Capítulo 22
Row
M ientras detengo la motocicleta frente al motel de carretera en el que Tom me ha citado, no puedo dejar de pensar que ha sido una locura conducir tres horas hasta el corazón de Wisconsin solo para verlo.
Nos estamos arriesgando demasiado. No debería haber venido. Evan pudo interceptar nuestros e-mails una vez, y aunque Tom me ha asegurado que el nuevo correo es mucho más seguro, no termino de estar convencida.
Me quito el casco y lo dejo sobre la nueva moto de Nao. La muy perra siempre se compra los mejores juguetitos.
Cuando nos marchamos de Chicago, tuvimos que dejar todo atrás. Ella lo pasó mal por tener que separarse de su bebé, aunque no tardó en comprarse otro.
Echo un vistazo a la fachada del edificio y me entra la risa.
No me imagino a un hombre como Thomas Hutcher alojándose en un sitio tan austero.
Lo suyo son los hoteles de cinco estrellas con sábanas de seda y alfombras egipcias, y aquí tiene pinta de que las sábanas, como mucho, las cambian una vez a la semana, eso con suerte.
Mi teléfono vibra en el interior del bolsillo de la cazadora y me apresuro a sacarlo. Es un correo de Tom. Me indica el número de la habitación en la que él ya se encuentra.
Guardo el teléfono y vuelvo a echar un vistazo a la fachada.
A veces me gustaría ser portadora de un mínimo de instinto de supervivencia.
Lo que estoy a punto de hacer es, con casi toda probabilidad, una de las mayores locuras de mi vida.
El problema es que no solo me estoy poniendo a mí en peligro.
Antes de poder seguir dándole vueltas y, como siempre, dejándome llevar por un impulso, empiezo a caminar hacia el edificio. Subo las escaleras laterales y al llegar a la primera planta no tardo en encontrar el número de habitación que buscaba.
Toco con los nudillos y miro a mi alrededor para comprobar que nadie me está vigilando. Tras unos segundos esperando, la puerta se abre y una mano tira de mí hacia el interior de la habitación.
Tom ni siquiera me saluda. Me sujeta con fuerza por la cintura y su boca cae sobre la mía. Rodeo su cuello con los brazos y lo beso con ganas. Entre nosotros nunca han sido necesarias las palabras.
Nuestras manos, nuestras bocas, nuestras respiraciones aceleradas, nuestros cuerpos vibrantes de puro deseo dicen todo lo que necesitamos saber del otro: «Te extraño. Te quiero. No puedo seguir lejos de ti. Deseo que este momento dure para siempre».
Sin dejar de besarnos, nos arrancamos las ropas el uno al otro, y solo cuando estamos completamente desnudos, Tom me gira sobre mí misma, me abraza por la espalda y empieza a mordisquear mi cuello desde atrás mientras me empuja contra la pared.
—¡Dios santo, Tom! —exclamo cuando lo siento hundirse en mí desde atrás.
Sus dedos se entrelazan con los míos, sujetando la pared, y con la otra mano me sujeta con fuerza de la cintura. Empieza a bombear con fuerza en mi interior. Cada arremetida es una dulce tortura que me lleva más cerca del orgasmo.
Su aliento en mi cuello, sus jadeos ahogados en mi oído, esa forma en la que hunde los dedos en mi piel, el sonido de su pelvis golpeando mi trasero… Soy incapaz de contenerme.
Echo la cabeza hacia atrás y un grito ronco sube por mi garganta. Tom sigue follándome unos segundos más, lo justo para alcanzar su propio clímax, y enseguida me gira y vuelve a besarme.
—Ni siquiera voy a molestarme en fingir que no llevo soñando con esto desde que me abandonaste —dice con la respiración entrecortada.
Une su frente a la mía y yo le acaricio con suavidad la mejilla cubierta de barba.
—Tienes más canas —señalo.
Tom frunce el ceño, me agarra por las nalgas y me coge en brazos como si no pesara nada.
—Vas a pagar por ese comentario —gruñe justo antes de lanzarme sobre la cama.
Entre risas, compruebo que las sábanas están más limpias de lo que esperaba.
—¿Se siente inseguro respecto a su edad, señor Hutcher?
Gruñe de nuevo y se coloca sobre mí.
—Me gusta cuando usas esa boca impertinente para hacer algo más que tocarme las pelotas.
Deslizo la mano entre nuestros cuerpos sudados, alcanzo su entrepierna y acuno sus testículos en mi palma.
—También disfrutas cuando te toco las pelotas.
Me muerde el labio inferior y yo asciendo hasta rodear su polla semiendurecida con los dedos.
—Dame cinco minutos y te demostraré cuánto me gusta que lo hagas.
—¿Cinco minutos? —Arqueo una ceja con diversión—. Estás perdiendo facultades, Hutcher. Tal vez sea hora de empezar a buscar a un semental más joven y…
Dejo la frase a medias cuando siento sus dedos pinzándome el hueco de la cadera. Me retuerzo, riendo a carcajadas. Odio las cosquillas. Son mi jodido punto débil y el muy cabrón lo sabe.
—¿Qué decías? No puedo entenderte mientras ríes.
—¡Para! ¡Para! —grito sin poder evitar reír.
Intento quitármelo de encima, pero pesa demasiado y tampoco quiero hacerle daño.
Tras unos segundos, al fin se apiada de mí y se hace a un lado. Me levanto de un salto y me cruzo de brazos a los pies de la cama.
—Nunca vuelvas a hacer eso. Podría haberte matado, idiota.
El muy hijo de perra se tumba bocarriba, coloca un brazo tras la cabeza y me mira sonriendo.
Vale, puede que tenga algunas canas más en el pelo y la barba, e incluso alguna pequeña arruguita en la frente que no estaba ahí antes, pero sigue siendo arrebatadoramente guapo el cabrón.
—Ven aquí, Desconocida —ordena.
Niego con la cabeza.
—Me voy a la ducha. Así tienes esos cinco minutos de descanso que tanto necesitas.
—Row… —sisea entre dientes.
Le sonrío, doy media vuelta y empiezo a caminar hacia lo que deduzco que es el baño.
Tom no tarda ni dos minutos en alcanzarme. Se mete conmigo en la ducha y me folla contra la pared como un jodido poseso. Hacemos verdaderos equilibrismos para no caer y rompernos la cabeza en una ducha de espacio tan reducido.
Cuando al fin salimos del baño, ambos estamos sexualmente satisfechos, al menos por el momento. Nos movemos desnudos por la pequeña habitación, que también incluye una zona aún más pequeña a modo de cocina.
—¿Has pensado en traer algo de comer? Estoy hambrienta.
—Yo puedo alimentarte —susurra, abrazándome por la espalda.
—Te agradezco el ofrecimiento, pero no creo que comerte la polla me quite el hambre. ¿Has traído algo más?
Lo escucho reír contra mi cuello.
—No. Vas a tener que conformarte con mi polla.
Le doy un codazo despacio en las costillas y él se aparta de mí sonriendo. Se sienta en el borde del colchón y me observa abrir las dos únicas alacenas que hay en la zona de la cocina. Están vacías.
—Creo que vas a tener que salir a comprar algo de comida. Juraría que vi una máquina expendedora en el pasillo.
—No me apetece vestirme. Podría acostumbrarme a esto, ¿sabes?
—¿Al nudismo? No te creía un hombre tan moderno. —Bufa con fuerza y me giro para mirarlo. Ya no parece divertido. Una sombra de tristeza empaña su mirada—. No te estabas refiriendo a no usar ropa, ¿verdad?
—No.
Inspiro hondo y me acerco a él. Abre las piernas para que pueda acomodarme entre ellas y enseguida me sujeta por la cintura. Yo hundo los dedos en su pelo y acaricio su cabeza con suavidad.
—¿Cómo está tu hermana?
—Se muere —susurra con un hilo de voz.
Lo obligo a alzar el rostro. Está conteniendo las lágrimas.
—Lo siento mucho. No me odies por…
—No lo hago —me corta, y resopla con fuerza—. Te entiendo. Jamás le entregarías a tu sobrina a un monstruo como Walsh. ¡Qué demonios! Yo tampoco lo permitiría.
Estrecho la mirada sobre él.
—¿Qué significa eso?
—Que se acabó. Me rindo. Acepto que mi hermana va a morir, pero al menos me queda la satisfacción de no tener que seguir colaborando con Walsh.
—¿Vas a dejar de darle dinero?
—Mañana mismo tengo intención de ir a verla y mandarla a la mierda. De mí no sacará ni un centavo más.
—No hagas eso.
Tom frunce el ceño.
—Creí que era lo que querías. Lo único que nos mantiene separados es Walsh.
Niego con la cabeza.
—Es demasiado peligroso, Tom. Si dejas de serle útil, no tendrá motivos para seguir manteniéndote con vida. Te convertirás en un cabo suelto, uno que sabe demasiado. Además, es posible que nos venga mejor tenerte a ti al lado de Madre, que ella crea que sigues estando involucrado en el proyecto.
—¿Quieres usarme como caballo de Troya?
—Algo así. Aún no sé cómo, pero deja que lo hable con los demás y pensaremos en algo.
Tom vuelve a resoplar y pega la frente a mi vientre.
—Eso significa que vamos a seguir separados, ¿verdad?
Le tiro del pelo para alzarle el rostro y lo miro directamente a los ojos.
—Tal vez, cuando todo esto acabe… —Me quedo callada al escuchar un leve sonido en la puerta—. ¿Has escuchado eso?
—¿El qué?
Frunzo el ceño y me pongo en alerta. Lo oigo de nuevo, una especie de tintineo.
—Escóndete en el baño —susurro, y me muevo deprisa.
Me acerco a la zona de la cocina, y cuando estoy a punto de coger un cuchillo, la puerta se abre de golpe y veo a Evan entrar en la habitación con un arma en la mano.
Mi primer instinto es lanzarle el cuchillo. Lo esquiva de milagro y acaba clavado en el marco de la puerta.
—Menudo recibimiento —masculla, y entonces me mira—. Vale, no esperaba que tuvierais tan poca ropa puesta. Si os vestís…
Antes de que pueda terminar la frase ya me he abalanzado sobre él. Le agarro el brazo y se lo retuerzo hasta que la pistola cae al suelo. Forcejeamos. Consigo darle un puñetazo en el estómago y él a mí un rodillazo en las costillas.
—¡Hijo de puta! —gruño cuando me sujeta del pelo.
—¡Deja de pegarme, joder!
Le lanzo un cabezazo en la cara y él suelta un alarido de dolor.
—¡Voy a matarte!
Lo sujeto por la capucha de la sudadera y lo estampo contra la puerta cerrada. Consigo alcanzar el cuchillo que está clavado en el marco justo cuando él me empuja contra la pared.
Alzo el cuchillo y lo señalo con él.
—¡Suficiente! —grita Tom.
Lo miro por el rabillo del ojo, tiene la pistola de Evan y lo está encañonando.
—Mátalo.
Tom resopla y baja la pistola.
—Tranquilízate, Row. Evan es de los nuestros.
Abro mucho los ojos. ¡¿Qué acaba de decir?!
—Podrías habérselo dicho antes, joder —se queja Evan—. Casi me rompe la puta nariz y creo que me ha fracturado alguna costilla.
Me abalanzo de nuevo sobre él e intento clavarle el cuchillo en el cuello, pero se aparta y me sujeta los brazos.
—¡Maldita sea, Row! —escucho a Tom a mi espalda. Me agarra por detrás y me aparta de Evan—. ¡Detente, es de los nuestros!
Entre los dos me desarman y Tom me cubre el cuerpo con una toalla antes de apartarse unos pasos.
—¡¿Nuestros?! ¡Este cabrón no solo nos engañó a todos! ¡Le mintió a Neva!
—Eso es algo que ya he aclarado con ella —responde.
—¡Aléjate de mi hermana, maldito hijo de puta!
—¡Eres tú quien la está poniendo en peligro! —Mira a Tom y resopla con fuerza—. Te dije que cortaras el contacto.
—Mi correo es seguro.
—¡Ninguno lo es! No para GenoLabs. Están de camino. Solo he venido a advertiros.
—¡¿Por qué?! ¡¿Qué ganas tú con todo esto?! —inquiero.
Evan me mira a los ojos. Se le está dibujando una marca rojiza alrededor de la nariz.
—Me importa una mierda si esos cabrones llegan aquí y os meten un tiro a cada uno. Mi único objetivo es proteger a Neva y a mi hija.
Durante unos segundos me quedo en silencio, observando su mandíbula tensa y valorando si debo creerle o no.
—¿Cómo sabes que vienen a por nosotros? —le pregunta Tom.
—Porque lo sé. ¡Joder, dejad de pedir explicaciones y largaos de una vez! Deben de estar al caer.
Tom y yo nos vestimos a toda prisa y salimos de la habitación acompañados por Evan. Al llegar al aparcamiento, me tiende el casco y suspira.
—Vamos a volver a vernos —susurra.
Esta vez no es una pregunta.
Asiento y lo beso una última vez antes de salir quemando rueda del lugar.