.
Cierro los ojos con fuerza.
—¿Sabes dónde está Selene?
—Con un poco de suerte, en alguna cámara fría de GenoLabs. La otra opción es el fondo del lago Michigan.
—¿Has dejado que la maten?
Evan alza la mirada hacia mi rostro y se encoge de hombros.
—Era ella o todos nosotros, y eso también incluye a tu querida Row.
Bufo con fuerza y me dejo caer en el sofá.
—Era una buena mujer —susurro tras darle un trago largo a mi copa.
—Ya… A las personas buenas les pasan cosas malas, Hutcher. Es inevitable.
Tras unos segundos en los que permanecemos bebiendo en silencio, vuelvo a mirarlo.
—¿Vas a decirme qué haces aquí, aparte de beberte mi whisky ?
El muy hijo de puta sonríe de nuevo y se bebe el resto del licor de un trago.
—Tienes mierda buena, Hutcher. Apuesto a que una botella de esto vale más de lo que cobra un operario medio de clase baja.
—Es un Macallan del treinta y nueve. Vale más de lo que gana un operario en todo un año —lo corrijo.
Evan sacude la cabeza, se pone en pie y se acerca al mueble bar para servirse otra copa. Esta vez llena el vaso casi hasta el borde mientras echa pequeños vistazos en mi dirección. El muy cabrón se está bebiendo una botella de casi cuarenta mil dólares como quien bebe agua.
—Te he traído un regalito —dice cuando ya se ha vuelto a acomodar en el sofá.
Me lanza un teléfono móvil de los antiguos al regazo y bebe de su vaso.
—¿Qué es esto?
—Una línea segura. Tienes mi contacto en la agenda, y también el de Row. Por si la echas de menos —añade con una sonrisa burlona.
Estrecho la mirada sobre él. Estoy seguro de que ha leído mis correos con Row y se está regodeando. Ni siquiera me molesto en preguntar cómo ha conseguido el número de Row. El hijo de puta siempre logra lo que se propone.
—Entonces, has manipulado mi sistema de seguridad y has entrado en mi casa sin ser invitado para regalarme un teléfono de veinte pavos y beberte mi whisky , ¿es correcto?
—Entre otras cosas, sí.
—¿Qué cosas?
—¿Quieres que hablemos sobre esos correos que…?
—No —lo corto—. Eso era algo privado.
—No tanto. El tipo que te consiguió el correo cifrado era un aficionado. «Si tengo que apostar, me jugaría toda mi fortuna a que te pasas el respeto y la educación por el mismo lugar donde me encantaría meter la lengua». Eres un poeta, Hutcher.
—Suficiente. —Me pongo de pie con los puños apretados y la mandíbula tensa.
—Tranquilo, hombre. Solo estaba bromeando.
—Vete de mi jodida casa, Evan.
—Está bien. Mis disculpas. Siéntate y hablemos.
—No tengo nada que hablar contigo.
—Pero yo sí. —Exhala con fuerza y me hace un gesto con la cabeza en dirección al sofá—. Por favor. Si he venido aquí es porque necesito hablar con un amigo.
—¿Ahora resulta que somos amigos?
—Eso espero.
Bufo con fuerza y vuelvo a sentarme.
—¿Qué te ocurre?
—Esos hijos de puta tienen a mi hija.
—¡¿Cómo?!
Evan me relata todo lo que ha pasado estos últimos días.
Que Walsh ha encontrado a las chicas y se han llevado a la niña.
Empiezo a entrar en pánico por la posibilidad de que Row vuelva a estar en manos de esa demente, pero no tarda en tranquilizarme.
Todas están bien. A salvo, en un piso franco.
También me dice que ha visto a su hija en GenoLabs y que ahora se está encargando de vigilarla.
Que le ha enseñado un vídeo a Neva de las cámaras de seguridad del laboratorio y su reacción, como era de esperar, no fue la mejor.
—Pensé que, si venía aquí, al menos conseguiría contener el impulso de entrar en ese maldito lugar, llevarme a la niña y quemarlo hasta los cimientos.
Me pongo en pie, voy hacia el mueble bar y regreso con lo que queda de la botella.
—Termínala, tú la necesitas más que yo —digo, tendiéndosela.
Evan esboza una sonrisa triste, y tras dejar el vaso vacío sobre la mesa, empieza a beber directamente de la botella.
Hago una mueca al verlo. Debería ser un crimen hacer eso.
Sin embargo, no digo ni una sola palabra.
Ni siquiera puedo imaginar el infierno por el que debe de estar pasando.
Tienen a su hija. Yo no sé si sería capaz de mantener mi tapadera y actuar como si de verdad no me importara lo que le pueda pasar a esa criatura si algo así me sucediera.
—Gracias por escucharme —susurra tras unos segundos en silencio—. Necesitaba salir de mi apartamento y no sabía a dónde ir.
—¿No tienes amigos que te aprecien más que yo?
—No quiero meterlos en esto. No a menos que sea indispensable.
Lo entiendo. Si aprecias a alguien no lo mandas directo al peligro. Estamos jugando con fuego. Cualquiera de nosotros podría aparecer muerto en cualquier momento.
Tras un buen rato de charla intrascendente, me pongo en pie.
—No quiero echarte, pero debo darle la medicación a Melissa. Por tu culpa ya no tiene enfermera.
—Te recomiendo que contrates a una que sepa cómo usar un arma.
—Lo tendré en cuenta.
Me tiende la mano y yo se la estrecho. No sé si alguna vez volverá a ponerse en mi contra, pero al menos hoy me alegra haber podido conversar con alguien que algún día consideré un buen amigo.
Evan se marcha con lo que queda de la botella y promete restablecer el sistema de seguridad en cuanto esté fuera del edificio. Yo me muevo hasta la cocina y preparo un sándwich para Melissa. No le sientan bien los medicamentos con el estómago vacío.
Lo preparo todo en una bandeja y subo las escaleras hasta la planta superior.
Cuando entro en su dormitorio, estoy medio sonriendo al recordar lo surrealista que ha sido la visita de Evan.
—No tienes ni idea de quién acaba de estar aquí —digo, y miro en su dirección.
Frunzo el ceño al verla sentada en la cama, con la espalda apoyada en los almohadones. Tiene los ojos cerrados y un pequeño rastro de baba en la barbilla. Me acerco cabeceando.
A veces la medicación la hace vomitar y está siempre tan agotada que se queda dormida en cualquier posición.
—Vamos, Mel. Tienes que comer algo y tomar las pastillas. —Me acerco más a ella, dejo la bandeja sobre la mesita de noche y me fijo en que hay un bote de comprimidos abierto y vacío—. ¿Y esto?
Vuelvo a mirarla. No reacciona.
—Mel, despierta. —Acerco mi mano a su brazo y la noto fría.
Un escalofrío me sube por la espalda. Mi corazón se salta un latido y contengo el aliento.
—¡Melissa! ¡Mel! —grito, zarandeándola.
Su cabeza cae hacia delante, sus brazos están lánguidos y su piel helada.
«¡No! No, por favor».