Capítulo 21
Neva
N o dejo de girar la peonza entre los dedos desde que me he sentado en el salón. La hago rodar sobre la yema del pulgar, la atrapo antes de que caiga, la vuelvo a colocar sobre mi palma y siento el peso metálico de su cuerpo con forma de granada como si fuera una extensión de mi propia ansiedad.
Es absurda. Una peonza ridícula. Pero no puedo soltarla. No desde que volví del centro comercial. No desde que comprendí que el pasado no solo puede volver, sino que también puede esperarte en el interior de tu coche con un cuchillo en la mano y una mirada que juraste que nunca volverías a ver.
La hago girar entre los dedos y pienso que es una metáfora idiota y perfecta de mi vida.
Una granada. La cosa que debería estallarme en la mano y llevárselo todo por delante.
Y, sin embargo, cada vez que le quito la anilla no pasa nada: solo gira, zumba, se cansa y se para.
He aprendido a arrancarle el seguro a lo que más miedo me da, una y otra vez, y a seguir aquí, entera, contándolo.
Puede que sea lo único que sé hacer bien: sujetar la bomba de mi vida en la palma de la mano y negarme a que explote.
Day está sentada en el brazo del sofá, con una pierna colgando y la otra doblada, mirándome como si pudiera atravesarme la piel y leerme el sistema nervioso.
Nao ocupa el sillón de enfrente, demasiado quieta, demasiado callada, con esa calma suya que siempre me ha parecido más peligrosa que un grito.
Row, en cambio, no tiene ninguna intención de fingir paciencia y lleva cinco minutos caminando de un lado a otro del salón con tanta intensidad que va a acabar haciendo un agujero.
—Vale, voy a decirlo yo porque aquí parece que todas hemos decidido jugar a «a ver quién aguanta más sin señalar la granada» —suelta Row, deteniéndose frente a mí y apuntando la peonza con un dedo—. ¿Por qué llevas, desde que has vuelto, tocando eso como si fuera el anillo único?
—Es una peonza —respondo.
—Tiene forma de granada —añade Nao.
—Una peonza con forma de granada —confirmo.
—Eso no lo mejora, Neva.
Row ladea la cabeza y entrecierra los ojos.
—No es solo la peonza. Estás rara desde que volviste de comprar el material para las manualidades. Rara de verdad. De esa rara que intenta actuar normal y consigue parecer más sospechosa que una monja comprando gasolina y una pala a las tres de la mañana.
Nao no sonríe, pero sus ojos se clavan en mi mano.
—Y no has dejado de tocarla ni una vez.
Bajo la mirada hacia la peonza. La tengo atrapada entre los dedos, el pulgar recorriendo las pequeñas hendiduras del metal, los nudillos tensos.
Ni siquiera me había dado cuenta de que seguía haciéndolo.
O quizá sí. Quizá por eso no la he soltado.
Porque tener algo en la mano me impide tocarme el cuello cada dos segundos, justo en el lugar donde todavía puedo sentir la presión fría del cuchillo de Evan, aunque mi piel ya no conserve ninguna marca visible.
—No ocurre nada —miento.
Row suelta una carcajada seca.
—Claro. Y yo soy una señora tranquila que borda manteles y no fantasea con romperle las rodillas a la gente que me molesta.
—No fantaseas —murmura Nao—. Planificas.
—Gracias por valorar mi proceso creativo.
Estoy a punto de responder, de inventar alguna excusa horrible que ninguna va a creer, cuando la puerta principal se abre de golpe y Jesse entra primero. Preston aparece detrás con Everly agarrada de la mano, pero los dos se quedan congelados en cuanto ven lo que tengo entre los dedos.
—¡Joder! —Jesse levanta ambas manos y da un paso atrás—. ¿Eso es una granada?
Preston tira de Everly hacia él con tanta rapidez que la niña se tambalea.
—Neva, dime que no estás sentada en el salón con una granada en la mano porque hoy no he desayunado lo suficiente para procesar eso.
Everly mira la peonza, después a Preston y luego a mí.
—Da vueltas —les aclaro.
Jesse parpadea.
—¿Da vueltas?
Hago girar la peonza sobre la mesa baja del salón y el pequeño objeto empieza a moverse con un zumbido suave, inofensivo, casi bonito si una ignora que parece diseñado por alguien con un sentido del humor muy cuestionable.
Me quedo hipnotizada viéndola girar, y por un instante ya no estoy en el salón.
Soy pequeña. Muy pequeña. Estoy sentada en un rincón que huele a lejía y a algo peor debajo, con una peonza de madera dando vueltas en el suelo delante de mí —la mía, la de las estrellas descoloridas—, y una voz de adulto me repite que la mire, que no levante la vista, que no me mueva de aquí hasta que hayan terminado.
Y yo miro. Miro y desaparezco dentro del zumbido mientras a mi espalda pasa lo que pasa, lo que nunca me dejaron ver, pero siempre supe que estaba ahí.
Por eso una peonza me traga entera: me enseñaron a irme girando una antes de enseñarme a atarme los zapatos.
La de madera la llevo siempre encima; es la que me calma de verdad, la que un día le enseñaré a Ever. Esta de metal me la dio él, y no sabe —no puede saber— que hace exactamente lo mismo conmigo.
Nao la para de golpe y vuelvo al salón como quien sale a respirar del fondo de una piscina.
—Es una peonza —digo.
Preston se lleva una mano al pecho.
—Me acabas de quitar seis años de vida.
—Con suerte, eran los peores —responde Day.
Jesse mira a Preston, luego a mis tres hermanas y finalmente a mí. Su expresión cambia apenas un segundo, lo justo para que sepa que entiende que algo pasa y que no ha venido por casualidad.
—Bueno, princesa explosiva —dice, agachándose frente a Everly—, ¿te apetece ir al pueblo a comer helado con nosotros?
Everly abre mucho los ojos.
—¿De cholocate ?
—De chocolate, fresa, vainilla o de ese azul que sabe a enfermedad infantil.
—¡Azul!
Preston suspira.
—Perfecto. Nos llevamos a una niña y volveremos con un pitufo hiperactivo.
Everly corre a cambiarse sus zapatos sin cuestionar nada porque la palabra «helado» borra cualquier sospecha con más eficacia que un programa de limpieza de GenoLabs.
Yo miro a Jesse y asiento apenas, agradecida, aunque esa gratitud me pesa en el pecho ya que significa que ha venido porque se lo pedí, porque sabía que no iba a ser capaz de hablar con mis hermanas mientras Everly estuviera aquí, jugando en la alfombra, riéndose, viviendo dentro de una burbuja que yo necesito mantener intacta a pesar de que el mundo vuelva a llenarse de cuchillos.
Cuando la puerta se cierra y el silencio cae sobre el salón, las tres me miran a la vez. Day deja de fingir calma. Nao se inclina hacia delante. Row cruza los brazos.
—¿Por qué Jesse y Preston acaban de llevarse a tu hija para que podamos hablar tranquilas? —pregunta Nao.
Respiro hondo.
—Porque el otro día, cuando volví al coche después de comprar el material, Evan me estaba esperando. Y me puso un cuchillo en la garganta.
La reacción no es inmediata, y quizá eso la hace peor.
Durante un segundo se quedan completamente quietas, como si sus cuerpos necesitaran traducir la frase antes de decidir si respirar, gritar o prender fuego a algo. Day es la primera en moverse. Se gira hacia Nao con una expresión tan serena que resulta terrorífica.
—Vale. Yo cojo el cuchillo.
—Yo las grapas —responde Nao sin pestañear.
Nao se levanta del brazo del sofá.
—¿Para qué las grapas?
—Para unir cosas —dice Nao—. Y luego volver a desunirlo.
Day asiente muy seria.
—Es importante que el proceso tenga ida y vuelta. Por pedagogía.
—Yo puedo encargarme de sujetarlo —añade Row con una dulzura que no engañaría ni a una piedra—. Con cariño. Mucho cariño. De ese que deja moratones emocionales y físicos.
—Parad —les digo, levantando las manos.
—No hemos empezado —responde Row.
—Eso es lo preocupante.
Nao se acomoda en el sillón, pero su mirada sigue afilada.
—Explícalo.
Así que lo hago. Les cuento la estación de camiones, la forma en que Evan me obligó a escucharlo cuando yo solo quería largarme de allí y volver con mi hija. Les revelo que tenía la memoria de vuelta, que no parecía estar fingiendo, y ahí es donde algo dentro de mí se enfría.
Porque lo que yo borro no vuelve.
Nunca ha vuelto. No es así como funciona.
Cuando arranco un recuerdo no lo escondo ni lo adormezco: lo suprimo, limpio y definitivo, sin dejar un borde del que tirar.
Se lo he hecho a decenas de personas y ninguna, jamás, ha recuperado lo que le quité.
No pueden. Solo había alguien en el mundo capaz de deshacer uno de mis borrados, de devolver lo que yo me llevaba.
Y está muerta.
Aprieto los dientes y no pronuncio su nombre, porque decirlo en esta habitación, con Row a un metro de mí, sería reabrir algo que llevamos años fingiendo que había cicatrizado.
—Trabaja para ellos —digo en su lugar, frotándome las manos sobre las rodillas—. Es probable que Madre haya encontrado la manera de devolverle los recuerdos. O quizá dio con ella él solo. No lo sé.
Es mentira. No del todo, pero es la única versión que puedo decir en voz alta sin que se me quiebre algo por dentro, porque la otra —la que me susurra que solo mi hermana podría haber hecho esto— no tiene ni pies ni cabeza.
Alyss no está. Alyss no va a volver. Y, aun así, alguien le devolvió a Evan exactamente lo que yo le arranqué.
—Lo único que sabemos es que te puso un cuchillo en el cuello —replica Day.
—Y que sigue respirando por algún fallo administrativo que pienso corregir —añade Row.
Nao no bromea.
—Nos largamos de este pueblo ya —asegura Nao.
Niego con la cabeza.
—No. Me encontró, pero no nos entregó. Podría haberlo hecho. Podría haber llamado a GenoLabs, a Madre, a cualquiera. En lugar de eso, me dio cosas.
—¿Qué cosas? —pregunta Row.
—Su código para entrar en GenoLabs, el acceso a sus cuentas de criptomonedas y la dirección donde vive ahora.
El salón cambia de temperatura.
Day extiende una mano.
—Dámelo.
—Day…
—Neva, dámelo.
Nao se cruza de brazos.
—No es negociable.
Row ya tiene el móvil preparado.
No discuto. No porque no quiera, sino porque sé que tienen razón. Les doy los tres datos: el código de GenoLabs, la clave de las cuentas y la dirección. Las veo copiarlo todo con una eficacia que habría puesto nervioso a cualquiera con sentido común.
Cuando terminan, Nao me mira.
—¿Lo has comprobado?
—Las criptomonedas sí. La dirección también.
—¿Y GenoLabs?
—No.
Day abre la boca, pero la corto antes de que pueda soltar nada.
—Si entro y detectan el acceso, puede que lo maten. Y todavía necesito respuestas.
—O puede que nos estén esperando —dice Row.
—Lo sé —les aclaro, no soy idiota.
—¿Y si es una trampa? —pregunta Nao—. ¿Y si te dio un código preparado para rastrearnos?
—Por eso no he entrado.
Day se pasa una mano por el pelo.
—Tenemos que mover a Everly.
El corazón me da un golpe.
—No.
—Neva.
—No voy a arrancarla de su vida sin saber si existe una amenaza real.
—Una amenaza real te puso un cuchillo en la garganta hace dos días —dice Row, y esta vez no hay humor en su voz.
Trago saliva.
—Lo sé. Pero también sé cómo me miró cuando me recordó.
Sé lo que había en sus ojos. No estoy diciendo que eso borre lo que hizo.
No lo borra. No deshace el miedo, ni el daño ni el hecho de que durante unos segundos creí que podía morir allí mismo.
Pero si ha recuperado la memoria, si de verdad recuerda quién soy, quiénes somos, entonces, no va a ir contra mí. Ni contra Everly.
Day me mira como si quisiera creerme y odiara necesitar hacerlo.
Nao niega despacio.
—Yo no puedo confiar en eso.
—Yo tampoco —dice Row.
Day guarda silencio unos segundos, demasiados para ella.
—Yo… entiendo lo que dices.
La miro. Ella aprieta la mandíbula.
—Me parece una idiotez emocional con purpurina tóxica, pero lo entiendo.
Una risa pequeña se me escapa. Nao y Row no se ríen, siguen mirándome con esa mezcla de miedo y rabia que solo aparece cuando alguien a quien quieres se acerca demasiado al borde de un precipicio y encima te pide que no corras a sujetarla.
Vuelvo a coger la peonza con forma de granada y la encierro dentro de mi puño.
—Solo necesito tiempo.
Nao apoya los codos en las rodillas.
—Entonces, trazaremos un plan mientras lo tienes.
Row asiente.
—Uno para Everly.
Day se inclina hacia mí.
—Y otro para Evan, por si tu confianza se equivoca.
No respondo enseguida. Miro la puerta por la que se han llevado a mi hija, pienso en el helado azul, en sus manos pequeñas manchadas, en Evan pronunciando mi nombre como si le doliera recordarlo y en mis hermanas preparándose para una guerra que quizá ya ha empezado.
—Está bien —digo al fin—, pero nadie lo toca todavía.
Row sonríe sin alegría.
—«Todavía» es una palabra preciosa.
Joder, espero no equivocarme y estar poniendo todo mi mundo en peligro.