Nunca (Arpías 4) Capítulo 24
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Capítulo 24

Evan

E l paquete aparece frente a mi puerta a las siete y doce de la tarde, sin remitente, sin etiqueta de mensajería reconocible y sin ninguna señal que indique quién ha decidido dejar una caja pequeña de cartón marrón en el felpudo de un hombre que lleva demasiados años comprobando las bisagras de las puertas, los reflejos de los cristales y las matrículas de los coches aparcados en la calle antes de entrar en cualquier sitio.

Lo recojo con cautela, no porque pese demasiado ni porque tenga un aspecto peligroso, sino precisamente por lo contrario. Lo dejo sobre la mesa de la cocina y permanezco varios segundos mirándolo sin tocarlo.

Abro la caja con una navaja y aparto el papel de relleno con cuidado.

No hay dispositivos ni cables ni temporizador.

No hay nada que tenga sentido dentro de la lógica enferma de GenoLabs.

Solo un collar de macarrones pintados de colores, ensartados en una cuerda blanca y torpe, de esos que los niños hacen en el colegio con las manos llenas de pintura y la absoluta convicción de que están fabricando una joya imperial.

Durante un segundo no reacciono. Después lo cojo entre los dedos y sonrío, una sonrisa que me sale del alma.

—Neva —murmuro.

Viene sin nota. Tampoco hace falta. Nadie más en este mundo me enviaría un collar de macarrones.

«Casi la mato».

Esa frase sigue clavada en mí desde que recuperé la memoria. No importa cuántas veces intente rodearla, suavizarla o explicarla. Casi mato a la mujer que amaba. A la mujer que sigo amando.

Me siento en una de las sillas y extiendo el collar sobre la mesa, obligándome a pensar antes de dejar que la nostalgia me vuelva idiota.

Neva no me ha mandado esto para provocarme, o no solo para provocarme, porque con ella siempre hay al menos tres intenciones escondidas detrás de cualquier gesto.

Paso los dedos por los macarrones pintados y empiezo a observar la secuencia.

Rojo, azul, verde, amarillo.

Rojo, azul, verde, amarillo.

Rojo, azul, verde, amarillo.

El patrón se repite con una simpleza demasiado evidente para ser algo hecho por Neva, y, entonces, lo veo. Un verde donde debería haber un azul. Un error pequeño, casi infantil, colocado justo en mitad del collar.

—Muy sutil, Chispa —digo, y el apelativo me rompe algo por dentro porque me sale con la naturalidad de antes, pero con el dolor de ahora.

Cojo el macarrón verde y noto enseguida que pesa un poco más que los demás. Lo presiono entre el índice y el pulgar hasta que se parte con un crujido seco. Del interior cae un papel diminuto, enrollado con tanta precisión que necesito la punta de la navaja para abrirlo sin romperlo.

Hay unas coordenadas, una fecha, un número y una hora. Nada más.

Sin amenazas ni explicaciones. Ni siquiera un «ven solo», porque Neva sabe que iría solo incluso aunque me dijera lo contrario.

Durante varios segundos observo los números escritos con una letra que reconozco y algo caliente se me instala en el pecho, no porque me haya citado, sino porque ha elegido hacerlo de una forma que solo yo entendería.

Eso no es que me perdone. Ni siquiera es que confíe en mí.

Pero es una puerta entornada que estoy decidido a abrir del todo.

Cuando llega la noche, salgo del edificio con una chaqueta oscura, el móvil, la navaja en el bolsillo y el collar de macarrones guardado como si fuera una reliquia familiar.

Podría coger un coche, pedir un taxi o utilizar alguna de las rutas seguras que conozco, pero termino subiéndome a mi patinete eléctrico porque Chicago está llena de gente que no mira a quien pasa sobre dos ruedas.

El aire frío me golpea la cara mientras avanzo entre calles iluminadas por farolas, escaparates cerrados y charcos que reflejan los neones.

Las coordenadas me llevan hasta un edificio abandonado que en una mejor época tenía una lavandería en sus bajos; está en una zona donde los alquileres dejaron de subir hace años porque hasta los especuladores tienen cierto instinto de conservación.

La fachada está manchada de humedad, varias ventanas están tapiadas con madera y la puerta principal cede con demasiada facilidad cuando la empujo.

Reconozco el lugar antes incluso de revisar el número.

En los informes antiguos figuraba como uno de los sitios donde Terry estuvo escondido durante un tiempo antes de morir. «Muy lista, Neva, a la vista de todos».

Subo las escaleras despacio, según la nota tengo que ir a un apartamento en concreto. Hay cristales rotos en los descansillos, grafitis en las paredes y un olor a polvo húmedo que se pega a la garganta.

En el cuarto piso, la puerta de uno de los apartamentos está entreabierta. Accedo sin hacer ruido y la veo junto a una ventana rota, de espaldas, con la ciudad extendida detrás de ella y la luz de la luna recortándole los hombros como si la noche hubiera decidido rendirse a sus pies.

Durante un instante me quedo inmóvil. No por prudencia, sino porque verla sigue siendo una condena preciosa.

—Podías haber enviado un mensaje —digo al fin, sacando el collar del bolsillo—. O llamarme. O dejar una nota en mi buzón como una persona que no tenga una relación traumática con las manualidades.

Neva se gira despacio. Su rostro permanece serio, pero veo cómo sus ojos bajan al collar y algo parecido a una sonrisa intenta nacerle en la boca antes de que lo detenga.

—Si te hubiera enviado un mensaje, lo habrías rastreado.

—También he rastreado esto.

—No lo suficiente como para saber que era mío antes de abrirlo.

—Eso ha sido porque mi cerebro se ha negado a aceptar que alguien estuviera intentando contactar conmigo mediante pasta pintada.

—Tu cerebro siempre fue muy limitado para según qué cosas.

La réplica me golpea en un sitio que creía muerto. No porque sea cruel, sino porque suena demasiado a nosotros. A la forma en que nos hablábamos antes. A una intimidad que sobrevivía incluso cuando discutíamos.

Doy un paso hacia ella, solo uno, y me detengo en cuanto veo que sus hombros se tensan. Podría fingir que no lo noto, pero ya no soy esa persona. He perdido demasiadas cosas por no mirar a tiempo.

—No voy a acercarme más si no quieres.

Neva me observa durante varios segundos, como si estuviera midiendo no la distancia entre nuestros cuerpos, sino la que todavía existe entre el hombre que fui, el que la amenazó con un cuchillo y el que está ahora frente a ella intentando no parecer desesperado.

—Necesitaba comprobar si vendrías —declara.

—Siempre voy a hacerlo si me llamas —le aseguro.

—Eso no es necesariamente algo bueno.

—Lo sé.

Su mirada se endurece un poco.

—¿Lo sabes de verdad, Evan? Porque una cosa es recordar y otra muy distinta es entender lo que hiciste.

Aprieto los dedos alrededor del collar. Los macarrones crujen suavemente dentro de mi mano y por un momento me parece ridículo estar hablando del daño más grande de mi vida con una manualidad infantil entre los dedos.

—No hay una sola noche en la que no lo entienda.

Neva traga saliva, pero no aparta la vista.

—Me pusiste un cuchillo en el cuello.

—Sí.

—Y durante unos segundos creí que ibas a matarme.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. Puedes arrepentirte, puedes odiarte por ello si quieres, pero no sabes lo que fue estar allí y ver tu cara sin saber si quedaba algo de ti dentro. Sin saber si volvería a ver a Everly.

Everly, mi hija, una a la que no conozco y en la que no me permito pensar para poder seguir respirando.

No respondo enseguida porque no tengo derecho a defenderme de eso. La miro y dejo que sus palabras me atraviesen, porque quizá es lo mínimo que puedo hacer después de haber sido la persona que puso el miedo en sus ojos.

—Tienes razón —digo al fin—. No lo sé. Pero estoy aquí porque quiero pasar el resto de mi vida intentando que no vuelvas a mirarme así.

Neva suelta una risa breve, sin alegría.

—Eso ha sonado peligrosamente romántico para alguien que quizá debería limitarse a pedir perdón desde la otra punta del cuarto.

—Puedo hacerlo desde aquí.

—Mejor.

Asiento, y aunque me duele, también me aferro a ese «mejor» como si fuera una concesión enorme, porque Neva no me ha dicho que me marche. No ha sacado un arma. No ha convertido esta cita en una trampa. Me ha llamado, me ha puesto delante de ella y me está hablando con calma.

—¿Por qué aquí? —pregunto, mirando alrededor.

—Porque es un lugar donde no creo que miren de nuevo. A su último inquilino ya lo mataron.

No hace falta que me diga más.

—Terry.

—No quiero hablar de Terry.

—Entonces no lo haremos.

El silencio cae entre nosotros. Neva se acerca a la ventana y mira la calle desde arriba. Yo permanezco donde estoy.

—Row me contó lo que hiciste por Thomas y ella —dice sin mirarme—. También sé que podrías haber usado esa información para entregarnos y no lo hiciste.

—Nunca voy a entregaros.

—No digas «nunca» con tanta facilidad.

—No es facilidad.

Ella gira la cabeza hacia mí.

—Entonces, ¿qué es?

La miro. Y esta vez no intento esconder nada.

—Es lo único de lo que estoy seguro desde que recuperé la memoria.

Neva cierra los ojos un segundo, apenas un segundo, pero lo veo. Veo que hay una parte de ella que quiere creerme y otra que se odia por querer hacerlo.

—No sé si puedo volver a confiar en ti.

—No te estoy pidiendo que lo hagas hoy.

—¿Y qué me estás pidiendo?

Bajo la mirada al collar de macarrones y después vuelvo a observarla.

—Otra oportunidad para demostrarte que sigo siendo yo.

Neva guarda silencio durante tanto tiempo que empiezo a pensar que va a marcharse sin responder. Después se aparta de la ventana, se acerca lo justo para quitarme el collar de las manos y se lo guarda en el bolsillo de la chaqueta.

—Entonces, empieza por escuchar y no interrumpirme.

Mi corazón late tan fuerte que me parece imposible que ella no lo oiga.

—Puedo hacer eso.

—Lo dudo.

—Puedo intentarlo.

Por primera vez, la comisura de sus labios se eleva de verdad, apenas un milímetro, pero suficiente para que el mundo entero cambie de eje.

—Eso ya me lo creo un poco más.

—Entonces, habla —le pido—. ¿Qué es lo que querías decirme?

—Te odio.