Capítulo 28
Neva
T odos empezamos a buscarla como locos. Juro que, si está jugando al escondite ahora mismo, va a estar castigada hasta los dieciocho. Jesse tiene cara de sentirse culpable ya que estaba jugando con él cuando la hemos perdido de vista.
—Tranquila, Neva, seguro que aparece en un minuto —trata de tranquilizarme Day.
Es entonces cuando un hombre aparece entre la multitud que me llama la atención; durante una fracción de segundo mi cerebro se niega a procesarlo.
Hay cientos de personas moviéndose a nuestro alrededor, familias enteras caminando entre los puestos y niños corriendo de un lado a otro con globos y algodón de azúcar, pero mi mirada se queda atrapada en un único detalle de ese tipo: el sombrero.
El maldito sombrero rosa que llevaba Everly apenas unos minutos antes sobresale entre la gente como una señal luminosa y horrible, y el simple hecho de verlo en la cabeza de un desconocido hace que algo dentro de mí se contraiga con tanta fuerza que apenas consigo respirar.
No necesito señalarlo dos veces. Mis hermanas también lo han visto. Lo sé porque noto cómo todas cambian al mismo tiempo.
La ligereza que nos acompañaba hace apenas unos minutos desaparece de golpe, sustituida por esa tensión familiar que llevamos años arrastrando en la espalda, la misma que aparece cada vez que hemos estado en una misión.
El hombre gira la cabeza, nuestras miradas se cruzan durante un instante y, lejos de parecer sorprendido o confundido, reacciona exactamente como alguien que sabe que está siendo observado. Echa a correr.
Y yo corro detrás de él. No recuerdo haber tomado la decisión. Solo ocurre.
El miedo ya ha empezado a transformarse en algo mucho más peligroso mientras avanzo entre la gente, apartando a cualquiera que se interponga en mi camino, siguiendo esa figura que se aleja cada vez más hacia una zona donde el ruido de la feria empieza a quedar atrás.
Escucho a mis hermanas detrás de mí. Escucho a Preston y a Jesse. Pero todas esas voces parecen llegar desde muy lejos porque mi cabeza solo tiene espacio para una idea: encontrar a Everly.
Atravesamos una puerta metálica abierta que conduce a una zona reservada para el personal de la feria y el paisaje cambia inmediatamente.
Los puestos, las familias y las risas desaparecen.
Aquí solo quedan remolques, camiones de ganado y amplias extensiones de tierra removida donde el olor de los animales resulta mucho más intenso.
Hay algo inquietante en este lugar, algo que me pone la piel de gallina incluso antes de comprender por qué.
El hombre deja de correr. Y, de pronto, entiendo el motivo. No está solo. Nunca estuvo solo.
Detrás de varios camiones aparecen otros hombres que estaban esperando nuestra llegada desde el principio.
Mi corazón cae hasta el estómago. No porque tenga miedo por mí ni por mis hermanas, sino porque comprendo exactamente lo que significa. Everly no se ha perdido. Se la han llevado.
—Vamos a hacer esto por las buenas —dice el que parece estar al mando mientras no dejo de mirar al que ahora ha tirado el sombrero de mi hija al suelo como si no valiera nada.
—Dónde está Everly —siseo.
—De camino a donde pertenece, una puta jaula para engendros —se burla, y estoy a punto de saltar, pero no es el momento, aún no.
—¿Sabéis que estáis muertos? —pregunta Nao con una calma que asusta.
—Me parece que la ventaja la tenemos nosotros —se atreve a decir el imbécil, golpeando el arma que lleva colgada, una puta metralleta. Menudo idiota.
—Va a ser demasiado fácil —se queja Row.
—Vais a sufrir —declara Day.
—No encuentro cómo se la han llevado —interviene Jesse, que sé que ha estado mirando con su móvil las cámaras que pueda haber por aquí. No es que sea un genio como Evan, pero todos aprendimos algo en nuestro entrenamiento en GenoLabs.
Evan, ha sido él. Mi odio por él ahora es tan intenso que casi no me deja respirar.
—La doctora Walsh nos ha pedido que os dijéramos que, si venís sin protestar, podréis ver a la mocosa en unos días —suelta el cabecilla como si nos estuviera haciendo el favor de nuestra vida.
Durante un instante dejo de escuchar el resto de las palabras porque ya no necesito hacerlo. Madre. Siempre termina encontrando la forma de regresar a nuestras vidas. Da igual cuántos kilómetros pongamos de por medio o cuántos nombres falsos utilicemos. Ella siempre vuelve.
Y esta vez ha encontrado a Everly.
La niña que todavía se tropieza cuando corre demasiado deprisa. La que duerme abrazada a un unicornio de peluche porque ha decidido que es imprescindible para su supervivencia. La misma que esta mañana intentaba convencerme de que un poni debía vivir con nosotras para siempre.
La han encontrado. Y ha sido mi culpa.
El resto de lo que ocurre a continuación se vuelve borroso en mi memoria.
Recuerdo gritos, movimiento, a mis hermanas reaccionando.
Recuerdo a Preston y a Jesse avanzando sin dudarlo.
Pero, sobre todo, recuerdo la rabia. Una rabia tan inmensa que termina ocupándolo todo y deja muy poco espacio para cualquier pensamiento racional.
En un momento dado, siento que varias manos me sujetan para obligarme a detenerme; apenas puedo respirar.
Tengo la cabeza llena de ruido, el pecho me duele y lo único que consigo ver es la ausencia de Everly.
Hasta que parpadeo y entiendo que el amasijo de sangre, carne y vísceras debajo de mí era el cabecilla que llamó engendro a mi hija.
Y, entonces, llega el pensamiento que termina de destrozarme.
«Evan. La reunión. El beso. El secreto».
Nadie sabe que fui a verlo, que me reuní con él. Nadie tiene ni idea de que durante unas horas volví a creer que quizá existía una versión del futuro donde no tuviéramos que seguir huyendo.
Mis hermanas desconocen todo eso porque yo decidí callarlo, porque una parte de mí quería conservar aquel momento para mí sola, como si esconderlo pudiera convertirlo en algo menos real.
El problema es que ahora no puedo dejar de pensar en que cometí un error. Madre jamás debería haber encontrado este lugar, llegado hasta nosotras y haber puesto las manos sobre Everly. Y, aun así, lo ha hecho.
La culpa se instala dentro de mí como un veneno lento mientras aprieto los puños hasta que me duelen los dedos. Quiero decirme que no tiene sentido, recordarme que no tengo pruebas y creer que Evan no sería capaz de algo así, pero lo cierto es que él entró en mi vida con una mentira.
Levanto la mirada hacia mis hermanas, sintiendo que algo se ha roto definitivamente dentro de mí.
—Es culpa mía.
La frase apenas sale de mi garganta.
—Neva… —empieza Row.
Niego con la cabeza.
—Fui a verlo. A Evan, hace unos días.
El silencio que sigue a mis palabras resulta casi insoportable. Ni siquiera me atrevo a mirarlas.
Lo único que tengo claro es que voy a matarlos a todos, y no va a ser rápido ni limpio.