Nunca (Arpías 4) Capítulo 30
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Capítulo 30

Neva

M e quedo inmóvil mientras Evan cae al suelo.

Durante unos segundos no siento absolutamente nada.

Ni alivio. Ni satisfacción. Ni siquiera la furia que me ha acompañado desde que descubrí que Everly había desaparecido.

Solo existe el eco del disparo retumbando dentro de mi cabeza y la imagen de su cuerpo desplomándose delante de mí, como si una parte de mi cerebro fuera incapaz de comprender que realmente he apretado el gatillo.

Debería sentirme mejor porque se ha hecho justicia: el hombre que me ha destrozado la vida ha recibido exactamente lo que merece.

Pero no ocurre. Porque junto a toda la rabia existe algo más; el recuerdo de la primera vez que me besó, de las noches en las que me hacía creer que podía haber algo parecido a la felicidad y del hombre del que me enamoré antes de descubrir quién era realmente.

Y odio esa parte de mí. La odio con todas mis fuerzas. Odio que siga existiendo y que siga doliendo. Odio que, incluso ahora, cuando mi hija ha desaparecido y mi mundo se está derrumbando, todavía sea capaz de sentir algo por él.

Entonces, veo que se mueve. Frunzo el ceño y doy un paso hacia delante sin bajar el arma.

¿Por qué no hay sangre? Le he apuntado directamente al corazón. Justo al lugar que él me rompió a mí.

Cuando me acerco un poco más, comprendo lo que ha ocurrido y una nueva oleada de rabia me golpea con tanta fuerza que me cuesta respirar.

—Eres un hijo de puta…

Mi voz sale ronca y cargada de odio. Porque debajo de la camiseta distingo claramente el contorno de un chaleco antibalas. ¡Un jodido chaleco antibalas!

Odio que me conozca tan bien que supiera que lo iba a estar esperando para matarlo.

Él levanta ligeramente la cabeza mientras intenta recuperar el aire y yo vuelvo a apuntar. Esta vez entre los ojos. Porque ya no pienso equivocarme.

No permitiré que vuelva a engañarme.

—Neva, espera…

—Cállate —lo corto.

—Escúchame.

—He dicho que te calles —insisto, y me jode no disparar simplemente y ya.

Mi dedo se tensa sobre el gatillo. Y, entonces, él pronuncia las únicas palabras capaces de detenerme:

—He visto a Everly.

El tiempo se congela.

—¿Qué has dicho?

—La he visto.

Durante una fracción de segundo me quedo quieta. Y odio también quedarme quieta. Porque es suficiente para que él haga un movimiento y, un instante después, el arma ya no esté en mis manos.

—¡Suéltame!

Intento apartarme, golpearlo y arrancarle la cara con mis uñas. Pero lo único que consigo es aumentar todavía más mi propia frustración.

Con un giro, él consigue atraparme entre sus brazos, dejando mi espalda contra su pecho y mi respiración agitada.

Deja el arma en un mueble de la entrada y cierra la puerta con el pie.

Me importa una mierda si alguien ha oído algo o si la Policía está de camino, ahora mi objetivo es matar a Evan.

—Neva —susurra en mi oído, tratando de calmarme, y eso aún me enfurece más.

—¡No me toques! —grito.

—Escúchame, por favor —me ruega.

—¡No quiero escucharte!

Mi voz rompe el silencio del apartamento mientras él termina llevándome hasta el salón y me suelta.

En cuanto recupero algo de espacio entre nosotros, empiezo a buscar cualquier cosa que pueda utilizar como arma: un libro, una lámpara, un jarrón… Lo que sea. Porque la rabia me está quemando viva.

—Dame una sola razón para no matarte —siseo.

—Quiero ayudarte.

La carcajada que se me escapa resulta amarga.

—¿Ayudarme? ¿Ahora? ¿Después de todo?

—Sí.

—¿Después de ayudarlos a encontrarnos?

—Yo no los ayudé —me asegura, y le lanzo un vaso vacío que hay en una mesa a mi lado.

Se estrella contra la pared y me doy permiso para mirar a mi alrededor. Cuando lo he hecho antes, buscando un arma, no me he fijado bien, pero ahora puedo observar este lugar y me jode darme cuenta de que es muy… Evan.

—¡¿Por qué sigues mintiendo?!

Él aprieta la mandíbula, contrariado.

Y durante varios segundos nos quedamos observándonos como dos personas que se conocen demasiado bien y que, precisamente por eso, son capaces de hacerse más daño que nadie.

—No fui yo, joder —insiste, como si fuera a creerme su mierda.

—Claro que fuiste tú —contesto con la respiración agitada, igual que la suya.

—No.

—¿Quién entonces? —pregunto, acercándome un paso—. Porque casualmente irrumpes en mi vida después de años desaparecido y trabajas para GenoLabs. Y resulta que quieres convencerme de que no has tenido nada que ver en el secuestro de mi hija.

—Trabajo contra ellos.

—Trabajas para ellos —lo corrijo.

—Trabajo contra ellos desde dentro.

—Eso suena muy bonito, ¿estás tratando de escribir un guion de peli para después de comer?

—Es la verdad.

—La verdad —repito, sintiendo cómo la rabia vuelve a crecer—. ¿Quieres hablarme de verdades? ¿Tú?

Algo cambia en su mirada. Hay dolor y culpa. ¡Que se joda!

—Neva…

—No vuelvas a decir mi nombre como si tuvieras derecho a hacerlo.

El silencio que sigue resulta asfixiante. Porque los dos sabemos que estamos hablando de mucho más que de GenoLabs. Estamos hablando de nosotros. De todo lo que pasó. De lo que se rompió. De todo lo que nunca conseguiremos arreglar.

—He visto a Everly hoy —insiste, y el dato hace que lo olvide todo.

—¿Dónde? —le pregunto centrándome en lo verdaderamente importante.

—En GenoLabs.

Mi corazón se detiene.

—Intentaba escapar.

Siento que el suelo desaparece bajo mis pies. Me cuesta tomar aire.

—No.

—Neva…

—No. —Sollozo.

Porque no quiero imaginarla allí. No quiero imaginarla sola y asustada, preguntándose por qué no he ido a buscarla, o por qué nadie de su familia lo ha hecho.

Y, entonces, me doy cuenta de algo.

—¿La has visto y no la has ayudado? —pregunto, dándole tiempo a mi cerebro a reorganizar mis ideas.

—No era el momento.

La rabia se apodera de mí y me lanzo contra él. Evan me espera, como si supiera que lo haría, y me atrapa entre sus brazos, inmovilizándome con una sujeción firme, pero sin hacerme daño. En una posición que me obliga a estar muy cerca de él y mirarlo a los ojos.

—Quise matarlos a todos —me asegura—, pero, si lo hubiese intentado, habría muerto. Y antes de que me digas que eso no hubiera sido algo malo, te dejaré pensar en que, si yo muero, nuestra hija se queda sola ahí dentro.

—¡No es tu hija! —Forcejeo con él.

—Lo es, y por eso mismo no puedo dejarme llevar por los sentimientos si quiero sacarla de ese sitio.

—¡Suéltame! —le ordeno, y me hace caso, dándome el espacio que necesito para recuperar la compostura y olvidarme del olor de su piel o del color de sus ojos, que se intensifican cuando me mira.

—Voy a sacarla de allí —me promete.

—No me creo ni una palabra.

—Lo haré. Aunque después no volvamos a vernos nunca más.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Cuando ella esté a salvo, me marcharé. Te lo prometo.

—¿Y esperas que eso arregle algo?

—No.

—¿Esperas que te perdone?

—No.

—Entonces, ¿qué demonios esperas?

Su mirada permanece fija en la mía. Conozco esa intensidad.

Y, durante un instante, vuelvo a recordar lo peligroso que siempre ha sido para mí.

—Solo quiero sacarla de allí. Y también sacaré a las otras niñas.

La frase rompe el momento.

—¿Qué otras niñas? ¿Las que mataron a Terry? —le digo, confirmando que él sabe todo lo que pasó.

—No son culpables.

—¿Que no son culpables? —Casi me río.

—No.

—Está muerto, Evan. Y fue porque ellas lo obligaron a tirarse de una puta azotea, ¡nuestra puta azotea!

—Lo sé.

—¿Y sigues diciendo que no son culpables?

—Sí.

—Aunque fueron ellas.

—Las utilizaron.

—Lo mataron.

—Las utilizaron igual que os utilizaron a vosotras.

Quiero discutir, gritarle y decirle que no es lo mismo. Pero una parte de mí sabe exactamente a qué se refiere. Porque durante años también fuimos armas, y aunque nos pese, también tuvimos sangre en las manos. Nadie nos preguntó si queríamos hacerlo, solo obedecimos órdenes.

—No pienso dejarlas allí —me aclara.

—Siempre quieres salvar a todo el mundo —murmuro, recordando cómo éramos.

—No es cierto.

—Claro que sí.

—Solo intento impedir que pase otra vez.

La sinceridad de sus palabras consigue abrir una pequeña grieta en todas las certezas que llevaba horas construyendo contra él.

Es solo una pequeña duda. Ni confianza ni perdón ni esperanza. Solo una mísera posibilidad de que quizá no sea exactamente el monstruo en el que llevo horas intentando convertirlo. Y eso me cabrea todavía más. Porque sería mucho más fácil odiarlo si siguiera siendo un monstruo.

—Lograré sacarla y te la entregaré —sentencia—. Luego me iré con las niñas.

—Ya nos hemos ido del rancho —le aclaro.

—¿Qué?

—La ubicación está comprometida.

Sus ojos me dicen que ha entendido mis palabras.

—¿Dónde estáis ahora?

—No te lo voy a decir.

—Neva…

—Ni lo sueñes.

Doy un paso atrás. Luego otro. Y mantengo la mirada clavada en la suya. Llego hasta la entrada y cojo el arma, me la guardo bajo su atenta mirada y respiro hondo.

—No confundas nuestro pacto con confianza —me aclara.

—Lo sé.

—Ni mucho menos con perdón.

—También lo sé.

Por un instante, ninguno aparta la mirada. Y la tensión que existe entre nosotros resulta tan intensa que me cuesta respirar. Porque sigo odiándolo y queriendo matarlo, pero también quiero besarle. Y no sé cuál de las tres cosas me asusta más.

—Si descubro que me has mentido —susurro lo suficientemente alto como para que me oiga—, te juro que volveré a por ti. Y esa vez no apuntaré al corazón, sino a la cabeza.

Me giro y salgo, pero antes de cerrar escucho sus últimas palabras:

—Y ni de esa forma podré arrancarte de mis pensamientos.