Nunca (Arpías 4) Capítulo 32
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Capítulo 32

Preston

L levo tres minutos con el teléfono en la mano y aún no he marcado.

Porque ya sé cómo va a ir la llamada. Voy a marcar.

Sullivan va a tardar en descolgar lo justo para que parezca que estaba ocupado.

Me va a llamar «chico» con esa voz de mentor cansado.

Le voy a contar lo sucedido y contestará que estas cosas llevan su tiempo, que no es el momento, que espere.

Y yo voy a colgar dándole las gracias, como llevo haciendo todos estos meses.

Lo único que quiero es lanzar el teléfono contra la pared.

En este instante, la puerta se abre y entra Nao. Cierra tras de sí y se apoya en ella con los brazos cruzados.

—¿No ibas a llamar? —Señala el móvil con la barbilla.

—Estoy en ello.

—Estás mirando la pantalla.

—Estoy pensando.

—Pensando —repite, y arquea una ceja—. Cuando tú piensas mucho antes de una llamada, es que la llamada ya la das por perdida.

—¿Tan transparente soy? —Dejo el teléfono sobre la manta, bocabajo.

—Sí. Y me encanta eso de ti.

—Estaba pensando que no voy a llamar —le digo—. Voy a ir a verlo. En persona.

Nao se separa de la pared y me mira con atención.

—¿Qué has dicho?

—Esto es importante. —Me paso la mano por el pelo—. Por teléfono es fácil darme largas. A la cara no tanto. A la cara tiene que mirarme mientras me dice que no.

Ella se queda callada un momento, estudiándome. Y hay algo nuevo en cómo lo hace, algo que no le había visto en dos años de reñirme por creer todavía en el sistema: aprobación.

—Vaya… —murmura—. ¿El niño bueno va a presentarse sin avisar?

—El niño bueno está muy cansado de no avanzar.

—¿Y si te siguen?

—Sé desaparecer si es necesario, no podrán seguirme.

Nao se acerca, trepa por mi camiseta y me da un beso corto, seco, de los que ella no considera cariñoso.

—Si ese hombre te falla —dice contra mi boca—, me lo dices. Y me dejas convencerlo a mi manera.

—Nao…

—Era una oferta.

—Y te lo agradezco —Le aparto un mechón de la cara—. Pero voy a intentarlo a mi manera por última vez. Volveré pronto.

∞∞∞

Me cuesta lo mío enterarme de que Sullivan come todos los martes en el mismo sitio.

No ha sido fácil que me lo chiven; apenas lo conocía. Para mí, Sullivan ha sido siempre una voz al teléfono, un enlace, un número al que rendir cuentas cada quince días.

Pero llevo semanas investigándolo porque hace mucho que dejé de fiarme del todo de él. Sus jefes son los de arriba. Y arriba del todo ya sé quién está.

El restaurante que tengo fichado es un italiano pequeño y feo en un semisótano, cerca de jefatura, con manteles de cuadros y una carta que no cambia desde hace décadas.

Entro a la una y cuarto y me siento en su mesa habitual. La del fondo, de espaldas a la pared, la que elegiría cualquiera de la profesión. Cuando aparece y me ve ahí sentado, con la servilleta ya puesta y un vaso de agua, se queda parado un segundo de más.

Ese medio segundo me dice casi todo lo que necesitaba saber.

Lo primero, que él sabe muy bien quién soy a pesar de que nunca nos hemos visto en persona. Lo segundo, que no me esperaba y a los hombres como él no les gustan las sorpresas.

—Reed…

—Siéntese. Le he pedido un agua sin gas.

Se sienta despacio, como si pensara que la silla va a explotar. Deja su maletín en el suelo y mira una vez hacia la puerta por la que tendría que escapar si la cosa se pone fea.

—¿Cómo sabías que…?

—Da igual cómo lo sabía.

—Se supone que estás de excedencia.

—Lo estoy porque tú me lo pediste, para que pudiera seguir trabajando sin que constara en ningún sitio. Que es otra forma de decir que trabajo para ti sin que nadie tenga que reconocerlo si la cosa sale mal.

—Es mejor que no hablemos aquí de eso.

—Yo creo que aquí es perfecto. —Le hago un gesto al camarero para que no se acerque todavía y bajo la voz. Lo veo tragar saliva incómodo.

—¿Qué quieres, Reed?

—Se me acaba el tiempo, Sullivan. Han secuestrado a una menor de poco más de un año.

La tienen en una instalación privada con seguridad militar.

La instalación está identificada. Y como no me gusta cómo han ido nuestras últimas conversaciones telefónicas, aquí estoy, preguntándoselo a la cara. ¿Va a ayudarme o no?

Sullivan coge el vaso, bebe y lo vuelve a dejar. Noto que le tiembla un poco la mano.

—He visto el parte.

Uno que tuve la deferencia de hacerle llegar por los cauces habituales entre nosotros.

—«Lo ha visto» —repito impertinente—. ¿Y?

—Preston, escúchame…

—¿Va a ayudarme o no?

Y entonces hace lo que la gente hace cuando la respuesta es no pero les incomoda decirlo: mira alrededor, comprueba las mesas de al lado y se asegura de que el camarero está lejos. Un hombre que no tiene miedo no hace eso.

—Envié ese parte a los de arriba —dice al fin muy bajo—. Y volvió con una nota.

—¿Qué nota?

—Que no procede intervenir en este momento.

—Es una niña, joder. Podemos pillarles de lleno. La tienen allí retenida para experimentar con ella —mascullo, apretando los dientes.

—Lo entiendo. —Se pasa la servilleta por la boca, aunque no ha comido nada—. Pero… ¿sabes de quién es esa instalación? ¿Sabes de verdad quién hay detrás de ese sitio?

—Dímelo tú.

—El superintendente McCain era un corderito, Reed. —Suelta una risa que no tiene ninguna gracia—. Él solo es un poli corrupto que amañó pruebas y compró silencios durante veinte años. ¿Y sabes por qué lo hizo? Para empujar a su hermano hasta la Casa Blanca…

Se calla. Y en ese silencio cabe todo lo que no quiere decir en voz alta. Que es un cobarde y que nos han vencido.

—¿Me está diciendo que no vamos a detenerlos?

—El hombre al que tú quieres tocar juró el cargo con una mano en una Biblia delante de toda la nación. La instalación que quieres demandar es suya. Lo que sea que haya dentro es suyo. Y tú me traes un parte con un número de registro pidiéndome que mande una unidad a llamar a su puerta.

—¿Por qué no?

—¡No tienes ni idea de lo que estás pidiendo!

—Sé exactamente lo que estoy pidiendo. Que hagamos nuestro trabajo.

—Nuestro trabajo. —Me mira y me da la sensación de que le doy pena—.

Nuestro trabajo, en este país, ahora mismo no incluye abrirle un expediente al presidente de la nación.

Eso no es un caso, Preston, eso es una crisis institucional.

Se caerían nombres. Se abrirían comisiones.

El país está en un equilibrio muy frágil ahora mismo, y meter la mano ahí…

tendría un coste muy alto. Por eso hay que asumir ciertos daños colaterales.

Cuando oigo esa frase, algo dentro de mi pecho se sacude con un espasmo, como cuando te dan con la palma abierta en el esternón y te quedas medio segundo sin respiración.

¿Ha llamado «daño colateral» a mi querida Everly?

Miro a Sullivan al otro lado del mantel de cuadros y por primera vez lo veo claro.

Durante dos años, esta voz al teléfono ha sido lo único a lo que me agarraba, la prueba de que dentro de toda la mierda quedaba una parte limpia, un sitio donde las cosas todavía se hacían bien.

Y resulta que la parte limpia es esto: un viejo asustado, con todos sus secretos en un maletín en el suelo, que acaba de llamar «daño colateral» a una cría que me llama «Pes» porque no le sale la erre, y que cuando la coges se te agarra al cuello con las dos manos como si tuviera miedo de que la sueltes alguna vez en la vida.

—¿Has dicho «daño colateral»? —repito muy despacio.

—No lo digo yo. Yo solo traigo el mensaje de los de arriba…

Resoplo y me crujo el cuello.

—Dime una cosa, ¿qué crees que pensaría Danny de todo esto?

Le cambia un músculo de la cara que demuestra que lo de Danny le dolió.

—Danny Whitaker fue una gran pérdida —dice, bajando la vista—. Pero la gente muere.

—La gente a la que le conviene a los de arriba, sí. Esa se muere con una puntualidad admirable.

Nos sostenemos la mirada. Y en el fondo de sus ojos veo que no hay maldad. Ojalá la hubiera; sería más fácil. Solo hay miedo. Un miedo viejo y bien alimentado, de esos que se construyen a lo largo de una carrera entera decidiendo, un día tras otro, no mirar hacia según qué sitios.

—Te voy a hacer una pregunta —le digo—. Y quiero que me mires al contestar. ¿Te han comprado o solo estás cagado de miedo? Necesito saberlo.

Él no contesta. Y eso también es una respuesta.

—Vale —murmuro satisfecho.

Me pongo de pie. Y decido que probablemente sea las dos cosas.

—No hagas ninguna tontería, Preston. —Se agarra al borde del mantel—.

Si intentas seguir por tu cuenta, sin respaldo, sin nadie que te cubra, no van a tener ni que matarte.

Van a hacer que no hayas existido nunca.

Como Danny. Serás una nota a pie de página en un expediente que se corrige tres semanas después.

—Puede.

—Es seguro. No te arriesgues, hijo.

—No me llames «hijo». —Me abrocho la chaqueta—. Lo que es seguro es que yo no voy a aceptar que esa niña sea un daño colateral. Es mi familia.

—No es tu familia.

Me detengo un momento y le suelto la verdad más limpia que he dicho en dos años.

—Es más mía que este trabajo.

Salgo del italiano y no vuelvo hacia el coche.

Camino en dirección contraria, hacia el centro, hacia donde hay gente. Meto las manos en los bolsillos y empiezo a hacer lo que sé hacer, lo que llevo años de servicio practicando y que hoy me toca evitar para que no me lo hagan a mí.

Ando dos manzanas en línea recta. Bajo al metro, me subo y me vuelvo a bajar justo cuando se cierran las puertas.

Me subo en el siguiente y bajo una parada antes de la que necesito.

Subo a la calle por otra boca. Y en algún punto de ese recorrido, junto a una papelera cualquiera, saco el móvil con el que me relacionaba con Sullivan, le quito la tarjeta para partirla en dos y tiro ambas cosas por separado, en dos contenedores distintos, a cuatro manzanas uno de otro.

A partir de ahora estoy solo.

No tengo respaldo. Ni contactos dentro. No tengo un juez decente esperando al otro lado de un informe perfecto, porque ese juez no existe y yo he sido el último idiota de esta ciudad en creer que sí.

Durante dos años, Nao me ha repetido de mil formas que el sistema está podrido hasta la médula. Que no hay una salida limpia y que a la gente como nosotros no la salva un formulario. Y yo he seguido rellenándolos religiosamente y dando las gracias.

Pero ella tenía razón. La tuvo desde el principio.

Vuelvo caminando a mi coche, despacio, como si nadie me persiguiera. Con una sola cosa clara: Voy a rescatar a esa niña. Aunque sea por las malas, saltándome todas y cada una de las reglas que una vez juré cumplir.