Capítulo 20
Evan
L a sala de entrenamiento de GenoLabs está extrañamente tranquila. Es el primer día que las veo después de recuperar la memoria y las conozco lo suficiente como para saber que todas, sobre todo Chispi, quieren preguntarme si funcionó y por qué me he ausentado hasta ahora.
Doy una vuelta alrededor de las mesas mientras observo cómo las cámaras nos vigilan. Sé que no tienen audio, aun así, no me fío de que, en algún momento, las reemplacen y me jodan con algo.
Desde fuera parecería una simple clase de programación avanzada, una más de las muchas que reciben cada semana para desarrollar las capacidades que los científicos de esta empresa se empeñan en explotar, pero la realidad es bastante diferente.
Aquí no estoy enseñándoles únicamente a escribir códigos. Les estoy enseñando a sobrevivir. A esconderse. A encontrar puertas donde otros solo ven muros. A comprender que la información es un arma mucho más poderosa que cualquier pistola.
Mientras camino entre las mesas observando sus avances, intento no pensar demasiado en el hecho de que probablemente estoy preparando a cuatro niñas para una guerra que todavía no han decidido que van a empezar.
—¿Y si el sistema detecta que estamos dentro? —pregunta Pluma sin apartar la vista de la pantalla.
Me apoyo en el respaldo de su silla y observo el ejercicio durante unos segundos antes de responder.
—Entonces, ya has cometido el primer error. Un buen hacker no entra donde no le dejan entrar. Consigue que el sistema crea que siempre ha estado allí.
—Eso es hacer trampas —protesta Chispi desde la mesa de al lado.
—No. Eso es sobrevivir.
—¿No nos vas a contar por qué hace días que no vienes? ¿Has estado enfermo? —finalmente pregunta Chispi, con la que tengo una conexión especial desde el principio. Y ahora sé por qué.
—No es de vuestra incumbencia, pero como estáis haciéndolo bien, os diré que el domingo disfruté de una muy buena siesta a las 15 h y el resto de la semana he estado en asuntos que no os importan.
Así que, venga, Cuatro, vuelve a lo tuyo, y no quiero más interrupciones. No estamos aquí para ser amigos.
Las cuatro intercambian miradas y vuelven a concentrarse en sus ordenadores.
Sé que ellas tienen claro que mi forma de hablarles es una fachada, pero, aun así, no me gusta hacerlo.
Aprovecho que todas están concentradas en el ejercicio para regresar a mi puesto. Desde las cámaras de vigilancia solo parecerá que estoy revisando el siguiente ejercicio de la clase.
Lo que realmente hago es abrir una ventana oculta detrás del simulador de entrenamiento y acceder a una parte de la red interna de GenoLabs que ningún instructor debería estar tocando.
Mis dedos recorren el teclado con naturalidad, sin prisas, construyendo poco a poco una estructura tan pequeña que pasaría desapercibida incluso para la mayoría de los sistemas de seguridad de la empresa.
No necesito abrir puertas ni robar archivos. Lo único que quiero es dejar algo escondido. Una pequeña alarma silenciosa que permanezca dormida hasta que llegue el momento adecuado.
Mientras escribo las primeras líneas de código, escucho a Garabato resoplar con frustración.
—Esto está mal.
—¿El qué? —pregunta Guinda.
—Todo.
—Eso no es una respuesta válida —le indica.
—Claro que lo es.
No puedo evitar sonreír.
—Dos tiene razón —suelto.
Las cuatro levantan la cabeza al mismo tiempo.
—¿Cómo que tiene razón? —pregunta Chispi.
—Porque cuando algo parece demasiado fácil suele estar mal diseñado o es una trampa. En este caso es una trampa.
—Lo sabía —murmura Garabato, cruzándose de brazos.
—No lo sabías seguro —refunfuña Chispi.
—Lo intuía.
—Eso tampoco cuenta.
Las niñas empiezan a discutir entre ellas y yo aprovecho la distracción para continuar trabajando.
La rutina que estoy creando se mezcla con procesos legítimos de mantenimiento para que cualquier revisión automática la considere parte del sistema original.
Después añado varias capas de cifrado y redundancia que no son estrictamente necesarias, pero que dificultarán enormemente que alguien pueda seguir el rastro hasta mí.
Todo parece simple cuando se observa desde la superficie. La verdadera dificultad está en conseguir que nadie se haga preguntas.
—Dejad de quejaros y volved al trabajo —las corto, y la sala vuelve a quedar en silencio.
Mi mandíbula se tensa cuando llega el momento de introducir los nombres.
Durante unos segundos permanezco inmóvil, observando el cursor parpadear en la pantalla.
Después escribo el primero. Nao. A continuación, añado el identificador científico asociado a su expediente y lo encapsulo dentro de una cadena de datos aparentemente irrelevante.
Repito el proceso con Day. Luego con Row.
Y, finalmente, con Neva. Cada nombre queda asociado a su correspondiente registro y posteriormente dividido en fragmentos cifrados que se almacenan en ubicaciones diferentes.
Si alguien encontrara una de las piezas, jamás sabría que forma parte de algo mayor.
—Evan.
La voz de Chispi me obliga a levantar la cabeza.
—¿Qué pasa?
—¿Nos estás escuchando?
Parpadeo.
—Claro.
Las cuatro me observan en silencio.
—No es verdad —dice Pluma.
—Estaba pensando en otra cosa —añade Guinda.
—O en alguien —remata Garabato, tapándose la boca para que no puedan leerle los labios.
Las muy demonias empiezan a reírse.
—Vuestra capacidad de análisis empieza a preocuparme.
—Eso también es un sí —dice Chispi.
Niego con la cabeza, aunque una casi sonrisa termina escapándose de mis labios.
Lo cierto es que sí estoy pensando en alguien.
En varias personas, para ser exactos. Pienso en Day intentando cargar con más responsabilidades de las que le corresponden.
Pienso en Row y en su incapacidad para mantenerse alejada de los problemas.
Pienso en Nao, que siempre parece saber más de lo que dice. Y pienso en Neva. Sobre todo, en Neva.
Aparto esos pensamientos y termino la última fase del programa.
La función es sencilla. Si alguno de los expedientes asociados a esos cuatro nombres registra movimientos fuera de lo normal, ya sea una reubicación, una modificación genética, una orden de transferencia o cualquier procedimiento clasificado como prioritario, el sistema despertará y enviará una alerta cifrada directamente a mi teléfono.
No bloqueará nada. No modificará registros.
No dejará huellas. Simplemente me avisará.
Porque, a veces, la diferencia entre salvar a alguien y llegar demasiado tarde consiste únicamente en saber que algo está ocurriendo.
—Creo que he encontrado una puerta trasera —anuncia Pluma de repente.
Me levanto y me acerco a su puesto mientras cierro discretamente las últimas ventanas de trabajo.
—No. Lo que has encontrado es una puerta falsa —le aseguro.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo habría puesto exactamente la misma para atrapar a cualquiera que fuera demasiado impaciente.
—Eso ha sonado muy villano.
—Es porque lo es —dice Garabato.
—Totalmente villano —añade Chispi.
—Da miedo —sentencia Guinda burlona.
Las cuatro vuelven a reírse mientras yo reviso el ejercicio de Pluma.
Aprovecho el momento para ejecutar el programa. Las líneas de código desaparecen de los registros visibles y se integran dentro de los procesos internos de GenoLabs como si siempre hubieran estado allí.
Exhalo despacio sin que nadie lo note. Ya está hecho. La trampa está colocada. Ahora solo queda esperar y confiar en que nunca llegue el día en que esa alarma despierte.
—¿Sabéis qué es lo más importante cuando entráis en un sistema? —pregunto mientras regreso al centro de la sala.
—¿No dejar pruebas? —responde Chispi.
—¿Robar la información? —aventura Pluma.
—¿No morir? —pregunta Garabato.
—Eso también ayuda —asegura Guinda.
Las niñas se ríen otra vez.
—Lo más importante es tener un motivo para entrar. Si no sabéis por qué estáis haciendo algo, tarde o temprano cometeréis un error.
Una vez que la clase termina, apagamos los equipos y nos dirigimos a la sala de entrenamiento; hoy aprenderán las partes vitales que cortar para evitar que a los que tengan que interrogar se desangren, pero que les duela.
Caminamos como siempre, yo delante y ellas en formación tras de mí. Chispi va la prime. Es curioso cómo, sin recordarlo, he nombrado a una de las chicas como llamaba a Neva.
He de reconocer que, cuando hoy me he presentado en los laboratorios, esperaba que me estuviera aguardando un equipo de seguridad. Que Neva me hubiera delatado o simplemente entrado con mis claves y mandado todo a la mierda; no ha sido así.
Quizá tenga que esperar a que una noche entre en mi casa con intención de acabar conmigo. Mi polla pulsa en mis pantalones solo de pensar en tenerla cerca de mi cama.
Abro la puerta de la sala de frío, donde nos espera un médico con un cadáver en una mesa de acero, y todas van pasando. Pluma es la última. Se para y me mira.
—¿Qué?
—Sé lo que has estado haciendo durante la clase —suelta muy bajito, tanto que apenas la oigo yo.
No sé si enfadarme o sentirme orgulloso. Por mucho que les diga que no usen sus habilidades conmigo, no pueden evitarlo.
—¿Y? —pregunto, mirando a mi alrededor para comprobar que nadie está cerca escuchando.
—¿Eso significa que has elegido bando?
Y decido ser sincero con ella.
—Yo ya había elegido bando hace tiempo, solo que lo había olvidado.