Capítulo 31
Neva
S algo del apartamento de Evan con las manos todavía temblando y la rabia tan encendida dentro del pecho que durante unos segundos ni siquiera soy capaz de recordar cómo se respira sin que duela.
No miro atrás, porque sé que, si lo hago, volveré a entrar y romperé mi juramente incluso antes de descubrir que miente.
Por eso avanzo por el pasillo con la mandíbula apretada, cruzo la entrada del edificio y, justo antes de marcharme, veo el maldito patinete de Evan apoyado junto a la puerta; no lo pienso demasiado antes de agarrarlo por el manillar y llevármelo conmigo.
—Por capullo.
Si quiere jugar a ser útil, que empiece perdiendo algo.
Trato de organizar mis pensamientos, de ver si me he equivocado al dejarlo con vida y confiar de nuevo en él, aunque la verdad es que nada consigue apartarme de la cabeza la imagen de Everly dentro de GenoLabs.
Mi niña. Mi bebé. Mi pequeña con sus pulseras de unicornios, con sus preguntas imposibles, con su forma de abrazarme como si yo fuera su lugar seguro.
Me aferro al manillar hasta que los nudillos me duelen y obligo a mi cuerpo a moverse porque si me detengo me rompo, y ahora no puedo romperme. No todavía. No antes de verla. Ni antes de quemar hasta el último ladrillo de ese lugar si hace falta.
Cuando llego al edificio donde nos hemos escondido, Row es la primera en verme entrar y durante un segundo no dice nada, solo me observa desde el otro lado de la habitación con esa expresión suya que lo dice todo sin abrir la boca.
Day está junto a la ventana, con los brazos cruzados y la cara pálida; Nao permanece sentada sobre la mesa con una pierna balanceándose de forma nerviosa; Jesse tiene una pistola desmontada entre las manos y Preston está de pie junto a la cocina, demasiado recto y fuera de lugar para un refugio lleno de mujeres que han aprendido a sobrevivir antes que a pedir ayuda.
Todas levantan la vista cuando cierro la puerta; el silencio que se forma resulta tan denso que casi puedo tocarlo.
—¿Dónde estabas? —pregunta Row, y no necesito que levante la voz para saber que está furiosa, porque Row no necesita gritar para parecer peligrosa.
—Con Evan —respondo, y la habitación entera cambia de temperatura.
Nao se baja de la mesa de un salto, Day se lleva una mano al pecho como si hubiera sentido la respuesta antes de escucharla y Jesse deja las piezas del arma sobre la mesa con una lentitud demasiado calculada.
Preston, en cambio, no habla, aunque sus ojos se clavan en mí como si ya estuviera preparando un informe mental con todos los delitos que estamos a punto de cometer.
—He ido a matarlo —les cuento.
—Entonces, está muerto —dice Row con un claro tono de alivio en su voz.
—No —contesto, y noto cómo la palabra cae entre nosotras como una cerilla dentro de gasolina.
—¿Cómo que no? —pregunta Nao, dando un paso hacia mí—. Neva, saliste de aquí diciendo que ibas a matarlo.
Row mira a Nao y luego a mí. Solo se lo conté a Nao, y porque me pilló saliendo.
—Esa era mi intención —respondo mientras me obligo a no apartar la mirada—. Le disparé. Directo al pecho. Pero llevaba un chaleco.
—Pues le disparas a la cabeza —suelta Row como si fuera lo más obvio del mundo.
—Eso mismo le he dicho.
—Pero no lo has hecho —insiste ella.
—No —admito, sintiendo que cada una de ellas me mira como si acabara de traicionarlas yo también—. Porque ha visto a Everly.
El nombre de mi hija destruye cualquier reproche que estuvieran a punto de hacer.
Day se queda completamente quieta, Nao abre la boca sin llegar a decir nada, Jesse palidece y Row, mi Row, la que siempre tiene una respuesta venenosa preparada, no habla durante varios segundos. Es Preston quien rompe el silencio con la voz más baja de lo normal.
—¿Está viva?
Trago saliva, pero me niego a llorar delante de ellos porque, si empiezo, no sé cuándo voy a poder parar.
—Sí. Evan la ha visto hoy en GenoLabs.
Nao suelta una maldición y se lleva las manos al pelo.
—No. No, no, no. No puede estar allí. ¡No puede estar en ese sitio!
—Pues está allí —digo, y cada segundo me quema por dentro—. Intentó escapar, pero la cogieron. Evan lo vio todo.
—¿Y tú le crees? —pregunta Row, acercándose un poco más, con esa forma de mirarme que siempre ha sido mitad protección y mitad amenaza—. ¿Después de todo? ¿De que apareciera en nuestra vida justo antes de que se llevaran a tu hija? ¿Después de descubrir que trabaja para ellos?
—No he dicho que le crea —respondo con los dientes apretados—. He dicho que lo necesitamos.
—Eso es diferente —interviene Day con cuidado, como si supiera que una palabra mal colocada puede hacer que todas explotemos—. Neva tiene razón en algo. Si Evan sigue dentro, puede darnos acceso.
Day siempre ha sido la que mejor ha sabido controlar sus sentimientos y pensar de forma más fría y calculadora.
—También puede entregarnos envueltas con un lacito —dice Jesse, cruzándose de brazos—. Porque, no sé vosotras, pero confiar en el infiltrado que lleva años mintiendo no me parece el plan más brillante del siglo.
—Gracias por el resumen, Jesse —murmuro, aunque no tengo fuerzas para discutir con él porque una parte de mí piensa exactamente lo mismo.
Preston da un paso hacia el centro de la habitación.
—Esto ya no es solo vuestra guerra. Hay que meter a mi gente en esto.
Row gira la cabeza hacia él con una sonrisa que no tiene nada de amable.
—Qué bonito. El policía ha venido a explicarnos cómo batallar nuestra guerra.
—No —responde Preston sin achantarse, y por eso entiendo que Nao lo quiera, aunque a veces parezca nacido para que alguna de nosotras lo apuñale por accidente por ser demasiado legal—.
El policía os está diciendo que han secuestrado a una niña, que hay una instalación implicada y que, si conseguimos pruebas o una ubicación concreta, puedo llamar a mi departamento y mover esto por una vía oficial.
La carcajada de Row suena seca.
—¿Oficial? ¿De verdad acabas de decir «oficial» en voz alta?
—Sí —dice él—. Porque entrar a ciegas en GenoLabs puede acabar con Everly muerta, con vosotras atrapadas o con medio Chicago convertido en una escena del crimen.
—Medio Chicago ya es una escena del crimen, solo que algunos llevan bata y tarjeta de acceso —responde Nao con tanta furia que le tiembla en la voz.
Day se acerca a mí y me mira como si intentara leerme sin tocarme.
—¿Qué más te ha dicho Evan?
Durante un instante pienso en mentir porque lo siguiente va a doler, pero ya hemos perdido demasiado tiempo escondiendo verdades debajo de la alfombra.
—Que no solo está Everly —digo, y veo cómo Row entrecierra los ojos—. Las niñas del demonio también están allí y Evan quiere sacarlas.
Nao se queda rígida.
—¿Las girls scout que mataron a Terry?
—Sí —confirmo.
—Entonces, no las llames niñas porque no lo son —escupe Row.
—Nosotras también lo éramos —dice Day en voz baja.
Row la mira como si acabara de clavarle algo en mitad del pecho.
—No compares.
—Claro que comparo —responde Day, y, por primera vez en mucho rato, su voz no tiembla—.
Porque si alguien nos hubiera mirado desde fuera cuando teníamos esa edad, habría dicho exactamente lo mismo de nosotras.
Que éramos armas. Que teníamos sangre en las manos.
Que era mejor eliminarnos antes de que hiciéramos más daño.
—Ellas mataron a Terry —interviene Jesse, y esta vez su voz se rompe.
—Lo sé —susurra Day con el dolor pintado en sus ojos.
—¿Lo sabes? —pregunta Jesse, girándose hacia ella con los ojos brillantes—. Porque parece que se nos olvida muy rápido que Terry no va a volver, que lo hicieron ellas, que no fue una idea abstracta, ni un proyecto ni un protocolo. Fueron ellas las que mataron a mi hermano.
—Y ellas no lo pidieron —digo, sorprendiéndome incluso a mí misma al defender una idea que todavía no sé si soporto—.
No estoy diciendo que las perdones ni que no me importe Terry.
Estoy diciendo que Evan tiene razón en algo, y odio muchísimo tener que reconocerlo: si las dejamos allí, GenoLabs seguirá fabricando armas y usándolas a su antojo.
Row me mira con una mezcla de rabia y decepción que me atraviesa más de lo que debería.
—Te ha ablandado.
—No —respondo, dando un paso hacia ella—, me ha dado una entrada.
—Te ha dado esperanza —rebate.
—Me ha dado información.
Row menea la cabeza antes de contestar:
—Te ha dado una excusa para no matarlo.
Esa frase me golpea tan fuerte que, durante un segundo, olvido respirar.
Jesse mira hacia otro lado. Nao aprieta los labios. Day cierra los ojos. Preston decide, con bastante inteligencia, no intervenir. Y yo miro a Row, sabiendo que quizá tiene razón, aunque preferiría arrancarme la lengua antes que admitirlo.
—Lo necesitamos vivo —digo al final, más bajo, pero más firme—.
Necesitamos a alguien dentro para saber dónde tienen a Everly.
Códigos, rutas, cámaras, turnos, nombres y cualquier maldita grieta en esa fortaleza.
Si lo mato ahora, nos quedamos fuera mirando una puerta blindada mientras mi hija sigue dentro.
Row no responde de inmediato, pero veo cómo su rabia cambia de forma y deja de ser una llamarada descontrolada para convertirse en algo más frío. Más útil. Más Row.
—Bien —dice al fin—. Entonces, lo usaremos.
Nao levanta la mirada.
—¿Y si nos está tendiendo una trampa?
—Entonces, caeremos sobre él antes de que pueda cerrarla —responde Jesse.
Preston saca el teléfono del bolsillo.
—Voy a hacer unas llamadas. No voy a dar nombres todavía, ni ubicaciones ni nada que pueda comprometeros, pero si de verdad hay una menor secuestrada en unas instalaciones privadas, necesito saber qué margen tenemos para mover esto sin que alguien lo tape desde arriba.
—¿Y si tu contacto está comprometido? —pregunta Row.
—En ese caso, lo descubriremos rápido —contesta él.
—Maravilloso —murmura Nao—. Me encanta cuando el plan incluye descubrir si la policía también quiere matarnos.
Suspiro.
—Vamos a recuperarla —susurra Day.
Asiento porque no puedo responderle.
Row mira a Preston, después a Jesse, luego a Nao y finalmente a mí.
—De acuerdo. Que el policía llame a quien tenga que llamar. Si consigue ayuda real, la usaremos.
—¿Y si no? —pregunta Jesse.
Row sonríe, pero no hay nada divertido en su cara.
—Si no, entramos solas.
Nao respira hondo.
—¿Y Evan?
Todas me miran otra vez.
Siento el peso de sus ojos sobre mi piel, la pregunta que no quieren formular, la duda que les he metido dentro al no matarlo.
Me odio un poco por eso, por no haber apretado el gatillo una segunda vez. Me odio por recordar su cuerpo contra el mío, su voz diciendo que había visto a Everly, sus ojos bajando a mi boca durante un segundo que no debería haber existido.
—Evan vive esta noche porque nos sirve —digo al fin—. Nada más.
Row inclina la cabeza.
—¿Y cuando deje de servir?
La miro sin pestañear.
—Entonces, lo mataremos.