Capítulo 29
Evan
A travesar los controles de seguridad de GenoLabs nunca resulta agradable, pero hoy la sensación es todavía peor porque llevo todo el camino preparándome para encontrar algo que no sé si va a suceder.
Mientras avanzo por los pasillos, no dejo de observar a cada persona que se cruza en mi camino, esperando detectar algún gesto extraño, alguna mirada demasiado larga o cualquier señal que me confirme que mis sospechas eran correctas y que el mensaje urgente que recibí no era más que el primer paso antes de una ejecución cuidadosamente preparada.
Sin embargo, conforme pasan los minutos empiezo a comprender que me he equivocado. Nadie parece interesado en mí.
Los científicos continúan inmersos en sus conversaciones, los técnicos van de un laboratorio a otro cargando documentación y los guardias mantienen exactamente la misma actitud indiferente de siempre.
La reunión confirma lo que ya sospecho cuando me entregan los informes relacionados con una nueva operación y comienzan a explicarme los detalles de un proyecto que requiere atención inmediata.
Escucho cada palabra con atención mientras aparento la profesionalidad que esperan de mí, aunque por dentro estoy tratando de calmar mi mente, que aún no termina de creerse que no se hayan dado cuenta de que estoy tratando de joderles.
—La adaptación está siendo más rápida de lo previsto —explica uno de los tipos mientras señala varios gráficos proyectados sobre una pantalla—. Si mantenemos este ritmo, podremos comenzar la siguiente fase antes de finalizar el trimestre.
—¿Y los problemas de compatibilidad? —pregunta la doctora Walsh mientras hojea uno de los informes.
—Prácticamente resueltos.
—Bien, entonces, el objetivo está claro, prepara a las niñas —me ordena, y, mientras antes esto era algo que no me provocaba ningún sentimiento, ahora recuerdo que lo único en lo que puedo pensar es en atravesar el ojo de esta perra con el boli que tengo en la mano.
La reunión se prolonga durante más tiempo del necesario, y cuando al fin termina, siento un alivio desagradable porque lo que quieren hacer con mis niñas es mandarlas solas, sin apoyo alguno, a cazar objetivos en países extranjeros, sin importar si las hieren o si su mente podrá procesarlo.
Cuando empecé a trabajar con ellas las veía como lo que me dijeron que eran: máquinas preparadas para matar, creadas para ello.
Sin embargo, poco a poco las fui conociendo en cada salida, con cada incursión; nuestros momentos a solas, sin vigilancia, se convirtieron en instantes de relajación donde ellas podían ser eso: solo ellas.
No un número, ni un experimento ni unas asesinas.
Por eso, cuando abandono el edificio principal y me dirijo hacia el aparcamiento, tengo la cabeza ocupada en mil cosas distintas y tardo varios segundos en prestar atención al revuelo que se está produciendo en uno de los pasillos exteriores.
Lo primero que escucho son gritos. Después, pasos. Y, finalmente, la voz de un guardia.
—¡Cogedla!
La orden consigue que levante la cabeza por puro instinto y, entonces, la veo.
La niña aparece corriendo entre dos edificios con una desesperación tan evidente que resulta imposible ignorarla. Lleva ropa de colores, el pelo oscuro completamente despeinado y una expresión de puro terror mientras esquiva a las personas que se detienen para observar la situación.
Durante unos segundos todo a mi alrededor desaparece.
No escucho los gritos ni las alarmas. Solo la veo a ella, porque conozco esa mirada y esa forma de apretar la mandíbula. Conozco esa expresión desafiante que intenta esconder el miedo que realmente siente.
La conozco tan bien que siento una presión insoportable dentro del pecho, incluso antes de que la niña levante la cabeza y nuestros ojos se encuentren.
Y cuando ocurre, cuando nuestras miradas se cruzan apenas durante un segundo, siento que el mundo entero se desploma bajo mis pies.
Porque estoy viendo a Neva. Exactamente los mismos ojos que me persiguen desde hace años. El mismo carácter que tantas veces me ha sacado de quicio, y, al mismo tiempo, también me estoy viendo a mí.
No tiene lógica. Simplemente lo sé. Esa niña es mi hija.
La certeza me golpea con una violencia tan brutal que tengo que cerrar los puños para impedir que mi cuerpo reaccione por instinto.
Cada fibra de mi ser me exige correr hacia ella, apartar a cualquiera que se interponga en mi camino y sacarla de aquí antes de que vuelva a desaparecer detrás de una puerta blindada, pero la parte racional de mi cerebro sabe que hacer eso sería un suicidio.
No llegaría ni a tocarla. Lo perdería todo.
Por eso permanezco inmóvil mientras observo cómo dos guardias consiguen alcanzarla poco después de que ella haya escapado de su agarre.
La niña forcejea. Patalea. Araña. Muerde la mano de uno de ellos hasta hacerlo gritar. Y, durante unos segundos, veo a Neva de una forma tan clara que me cuesta respirar. Y un orgullo que no sabía que podía sentir se apodera de mi alma.
—¡Sujétala! —grita uno de los hombres mientras intenta recuperar el control.
—¡ Ayuyaaa ! —chilla ella con una rabia impropia de alguien tan pequeña.
La frase me atraviesa como una navaja. Y, aun así, no puedo moverme. Lo único que puedo hacer es observar cómo se la llevan.
Cuando las puertas blindadas terminan cerrándose detrás de ellos, permanezco inmóvil durante varios segundos más antes de obligarme a regresar al coche.
Conduzco hacia el apartamento prácticamente por inercia, incapaz de pensar en otra cosa que no sea la imagen de aquella niña desapareciendo al otro lado de las puertas mientras una parte de mí intenta desesperadamente encontrar una solución imposible.
Porque ahora ya no estoy luchando únicamente para destruir GenoLabs. Ahora estoy luchando para recuperar a mi hija.
El trayecto se convierte en una sucesión borrosa de semáforos, edificios y kilómetros que apenas recuerdo después.
Mi cabeza trabaja sin descanso construyendo planes, descartándolos y volviendo a empezar una y otra vez mientras intento imaginar cómo demonios voy a explicarle todo esto a Neva.
Tengo claro que ella ya estará esperándome en mi apartamento para pedirme explicaciones, la conozco demasiado. Es por eso que, antes de subir, voy a la parte trasera de mi coche y cojo lo que necesito para que me escuche.
Abro la puerta de mi apartamento y la veo. Está parada en el pasillo, y en sus ojos no encuentro ni una sola duda. No me da tiempo a decir una sola palabra cuando la bala del arma que sostiene frente a mí sale e impacta directamente en mi pecho.