Nunca (Arpías 4) Capítulo 35
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Capítulo 35

Neva

Y a es de madrugada y ninguna ha conseguido dormir. Bueno, puede que Row sí. Ella dormiría como un oso en plena hibernación, aunque el edificio se estuviese derrumbando.

Preston está sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y la mirada perdida en algún punto que no existe, todavía demasiado hundido por haber comprobado que la policía no solo no va a ayudarnos, sino que probablemente ni siquiera nos vería como víctimas si entráramos en comisaría cubiertas de sangre y arrastrando cadenas.

Day está frente al portátil junto a Jesse, con el pelo recogido de cualquier manera y los ojos enrojecidos de mirar mapas, planos y accesos imposibles mientras él la abraza por detrás cada pocos minutos, como si necesitara recordarle que sigue ahí, que no se ha ido, que no piensa hacerlo, aunque sus brazos alrededor de ella parezcan más una forma de mantenerse entero que de consolarla.

Nao, en cambio, lleva más de una hora caminando de un lado a otro, soltando maldiciones contra la policía, contra los políticos, contra GenoLabs y contra cualquier dios con sentido del humor suficiente como para permitir que alguien le haya hecho daño a Preston, porque ese hombre es el amor de su vida.

Y cuando a Nao le tocan lo que ama, no se enfada, se convierte en una tormenta con uñas pintadas y ganas de arrancar gargantas.

Y yo… yo estoy sentada en el sofá, abrazada al peluche de unicornio de Everly, ese que tiene su nombre bordado con hilo lila en una de las patas y que todavía conserva el olor suave de su champú mezclado con algo dulce que solo puede pertenecerle a ella mientras miro una fotografía en mi móvil hasta que la imagen empieza a deformarse por las lágrimas que no quiero dejar caer.

En la foto está sonriendo con la boca abierta, enseñando los pocos dientes que tiene, con las mejillas redondas, el pelo revuelto y esa pulsera de unicornios en la muñeca que le compré porque la señaló en una tienda con tanta decisión que parecía que el universo entero dependía de que se la pusiera.

Me obligo a respirar despacio, aunque cada bocanada me abrasa por dentro, porque si pienso en dónde está ahora, si imagino sus manos pequeñas buscando las mías y encontrando solo desconocidos, paredes blancas y voces frías, me voy a levantar de este sofá, voy a cruzar la ciudad y voy a entrar en GenoLabs, aunque tenga que hacerlo con los dientes.

Entonces, mi teléfono suena.

Todas se giran hacia mí al mismo tiempo, solo nosotras tenemos nuestros teléfonos nuevos, yo miro la pantalla sin necesitar ver el número para saber quién es, porque solo hay una persona que podría haber encontrado este lugar sin que nosotras quisiéramos ser encontradas y porque, por mucho que mi cerebro intente odiarlo con toda la disciplina que le queda, una parte de mí sabía que iba a llamar desde el mismo instante en que robé su patinete y lo dejé lo bastante cerca como para que el localizador hiciera su trabajo.

Ha sido mi forma cobarde, desesperada y absurda de dejarle una puerta entreabierta sin admitir que la estaba dejando, de decirle «encuéntrame» sin tener que pronunciar su nombre, de permitir que llegara hasta mí mientras fingía que no lo estaba esperando.

Descuelgo y me llevo el teléfono al oído.

—Baja un momento —dice Evan al otro lado, sin saludo, con la voz baja y áspera—. Necesitamos hablar.

Durante un segundo cierro los ojos y noto cómo el corazón se me revuelve de una manera estúpida, traicionera, porque esa voz sigue siendo capaz de hacerme daño en lugares donde ya no debería tener acceso.

—No —contesto, mirando a mis hermanas, a Preston, a Jesse, a toda esta familia rota que está intentando sostenerme, aunque ninguna se sostenga demasiado bien—. Sube tú.

Hay una pausa al otro lado.

—Neva…

—No voy a ocultarle nada a mi familia.

No espero más y cuelgo.

Nao se detiene en mitad del salón con los ojos clavados en mí, como si acabara de confirmar que algo que llevaba horas deseando que no fuera cierto sí lo es.

Day aparta las manos del teclado. Jesse deja de abrazarla solo para ponerse un poco más recto; parece que estuviera calculando de cuántas formas distintas podría romperle los huesos a Evan sin manchar demasiado el sofá.

Preston levanta la vista desde el suelo, agotado, pálido, con una tristeza que me atraviesa porque no debería estar cargando con todo esto y, aun así, está aquí.

Yo sigo abrazando el unicornio de Everly contra mi pecho cuando escucho pasos al otro lado de la puerta.

Nadie se mueve para abrir. Lo hago yo.

Evan está al otro lado con el mismo aspecto de siempre y, al mismo tiempo, con uno completamente distinto.

Entra despacio, sin fingir que no sabe lo que le espera, y apenas cierro la puerta, Nao cruza el salón como un disparo y le estampa un puñetazo en la boca que hace que la cabeza de Evan se ladee hacia la derecha.

No se defiende. Ni siquiera retrocede demasiado. Solo se queda quieto, se pasa el pulgar por el labio partido y mira la gota de sangre que le mancha la piel como si fuese el precio más pequeño que puede pagar por haber entrado aquí.

Day se levanta entonces, se acerca con una calma que no engaña a nadie y le pega una patada en la espinilla con tanta rabia comprimida que Jesse suelta un sonido bajo, casi orgulloso, antes de volver a rodearla por la cintura.

Evan aprieta los dientes, pero tampoco dice nada, y eso me destroza más de lo que debería porque una parte de mí quiere verlo sufrir, quiere que le duela, quiere que entienda cada minuto de agonía que me ha regalado desde que descubrí que el hombre al que amé había entrado en mi vida por orden de quienes nos cazaban, pero otra parte, esa imbécil que todavía reconoce la forma exacta en la que sus ojos buscan los míos, quiere acercarse y comprobar si está bien.

Evan mira después a Jesse y a Preston.

—¿Vosotros no queréis también hacerme pagar por lo que hice?

Preston niega en silencio, con los labios apretados y la mirada demasiado cansada para la violencia, pero Jesse sonríe de una manera que no tiene nada en absoluto de amable.

—Yo me lo guardo —dice, acariciando distraídamente el brazo de Day sin apartar los ojos de Evan—. Lo que pienso hacerte no va a ser rápido, ni tan poco doloroso.

Evan asiente como si lo entendiera y aceptara.

Y yo lo odio por eso también, porque si se defendiera sería más fácil; si se justificara o intentara convencernos de que todo fue distinto, podría agarrarme a la rabia con las dos manos, pero se queda ahí, sangrando y aceptando.

Y me obliga a ver al hombre que me mintió mezclado con el hombre que dice que se enamoró de mí, al traidor que me utilizó mezclado con el padre de mi hija, al monstruo que obedecía órdenes mezclado con el único que ahora puede ayudarnos a sacarla de allí.

—La he visto —dice al fin.

El mundo se me estrecha hasta reducirse a esas tres palabras.

—Ya me lo dijiste —consigo responder, aunque la voz no me suena mía—. Cuando llegaste a GenoLabs. Ya lo saben —le explico, mirando a todos.

Evan niega despacio.

—No. No hablo de eso.

Day se acerca a mí y pone una mano sobre mi brazo, como si supiera que estoy a punto de romperme antes incluso de que yo lo sepa.

—Walsh la tiene en una sala vigilada por cámaras —continúa Evan, sacando el portátil de la mochila que lleva colgada al hombro—. He conseguido acceso durante unos minutos, no mucho, y antes de que lo veáis necesito que sepáis que lo que os voy a enseñar es duro de ver.

Nao suelta una maldición tan baja que casi parece un gruñido. Jesse empieza a refunfuñar «que habría sido todo más sencillo si lo hubiéramos matado ya» y Day le clava un codo en el estómago sin quitarme la mano del brazo.

Preston intenta levantarse, pero Nao se agacha a su lado antes de que lo haga, le coge la cara entre las manos y le murmura que, si la policía no está con nosotros, no pasa nada, que nunca los hemos necesitado, que hemos sobrevivido sin ellos antes y que vamos a hacerlo otra vez.

Preston ahora es parte de nuestra familia, aunque entiendo que le duela que todo por lo que ha luchado y creído en su vida sea una farsa y una mentira.

Evan coloca el portátil sobre la mesa y empieza a teclear con una rapidez que me resulta dolorosamente familiar.

Sus dedos se mueven sobre las teclas como si conocieran un idioma que el resto del mundo no habla, y yo lo miro sabiendo que esas mismas manos me han tocado, me han sostenido y ahora están buscando a nuestra hija en las entrañas digitales de un laboratorio que jamás debería haber existido.

Todas nos acercamos a su alrededor sin necesidad de organizarnos. Day sigue pegada a mí. Jesse se queda detrás de ella. Nao vuelve junto a Preston, pero no deja de mirar a Evan como si estuviera esperando una excusa para terminar lo que ha empezado con el puñetazo.

La puerta de una de las habitaciones se abre antes de que Evan pulse la última tecla.

Row entra con el pelo revuelto y los ojos entrecerrados y, en cuanto ve a Evan, se queda paralizada. Su mano va a la pistola antes de que nadie pueda decir nada y el movimiento es tan rápido que apenas tengo tiempo de levantarme y ponerme en medio.

—No lo hagas —le digo.

Row me mira como si acabara de traicionarla.

—Apártate.

—Está de nuestro lado.

Su risa sale sin humor.

—Me da igual el bando en el que esté. Puedo hacer los cachitos suficientes como para que esté en todos a la vez.

Evan no se mueve detrás de mí. Ni siquiera intenta protegerse, y eso parece enfurecerla más.

—Row, por favor —susurro, y odio cómo me tiembla la voz porque no quiero suplicar por él, no quiero ponerme delante de quien nos hizo tanto daño, pero necesito a mi hija, y ahora mismo Evan es el hilo que nos une a ella—.

Contente hasta que Everly vuelva con nosotras. Después… después haz lo que necesites.

Row aprieta la pistola con tanta fuerza que los nudillos se le quedan blancos. Durante unos segundos creo que va a apartarme de un empujón y disparar de igual manera, pero finalmente baja la mano apenas unos centímetros.

—Esto no es un parón —le dice a Evan con los ojos llenos de una promesa horrible—. Es un aplazamiento.

—Lo sé —responde él.

Y lo sabe. Se le nota en la forma en que baja la mirada un instante y después se acerca a mí, no para tocarme, no al principio, sino para colocarse a mi lado como si entendiera que, en cuanto aparezca la imagen, el suelo va a desaparecer bajo mis pies. Antes de hacerlo, pulsa una tecla.

La pantalla cambia.

Durante un segundo no entiendo lo que estoy viendo porque mi cabeza se niega a aceptarlo.

Es una imagen en blanco y negro, granulada, tomada desde una esquina alta de una habitación demasiado limpia, demasiado fría, demasiado parecida a una pesadilla con paredes estériles que me invade desde pequeña.

Luego distingo la cama, los tubos y… las correas.

Y, después, la veo a ella.

Everly.

Mi hija está atada a una cama, conectada a máquinas que no sé nombrar, con cables pegados a su pecho y una vía en el brazo. Tan pequeña bajo aquella luz cruel que algo dentro de mí se desgarra.

El unicornio se me cae de las manos. Day dice mi nombre.

Nao maldice. Alguien solloza, puede que sea yo, puede que seamos todas, pero no consigo apartar la mirada de mi niña, de sus pestañas quietas, de sus manos inmóviles, de esa habitación donde la han convertido en una muestra, en un dato, en un fenómeno de laboratorio, como si no fuera el centro exacto de mi mundo.

Las piernas dejan de sostenerme y Evan me rodea antes de que caiga del todo.

Sus brazos me envuelven con una desesperación que reconozco, aunque no quiera reconocer nada suyo, y yo debería apartarlo, debería odiarlo lo suficiente como para no permitir que me toque, pero me rompo contra su pecho porque ahora mismo no soy una asesina, ni una hermana ni una mujer traicionada; soy una madre viendo a su hija atada a una cama y todo lo demás se vuelve ruido.

Evan inclina la cabeza hasta mi oído y su voz me llega baja, rota, llena de algo que no se parece a nada que haya escuchado y en un tono que podría asustar al más valiente.

—Te juro que la voy a traer a casa.