Nunca (Arpías 4) Capítulo 34
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Capítulo 34

Evan

D espués de pasar varias horas en el ordenador plantando una serie de pruebas que necesito que se descubran, llamo al presidente. Por supuesto, no contesta en los cinco primeros tonos, es un puto narcisista que se cree que hasta su mierda huele bien.

—Qué quieres —responde tras el tercer intento de llamarlo.

—Tengo la ubicación de las chicas.

La línea se queda en silencio.

—Demasiado tarde, ya las hemos localizado —gruñe enfadado; menudo gilipollas.

—Seguro que Donalson os lo ha dicho, ¿verdad? —lanzo, esperando que pique.

La línea se queda en silencio de nuevo, pero esta vez es diferente.

—Nos vemos en mi despacho esta noche, ya sabes cómo entrar.

Me cuelga y tengo ganas de pegarle un tiro, solo que no es el momento, aún tengo mucho que hacer con este imbécil.

Reviso todo lo que he hecho antes de salir, y cuando cojo el casco del patinete, recuerdo que Neva me lo ha robado y vienen dos pensamientos a mi mente: amo cuando hace estas cosas y voy a tener una charla muy seria sobre su seguridad.

Decido coger el transporte público. No me gusta nada, lo odio, la verdad, pero prefiero esto a dejar huellas digitales de dónde he estado o me he bajado, como pasaría en el caso de un Uber.

Vuelvo andando las tres paradas que he dejado de margen y me meto por el callejón para acceder por donde lo hacen los de la limpieza; allí me espera mi contacto con la tarjeta que necesito para pasar.

Me calo la gorra, empujo la puerta de servicio y entro en el edificio sin que nadie me dedique más atención de la necesaria.

A estas horas de la noche apenas quedan trabajadores en las oficinas, pero precisamente por eso quienes siguen ahí suelen conocer todos los rostros que deberían encontrarse en los pasillos, así que mantengo la cabeza agachada mientras arrastro el carrito de limpieza y avanzo por el corredor de acceso al personal.

Mi contacto y yo somos de una complexión similar, por lo que pueden confundirme con él; voy a los vestuarios y me cambio.

El uniforme me queda ligeramente grande y la acreditación falsa golpea mi pecho a cada paso, no obstante, nadie parece interesado en comprobar si de verdad pertenezco a la empresa de mantenimiento porque la mayoría de las personas dejan de ver a alguien en el mismo instante en que le ponen un uniforme corriente y un trabajo aburrido.

Es curioso cómo funciona el cerebro humano; basta con darle una explicación sencilla para que ignore todo lo demás.

Cruzo el primer control de acceso. El lector emite un pitido, la luz cambia de rojo a verde y continúo caminando sin modificar el ritmo ni un segundo, como si llevara toda la vida limpiando despachos ajenos.

Dos vigilantes conversan cerca de los ascensores principales y ni siquiera se molestan en levantar la vista cuando paso frente a ellos.

Uno está ocupado mirando algo en el teléfono móvil mientras el otro parece mucho más interesado en terminar su turno que en vigilar realmente el edificio, lo cual me viene genial porque lo último que necesito esta noche es tener que improvisar una explicación absurda sobre por qué un empleado de limpieza está subiendo a las plantas reservadas para altos cargos políticos.

McCain pasa la mayor parte del tiempo en la Casa Blanca, pero cada vez que viene a Chicago, este es el lugar donde puedes encontrarlo.

No necesita demasiada seguridad, ya que casi nadie sabe sobre este lugar y tiene su propio acceso privado por el helipuerto. A veces, mantener un perfil bajo es el mejor plan de seguridad de todos los posibles.

Cuando las puertas del ascensor de servicio se abren, entro con el carrito y pulso el botón correspondiente a la planta treinta y dos.

Cuando me bajo empujo el carrito hasta el final del corredor y me detengo frente a una puerta de madera oscura cuya placa dorada reluce bajo la iluminación tenue de emergencia. No es el nombre de McCain el que aparece en ella. Eso llamaría demasiado la atención.

Dejo el carrito junto a la pared, apoyo mi mano enguantada en la maneta y abro despacio. Entro y cierro tras de mí.

—Llegas tarde —gruñe como si tuviera que tirarme a sus pies y chuparle los zapatos.

No lo corrijo y le digo que no habíamos quedado a una hora; eso a él le da igual, solo trata de poner la polla sobre la mesa para que todos los ahí presentes sepan que la tiene más grande.

Veo a Donalson en un lado del despacho de pie, mirándome como si supiera algo que yo no, y lo que más me sorprende es ver a la doctora Walsh sentada en el pequeño sillón al otro lado.

—Vaya, parece que hay una fiesta de la que no he sido informado —suelto con tranquilidad, para que vean que no estoy nervioso a pesar de que voy a marcarme un farol en esta partida de póker.

—Tengo algunas preguntas que quiero que contestes —dice el presidente, recostándose en su silla de ejecutivo—, y, dependiendo de tus respuestas, saldrás de aquí vivo o muerto.

Esto último va acompañado del sonido del arma cargándose en las manos de Donalson.

—Fuiste a ver a los Hutcher —dice mi amigo armado, y se queda en silencio durante un segundo—. Contesta.

—Eso que has dicho no es una pregunta, es una afirmación —le aclaro como si fuera un niño de cinco años, y veo cómo aprieta la mandíbula—. Pero lo tomaré como una, si es que no te da para usar la entonación adecuada.

—Contesta —insiste Donalson.

—Sí, fui a su casa.

—¿Y por qué no dijiste nada?

—En realidad lo hice —me giro para mirar al presidente—, te llamé en cuanto salí y te dije que tenía una forma de encontrarlas.

—Y después dijiste que no habías podido hacerlo —me recuerda el presidente, y asiento.

—Sí, porque no lograba dar con ellas hasta que tiré de un hilo. Thomas hizo algunos viajes exprés raros que me llamaron la atención y descubrí que había visto a Row en alguna ocasión.

—¿Y por qué no dijiste nada? —insiste Donalson.

—Porque no solo descubrí eso —suelto, y me gano la atención de todos, incluida la de la doctora Walsh, que estaba mirando su móvil como si yo no estuviera aquí con una amenaza de muerte colgando de mi cabeza—.

También descubrí que las chicas trabajaban con alguien de dentro y quería primero saber quién era antes de hablar.

—¿Con quién? —se interesa el presidente.

—Con este —contesto, haciendo un gesto con la cabeza.

—¿Tú eres gilipollas? ¡Yo, qué voy a trabajar con esas mujeres! —trata de defenderse.

El presidente saca un arma con silenciador del primer cajón y la deja sobre la mesa. Bueno, primera parte del plan cumplida: hacer que desconfíen.

—Explícate —me ordena el presidente, y asiento.

—Fue por pura casualidad, volví al edificio de Hutcher para tratar de sacarle algo de información a base de amor —comienzo, levantando el puño— y vi salir a la enfermera del lugar.

Actuaba extraño, como si no quisiera ser vista, ¿sabes a lo que me refiero?

—Asiente—. La seguí y mi sorpresa fue que se encontraba con Donalson en un callejón y se besaban.

—¡Eso es mentira! —exclama el aludido.

—¿Qué día fue eso? —interviene la doctora Walsh, y yo saco el móvil para confirmarlo.

Hay algo que esta gente no sabe, y es que no solo soy hacker a niveles que ni ellos podrían imaginar, también tengo una gran experiencia en la IA generativa y por eso puedo hacer un vídeo en el que aparezcan Donalson y la enfermera, besándose, en un callejón cerca de la casa de Hutcher.

Le tiendo mi teléfono al presidente y Donalson quiere acercarse, pero su jefe lo detiene levantando el arma.

Ve el vídeo y la fecha, que es posterior a cuando la chica fue interrogada y asesinada.

—Si pasa para arriba, he tenido el detalle de sacar los extractos bancarios de Donalson y también verá un par de billetes a Malasia para dentro de unos días. —Me giro hacia Donalson—. Yo hubiera elegido otro lugar, allí ahora es época de inundaciones monzónicas.

—Jefe, no sé qué le está enseñando, pero es falso. La chica está muerta, yo mismo le pegué un tiro en la cabeza —asegura Donalson nervioso mientras McCain ojea todo lo que le he pasado.

Cuando acaba, mira a la doctora Walsh, que hace un leve gesto casi imperceptible con la cabeza. Y, acto seguido, el presidente le pega un tiro en el ojo derecho a Donalson, que cae muerto al instante.

Segunda parte del plan ejecutada: librarme de quien me puede joder.

El presidente me apunta ahora a mí y yo me quedo tranquilamente donde estoy, a unos pasos del cuerpo de Donalson.

—¿Hay alguien más implicado? —pregunta. Baja el arma y hace que me cueste no dar un salto de alegría al ver que ha picado.

—Sí, pero, si me lo permites, esta noche serán silenciados.

—Claro, siempre haces un buen trabajo. Encárgate.

—Bien, si no hay nada más que necesites…

Me giro con intención de irme, quiero quedarme y preguntar por Everly, pero en ningún momento se me ha ocurrido una buena excusa que no me delatara.

—La niña está en mi poder —suelta la doctora Walsh, y la miro.

—Espero que le sea de utilidad.

—¿No quieres verla? —pregunta, levantando su móvil hacia mí.

Lo miro un segundo y veo una imagen en blanco y negro de cámara de seguridad, pero aparto la vista antes de que puedan darse cuenta y niego con la cabeza.

—No veo para qué querría saber cómo es ese engendro —le contesto.

—Es tu hija y se llama… —insiste.

—No —la corto—, es un experimento del cual he sido parte sin que se me pidiera permiso, pero eso no me convierte en su padre, y desde luego que no la convierte en mi hija.

La doctora Walsh me evalúa con la mirada, sabe que soy frío con las niñas. Me ha visto castigarlas físicamente sin pestañear. No tiene por qué desconfiar de mí; si consigo que me crea, puedo lograr que, en algún momento, me deje ver a Everly.

—Bien, entonces, creo que serás el indicado —dice, levantándose y poniéndose frente a mí.

—¿El indicado para qué?

—Para ocuparte de que nadie interfiera en el estudio de la niña.

La observo sin cambiar la expresión mientras ella me sostiene la mirada.

—¿Y qué implica eso exactamente?

—Implica que vas a estar presente en todas las pruebas, que supervisarás su seguridad y que, si su madre intenta acercarse a ella, serás tú quien la detenga.

Asiento una sola vez.

—Entendido.

La doctora Walsh sonríe, satisfecha consigo misma, convencida sin saber que acaba de poner al zorro a vigilar el gallinero.

—Perfecto. Entonces, a partir de ahora, la vida de Everly está en tus manos.

Tercera parte del plan conseguida: tengo acceso a mi hija y por fin voy a conocerla