Nunca (Arpías 4) Capítulo 26
43%

Capítulo 26

Evan

S algo del edificio media hora después sin mirar atrás y me subo al patinete lo más rápido posible.

Tomo la dirección contraria a la que he visto a Neva marcharse; me cuesta la vida no ir tras ella para intentar hacerla entrar en razón.

No porque no la entienda. La entiendo demasiado bien.

Entiendo cada una de sus dudas, heridas y los miedos que intenta esconder detrás de esa mirada que siempre ha sabido desarmarme.

Pero entenderlo no hace que duela menos. Tampoco que sea más fácil correr en dirección contraria a ella y aceptar que, después de haberla besado, tengo que irme sin pedirle nada más.

Durante unos segundos me detengo en un semáforo en rojo, con las manos apoyadas en el manillar y la respiración demasiado irregular para alguien que se supone que lleva años sabiendo controlar cada reacción de su cuerpo.

Neva no me ha perdonado. Ni siquiera se ha acercado a perdonarme.

Pero tampoco me ha cerrado la puerta en la cara, y eso, después de todo lo que he hecho, lo que represento para ella y haber sido durante años una pieza más dentro del engranaje que convirtió su vida en una huida constante, es mucho más de lo que tenía derecho a esperar.

Acelero cuando se pone en verde y me incorporo al tráfico con la sensación absurda de que todo sigue igual y, al mismo tiempo, nada lo hace.

Las mismas calles. El mismo ruido amortiguado de Chicago filtrándose por las ventanillas.

Y, sin embargo, yo ya no soy exactamente el mismo hombre que llegó hasta ella hace unas horas.

Había entrado en ese edificio preparado para que me gritara, incluso para que me exigiera que no volviese a acercarme jamás.

Me lo merezco. Merezco cada palabra, cada reproche y cada mirada cargada de desconfianza.

Lo que no esperaba era que, en mitad de todo ese dolor, todavía quedara un lugar para mí.

No hay nada sencillo en lo que acaba de pasar.

Sonrío por primera vez desde que recuperé mis recuerdos y me permito imaginar algo que hasta ahora me había prohibido incluso pensar.

Una posibilidad. Pequeña, frágil, casi ridícula, pero real.

Una vida en la que Neva no me mire como si yo fuera una amenaza y pueda demostrarle que el hombre que fue parte de GenoLabs no es el mismo que ahora está dispuesto a quemarlo todo para protegerla.

Solo deseo que algún día pueda pronunciar mi nombre sin que le tiemble la voz por el daño que le hice.

Y, entonces, pienso en Everly.

El nombre me golpea con una fuerza más profunda y difícil de clasificar.

Neva duele en un lugar que conozco. Pero Everly me duele de una forma para la que no tengo defensa, porque no conozco a mi hija y, aun así, ya existe dentro de mí con una claridad que no sé explicar.

No la he visto crecer. No he estado cuando dio sus primeros pasos, ni cuando se cayó ni cuando tuvo fiebre ni cuando aprendió a decir mamá, supongo que no sabe decir papá.

No sé cuál es su comida favorita, si se despierta de mal humor, si le gustan los cuentos antes de dormir o si tiene miedo de la oscuridad.

No sé nada de ella, y esa ignorancia me parece una condena mucho más cruel que cualquier amenaza que McCain haya puesto jamás sobre mi cabeza.

Aprieto la mandíbula y obligo a mi mente a no hundirse en esa culpa, porque si empiezo a enumerar todo lo que me he perdido no voy a poder respirar.

Hay pérdidas que no se recuperan. Eso lo sé.

No puedo volver atrás. Ni aparecer en las fotos que Neva habrá hecho durante estos años.

Ni estar en los recuerdos que Everly ya tiene sin mí.

No puedo convertirme de pronto en alguien que merezca ocupar un lugar en su vida solo porque la sangre diga que soy su padre.

La sangre no basta. Nunca ha bastado.

Si quiero acercarme a ella, si algún día Neva me permite hacerlo, tendré que ganármelo con hechos, paciencia y una clase de respeto que no se exige, se demuestra.

Y, para demostrarlo, necesito empezar por lo único que sí puedo hacer ahora mismo. Cortar con McCain de forma definitiva. Sin mantener una puerta abierta por estrategia ni conservar un canal de información porque podría ser útil más adelante como siempre he hecho. Eso se ha acabado.

No puedo pedirle a Neva que crea que he cambiado mientras sigo teniendo cualquier vínculo con el hombre que ha protegido y utilizado la existencia de GenoLabs a su conveniencia.

McCain no es solo un político corrupto, es una raíz podrida enterrada bajo demasiadas capas de dinero, favores, expedientes maquillados y cadáveres que nadie ha podido encontrar.

Mientras él siga en pie, Neva no estará a salvo. Y sus hermanas tampoco. Everly mucho menos.

Esa última idea convierte algo dentro de mí en hielo.

Porque puedo soportar que Neva desconfíe de mí y que me mire como si todavía estuviera intentando averiguar en qué momento voy a fallarle otra vez.

Puedo esperar meses, años o toda una vida si eso es lo que necesita, lo que no puedo soportar es imaginar a Everly creciendo bajo la sombra de las mismas personas que destruyeron la infancia de su madre.

No permitiré que su nombre aparezca en un archivo o en una conversación susurrada entre hombres que creen que todo se compra y todo se borra.

No puedo permitir que McCain respire tranquilo mientras existe la más mínima posibilidad de que algún día ponga sus ojos en mi hija.

«Mi hija».

Tengo que acostumbrarme a pensarlo sin que me afecte tanto.

Sigo avanzando, pero mi cabeza ya no está en la carretera. Está en los servidores, en las rutas de acceso, en las cuentas que McCain cree blindadas, en los informes que nunca pasan por canales oficiales y en los nombres que solo aparecen cuando alguien sabe exactamente dónde mirar.

Tengo pruebas. Más de las que él imagina.

Transferencias sospechosas, comunicaciones cifradas, pagos a laboratorios pantalla, fotografías, informes médicos alterados y testimonios que podrían hacerlo tambalear si alguna vez llegaran a las manos adecuadas.

Pero tambalear no es suficiente. Con un hombre como McCain nunca lo es.

Él sobreviviría a un escándalo parcial. Sobreviviría a una filtración pequeña.

Sacrificaría a dos o tres peones, fingiría indignación, prometería una investigación interna y saldría limpio con el traje un poco arrugado y la sonrisa intacta.

No. Necesito algo que no pueda negar. Una prueba definitiva.

Algo que lo ate directamente a GenoLabs, no como beneficiario lejano, sino como responsable consciente de lo que se hizo con Neva y sus hermanas.

Necesito una orden firmada, una conversación grabada, un archivo original que no haya sido manipulado, algo que sobreviva incluso si yo ya no estoy para explicarlo. Algo que, una vez liberado, no pueda enterrarse. Y al pensar en eso, una posibilidad empieza a formarse en mi cabeza.

McCain siempre ha sido cuidadoso con lo digital.

Mucho. Siempre revisa dos veces los canales que usa, cambia de dispositivos, elimina rastros, trabaja con gente que sabe borrar lo que no debe existir.

Pero los hombres como él tienen un defecto: no confían del todo en nadie, y precisamente por eso siempre guardan una copia de aquello que podría protegerlos si el mundo se les viene encima.

Un seguro. Algo con lo que amenazar a quienes podrían traicionarlo.

Yo lo sé porque he sido testigo de ello. Lo he visto construir jaulas para otros con pruebas que jamás debió tener. Y si McCain ha guardado un seguro contra GenoLabs, si conserva una sola pieza capaz de demostrar que él sabía lo que hacen ahí dentro, entonces, voy a encontrarla.

El problema es que no estará en sus servidores principales. Tampoco en los canales que ya he rastreado. Eso sería demasiado obvio.

Se encontrará en un lugar que no parezca importante, en un sistema secundario, quizá dentro de una estructura legal que nadie relacionaría con él, tal vez en una fundación, en un despacho externo o en uno de esos archivos que se mueven bajo nombres aburridos para que nadie se moleste en abrirlos.

La política está llena de puertas traseras disfrazadas de burocracia. McCain siempre ha sabido esconder monstruos dentro de carpetas con títulos inofensivos. Y yo siempre he sabido abrirlas.

Por primera vez desde que he salido de ese apartamento, la sensación que me atraviesa no es solo culpa ni deseo ni esperanza. Es determinación. Una determinación limpia, brutal, casi tranquila.

No voy a destruir a McCain para que Neva me perdone; eso sería como comprar una segunda oportunidad. Si alguna vez Neva vuelve a mirarme sin dolor, tendrá que ser porque lo siente, no porque yo le haya puesto una prueba encima de la mesa como quien exige una recompensa.

Voy a hacerlo porque es lo correcto. Porque debí hacerlo hace tiempo. Porque mi hija merece un mundo en el que su existencia no dependa de lo bien que sepamos escondernos.

Cuando llego a mi edificio, bajo del patinete y me quedo un rato en la acera, respirando la brisa nocturna con el silencio acumulándose a mi alrededor.

El beso vuelve a mi mente sin darme cuenta. La forma en que Neva cerró los ojos. Sus dedos agarrando mi ropa. La manera en que se apartó después, como si el simple hecho de haber cedido un segundo le hubiera recordado todo lo que aún no podía permitirse sentir.

No la culpo. Si yo estuviera en su lugar, tampoco confiaría en mí. Quizá por eso ese beso ha significado tanto. Porque no cambia nada, pero demuestra que, debajo de toda la rabia, todavía hay algo vivo.

Me permito pensar en ello solo unos segundos más. En Neva. En Everly. En una mujer que quizá algún día pueda escucharme decir «te quiero» sin que esas palabras le parezcan otra forma de peligro y una niña que quizá algún día me mire sin esconderse.

Después abro los ojos, cojo el móvil y bloqueo cualquier impulso estúpido de escribirle. No voy a hacerlo. No quiero convertir su necesidad de tiempo en otra cosa de la que se tenga que defender. Ni tampoco asustarla haciéndole darse cuenta de que tengo su número incluso si ella no me lo ha dado.

Si le he dicho que voy a esperar, lo haré. Pero esperar no significa quedarme quieto. Mañana empezaré a buscar la prueba definitiva contra McCain. Y, cuando la encuentre, no habrá trato posible, ni favor pendiente ni amenaza lo bastante grande para detenerme.

Esta vez voy a cortar todos los hilos.

Por Neva. Por Everly. Por la familia que no sé si algún día me dejarán tener, pero que ya estoy dispuesto a proteger, aunque nunca llegue a formar parte de ella.

Para cuando logro dormirme son más de las seis. Y los siguientes días la cosa no mejora. Mi trabajo con las niñas me recuerda que ellas una vez fueron Neva y sus hermanas, y siento que no puedo abandonarlas a su suerte. Esto se complica.

Miro mi teléfono cuando me llega un mensaje y, al leerlo, siento un escalofrío:

«Preséntate en GenoLabs lo antes posible».

Joder, ¿se han dado cuenta de algo? ¿Me van a matar en cuanto llegue?

No importa lo que piense, si no me presento será peor, así que salgo de casa y voy al laboratorio; solo espero que le llegue mi mensaje a Neva en caso de que este sea mi último día con vida.