Capítulo 25
Neva
L o observo durante varios segundos sin ser capaz de decidir qué siento exactamente, y puede que ese sea el verdadero problema, que después de todo lo que ha pasado debería ser sencillo.
Debería ser capaz de mirarlo y odiarlo. De recordar que durante años trabajó para la misma organización que quería verme muerta, que persiguió a mis hermanas y que convirtió nuestras vidas en una huida constante.
Debería ser capaz de recordar que, cuando descubrí quién era en realidad, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Debería bastar con eso.
Sin embargo, no basta.
Porque también recuerdo al hombre que me hacía reír cuando todo iba mal. Al que conseguía que el mundo pareciera menos oscuro. Del que me enamoré antes de descubrir que era un infiltrado.
Y precisamente por eso duele tanto. Porque las dos versiones existen al mismo tiempo.
—Te odio —repito.
Las palabras salen con calma. Demasiado tranquilas para todo lo que significan.
Evan no aparta la mirada ni se defiende. Tampoco trata de interrumpirme. Simplemente espera. Y esa paciencia me enfurece un poco más.
—Te odio porque, cuando descubrí quién eras, fue como si me arrancaran el corazón.
Te odio porque estaba enamorada de ti mientras tú trabajabas para ellos.
Porque mientras yo te contaba mis miedos, mis sueños y mis planes para el futuro, tú pertenecías a la misma gente que más daño me ha hecho.
Y no importa cuántas explicaciones me des ahora, una parte de mí nunca va a olvidar lo que sentí cuando descubrí la verdad.
La imagen sigue ahí, tan viva como el primer día. La ironía de que el hombre al que amaba formaba parte de GenoLabs. Recuerdo la sensación de frío. La incredulidad. La necesidad desesperada de que hubiera una explicación diferente.
Una mentira. Un error. Cualquier cosa… Pero no la hubo, y prosigo mi descarga emocional.
—Te odio porque me obligaste a tomar una decisión que nunca quise tomar.
Su mandíbula se tensa por primera vez.
—Neva…
—No. —Levanto una mano para detenerlo—. Déjame terminar.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
—Tuve que borrarte la memoria para protegerte porque te amaba.
Mi voz se quiebra ligeramente al decirlo. Pero al menos él sigue en silencio, como ha prometido.
—¿Sabes cuántas veces he deseado no haberte dejado fuera de mi vida?
¿Sabes cuántas noches me he preguntado si había otra opción?
Porque no quería perderte. Lo hice porque creía que era la única forma de mantenerte con vida.
Porque, si seguías recordando todo lo que sabías, habrías terminado muerto.
Los ojos de Evan no abandonan los míos. Y veo el dolor ahí. El mismo dolor que siento yo.
—No te borré la memoria porque dejara de quererte, te la borré porque te quería demasiado. Y, aun así, cuando recuperaste los recuerdos, lo primero que hiciste fue ponerme un cuchillo en el cuello.
Esa sí es una herida reciente. Una que todavía sangra y aparece en mis pesadillas.
—Neva…
—No. Escúchame.
Doy un paso hacia él.
—Porque esta es la parte que más me duele. No GenoLabs ni Madre. Lo que más me duele es que una parte de mí entiende por qué estabas furioso y, aun así, cuando vi ese cuchillo, pensé que iba a morir mirando los ojos del hombre al que más había querido.
Evan baja la cabeza durante un segundo. Cuando vuelve a levantarla, sus ojos brillan de una forma que me rompe un poco más.
—No uses «había».
Cierro los ojos.
—No empieces.
—No uses «había» —repite.
—Evan…
—No fui el amor de tu vida.
La frase me obliga a mirarlo.
—Entonces, ¿qué?
Da un paso hacia mí.
—Soy el amor de tu vida.
Mi corazón da un vuelco. Maldito sea. ¿Por qué, incluso ahora, consigue hacerlo?
—No puedes decidir eso por mí.
—Entonces, dime que ya no me quieres.
Abro la boca y no sale nada. Porque mentirle sería fácil. Mentirme a mí misma no.
Evan deja escapar una exhalación temblorosa.
—Eso pensaba.
—Que siga queriéndote no cambia nada.
—Lo cambia todo.
—No.
—Sí. —Su voz se vuelve más firme. Más intensa—. Porque significa que todavía hay algo que salvar.
Niego con la cabeza.
—No entiendes el problema.
—Entonces, explícamelo.
Mi pecho sube y baja con fuerza.
—Everly.
Su expresión cambia inmediatamente. Toda la conversación cambia. Porque ya no estamos hablando de nosotros. Estamos hablando de ella.
—Ella es el problema —susurro.
—No. Ella es la prioridad.
La corrección llega tan rápido que me deja sin palabras durante un segundo.
—Exacto. —La emoción vuelve a acumularse detrás de mis costillas—. Y si me equivoco contigo, si vuelvo a confiar en ti, quien paga el precio no soy yo, es ella. Y no pienso arriesgarla. No pienso mirar a mi hija y decidir que mis sentimientos son más importantes que su seguridad.
El silencio cae entre nosotros. Hasta que Evan habla.
—Nunca te pediría eso.
—No tienes que pedirlo.
Da otro paso. Muy despacio.
—Porque precisamente por eso sigo aquí.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—Si todo esto fuera solo sobre nosotros, ya habría intentado convencerte. Habría discutido contigo durante horas y encontrado la forma de hacerte cambiar de opinión. Sé dónde vives, te habría secuestrado y atado a mi cama hasta que volvieras a ser mía —asegura.
Una sonrisa triste aparece en su rostro.
—Pero ahora está Everly.
El simple hecho de escucharlo decir su nombre consigue que algo dentro de mí se tambalee.
—Y ella importa más que yo.
—Sí.
—Más que nosotros —corrijo.
—Sí.
Asiente sin discutir ni protestar. Esto no es una negociación. Y, de alguna manera, eso es peor. Porque le creo. Sé que lo dice en serio.
—Si tengo que pasar el resto de mi vida demostrándote que no voy a hacerle daño, lo haré.
Trago saliva.
—No es tan sencillo.
—Nadie ha dicho que lo sea.
—Evan…
—Te quiero.
Las palabras me golpean de lleno. No estaba preparada para oírlas.
—No hagas esto, por favor…
—¿Qué?
—¡Esto!
—¿Decirte la verdad?
Dios…
Lo odio. Porque siempre fue así. Siempre conseguía decir exactamente lo que yo intentaba evitar escuchar.
—Te quiero —repite—. Y si tengo que esperar meses, o años, esperaré.
Mis ojos empiezan a llenarse de lágrimas. Maldita sea.
—No puedes prometer algo así.
—Claro que puedo.
—¿Y si nunca consigo perdonarte?
—Entonces, seguiré arrepintiéndome igual.
La respuesta me rompe. Porque no intenta convencerme. No intenta ganar ni manipularme. Simplemente está siendo honesto. Y eso siempre fue mi debilidad.
Cuando se acerca esta vez, no me aparto. No porque lo haya perdonado o tomado una decisión. Sencillamente porque estoy cansada de luchar contra algo que sigue ahí.
Sus manos suben despacio hasta mi rostro. Y cuando sus dedos rozan mi piel, todos los recuerdos regresan al mismo tiempo.
Los buenos. Los malos. Todos.
—Te he echado de menos —susurra.
Las lágrimas empiezan a caer antes de que pueda impedirlo.
—No deberías.
—Demasiado tarde.
Y, entonces, me besa.
No es un beso desesperado. No es un beso hambriento. Es un beso triste. El beso de dos personas que se han hecho daño y que, aun así, siguen encontrando el camino de vuelta la una hacia la otra.
Mis dedos terminan aferrándose a su chaqueta y los suyos permanecen en mi rostro, como si tuviera miedo de que desaparezca. Como si todavía no terminara de creerse que estoy aquí. Y quizá yo tampoco. Porque cuando el beso termina, la realidad me golpea sin piedad.
«Everly. Genolabs. Madre. El futuro».
Me aparto de golpe mientras las lágrimas siguen cayendo.
—No puedo… —Mi voz sale rota.
—Neva…
—¡No puedo hacerlo!
Evan no intenta detenerme ni convencerme. Solo me escucha.
—Necesito tiempo para siquiera pensar en hablar de nosotros.
Su mirada permanece fija en la mía. Y, cuando interviene, lo hace con una calma que me duele más que cualquier promesa.
—Entonces, tómate el tiempo que necesites, te lo he dicho, no iré a ninguna parte.
—Será mucho tiempo.
—El que haga falta.
Trago saliva.
—¿Y si nunca es suficiente?
Una pequeña sonrisa triste aparece en su rostro.
—Entonces, seguiré esperando.
Me marcho con la sensación de que venir ha sido un error, pero quizá el no hacerlo hubiera sido uno mucho peor.
Estoy muy, muy jodida.