Capítulo 19
Neva
E scuchar esa voz de nuevo provoca que mi cuerpo se quede paralizado y mi corazón lata a mil por hora. Al menos durante un segundo. Luego recuerdo que es un cabrón y mis ganas de matarlo vuelven con fuerza.
—Quieta, Chispa —me ordena, y pega el cuchillo un poco más a mi garganta.
—Si vas a asesinarme, por favor, que no sea en este coche, la tapicería es alcántara y cuesta mucho quitar la sangre.
La risa de Evan me llega bajito y me odio por haber echado de menos ese sonido.
—Vas a encender el coche y te vas a dirigir hacia una parada de camiones que hay a unos diez minutos de aquí, la de Mountain Duke, ¿sabes cuál te digo?
—Sí, pero esa es una mierda para enterrar un cadáver, hay cámaras por todas partes —suelto sin pensar.
—Chispa, no sabes cuánto te había echado de menos.
—¡Yuju! —murmuro desganada mientras arranco, y no le aclaro que a lo que me refería es que me va a costar matarlo sin pruebas, no a que voy a dejar que él me haga lo mismo.
Conduzco en silencio, tratando de pensar en cómo avisar a cualquiera de mis hermanas. Necesito que cojan a Everly y corran. De este gilipollas me puedo encargar yo sola.
Echo un vistazo a Evan por el retrovisor y no para de mirar la silla de Ever de reojo.
Antes de darme cuenta, estoy estacionando en el lugar. Normalmente no hay mucha gente, pero hoy, por lo visto, ha parado un autobús escolar, y eso me cabrea.
—Como algún niño resulte herido, vas a pedirme que te mate —le aclaro sin bajar las manos del volante, aunque ya he apagado el coche.
—Tranquila, Chispa, no es mi intención que nadie salga herido. Solo quiero hablar.
—Habla con Madre, por lo visto sois muy amigos, ¿no?
—No, eso es lo que te quiero aclarar. Y voy a empezar por lo importante: te amo.
Me giro y lo observo porque no creo que haya escuchado bien lo que acaba de decir.
—¿Perdona?
—Que te amo, Neva. Eres el amor de mi vida.
Lo miro y me empiezo a reír, él se queda paralizado, como si me hubieran salido tres cabezas, y yo no puedo parar; si sigo así me meo encima.
—¿En serio me dices que soy el amor de tu vida cuando has estado buscándome para matarnos a mis hermanas y a mí?
—Te recuerdo que me borraste la memoria —dice cabreado.
Si hay algo que siempre me ha gustado es picarlo. Enseguida se pone a la defensiva, y es muy divertido.
—Lo hice para protegerte, aunque gracias al infierno que lo hice porque, si no, nos habrías matado hace ya casi dos años, ¿no? —Respira hondo y saca algo del bolsillo—. ¿Eso es una puta granada? —pregunto, alucinando por lo que estoy viendo en sus manos.
—Sí, una que hará que la gente vuele en pedazos si corres, gritas o haces alguna estupidez. Neva, solo quiero que hablemos.
—¡Pero yo no quiero escucharte! —Evan levanta la granada y comienza a sacar la anilla. Joder, está loco—. ¡Bien, di lo que tengas que decir, puto tarado!
Evan sonríe y niega con la cabeza. Mierda, aún sigue siendo igual de guapo, y esa barba de tres días… Joder, llevo demasiado tiempo sin follar.
—Sígueme sin hacer tonterías. Esto no es un juego.
Dicho eso, se baja del coche y estoy tentada a salir de aquí como alma que lleva el diablo, pero no puedo arriesgarme a que haga daño a esos niños, además, tampoco me gustaría dejar a mi hija huérfana de madre.
Ya tiene bastante mala suerte con el padre que le ha tocado, así que cojo aire y me bajo para seguirlo.
Llegado el momento, si es necesario, le sacaré un ojo con el collar de macarrones que me hizo Ever y que ahora cuelga de mi cuello. Aparte de bonitos, son tan útiles.
Caminamos hasta la parte trasera, allí hay una serie de casetas sin ventanas que parecen ser vestuarios individuales. Evan mete unos billetes, se echa a un lado y me indica que pase primero.
Entro preparada por si es una emboscada y alguien más me espera, sin embargo, lo único que encuentro es una ducha no muy limpia, un lavabo con un espejo y un banco de madera.
—Siéntate —me ordena, y lo hago mientras veo que sigue jugando con la granada en su mano como si fuera una jodida pelota antiestrés.
—Como se te caiga y explotemos me voy a cabrear una barbaridad —le aviso, y él sonríe de nuevo.
Una vez que me tiene frente a él, me mira un instante con una profundidad que me asusta.
Ante mí está el hombre del que pensé que sería el amor de mi vida, el padre de Ever y el único que ha conseguido que mi corazón ya no quisiera funcionar de nuevo porque el dolor que he sentido es tan grande que no merece la pena volver a intentarlo.
—¿Cómo está nuestra hija? —pregunta, y se me acelera el pulso.
—No la menciones, no tienes derecho, y me has dicho que necesitas hablar y yo escuchar, así que ni por un jodido segundo creas que voy a sacar fotos y ponerte al día sobre el bebé que tú querías muerto.
Mis palabras son duras pero reales. Él me mira y asiente. Sabe que, si algo es no, da igual lo que haga, incluso que tire esa granada, no voy a ceder.
—Apréndete esto: K7#mP2!xQ9.
Me lo repite diez veces y yo lo escucho. Es una contraseña segura, una que no sé para qué sirve pero que no me cuesta memorizar. Siempre he tenido cierta facilidad para recordar este tipo de cosas. Cuando Evan y yo estábamos juntos, siempre me pedía que fuera yo quien las aprendiera.
—¿Qué se supone que tengo que hacer con esa contraseña? ¿Pedirte la compra online ?
—Repítemela y te lo digo. —Lo observo un instante, antes de decir cada uno de los diez caracteres, y él sonríe—. Aún me asombra esa capacidad.
—A mí, lo que me asombra, es que con lo idiota que eres hayas llegado a la edad adulta.
Suelta una carcajada y menea la cabeza.
—Esa es mi contraseña en GenoLabs.
Lo dice y tardo unos segundos en procesarlo. No me da tiempo a responderle algo cuando vuelve a hablar, haciendo que mi silencio esta vez se acompañe de mi boca abierta:
—Y apréndete también esta: S0loTu_Chispa. Es la de mi wallet con todos mis bitcoins , el usuario es el nombre del sitio al que te llevé a patinar más el número de la taquilla que casi se queda con mi cartera.
Sonrío un instante al recordar cómo se le atascó en aquella vieja taquilla la moneda y no podía sacar su cartera. Casi tuvimos que llevárnosla a casa.
—¿Por qué? —acierto a preguntar.
—Porque esto va de confiar, y la he jodido mucho. Ahora puedes quitarme todo mi dinero y hacer que me maten si entras con mi contraseña.
Proceso la información y no sé cómo sentirme.
—Y por si acaso quieres ser tú o una de tus hermanas la que me quiera matar: 500 N Lake Shore Drive, Apt. 1403. Ahí es donde vivo. Y el código de seguridad es el día y mes que nos conocimos.
Mi mente está a punto de estallar. No entiendo nada. Me quería muerta, ahora me da la llave para acabar con él de tres formas diferentes.
—¿Qué esperas conseguir con esto, Evan?
—Que podamos hablar la próxima vez.
—¿Cómo estás tan seguro de que habrá una próxima vez?
Sonríe y, mierda, cómo me gusta ese hoyuelo.
—Porque te conozco, Chispa, cada centímetro de tu cuerpo y de tu mente.
Dicho esto, coge la granada de su bolsillo —ni siquiera sé en qué momento la ha guardado— y la lanza hacia donde estoy. Doy un pequeño grito al ver que no me la ha tirado a mí, sino al suelo, y solo tengo un segundo para darme cuenta de que no era una granada, sino una peonza.
Ni siquiera escucho cuándo sale; para cuando vuelvo de mi trance, me encuentro sola en este lugar, tratando de decidir si lo que ha pasado ha sido real o solo ha existido en mi mente, al menos hasta que me agacho y recojo la peonza en forma de granada y me doy cuenta de que, quiera o no, Evan está de vuelta en mi vida.