Capítulo 18
Evan
L levo días siguiéndola y cada mañana me prometo que será la última. Solo que no soy capaz de acercarme para hablar con ella. He mantenido las distancias tanto como he podido.
Sé que vive en un rancho en Wyoming, Minnesota, con sus hermanas y con nuestro hijo; al menos hay un niño viviendo allí por las compras que he visto que hace.
Por un momento pienso en que quizá se deshizo de nuestro bebé y que a quien le compra todo es un sobrino, pero la sola idea me hace dejar de respirar y la meto al fondo de mi mente.
La veo entrar al centro comercial y espero varios minutos antes de seguirla.
Mientras atravieso las puertas automáticas, intento convencerme de que hoy sí voy a acercarme, que ya no puedo seguir escondiéndome detrás de columnas, escaparates y coches aparcados. Sin embargo, en cuanto la localizo entre la gente, toda esa determinación se desmorona.
La encuentro mirando el escaparate de una tienda infantil con una expresión tan concentrada que no puedo evitar sonreír. Siempre ha sido así. Hay personas que observan el mundo y hay personas que lo sienten, y Neva pertenece a las segundas.
No está mirando juguetes ni cuentos, está imaginando quién podría disfrutarlos, qué niño sonreiría al recibirlos o qué actividad podría organizar con ellos.
Supongo que esa es una de las mil razones por las que me enamoré de ella.
La sigo desde lejos mientras entra en la tienda y recorre los pasillos.
Va cogiendo cosas y devolviéndolas a las estanterías a la par que frunce el ceño.
Reconozco esa expresión porque la he visto cientos de veces.
Significa que ya ha decidido comprar algo, pero está intentando convencerse de que no lo necesita.
Al final, siempre pierde la batalla consigo misma.
Me sorprendo observando sus manos y recordando cómo se sentían entre las mías, cómo me buscaban cuando tenía una pesadilla o cuando simplemente quería estar cerca.
Hay recuerdos que el tiempo desgasta y otros que permanecen intactos. Los relacionados con Neva pertenecen a la segunda categoría.
Cuando sale de la tienda infantil, entra en otra y después en una tercera. La observo detenerse frente a ropa para niños y algo se retuerce dentro de mí.
Llevo tanto tiempo imaginando a nuestro hijo que ya no sé distinguir qué cosas son reales y cuáles he inventado.
No sé si es niño o niña. Tampoco cómo se llama.
No tengo idea de qué color tiene los ojos ni si se parece a ella o a mí.
Lo único que sé es que existe y que cada día me despierto con la certeza de haber perdido algo que jamás podré recuperar.
Hay noches en las que me descubro imaginando escenas absurdas, como enseñarle a montar en bicicleta o acompañarlo al colegio. Después recuerdo que ni siquiera sé cómo es su cara y siento unas ganas tremendas de destrozar algo.
Neva termina entrando en una tienda de manualidades y esa visión consigue arrancarme una sonrisa sincera por primera vez en todo el día. Podría encerrarla en un lugar así durante semanas y seguiría siendo feliz.
La veo recorrer los pasillos cargados de pinturas, pinceles, cartulinas y pegatinas; parece que estuviera explorando un tesoro.
Durante varios minutos me olvido de todo lo demás y simplemente la observo.
Es extraño cuánto puede llegar a doler echar de menos a una persona.
La forma en que se aparta el pelo de la cara.
La manera en que sonríe cuando encuentra algo que le gusta.
Cómo inclina ligeramente la cabeza cuando está pensando.
Son detalles insignificantes para cualquiera, pero para mí son el recordatorio permanente de todo lo que perdí.
Cuando al fin sale de la tienda, compra un helado y se sienta cerca de la fuente central.
Durante unos minutos permanezco observándola desde el piso superior mientras la gente pasa a su alrededor. Hay familias, parejas, adolescentes haciendo ruido y niños corriendo entre las mesas, pero mis ojos siempre terminan volviendo a ella.
Me pregunto si será feliz, si alguna vez piensa en mí. También si me odia cada vez que recuerda mi nombre o si ya ha conseguido olvidarme. La última posibilidad debería aliviarme, porque significaría que ha seguido adelante, sin embargo, la sola idea me deja un vacío horrible en el pecho.
¿Y si ya hay otro hombre en su vida? ¿Y si mi hijo lo llama «papá»?
Mierda.
No aguanto más, me dirijo hacia el parking , sé dónde ha aparcado. Es una segunda planta, así que hoy está medio vacía, lo cual aprovecho para forzar la puerta y meterme en el coche.
Hay una silla de niña en el asiento trasero, junto a mí, y digo «niña» porque no creo que haya más rosa o purpurina ni en una fiesta de Barbie.
«Joder, ¿tengo una hija?».
Paso el rato sentado en el suelo del coche, justo detrás del asiento del conductor; a mi favor juega que los cristales están tintados y que es enorme. Escucho a alguien salir del ascensor.
—Se va a cortar, estoy en el aparcamiento, ya voy para casa —explica casi gritando, como si con eso fuera a tener más cobertura. Sonrío—. Dile que le llevo un regalo si se ha portado bien.
Dejo de oírla. Un instante después, el sonido del mando tratando de abrir el coche, solo que eso ya lo he hecho yo. A cualquiera le parecería extraño encontrarlo abierto; a Neva, lo raro le parecería haberlo cerrado bien.
Se sube, y mientras coge el cinturón para ponérselo, me incorporo y le pongo un cuchillo en la garganta a la vez que susurro:
—Hola, Chispa, ¿me has echado de menos?