Capítulo 27
Neva
S i alguien me hubiera dicho que terminaría pasando un sábado en una feria de ganado perdida en mitad de ninguna parte junto a mis hermanas, una niña obsesionada con los unicornios, dos hombres que han tenido la desgracia de enamorarse de Arpías y una colección bastante preocupante de traumas sin resolver, probablemente me habría reído en su cara.
Luego hubiese asumido que estaba delirando y habría seguido con mi vida.
Sin embargo, aquí estoy, caminando por una explanada llena de tierra, remolques, animales y suficientes sombreros de cowboy como para vestir a un ejército entero mientras Everly avanza delante de mí, agarrando una vaca de peluche casi tan grande como ella y observando el mundo con esa fascinación absoluta que tienen los niños pequeños, como si cada cosa que descubren fuera la primera maravilla de la historia de la humanidad.
El lugar está abarrotado. Familias enteras pasean entre los puestos de comida, los niños corren de un lado a otro con algodón de azúcar pegado en la cara, hay música sonando desde algún punto imposible de localizar y el olor a fritanga se mezcla con el de los animales y la tierra caliente.
Es justo el tipo de sitio que nunca habría elegido visitar por voluntad propia, pero también el tipo de sitio donde resulta fácil pasar desapercibido porque nadie presta atención a un grupo más entre cientos de personas.
—Sigo diciendo que ese cerdo me ha mirado mal —afirma Row mientras señala a uno de los animales premiados, que descansa tranquilamente detrás de una valla.
—No te ha mirado mal —responde Day, alrededor de una nube de azúcar que está devorando con una dedicación admirable—. Ha reconocido a una igual.
—Eso ni siquiera tiene sentido.
—Claro que lo tiene. Mira esos ojos. Está juzgando a todo el mundo. Exactamente igual que tú.
—Yo no juzgo a la gente.
—Hace diez minutos has dicho que una señora parecía una mezcla entre una profesora de matemáticas y una asesina en serie.
—Pero ¿la has visto? ¡Llevaba sandalias con calcetines!
Jesse se echa a reír mientras Preston niega con la cabeza como alguien que ha aceptado hace tiempo que intentar entender nuestras conversaciones solo conduce al sufrimiento.
—¿Veis? —continúa Row, señalando a Day—. Por eso nunca sobreviviríamos infiltradas.
—Habla por ti —responde Day.
—Tú has discutido con una cabra.
—La cabra empezó.
—¿Cómo va a empezar una cabra una discusión?
—Teniendo mala actitud.
La respuesta es tan absurda que, para sorpresa de todos, incluso Nao termina soltando una carcajada. A mi lado, Everly intenta imitarla y acaba riéndose también sin saber exactamente de qué. Y eso todavía nos hace más gracia a todos.
Lleva puesto un sombrero de cowboy infantil de color rosa que le queda enorme porque se negó a quitárselo después de probárselo en uno de los puestos, y cada pocos pasos tiene que recolocárselo porque termina deslizándose sobre sus ojos.
Esos ojos que me recuerdan a Evan, lo cual me lleva al beso que nos dimos, a lo que sentí y al hecho de que no les he contado nada a mis hermanas.
—Mamá.
Bajo la vista inmediatamente.
—¿Sí, cariño?
—Muuu.
Levanta la vaca de peluche hacia mí como si acabara de descubrir algo revolucionario.
—Sí. Sigue siendo una vaca.
—Muuu.
—Tus habilidades comunicativas son impresionantes —me río.
—Ha heredado eso de ti —dice Nao mirándome.
—No. Si hubiera heredado eso de mí, ya estaría corrigiendo vuestra gramática.
—Y por eso eres la más pesada de las cuatro.
—También soy la única que sabe leer instrucciones básicas —le suelto, recordando cómo trataron de montar una mecedora y la cosa no acabó demasiado bien.
—Detalles sin importancia.
La tranquilidad me golpea precisamente porque no la estoy buscando.
No es una felicidad desbordante ni una sensación de seguridad absoluta.
Es algo mucho más pequeño. Más frágil. La simple posibilidad de respirar durante unos minutos sin sentir que el peligro está esperando detrás de la siguiente esquina.
Quizá por eso me permito bajar la guardia, por eso dejo que Everly corra unos metros delante de nosotras mientras Jesse la sigue, fingiendo que es un monstruo terrible.
Y por primera vez en mucho tiempo no empiezo a contar mentalmente las salidas del recinto y me concentro en escuchar las tonterías que salen de la boca de mis hermanas.
Esto es tan normal que me siento extraña.
Estoy escuchando cómo Day intenta convencer a Preston de que los concursos de ganado son una forma muy sofisticada de terapia para vacas cuando me doy cuenta de algo tan pequeño que al principio ni siquiera sé por qué me llama la atención.
Hace unos segundos que no escucho la voz de Everly.
No parece importante. Hay demasiada gente, mucho ruido y conversaciones superpuestas, sin embargo, mi mirada la busca de forma automática.
Es una costumbre que llevo repitiendo desde que nació.
Tenerla siempre localizada, comprobar que está bien y verificar que sigue cerca.
Busco el sombrero y la vaca de peluche. También su risa. Y no encuentro nada.
Parpadeo y vuelvo a buscar. Porque tiene que estar ahí. A unos pocos metros. Detrás de algún puesto. Escondida junto a Jesse. O con Day. O con cualquiera. Pero no está.
El miedo no llega de golpe. Lo hace despacio. Primero es una sensación incómoda en el estómago. Después, una presión en el pecho. Finalmente, una certeza horrible que me obliga a girar sobre mí misma una tercera vez.
—¿Dónde está Everly?
No pretendía decirlo en voz alta, pero todas se callan de inmediato. Incluso la feria parece perder volumen.
—¿Qué ocurre? —pregunta Row seria.
—Everly no está —reafirmo.
Y en el mismo instante en que pronuncio esas palabras sé que algo va mal. No porque tenga pruebas o haya visto algo sospechoso, sino porque soy su madre y es la primera vez, a pesar de haber estado muchas veces en peligro, que realmente siento lo que es el miedo de verdad.